Cuando un espantamoscas provocó la ocupación francesa de Argelia y el inicio del protectorado

Desembarco de las tropas francesas en Sidi Feruch / foto G.Garitan en Wikimedia Commons

La mayoría de los lectores serán conscientes de la vinculación histórica entre Francia y Argelia, aunque sólo sea por la cantidad de emigrantes del país norteafricano en tierra gala o, sobre todo, por los personajes que tienen ancestros o raíces argelinas, como los deportistas Zidane y Benzemá o la ministra Najat Vallaud-Belkacem. Es el resultado de presencia francesa en aquel protectorado durante un siglo largo, hasta su independencia en 1962. Ahora bien ¿qué llevó a los franceses a ocupar Argelia en la primera mitad del siglo XIX? La respuesta está en un simple abanico.

Argel atacado desde el mar (Antoine Leon Morel-Fatio)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 16 de mayo de 1830 una flota compuesta por más de un centenar de buques de guerra y casi 500 naves auxiliares zarpó del puerto de Toulon al mando del almirante Duperré, transportando un ejército de 37.612 hombres bajo la bandera tricolor. Dos semanas después la vanguardia avistaba la costa de Argel, fondeando en espera de que llegara el grueso de la escuadra. El 14 de junio las tropas desembarcaron en Sidi Ferruch sin apenas oposición, aunque unos días más tarde Hussein Dey, el regente otomano, les presentó batalla con un ejército de 10.000 efectivos, la mitad de los cuales eran magrebíes más 3.000 bereberes y un millar de jenízaros. Poco más pudo reunir, habida cuenta que su dominio efectivo se limitaba a las ciudades y el litoral.

El conde de Ghaisnes de Bourmont, que mandaba el contingente invasor de tierra, rechazó los ataques sin mayor problema y luego se lanzó al asalto de la fortaleza de Sultan-Khalessi, principal bastión defensivo a pocos kilómetros de Argel, que sólo pudo resistir un mes; su capitulación abrió las puertas de la ciudad a los franceses. Hussein Dey pactó rendirse a cambio de poder marchar con sus riquezas y su harén; hasta se le facilitó un barco, el Jeanne d’Arc, para ir a Nápoles (por entonces en manos austríacas), ya que Francia rechazó acogerle. Vivió allí tres años y luego pasó a Alejandría, donde moriría en 1838. Así, el ejército galo quedó dueño del país tras una campaña relámpago de tres semanas que sólo le costó 415 bajas, desmintiendo los temores iniciales de Duperré, que pese a recibir el mando se había mostrado remiso a emprender esa aventura.

Carlos X (François Gérard)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se acabó pues el período otomano para dar paso al colonial bajo el gobierno de París, donde, paralelamente, ese mes de julio, la violenta represión de las protestas populares desembocó en una revolución que derrocó al rey Carlos X y nombró a Luis Felipe de Orléans lugarteniente general del reino, antes de proclamarlo monarca. Hubo cierta justicia poética, pues si Hussein había sido el último gobernante otomano de Argelia, Carlos X pasó a la historia como el último Borbón en sentarse en el trono francés; ambos prácticamente a la vez. Carlos, hermano del desventurado Luis XVI, había sucedido al otro hermano, Luis XVIII, y no había aprendido de la mortal experiencia del primero. Llevó a cabo un reinado ultramontano que hizo sospechar que pretendía retornar al absolutismo y le alejó el favor popular, metiéndole en sucesivos conflictos con los liberales, las cámaras parlamentarias e incluso la Guardia Nacional.

El descrédito llegó a ser tan grande que hubo que buscar una forma de desviar la atención y devolverle algo de prestigio, presentándose en la primavera de 1827 la ocasión más propicia. Fue en Argelia, evidentemente y llegó en forma de incidente diplomático, un episodio que ha pasado a los anales con el nombre de Affaire de l’éventail (Asunto del Abanico). A uno de sus protagonistas ya lo conocemos: Hussein Dey, natural de Esmirna, que llevaba gobernando el país desde 1818 con una política bastante abierta, liberando prisioneros por ejemplo, o garantizando la libertad de culto a los judíos residentes. El otro fue Pierre Deval, nacido paradójicamente en Constantinopla porque era hijo de un dragomán (intérprete lingüístico, traductor).

Hussein Pachá, dey de Argel (M. Fernel)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Con larga experiencia en la diplomacia en Oriente Medio, a Deval le destinaron a la Regencia de Argel como cónsul general en 1814, siendo su misión principal negociar el contencioso que dos comerciantes tenían con el dey por la compra de trigo para el ejército francés veinte años antes, que aducían no poder pagarle porque Francia aún no se la había abonado a ellos. El esfuerzo argelino para proporcionar suministros había sido tan grande que cuando pasó ese período, coincidiendo la llegada de la restauración borbónica a Francia y el dominio marítimo de la Royal Navy, la falta de recursos obligó al dey a una dura subida de impuestos, provocando malestar en los habitantes y una inestabilidad en el país que llevó a que proliferase la piratería. Y, como consecuencia de ésta, las dos guerras llamadas de la Berbería contra Estados Unidos.

El tiempo fue pasando sin que se alcanzara un acuerdo sobre la deuda y en 1820, al enterarse de que el sobrino de Deval, cónsul en Bône, estaba fortificando sin autorización el asentamiento galo en La Calle (actual El Kala), Hussein montó en cólera. Deval tuvo que presentarse ante él para dar explicaciones pero éstas no resultaron satisfactorias y, en medio de la discusión, el dey le golpeó con su abanico (en realidad un típico espantamoscas africano). Era el 29 de abril de 1827 y el cónsul regresó ofendido a su país, donde, por supuesto, la acción del gobernador otomano causó indignación.

Una visión artística del Affaire de l’éventail/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El gobierno se frotó las manos porque ahí estaba lo que esperaba, máxime cuando su exigencia de una disculpa oficial cayó en saco roto. Sin embargo, las cosas no salieron como estaba inicialmente previsto porque se decretó un bloqueo que duró tres años y fue más negativo para los comerciantes franceses que para los argelinos, al verse privados aquéllos de un mercado donde tenían importantes intereses mientras que a los segundos, acostumbrados a navegar en corso, les resultaba relativamente fácil evitarlo. Por eso en 1829, el mismo año en que Deval moría de malaria, se envió a un embajador a negociar. Pero fue recibido con un cañonazo de advertencia y tuvo que dar media vuelta; Francia ya tenía un casus belli.


Fuentes: A history of the Maghrib in the Islamic period (Jamil M. Abun-Nasr)/By sword and plow. France and the Conquest of Algeria (Jennifer E. Sessions)/Historia de Francia (Roger Price)/Wikipedia