Benkei, el monje guerrero japonés que murió atravesado por decenas de flechas y seguía en pie

Foto Arre caballo

Todo buen aficionado al cine sabrá quién fue Akira Kurosawa. El fallecido director japonés dejó algunas películas que ya son auténticos clásicos, como Ran, Los siete samuráis, Rashomon o Dersu Uzala entre otras. Pero tiene una menos conocida, Tora no o fumu otokotachi (Los hombres que caminan sobre la cola del tigre, 1945), cuyo protagonista es un legendario guerrero que guarda semejanzas con el Cid español por su fuerza, su lealtad e incluso en mantener a raya al enemigo en batalla después de muerto: Saitō Musashibō, popularmente llamado Benkei.

Fotograma de la película Tora no o fumu otokotachi

La historia de Benkei es tan popular que Kurosawa no hizo sino adaptar una obra kabuki (teatro tradicional japonés) titulada Kanjinchō, una de las varias versiones que había sobre el tema (otra, por ejemplo, fue Ataka, una pieza de estilo noh -drama musical- escrita en el siglo XV). Se desarrolla en el año 1185, en el contexto de la guerra ancestral entre los clanes Heike y Minamoto y cuenta cómo el líder de este último, Yoshitsune, al regresar vencedor de la contienda, es traicionado por el shōgun (que es su propio hermano y recela de su creciente poder), debiendo marchar al exilio, en un viaje al que le acompañan seis leales samuráis liderados por Benkei. También aquí se aprecia el paralelismo con el destierro del Cid y su mesnada.

Si la biografía de Rodrigo Díaz de Vivar resulta algo incierta, mezclándose realidad y leyenda, y ésta con fantasía, algo parecido pasa con Benkei ya desde su nacimiento mismo. Están quienes le atribuían origen divino como hijo de un dios y quienes le identificaban como una especie de demonio por su aspecto físico poco agraciado, de ahí que en su juventud recibiera el apodo de Oniwaka (niño-ogro) y por eso en las obras ukiyo-e (un género artístico nipón, tanto plástico como escénico, que floreció entre los siglos XVII y XIX) se le representaba así al escenificar sus aventuras. Es curioso decir al respecto que hoy en día sigue protagonizando videojuegos, mangas (cómics) y animes (dibujos animados), a menudo adoptando aspecto teriomorfo.

Benkei en el cartel de una versión decimonónica de la obra Kanjinchō/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Otra versión sobre el origen del muchacho es más prosaica: habría sido engendrado por el sumo sacerdote de un templo al forzar a su madre. El caso es que se sitúa su nacimiento en el año 1155 y esa relación con el mundo religioso tenía su explicación, ya que Benkei se hizo monje en su infancia, viajando por los monasterios budistas de Japón. En aquella época, los cenobios no eran sólo lugares de retiro espiritual sino que, como pasaba en la Europa medieval, constituían auténticas comunidades depositarias de la cultura e incluso centros económicos y militares, por lo que el joven aprendió el uso de la naginata (un arma de asta con hoja en forma de media luna, similar al archa occidental).

El niño creció convirtiéndose en un hábil esgrimista y un hombre de fornida complexión -cuando cumplió diecisiete años ya superaba los dos metros de altura, se cuenta- pero no entró en el mundo militar de forma normal sino uniéndose a los yamabushi, una secta ascética de eremitas seguidores de la doctrina Shugendō, que sincretizaba budismo, taoísmo, sintoismo y animismo. Los yamabushi, palabra que significa el que se oculta en las montañas, eran expertos en artes marciales porque solían participar en las guerras libradas entre samuráis, al igual que hacían los sōheis (monjes guerreros); de hecho, durante el período Nanbokuchōn (un siglo después) hasta formarían sus propias konsha o cohortes, con las que tomaron parte en el intento de derrocamiento del shogunato de Kamakura (en cuya instauración colaboró él, paradójicamente).

Benkei luchando con Yoshitsune en el puente Gojo de Kioto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así, Benkei empezó a adquirir experiencia como combatiente, originando la iconografía clásica con que se le representa: ataviado con la característica capucha negra de los yamabushi y portando su naginata, aunque también suele aparecer con el kanabō (un bastón similar al bate de béisbol pero tachonado con púas, típico de los samuráis y que según las dimensiones o variantes que presentara tenía varios tipos, desde el tetsubō al ararebo, pasando por el nyoibo y el konsaibo). A ellos unían otras armas que solía emplear aunque, en realidad, no se trataba de tales sino de simples herramientas que los campesinos usaban en combate cuando eran alistados en las levas: el ono o masakari (hacha), el kumade (rastrillo), la naginama (hoz), la nokogiri (sierra carpintera) y el hizuchi (mazo de madera).

Benkei y Yoshitsune/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De este modo, Benkei pasó a ser un veterano que deambulaba por las calles de Kioto retando a cuantos samuráis consideraba indignos, con el objetivo de arrebatarles sus espadas y formar, a manera de trofeo, una colección. Llegó a conseguir 999 y, buscando la que le faltaba, creyó encontrarla en el Santuario Gojotenjin: llamaba la atención por su bello tono dorado y estaba en la cintura de un samurái muy joven que tocaba la flauta y que aceptó su reto, a pesar de la importante diferencia de tamaño entre ambos. Se batieron en el puente Gojo (el Matsubara, en otra versión) y, sorprendentemente, Benkei registró la que era su primera derrota.

No digirió bien el inesperado contratiempo y poco más tarde volvió a desafiarle pidiendo la revancha. Consecuentemente, se enfrentaron de nuevo en el templo budista de Kiyomizu pero el resultado fue el mismo. Esta vez, Benkei sí asumió la superioridad de su oponente, que resultó ser nada menos que Minamoto no Yoshitsune, hijo de Minamoto no Yoshitomo, un señor de la guerra, líder del clan homónimo escindido entre los que apoyaron al emperador Go-Shirakawa Tennō y los que lo hicieron al derrocado Sutoku Tennō durante la Rebelión Heiji.

Minamoto no Yoritomo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Vencidos por el clan Taira (o Heike), los Minamoto fueron masacrados y sólo a tres de los hijos de Yoshitomo se les perdonó la vida por ser menores de edad. Yoshitsune, que entonces aún era un bebé, fue criado primero en el Templo Kurama con el nombre de Ushiwakamaru, para después ser enviado a Hiraizumi para su educación con los Fujiwara. No se sabe mucho más de esa etapa y hay que recurrir a la leyenda de que se escapó para ser entrenado en el manejo de la katana por Sōjōbō, el rey de los tengu (divinidades menores que habitaban en las montañas y practicaban el Shugendō, la misma doctrina que los citados yamabushi). Durante ese período, habría adoptado el nombre de Shanao.

El caso es que, admirando a aquel joven que pudo con él, Benkei pasó a ser vasallo suyo. A Yoshitsune le vino muy bien su ayuda porque desde el año 1180 lideraba a su clan contra los Taira para vengar la humillación anterior y hacerse con el control del Japón, en lo que se denomina las Guerras Genpei. Se prolongaron hasta 1185 y terminaron con la victoria final de los Minamoto, dando origen al primer shogunato de la historia del país, el Kamakura, en la persona de Minamoto no Yoritomo, uno de los hermanos de Yoshitsune. Éste fue el artífice de la batalla decisiva, la naval de  Dan-no-ura, en la que la flota Taira resultó destruida y los miembros de ese clan perseguidos sin piedad hasta su exterminio.

Benkei y Yoshitsune defendiéndose de los fantasmas de los Heike/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como vimos antes al reseñar la obra Kanjincho, Yoritomo no se fiaba de su popular hermano y no sólo se opuso a su nombramiento como gobernador de Iyo y otros títulos concedidos por el trono sino que intentó asesinarlo, en una oleada de represión que perseguía a todo aquel que pudiera hacerle sombra. Yoshitsune pudo escapar y se alió con su tío Minamoto no Yukiie y con el emperador Go-Shirakawa Tennō, que había quedado relegado a mero representante ceremonial ante el poder que acumuló el autoproclamado shōgun. Refugiado en Hiraizumi con sus viejos anfitriones, los Fujiwara, fue perseguido hasta allí, haciéndose fuerte con un puñado de fieles en su castillo de Koromogawa-no-tachi.

Fujiwara no Yasuhira fue obligado por Yoritomo a poner las tropas que asaltaron la residencia de su huésped en 1189. Yushitsune no quiso rendirse; mató a su esposa e hijos y luego se hizo el seppuku. Una leyenda cuenta que logró escapar y vivir en Hokkaido con el pseudónimo Okikurumi; otra aún más fascinante, que pasó a Asia y se convirtió en jefe de los mongoles, siendo la verdadera personalidad de Gengis Khan. Sin embargo, el hecho es que su cabeza cortada le fue enviada a su hermano en un frasco de sake (y, por cierto, Yasuhira también acabaría perdiendo la suya poco después).

Recreación de la muerte de Benkei/Imagen: Jnn en Wikimedia Commons

¿Y Benkei? Pues fue quien se encargó de contener a los atacantes en el puente que había frente a la puerta mientras su señor llevaba a cabo el suicidio ritual. Como una versión japonesa del mítico héroe romano Horacio Cocles, resistió las embestidas una tras otra y matando a tres centenares de enemigos, que al final decidieron ir a lo seguro y acabar con el problema a distancia: los arqueros se encargaron de disparar contra el gigantesco e invencible guerrero, quien aún iba a emular a otro personaje, el mencionado Cid, en su última y postrera cabalgada.

Pese a las docenas de flechas que le atravesaban, Benkei seguía en pie sin que ninguno de sus adversarios se atreviera a acercarse. No ganó la batalla después de fallecer, como el legendario caballero castellano, pero casi. Y es que la lucha había terminado y Yushitsune yacía decapitado cuando por fin los soldados se arriesgaron cautelosamente a cruzar el puente, para descubrir que Benkei llevaba muerto desde hacía ya rato, sólo que no había caído. Es lo que se conoció como Benkei no Tachi Ōjō, es decir, la Muerte en pie de Benkei.

Casi resulta comprensible que el film de Kurosawa fuera prohibido por el SCAP (comandante supremo de los Poderes Aliados que ocupaban Japón tras la Segunda Guerra Mundial), por miedo a la reacción patriótica que pudiera producir entre la población.


Fuentes: Breve historia de los samuráis (Carol Gaskin y Vince Hawkins)/The Tale of the Heike (tr. de Royall Tyler)/The Heike story. A modern translation of the classic tale of love and war (Eiji Yoshokawa)/A history of Japan to 1334 (George Sansom)/The samurai, A military history (Stephen Turnbull)/Legends of the Samurai (Hiroaki Sato)/Yoshitsune. A fifteenth-century japanese chronicle (tr. de Helen Craig McCullough)/Wikipedia