Yi Sun-sin, el almirante coreano que evitó la invasión japonesa de su país sin ser nunca derrotado ni perder un solo barco

Foto: Admiral Yi Sun-Shin, Hero of the Korean People

De un tiempo a esta parte se ha recuperado la memoria de algunos marinos españoles como Blas de Lezo o Álvaro de Bazán que nunca fueron derrotados en sus carreras militares. No se trata de casos únicos y hay al menos uno -además contemporáneo del segundo- que los supera porque no sólo ganó todas sus batallas sino que jamás perdió un barco y además carecía de experiencia previa en la guerra naval, de ahí que se le haya considerado por encima también de otros célebres almirantes como el británico Nelson o el holandés Michiel de Ruyter. Hablamos del coreano Yi Sun-sin.

Su nacimiento, en el seno de una familia yangban (noble), ya fue excepcional porque no sólo sabemos la fecha, el 28 de abril de 1545, y la ciudad, Hanseong (actualmente absorbida por Seúl), sino hasta la calle: Geoncheon-dong. No obstante, pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en Asan, debido a que su padre abandonó la corte desilusionado con la política cuando se produjo la sahwa, una purga durante la que se persiguió a un grupo fáctico conocido como Sarim y formado por intelectuales cuyo líder, el carismático reformador neoconfuciano Jo-Gwang jo, terminó ejecutado.

Jo-Gwang jo en un retraro del siglo XVIII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Yi Sun-sin no solo aprendió a leer y escribir, como correspondía a alguien perteneciente a un clan funcionarial de la corte, sino que también mostró vocación por las armas desde niño, aprendiendo su manejo, fabricando su propio arco y flechas, y mostrando unas excepcionales aptitudes de líder. Por eso al llegar a adulto trató de ingresar en el ejército y estuvo a punto de lograrlo gracias a su puntería pero falló por una caída del caballo que le rompió una pierna y le obligó a esperar cuatro años. Finalmente, en 1576 logró convertirse en un oficial, no precisamente joven, que fue encuadrado en el Bukbyeong (Ejército de la Frontera del Norte), fogueándose en la lucha contra los yurchen (un pueblo tungús del que saldrían los manchúes en el siglo XVII) en la septentrional provincia de Hamgyong.

La captura del jefe yurchen en 1583 constituyó su primer gran triunfo, aunque seguido de un confuso período de tres años en los que tuvo que regresar a casa por la enfermedad y muerte de su progenitor, lo que aprovechó el general Yi Il para acusarle de deserción. No eran raras esas luchas internas en el seno militar durante la dinastía Joseon y ello le supuso a Yi Sun-si el ser detenido, encarcelado y degradado. Cuando recobró la libertad tuvo que empezar de cero como soldado raso pero no tardó en ascender y ser nombrado comandante de un hunryeonwon (centro de adiestramiento) para luego obtener un nuevo cargo como juez militar.

Retrato hipootético de Yi Sun-sin/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Su carrera despegó definitivamente gracias a una vieja amistad de su juventud: Yi Seong-ryong, un erudito cuyo prestigio le había llevado a formar parte del gobierno y ser nombrado juawijeong (segundo consejero de estado) e ijo panseo (ministro de personal) en 1591. En cuatro meses, Yi recibió cuatro ascensos, pasando de tener el mando de diversas provincias -progresivamente de mayor importancia- a comandante del distrito naval de Jeolla. Una decisión casi providencial para Corea porque en esos momentos se cernían dos grandes peligros sobre el país: el yurchen Nurhaci en la frontera de Manchuria (sus descendientes fundarían la dinastía Qing en China unas décadas después) y la amenaza de invasión por parte del daimyo Toyotomi Hideyoshi.

Esto último parecía más grave a priori, así que Yi emprendió la tarea de reunir una flota de guerra que fuera capaz de detener a los nipones. En ese contexto se sitúan las revolucionarias medidas que introdujo, como la implantación de armas de fuego a bordo, pero sobre todo la mejora de los tipos de nave existentes. Fue el caso del panokseon, un buque de vela y remo aparecido por primera vez en 1555 y concebido específicamente para el combate; tenía grandes dimensiones, una torre en medio y una fila de siete remos para cuando no soplaba viento. También del geobukseon o barco tortuga, una insólita galera artillada ideada el siglo anterior y cuya cubierta iba tapada con una techumbre de placas de madera -de ahí su nombre- erizadas con clavos para impedir el abordaje desde los barcos japoneses, que eran más altos; se la puede considerar la primera embarcación acorazada.

Un panokseon y un geobukseon (Wayne Reynolds)/Imagen: Fighting Ships of the Far East (2) – Japan and Korea AD 612-1639

Tal como se temía, en 1592 Hideyoshi dio comienzo a lo que se conoce como Guerra Imjim enviando una flota de 1.700 naves de diversos tamaños con las que transportó un colosal ejército de 160.000 hombres que desembarcaron en Busan con la misión de conquistar Corea para que le sirviera de base puente hacia su verdadero objetivo, China. Tomaron Seúl, Hanseong y Pyongyang con cierta facilidad, disponiéndose a cruzar el cauce del río Yalu para entrar en territorio chino. Yi no había estudiado los entresijos de la guerra en la mar y carecía de experiencia en ese medio, como la mayoría de sus subordinados, pero ese mes de junio salió al encuentro del enemigo reforzado por la flota del almirante Won Gyun para sumar algo menos de un centenar de barcos, sorprendiéndolo en pleno saqueo.

En lo que se llamó la Batalla de Okpo, destruyó once naves niponas sin perder ninguna suya, apuntándose una brillante victoria. Tres semanas después volvió a chocar con ellos en Sacheon, fingiendo una retirada que animó a los japoneses a salir del puerto en su persecución y caer en una emboscada en la que perdieron otras 12 unidades. Jugaron un importante papel el geobukseon y el panokseon (la nave almirante de Yi, que resultó herido en un hombro), ya que al contar con cañones podían mantener las distancias y evitar el cuerpo a cuerpo que siempre buscaban los nipones conscientes de que ése era su punto fuerte; así era su tradición y por eso su flota se componía fundamentalmente de atakebunes, navíos de gran tamaño capaces de llevar un gran número de hombres.

Yi Sun-sin, herido en la Batalla de Okpo/Imagen: Quora

El 10 de julio los coreanos destruyeron una veintena más de buques en Dangpo y el día 13 sumaron otros 26 a su lista en Danghangpo. Toyotomi Hideyoshi empezó a preocuparse y encargó las operaciones a un trío de veteranos militares que, no obstante, quisieron alcanzar la gloria por su cuenta, sin coordinarse, y volvieron a caer en la trampa de la provocación: tres barcos coreanos atrajeron su flota hacia la isla de Hansan y la destrozaron a cañonazos, hundiendo 47 naves y capturando 12. En agosto se redondeó ese éxito en Angolpo, perdiendo los japoneses otro medio centenar de unidades. Hideyoshi detuvo su campaña de conquista y Yi Sun-sin aprovechó para dar un descanso a su gente.

Pero no estuvo inactivo; durante el mes que se tomó, construyó 22 nuevos buques que le vinieron muy bien porque al acabar el verano llegaron noticias de que la flota japonesa navegaba hacia Busan. Yi zarpó de inmediato y se enfrentó a ella en la Batalla de Janglimpo, hundiéndole seis barcos. Entonces un espía informó de que 470 embarcaciones enemigas estaban fondeadas en Busampo y Yi dirigió su flota en esa dirección con 74 panokseon y un centenar de naves menores. El consiguiente combate fue de récord, pues destruyó nada menos que 130 buques y, a cambio, únicamente registró 6 muertos y 25 heridos. Eso permitió un nuevo impasse en el que ambos bandos abrieron unas largas negociaciones que durarían tres años.

Yi Sun-sin dirigiendo la construcción de un buque-tortuga/Imagen: Warfare History Network

Los japoneses se habían dado cuenta de su patente desventaja en el mar, así que, mientras parlamentaban, artillaron más los atakebunes para defender con garantías el puerto de Busan, por donde enviaban suministros a sus tropas terrestres. También entendieron que era necesario librarse de Yi, para lo cual enviaron a un doble agente que engañó al general coreano Kim Gyeong-seo con información falsa. Consistía ésta en ubicar al enemigo en una zona de arrecifes que hubiera supuesto un desastre para la armada; como Yi, consciente del riesgo, no quiso enviar su flota, Kim le acusó ante el rey Seonjo, que no sólo le destituyó sino que ordenó llevarlo encadenado a Seúl, torturarlo y ejecutarlo.

Se salvó gracias a la intercesión de algunos ministros, que hicieron ver al monarca los servicios prestados. Pero, una vez más, perdió completamente su posición volviendo a ser un simple soldado, toda una humillación para alguien de su categoría y un duro golpe que se agravó con el fallecimiento de su madre. Ahora bien, los oficiales del ejército tenían claro quién había salvado a Corea y le trataron con honda deferencia. Por eso, cuando finalmente fracasaron las negociaciones e Hideyoshi retomó su campaña con una victoria en Chilcheolliang -la única naval que se cobró en aquella guerra-, en la que murió el sustituto de Yi en agosto de 1597, el general Won Gyun, los ojos se volvieron hacia él de nuevo, recibiendo el indulto y restituyéndosele el mando.

Un geobukseon ataca a la nave almirante japonesa (Wayne Reynolds)/Imagen: Pinterest

La situación era apurada porque los coreanos habían perdido 160 barcos y sólo disponían de una docena de ellos disponibles para hacer frente a medio millar de buques japoneses. De hecho, el rey ordenó olvidarse de la flota y combatir en tierra pero Yi se negó en una carta que decía textualmente: … su sirviente todavía tiene doce buques de guerra bajo su mando y aún está vivo, para que el enemigo nunca esté a salvo en el Mar del Oeste [Mar Amarillo]. Y diseñó un plan magistral que de haber sido concebido por un marino occidental se estudiaría en todos los manuales de histórica bélica naval.

Sabedor de que los nipones estarían confiados en su enorme superioridad y de que no desaprovecharían la oportunidad de quitarle de en medio, recurrió una vez más al truco de provocarles… y, por increíble que parezca, volvieron a caer en él. Un barco coreano hizo de señuelo atrayendo a la flota enemiga hacia donde creían que estaba reunida la coreana, el Estrecho de Myeongnyang. Y así era pero había algo que ignoraba el almirante japonés, Kurushima Michifusa: ese lugar se caracterizaba por la escasísima profundidad de sus aguas y un ciclo de mareas que impedía a sus barcos operar mientras que los coreanos, de menor calado, lo podían hacer sin problemas.

La flota coreana haciendo estragos en la japonesa/Imagen: Pinterest

Por eso la ventaja numérica nipona (133 buques de guerra más 200 auxiliares) quedó anulada: iban entrando cuidadosamente y en pequeños grupos para encontrarse con los exiguos 13 navíos de Yi, que les atacaban por todos los frentes gracias a su movilidad y acababan con ellos para esperar a la siguiente tanda. Yi se mantuvo fiel a su doctrina de evitar el enfrentamiento a corta distancia, que su predecesor había ignorado fatalmente, y la flota japonesa quedó sumida en un caos de fuego e inmaniobrabilidad a causa de las corrientes que llevaba a chocar unas unidades contra otras. El balance fue de 31 embarcaciones perdidas por ninguna coreana y el propio Michifusa cayó en combate, exhibiéndose su cabeza en un mástil a manera de trofeo. Inauditamente, Yi sólo tuvo 10 bajas.

En realidad hubo una muerte que le tocó muy de cerca. El tercero de sus hijos, que había sido apresado por el ejército japonés en Asan, fue ejecutado como represalia. Pero la suerte ya estaba echada para los planes de Hideyoshi porque los Ming, la dinastía que gobernaba China en esa época, decidió aliarse a Corea contra el peligro común y a comienzos de 1598 envió una flota al mando de Chen Li para reforzar la de su vecino en varias escaramuzas. El daimyo falleció ese año y le relevó Shimazu Yoshihiro, que le había apoyado en la campaña siendo uno de los que derrotaron a Won Gyun en Chilcheolliang. A él le tocaría sufrir la derrota definitiva ante el genial Yi Sun-sin.

Las batallas libradas por Yi Sun-sin durante la invasión japonesa/Imagen: Cpark14 en Wikimedia Commons

Fue en diciembre de 1598, en la Batalla de Noryang, a la que envió una poderosa flota de 500 barcos con el objetivo de romper el cerco que sufría el almirante Konishi Yukinaga en Pionyang. Otra vez el elevado número de naves hizo que se obstaculizasen entre sí en el limitado estrecho donde se libró el combate y los aliados chino-coreanos (82 panokseon y tres geobukseon coreanos más seis grandes juncos, 57 galeras y dos panokseon chinos), dieron buena cuenta de ellos, hundiendo casi la mitad. Los restantes optaron por la huida y Yi Sun-sin se lanzó detrás dispuesto a poner fin de una vez por todas a aquella amenaza. Eso le costó la vida al ser alcanzado por un arcabuzazo cerca del corazón.

Con sus últimas fuerzas ordenó no informar de su muerte y ser tapado con un escudo para que al verle agonizante no decayera la moral, de modo que únicamente fueron testigos su primogénito Yi Hoe y su sobrino Yi Wan, que trasladaron el cuerpo discretamente al camarote, vistiéndose el segundo con su armadura para hacerse pasar por el almirante y continuar emitiendo instrucciones mediante un tambor. Eso sí, tras la victoria, el país entero lloró de dolor e incluso los chinos lo lamentaron. Yi fue enterrado en Asan; había dejado este mundo para entrar en la Historia.

La muerte de Yi Sun-sin (Peter Dennis)/Imagen: Pinterest

Resulta significativo que siglos más tarde, el almirante japonés Tōgō Heihachirō, al que se apodaba el Nelson del Este por ser el artífice de la victoria ante Rusia en la Batalla de Tsushima, respondiera una vez al ser comparado con el marino coreano : Puede ser apropiado compararme con Nelson pero no con Yi Sun-sin de Corea, porque no tiene igual.


Fuentes: The Samurai Invasion of Korea 1592-1598 (Stephen Turnbull y Peter Dennis)/ Fighting Ships of the Far East (2). Japan and Korea AD 612-1639 (Stephen Turnbull y Wayne Reynolds)/The Imjin War: The Japanese Invasion of Korea (Eric Niderost en Warfare History Network)/Nanjung Ilgi: War Diary of Admiral Yi Sun-sin (Yi Sun-sin)/Wikipedia