María Oktiábrskaya, la soviética que pagó la fabricación de un tanque y lo condujo personalmente para vengar la muerte de su marido

Foto revolucionobrera.com


Aunque la participación de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial fue más activa de lo que puede parecer a priori, su papel fue fundamentalmente en la retaguardia, trabajando en la industria bélica o ejerciendo cargos auxiliares en logística, por ejemplo. Por supuesto, no faltaron casos de partisanas y guerrilleras pero el protagonismo casi absoluto recayó en manos de las soviéticas, que estuvieron en primera línea y han dejado muchos nombres para la posteridad como francotiradoras o pilotando aviones, por ejemplo. El caso de María Oktiábrskaya es un poco especial porque no sólo conducía un tanque sino que pagó su fabricación con dinero propio. Y todo para vengar la muerte de su marido.

Se llamaba Mariya Vasílievna Garagulia y era natural de Kiyat, una aldea de la gobernación de Táurida, en Crimea, donde nació en 1905. Ucraniana, por tanto. Siendo una más de diez hermanos, su familia no podía vivir precisamente en la abundancia pero tampoco en la pobreza, ya que se trataba de kulaks (el estrato más alto del campesinado). Eso no les libró de ser sospechosos de refractarios a la revolución y tuvieron que someterse a la ley de colectivización que Stalinpromulgó en enero de 1930 para redistribuir sus tierras y el excedente de producción.

Representación de los tres tipos de campesinos en 1926:  bednyaks (pobres),
serednyaks (de ingresos medios) y kulaks (acomodados) / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Hubo kulaks ejecutados y otros reinsertados en colonias de trabajo; a la familia de María le tocó el destino intermedio, que consistió en la deportación. Se libraron de la temida Siberia pero acabaron allende los Urales, en un pueblo del óblast de Sverdlovsk llamado Bayánovka. Sin embargo, ella no tuvo que hacer ese largo viaje porque para entonces, desde 1925, ya estaba casada y residiendo en Simferópol con Ilyá Fedótovich Riadnenko, un oficial de caballería, acordando juntos adoptar el apellido Oktiábrskaya (Octubre, una alusión a la Oktyabrskaya Revolyutsiya o Revolución de Octubre).

Y es que desde joven había dejado la granja, residiendo primero en Sebastopol y luego en Dhzankoy, para ejercer oficios dispares como operaria en una conservera o telefonista sin perder nunca, al parecer, una elegancia característica. La profesión de su marido la obligó a dejar el mundo laboral estable para seguirle en los diversos destinos que le asignaban por Crimea. En contacto con ese mundo cuartelero, María aprendió a conducir, a practicar primeros auxilios e incluso a usar armas variadas, a la vez que se integraba en el consejo de esposas de militares correspondiente que formaba cada unidad: “Cásate con un militar y tú servirás en el ejército; ser la esposa de un oficial no sólo es ser una mujer orgullosa, sino también responsable” dijo una vez.

María Oktiábrskaya en una postal soviética / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el verano de 1940 Ilyá fue nombrado comisario del 134º Regimiento de Obuses, destacado en Chisináu (capital de Moldavia), pues por esas fechas la Unión Soviética arrebató a Rumanía la Besarabia (una región que abarcaba Moldavia y parte de Ucrania), así como el norte de Bucovina (la parte noreste de los Cárpatos), aprovechando que el mundo tenía la atención centrada en la caída de Francia. Aproximadamente un año después la Segunda Guerra Mundial daba un giro con la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS por los alemanes, iniciándose lo que los soviéticos llamaron la Gran Guerra Patria.

María fue evacuada a Tomsk (Siberia) junto a su hermana, otros familiares y las esposas de los oficiales. Allí retomó su actividad de telefonista hasta que en 1943, después de casi dos años sin noticias de su marido, recibió una terrible explicación: Ilyá, trasladado a la 206ª División de Fusileros, había sido abatido por una ráfaga de ametralladora mientras dirigía una carga cerca de Kiev, en agosto de 1941. De pronto, la vida cambiaba radicalmente para aquella mujer y ella se encargaría de agudizar dicha transformación.

Tomsk conserva el recuerdo de María con este busto erigido en su honor / Imagen: Andrey Tomskiy en Wikimedia Commons

Lo primero que intentó fue alistarse voluntaria para ir al frente pero fue rechazada por dos contundentes razones: por un lado, ya tenía treinta y ocho años; por otro, padecía tuberculosis. No se resignó y tuvo una idea tan inaudita como osada. En una interpretación personal de la campaña de recaudación de fondos que llevaba a cabo el gobierno, María y su hermana vendieron todos sus bienes y trabajaron a destajo durante varios meses como bordadoras para reunir cincuenta mil rublos con los que pagar un carro de combate; una cifra más que notable teniendo en cuenta que el salario medio era de doscientos rublos.

Hoy suena un poco raro pero en esa época no resultaba infrecuente en muchos países que los particulares sufragaran la adquisición de armas para donar al ejército, especialmente en tiempo de guerra. En este caso era algo tan poco común común como un T-34, el tanque de tamaño medio que desde 1940 estaba sustituyendo a los carros ligeros T-26 (cuya actuación en la Guerra Civil Española y la Guerra de Invierno contra Finlandia había sido muy cuestionada). El ingeniero Mijaíl Koshkin lo dotó de mayor blindaje y un cañón de 76 mm (posteriormente aumentado a 85).

Corte esquemático de un T-34 / Imagen: How It Works

María le escribió un telegrama a Stalin manifestándole su deseo de vengar a su marido matando “perros fascistas”, explicándole cómo había ingresado ya el dinero y solicitando conducir el tanque ella misma, pues sabía conducir y disparar; hasta, añadía, había obtenido la distinción de Tiradora de Voroshilov (en referencia al OSOAVIAJIM, Unión de Sociedades de Asistencia para la Defensa y Aviación-Construcción química de la URSS, una sociedad fundada por el mariscal Kliment Voroshilov para impartir entrenamiento a civiles y constituir con ellos una especie de fuerza civil de reserva que llegó a tener cuarenta y un batallones).

Stalin respondió lacónica pero afectuosamente dando su aprobación y, así, en la primavera de 1943 María empezó un entrenamiento de cinco meses como tanquista en la Academia de Omsk. Era una novedad en todos los sentidos porque hasta entonces la premura de la situación obligaba a que las tripulaciones de los carros aprendieran sobre la marcha, en el frente, tras una formación básica; así que María fue pionera en eso y en ser la primera mujer del país que se graduaba, adelantándose por poco a la famosa Aleksandra Samusenko (a la que dedicamos un artículo). En octubre ya se encontraba en primera línea, en lo que se conocía como Frente Occidental, que para el resto de beligerantes era el Oriental.

Reconstrucción digital del Compañera de Lucha, el tanque de María Oktyabrskay / Imagen: War Thunder

En el tanque, que había sido bautizado con el nombre de Compañera de Lucha, María, conductora y mecánica, compartía habitáculo con el comandante Piotr Chebotkó, el artillero Guennádiy Yaskó y el operador de radio Mijaíl Galkin. Estaban adscritos al del 2º Batallón de la 26ª Brigada del 2ª Cuerpo de Tanques de la Guardia Soviética, popularmente conocido como Tatsinsky (por haber liberado el pueblo cosaco homónimo) y cuya intervención más célebre sería en la Batalla de Kursk. No consta que el Compañera de Lucha llegara a participar en ella pero sí en otros combates que se libraron ese otoño, para asombro de todos los que creían que la presencia de María sólo era propagandística.

El primero fue el 21 de octubre, con el tanque maniobrando para destruir varios nidos de ametralladoras y posiciones de la artillería enemiga. En medio de una cortina de fuego, María salió al exterior para hacer unas reparaciones y aunque era una temeridad -de hecho lo hizo desobedeciendo órdenes- y el carro resultó alcanzado varias veces más, se ganó el ascenso a sargento. Un mes después estaban peleando en Nóvoye Seló, (en el óblast de Vitebsk, Bielorrusia) cuando, durante una batalla nocturna, el Compañera de Lucha rompió las líneas alemanas.

Llamar Compañera de Lucha al tanque era algo frecuente en la URSS durante la guerra. Éste de la foto lo financiaron las trabajadoras de una fábrica y se lo entregaron al comandante Bayda, que llegó con él hasta los Cárpatos y allí fue destruido y él resultó muerto / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Durante la acción, el tanque resultó alcanzado por un proyectil de artillería que hirió a María. Dadas las circunstancias, ésta tuvo que permanecer en la torreta esperando su evacuación nada menos que dos días. Los oficiales del batallón la pusieron como ejemplo y empezó a forjarse su leyenda, que se agrandó en enero de 1944 cuando volvió al frente y se abrió paso entre las defensas alemanas en el contexto de la Ofensiva de Leningrado-Novgorod, que tenía como objetivo romper el sitio de la ciudad.

Estaba operando en el pueblo de Shved, cerca de Vitbesk, donde destruyó un obús autopropulsado, cuando en pleno pandemónium, el Compañera de Lucha volvió a ser alcanzada en una rueda de transmisión por un antitanque Shell. Con su clásica temeridad, María volvió a bajar para arreglarla, siendo herida en la cabeza -con especial afectación en un ojo- por varias esquirlas de una explosión y quedando tendida inconsciente. Ya no despertaría.

La sencilla tumba de María Oktiábrskaya en Smolensko / Imagen: Сергей Семёнов en Wikimedia Commons

Esta vez fue trasladada rápidamente al hospital de campaña nº 478 y de allí la llevaron por vía aérea al de Fastiv, cerca de Kiev, donde descubrieron que el fragmento había penetrado por el ojo hasta el cerebro y la herida era gravísima. De hecho, entró en coma y así permaneció dos meses mientras la visitaban compañeros y mandos, algunos de los cuales se encargaron de concederle la condecoración que se había ganado: la Orden de la Gran Guerra Patria de Primer Grado; luego le darían otras dos, la de Heroína de la Unión Soviética y la Orden de Lenin, pero ya a título póstumo porque murió en Smolensko el 15 de marzo de 1944, mientras la trasladaban a Moscú. Allí yace en un lugar llamado, muy propiamente, Memoria de los Héroes.

¿Qué fue, entretanto, del Compañera de Lucha? Pues su nombre ya era frecuente en los tanques soviéticos pero desde entonces fue pasando, a manera de legado, de un carro a otro a medida que eran destruidos; se sabe que el cuarto llegó hasta la prusiana ciudad de Könisberg, actual Kaliningrado rusa. Más aún, al final de la guerra el Regimiento de Tanques de la Guardia adoptó la tradición de llamar siempre así a alguna de sus unidades. Un bonito homenaje.

Fuentes: Heroines of the Soviet Union 1941–45 (Henry Sakaida-Christa Hook) / Amazons to Fighter Pilots (Reina Pennington y Robin D. S. Higham) / 100 Stories. The Lesser Known History of Humanity (John Hinson) / Bygone Badass Broads. 52 Forgotten Women Who Changed the World (MacKenzi Lee) / Guts & Glory. World War II (Ben Thompson) /Wikipedia