Isabel Barreto, primera mujer almirante de la historia y adelantada del Mar Océano

Ilustración de Geoff Hunt/Imagen: Pinterest

La primera mujer de la historia de la navegación en ser nombrada almirante fue española y junto a ese cargo ostentó también el de Adelantada, algo en lo que la precedieron Juana de Zárate (en Chile) y Catalina Montejo (en Yucatán) aunque ella es la única que lo fue del Mar Océano. Todo ello con el mérito extra de ocurrir en un siglo tan poco favorable a la mujer como el XVI y en un contexto, el de los viajes de descubrimiento que caracterizaron esa época, donde el sexo femenino era un rara avis. Se llamaba Isabel Barreto de Castro.

Seguramente habrá quien recuerde a Artemisia I, la reina caria de Halicarnaso que no sólo sumó cinco barcos de su satrapía a la flota de Jerjes I sino que los dirigió en persona en las batallas de Artemisio y Salamina en el año 480 a.C, según cuenta Heródoto. Sin embargo, aquella indómita mujer que sobrevivió a la derrota ante los griegos y de la que el rey persa dijo que “¡Mis hombres (los persas) se han convertido en mujeres y mis mujeres (Artemisia) en hombres!”, contaba con la ventaja de ser soberana y, por tanto, tener capacidad para decidir sobre el mando.

Francisco Barreto en una ilustración del siglo XVII/Imagen: Faria e Sousa en Wikimedia Commons

No era el caso de Isabel Barreto. Apenas sabemos nada de su infancia salvo el dato de que nació en Pontevedra en 1567 -e incluso éste es discutido-, por lo que no está claro si corría sangre azul por sus venas. A favor del sí sería su ascendencia portuguesa, pues hay quien la supone nieta de un marino de Faro llamado Francisco Barreto, militar y explorador que ejerció el cargo de gobernador de la India y después recibió el mismo nombramiento para Monomotapa (un reino de la costa sudeste africana que abarcaba lo que hoy son Zimbabue y Mozambique), donde murió durante su conquista.

En contra están quienes opinan que más bien era hija de Nuño Rodríguez Barreto y Mariana de Castro, siendo el padre, asimismo, de procedencia indeterminada: se le sitúa natural tanto de Galicia como de las islas Madeira (o quizá de ambas, sucesivamente). En cualquier caso, parece ser que la familia emigró al Perú y allí es donde nuestra protagonista empieza a tomar forma histórica propiamente dicha, quizá habiendo nacido allí, quizá un poco antes de cruzar el Atlántico. Establecidos en el barrio limeño de Santa Ana -Isabel sólo fue una más de diez hermanos- la fortuna sonrió a Nuño, que se enriqueció.

El Perú en un mapa del Atlas de Fernando Vaz Dourado, 1568/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso facilitó negociar el matrimonio de Isabel con Álvaro de Mendaña y Neira, un leonés de noble cuna nacido en 1541 que había llegado en 1567 al nuevo Mundo acompañando a su tío Lope, quien debía tomar posesión de su cargo como presidente de la Real Audiencia de Lima. Se casaron en 1586 y la novia aportó una cuantiosa dote que les resultaría muy útil para financiar la expedición que marcó su destino y les dio fama. Pero antes de entrar a narrarla hay que ver los antecedentes.

Tras la conquista del Perú por Pizarro, que se dio por finalizada en 1572, el virreinato se había convertido en una tierra de promisión para multitud de españoles, desplazando a un segundo plano al de Nueva España. La capital, situada en aquella Ciudad de los Reyes fundada para tener un puerto de aprovisionamiento y rebautizada Lima, crecía exponencialmente respecto a Cuzco precisamente gracias a su salida al mar y a su desarrollo económico se sumaba otro cultural, plasmado en las obras de Cieza de León, el Inca Garcilaso, Poma de Ayala, Sarmiento de Gamboa y otros.

Retrato hipotético de Álvaro de Mendaña

Una ceca acuñaba moneda, se fundaban ciudades y reducciones, la agricultura progresó y la minería, con el maravilloso Potosí como bandera, enriqueció a la población y permitió a España mantener su dominio militar en Europa. El comercio también floreció, sobre todo porque Lima tenía el monopolio de la Carrera de Indias en Sudamérica. Todo ello no sólo permitió la recuperación demográfica (la población se había desplomado tras la conquista) y originar una sociedad mestiza sino también impulsar expediciones marítimas por el Pacífico en un número creciente que hizo denominar a aquellas aguas el Mar Español.

Álvaro de Mendaña capitaneó una de ellas gracias a que su tío Lope ejercía de virrey interino. El objetivo era buscar unas islas que, según una leyenda quechua, eran ricas en oro y a las que los españoles, siempre tan crédulos con los mitos fantásticos de las Indias, compararon enseguida con el mítico reino de Ofir, aquel donde se ubicaban las fabulosas minas del rey Salomón. Se fletaron dos naos, Los Reyes, de 300 toneladas, y Todos los Santos, de 200, mandadas respectivamente por el mencionado Pedro Sarmiento de Gamboa y Pedro de Ortega, con Hernán Gallego como piloto mayor y Mendaña en persona como almirante.

Lope García de Castro, tío de Álvaro de Mendaña

En total, centenar y medio de hombres más una veintena de esclavos y, cómo no, cuatro frailes. Tenían autorización no sólo para explotar recursos que encontrasen sino también para fundar un asentamiento. Zarparon de El Callao en noviembre de 1567 y alcanzaron las Islas Salomón sin escalas tres meses después. Tomando como bases Santa Isabel y Guadalcanal, exploraron el archipiélago de isla en isla hasta reconocer una veintena (hay casi un millar) pero no hallaron ni rastro del ansiado oro. Por tanto se decidió el regreso, para lo que recurrieron al tornaviaje, la ruta descubierta por Andrés de Urdaneta cuatro años antes, arribando al punto de partida el 22 de julio de 1569.

El resultado final dejó un sabor agridulce al combinar el descubrimiento de nuevas tierras con la imposibilidad de haberlas aprovechado adecuadamente, por eso Álvaro de Mendaña se pasó los veinticinco años siguientes rumiando volver en otro viaje. El problema estaba en que ya no contaba con la valiosa ayuda de su tío, fallecido, y no todos veían las mismas posibilidades que él en aquel remoto lugar, visto lo poco que se había sacado de él. Además, Lima acababa de ser azotada por un fuerte terremoto que impedía emplear los recursos en otra cosa que no fuera la reconstrucción.

Felipe II retratado en 1573 por Sofonisba Anguissola/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Una situación curiosa porque Mendaña había firmado ya unas capitulaciones con Felipe II que implicaban reclutar 500 hombres, llevar ganado, fundar tres ciudades en un plazo de seis años y depositar una fianza de 10.000 ducados. A cambio se le nombraba Adelantado (una dignidad de procedencia medieval concedida para llevar a cabo una empresa bajo la autoridad real) y alguacil, ambas cosas con carácter hereditario; se le permitía llevar esclavos; quedaba excluido de impuestos durante un año; podía hacer repartimentos de indios si los hubiere; se le concedía también un marquesado.

Aquel bloqueo sólo se solucionó con la llegada de un nuevo virrey, García Hurtado de Mendoza, un personaje algo turbio que combinaba cierto prestigio por haber derrotado a los caciques araucanos Caupolicán y Galvarino con el tener la mancha de haber sido duramente acusado en un juicio de residencia como gobernador de Chile, aunque terminó absuelto. La labor de García Hurtado de Mendoza -que ya era hijo de virrey- en el Perú fue notable. Bajo su mandato se multiplicó la actividad minera al encontrarse nuevas vetas y se recaudó una fortuna que enviada a España sirvió para aliviar las arcas del estado tras el desastre de la Armada Invencible. Asimismo, se dio un nuevo impulso a la Guerra del Arauco, fundándose numerosas localidades.

El virrey García Hurtado de Mendoza/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero lo que nos interesa aquí fue su apoyo a la expedición de Mendaña, que concedió en primer lugar por el temor de que los ingleses terminaran por adueñarse de las Islas Salomón, dado que cada vez acudían más osadamente atraídos por las riquezas del virreinato (de hecho, posteriormente, ese virrey derrotaría a todos los corsarios ingleses que asomaron por sus costas, incluyendo a Drake y Hawkins). Hubo otras dos razones para aprobar el proyecto, ambas relacionadas: la mediación de Isabel Barreto, cuya posición social era una baza a favor, y porque la cuestión se planteó como una iniciativa privada.

Aquí entró en liza la copiosa dote que ella había aportado al matrimonio, tal como decíamos antes, que sirvió para financiar cuatro barcos: dos naos, el San Gerónimo (capitana) y la Santa Isabel (almirante), de 200 a 300 toneladas cada una, más la galeota San Felipe y la fragata Santa Catalina, ambas de porte similar (de 30 a 40 toneladas). El caudal humano lo componían alrededor de 400 expedicionarios, entre los que se contaban Isabel con tres de sus hermanos y una hermana, así como numerosas mujeres porque se iba con la intención de colonizar. Figuraba también un piloto mayor portugués que se haría famoso: Pedro Fernández de Quirós.

Pedro Fernández de Quirós en una ilustración decimonónica/Imagen: Wikiemdia Commons

El resto eran soldados fundamentalmente, y no de buena catadura, según se desprende de una carta que envió el rey a Mendaña pidiéndole que embarcara a la “gente levantisca y haragana” que abundaba en el virreinato, para limpiarlo. Fruto de ello fueron los numerosos problemas de orden que hubo, algunos ya al poco de partir, cosa que hicieron en abril de 1595. En apenas 35 días y tras una escala en Paita llegaron a la primera isla, perteneciente a un archipiélago al que bautizaron Marquesas de Mendoza en honor del virrey (que era marqués de Cañete).

A lo largo de las semanas siguientes descubrieron más tierras, ninguna de las cuales eran las Salomón para su desgracia: resultaban incómodas por carecer de llanos para cultivar (eran de origen volcánico) y de arrecifes que protegieran sus costas, que además acababan en abruptos acantilados. Eso y el hecho de que los nativos se mostraran muy hostiles sembró el descontento entre la gente. Fue necesario combatir y dar un escarmiento a los indígenas, de modo que unos dos centenares perdieron la vida; algo que se había intentado evitar al principio comerciando, pero a lo que se puso fin por la afición que tenían allí a robar cuanto veían al carecer del concepto de propiedad europeo.

El imperio intercontinental de Felipe II/Imagen: Nagihui en Wikimedia Commons

Aún así se fundó un asentamiento en Santa Cristina (actual Tahuata), donde la gente parecía más acogedora… hasta que se impusieron las diferencias culturales y volvió a haber batalla, algo que desagradaba mucho a Fernández de Quirós. Se hicieron otra vez a la mar, pasaron por más islas de las actuales Pukapuka (Cook) y Tuvalu, naufragó la nao Santa Isabel (posiblemente en medio de un tsunami originado por la erupción de un volcán) y el 20 de agosto llegaron las otras tres a Santa Cruz, donde se repitió el esquema anterior de buen recibimiento inicial y tensión posterior.

Santa Cruz (actual Nendo) ya estaba en las Salomón pero eso no relajó los ánimos, avivados porque no aparecía oro por ninguna parte. Un grupo encabezado por el maestre de campo Pedro Marino Manrique, responsable de muchos altercados tenidos con los melanesios por el brutal trato que les dispensaba, se enfrentó a Mendaña al exigir pena de muerte para unos revoltosos. Cuando días más tarde mató al cacique, el adelantado lo mandó apresar; él se resistió y falleció también en la refriega. Algunos documentos poco claros hacen pensar que Lorenzo Barreto, hermano de Isabel, había seducido a la esposa de uno de los hombres del maestre. En cualquier caso, empezaba a reproducirse el clásico mal de los conquistadores españoles, el enfrentamiento civil.

Mapa de Melanesia, la zona explorada en las dos viajes españoles/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Mendaña apenas tenía fuerzas ya para afrontarlo porque estaba enfermo de malaria y, efectivamente, perdió la vida en octubre dejando a su mujer como heredera y gobernadora. Puede sorprender pero es que ella había demostrado ya sobrada personalidad, hasta el punto de que se la tenía por la verdadera autoridad a la sombra de su marido, considerado débil e indeciso. Eso no quiere decir que la aceptasen de buen grado; no sólo por su sexo sino por la soberbia actitud que mostraba siempre, que la llevó a veces a inducir a Mendaña a negar bastimentos a otros barcos de la flotilla por temer que el suyo se quedase sin ellos.

La situación era lo suficientemente complicada como para que decidiera poner rumbo a Manila, siguiendo el consejo de Quirós a pesar de que no congeniaban (al igual que todos los marinos, a él nunca le gustó que su fallecido superior llevara a su mujer en el viaje y el propio Mendaña fue reticente, aunque tuvo que ceder porque, al fin y al cabo, ella lo costeaba). Detrás dejó muchas tumbas, no sólo la de su esposo, con caídos tanto por enfermedades tropicales como a manos de los nativos. Dado que Lorenzo también murió, víctima de una flecha indígena envenenada, su hermana, que compartía el mando con él desde que enviudó, se quedó sin su principal brazo armado. La singladura hasta Filipinas se presentaba todo menos fácil.

Mapa de Filipinas realizado por Pedro Murillo Velarde en 1734/Imagen: Armada Española

Eran 5.000 kilómetros de inmensidad que requirieron casi tres meses de penurias, solventados gracias a la voluntad de hierro de Isabel, capaz de racionar los escasos víveres y agua de forma implacable, sin dejarse amilanar por las protestas y amenazas por su inhumanidad. Y es que, le afeó Quirós, ella no se privaba a la hora de consumir y ni siquiera lo disimulaba, amparada en su autoridad. Durante la travesía se perdieron otras dos naves, el San Felipe (que desertó; apareció meses después en Mindanao con escasos supervivientes) y la Santa Catalina, cuya petición de ayuda fue desestimada por la adelantada temiendo que al ser de noche chocaran las dos naves (por cierto, su capitán, Alonso de Leyva llevaba el cadáver de Mendaña, subido a espaldas de su viuda con la intención de darle sepultura en la catedral de Manila).

Así pues, sólo el San Gerónimo lograría arribar a puerto seguro. Lo hizo el 1 de enero de 1596 en Guam, donde se aprovisionó para continuar hacia Filipinas, que apareció por fin a su vista el 11 de febrero. Pero incluso en aquel momento de alivio hubo disputa. Debido al mal tiempo, Quirós recomendó desembarcar a mujeres y niños en una bahía abrigada. Isabel, temiendo que todos aprovecharan para irse, lo denegó e incluso mandó ahorcar a un hombre que bajó en busca de leche para su hijo; se salvó porque los demás se negaron a acatar la orden.

Las dos expediciones realizadas por Álvaro de Mendaña, la primera en solitario y la segunda con Isabel Barreto/Imagen: WikiMar

“Igual hiciera la señora en darnos de comer de lo que tiene guardado, de las botijas de vino y aceite con quien tiene necesidad, que no en esas estropeaduras” le reprochó Quirós en alusión a la negativa de ella a repartir las provisiones que quedaban, a pesar de que estaban ya en el final del viaje. Ante las recriminaciones del piloto mayor la adelantada respondió que “la expedición la había costado muy cara y ella no toleraba intervención en sus intereses”. La prudencia hizo levar anclas y llegar a Manila.

Poco antes, Isabel despachó rápidamente a sus hermanos en un bote a hablar con el gobernador para evitar que Quirós fuera primero y diera una versión de las cosas poco favorable; algo consiguió porque en agosto contraía matrimonio con su sobrino, Fernando de Castro. En ese sentido, mientras la nao era sometida a reparaciones en Cavite para poder retornar a América, Isabel, apodada la Reina de Saba, adquirió mercaderías con que llenar la bodega y amortizar los gastos. El barco zarpó poco después de la boda e hizo el tornaviaje hacia Acapulco junto al célebre Galeón de Manila, que naufragó. Pero el San Gerónimo volvió a sobrevivir y alcanzó su destino.

El tornaviaje, ruta del Galeón de Manila, descubierto por Andrés de Urdaneta/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Isabel y su esposo se quedaron en Nueva España reclamando a la Corona sus derechos sobre las Salomón, aunque él tuvo que regresar a Filipinas para colaborar en su defensa mientras ella se desplazaba a Perú para seguir pleiteando desde allí en favor de sus hijos. Al final, Fernando retornó para ocupar el cargo de gobernador de Castrovirreyna y luego se retiraron a una encomienda que los Mendaña tenían en Bolivia, sin conseguir que Felipe III escuchara su petición de autorizar otro viaje.

En cambio, el monarca sí dio licencia a Quirós. Él había continuado hasta Lima en solitario, seguramente contento porque, como dejó escrito: “No quiero decir que hice en este viaje otra cosa buena más de sufrir a una Gobernadora mujer y a sus dos hermanos”. En 1605 se hizo a la mar haciendo caso omiso de las protestas de Isabel, que exigía ir en la expedición a las que consideraba sus tierras, con la misión de encontrar la Terra Australis Ignota, descubriendo las Nuevas Hébridas (hoy Vanuatu) y, presuntamente, Australia. Murió en Panamá en 1614 pidiendo dinero al rey para volver y confirmarlo. Isabel había fallecido dos años antes.

Fuentes: Historia del descubrimiento de las regiones Australes hecho por el general Pedro Fernández de Quirós (Pedro Fernández de Quirós)/Isabel de Barreto, una mujer en el Pacífico (Belén Fernández y Fuentes)/Isabel Barreto, almirante de la Armada española, entre la ficción y la realidad (María Luisa Burguera Nadal)/La primera almirante española, Isabel Barreto en la segunda expedición de Mendaña (José Antonio Crespo-Francés)/Españolas de Ultramar en la historia y en la literatura (Juan Francisco Maura)/Islas Marquesas y de Santa Cruz 1595-1598 (Instituto de Historia y Cultura Naval)/Mujeres en el campo de batalla (Alicia María de los Reyes García y María Victoria Santos de Martín Pinillos)/Isabel Barreto (Francisco Mellén Blanco en Real Academia de la Historia)/Wikipedia