Gregor MacGregor, el inefable escocés que colaboró con Bolívar y estafó a cientos de británicos inventándose un país para colonizar

Gregor MacGregor/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Hay personajes de la Historia que merecerían haber sido inmortalizados por la literatura o el cine por las dimensiones que alcanzaron en vida pero que, sin embargo y pese a lo interesantes que resultarían, han quedado incomprensiblemente relegados a cierto olvido. Buen ejemplo de ello es Gregor MacGregor, un aventurero, soldado, impostor y embaucador escocés, excesivo por los cuatro costados, que participó en la emancipación de Venezuela, intentó arrebatar la Florida a España y estafó al gobierno de Londres presentándose como príncipe de un territorio centroamericano que ofreció como colonia y resultó ser sólo una selva impenetrable.

Gregor nació en Stirlingshire en 1786, hijo de un capitán de la East India Company. Pertenecía al clan MacGregor (el mismo del célebre Rob Roy), que había estado proscrito hasta 1774 por su catolicismo y su apoyo a la causa jacobita, aunque el abuelo de nuestro protagonista militó en el ejército británico colaborando en la restauración. Gregor también aseguraba que un antepasado suyo había formado parte del Proyecto Darién, la excéntrica y fracasada tentativa del Reino de Escocia de establecer un asentamiento en el Istmo de Panamá en la última década del siglo XVII con el nombre de Nueva Caledonia.

Cimera heráldica del clan Gregor/Imagen: Celtius en Wikimedia Commons

No hay pruebas de ello, como tampoco de que estudiara en la Universidad de Edimburgo, como decía; si lo hizo no llegó a graduarse. En cualquier caso se había trasladado allí con su familia tras la muerte en 1794 de su padre y lo que sí es cierto es que en 1803, a los dieciséis años, ingresó en el ejército británico después de que su madre le comprara el cargo de alférez, algo normal en la época. Empezaban entonces las Guerras Napoleónicas y su regimiento fue destinado a proteger Kent de una posible invasión; pasado el peligro con la victoria en Trafalgar, ascendió a teniente y se le envió a Gibraltar.

Allí se enamoró de Maria Bowater, hija de un almirante fallecido de la Royal Navy, con la que se casó al año siguiente. Se establecieron en Londres pero Gregor seguiría sirviendo en la colonia peninsular hasta 1809, habiendo comprado el cargo de capitán. Acostumbraba a vestir de gala y lucir sus medallas vanidosamente, obligando a sus hombres a hacer otro tanto, lo que no le dio precisamente popularidad entre ellos. Como la guerra contra la Francia napoleónica continuaba, su siguiente comisión fue en Portugal a las órdenes del futuro duque de Wellington.

Un joven MacGregor en 1804(George Watson)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El paso por lo que en Reino Unido llaman Peninsular Wars fue irregular. Por un lado, una discusión trivial con un oficial superior le llevó a solicitar la baja y regresar a Gran Bretaña en 1810; pero por otro, en 1811 aparece en la sangrienta Batalla de La Albuera, donde se distinguió hasta el punto de ganarse el derecho a ser incluido entre los Die-Hards (Intransigentes), el apodo que se dio a los miembros de su regimiento, el West Middlesex. Ese mote adquiriría tintes burlescos más tarde, cuando los Die-Hards formaron una asociación refractaria a las reformas militares de la segunda mitad del siglo XIX, defendiendo mantener los anacrónicos postulados de antaño.

Siendo coronel con veintitrés años, regresó a su país y llevó una vida acomodada pero sin ser aceptado por la alta sociedad de Edimburgo, a pesar de que se presentaba falsamente como Sir y cabeza de su clan. La gente le creía en Londres pero no en Escocia, y en 1811, cuando su esposa murió, se quedó sin su fuente de ingresos y su soporte social, por lo que sólo tenía dos opciones: o volver a casarse cuanto antes, con el previsible escándalo de su familia política, o regresar a la modesta -y aburrida- finca de los MacGregor.

Francisco de Miranda preso en San Fernando (Arturo Michelena)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La mejor solución era retomar el oficio militar pero su salida del ejército lo dificultaba. Entonces se presentó una inesperada oportunidad: la insurrección de los territorios españoles de ultramar, que el gobierno británico incentivaba después de que el líder principal, Francisco de Miranda, visitara Londres en busca de alianza. Es posible que ambos se conocieran allí y MacGregor le ofreciera sus servicios directamente porque inmediatamente vendió sus propiedades y viajó al Virreinato de Nueva Granada vía Jamaica, desembarcando en Caracas.

La ciudad estaba en ruinas por el famoso terremoto ocurrido dos semanas antes y amenazada por las tropas realistas, a las que apoyaba buena parte de la población al considerar el seísmo un castigo divino a los rebeldes. Por tanto, el escocés recibió de inmediato el mando de un batallón de caballería con el que entró en combate varias veces, la mayoría de ellas sin demasiada fortuna. Mejor le fue en el plano sentimental, pues en 1812 contrajo segundas nupcias con Josefa Antonia Andrea Aristeguieta y Lovera, de ilustre familia criolla y prima de Simón Bolívar.

Josefa Antonia Andrea Aristeguieta y Lovera (Charles Lees)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para entonces, la causa independentista empezaba a tambalearse y llegó la derrota. Miranda, partidario de negociar con los realistas, fue acusado de traición y entregado a éstos, quedando Bolívar como cabecilla pero debiendo escapar a Curaçao; MacGregor, ascendido a general, le acompañó con su mujer. Pero aburrido en aquella isla se ofreció a Antonio Nariño, quien le concedió más de un millar de hombres para operar en la frontera de las actuales Colombia y Venezuela. Los soldados calaron enseguida a su jefe y le consideraban un fanfarrón bochornoso.

Entretanto, en 1813, Bolívar regresó, reconquistó Caracas… y al año siguiente fue vencido de nuevo, igual que Nariño. MacGregor se atrincheró en Cartagena de Indias pero en 1815, ante la amenaza de la flota española, huyó a Jamaica con los suyos a bordo de unas cañoneras. En la isla caribeña le recibieron como un héroe, contrastando con su visita anterior, en la que fue despreciado por la élite local. Él se encargó de engrandecer su papel, por supuesto. Un año después se unió a Bolívar en Santo Domingo como general de brigada y segundo de Manuel Piar para una nueva campaña.

Simón Bolívar (Antonio Salas)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Otro fracaso que obligó al escocés a escapar a la desesperada, abandonando incluso a sus heridos, hasta Chaguaramas. Allí sus arqueros indígenas lograron diezmar a la caballería española aprovechando que estaba atrapada en un pantano y permitiendo una retirada a marchas forzadas a Barcelona, bautizada como La de los Seiscientos, que le permitió contactar con las fuerzas de Piar y le otorgó una popularidad hasta entonces esquiva. Tanta que llevó a que le bautizaran como el Jenofonte de América, provocando cierta rivalidad con su superior, lo que hizo que MacGregor se trasladara a Isla Margarita para ponerse a las órdenes del general Juan Bautista Arismendi.

Éste le encomendó capturar un puerto en Florida -también española- que sirviera de base de aprovisionamiento. El escocés viajó a EEUU para recaudar fondos y voluntarios, a pesar de que Bolívar le concedió la Orden de los Libertadores y le pidió que regresara a su lado. Algunos políticos estadounidenses, autobautizados Diputados de la América Libre, le apoyaron decididamente y le animaron a adueñarse de toda la Florida basándose en que la mayoría de la población, al no ser de origen español, le apoyaría y ello llevaría al gobierno de Washington a ayudarle.

MacGregor reunió varios cientos de efectivos y recabó cuantiosos fondos de inversores a cambio de prometerles tierras, lanzándose en 1817 a la conquista de la isla Amelia, un pedazo de terreno donde vivían piratas y contrabandistas. Pensando acertadamente que no encontraría resistencia, desembarcó con ochenta hombres y tomó por sorpresa el fuerte de San Carlos, defendido por apenas medio centenar de soldados, sin necesidad de disparar un solo tiro. Entonces se proclamó la República de las Floridas, izando su bandera (cruz verde sobre fondo blanco) y acuñándose medallas con la pomposa inscripción Amelia veni vidi vici (Amelia, vine, vi, vencí).

Una de las medallas conmemortaivas de Isla Amelia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero era una república vacía. La mayoría de los habitantes escaparon a la parte continental o a la actual Georgia sin hacer caso a su oferta de quedarse, que hizo como autoproclamado gobernador. Eso y el fracaso de las medidas económicas adoptadas -incautación de esclavos, impuestos a los piratas- llevaron a que EEUU no sólo no enviara la ayuda presuntamente prometida sino que prohibiera partir al grueso de la tropa, que todavía no había salido del país. De esta forma, MacGregor se quedaba sin apenas ejército para continuar la campaña por la parte continental.

Como los suyos empezaron a desertar y los españoles estaban reuniendo fuerzas para echarle, delegó el mando en un corsario mexicano (desplazado luego por un ex-congresista de Pensilvania), embarcó en una goleta, se fue a Nassau (donde Josefa dio a luz a su hijo, Gregorio)… y pudo eludir la devolución de los préstamos a los inversores. La república duró tres meses, aunque dos años más tarde entraría dentro de la compra de Florida por EEUU. Y mientras, MacGregor se enteró de que en Reino Unido se estaba reclutando la Legión Británica, un cuerpo de voluntarios que se iba a enviar de refuerzo a Bolívar, por lo que se plantó en Londres dispuesto a incorporarse.

Fusileros de la Legión Británica/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El escocés se encargó de recaudar fondos para el transporte por mar pero con su afición a la buena vida los despilfarró, teniendo que recurrir a un banquero amigo que le permitió ofrecer mejores salarios que los ingleses. Así reunió medio millar de voluntarios -la mayoría irlandeses- y cincuenta oficiales con los que atravesó el Atlántico. Eso sí, carecían de armas y equipamiento para su objetivo, la conquista de Portobelo; y como tampoco se pudo entregar el sueldo prometido, aquella tropa empezó a desanimarse, por lo que se decidió atacar cuanto antes.

El asalto, nocturno y por sorpresa, permitió la victoria con sólo doscientos hombres. El coronel Rafter, que lo había dirigido, quería lanzarse ahora sobre Panamá pero MacGregor estaba enfrascado en crear una orden militar, la de la Cruz Verde, y pagar a la tropa, que llegó a amotinarse. Esa demora favoreció el contraataque español, también sorpresivo, que obligó al escocés a huir saltando por una ventana de la casa donde dormía. Rafter cayó prisionero y fue fusilado, mientras la mayor parte de los soldados acababan en prisión y su general, recogido inconsciente por sus ayudantes al pie de aquella ventana, huía otra vez en un barco.

Garita del fuerte de Portobelo/Imagen: andrea 1 victoria en Wikimedia Commons

Eso no le impidió repartir condecoraciones de su invención entre los oficiales supervivientes, rebautizar el buque en que escapó con su nombre y, obviando su pobre papel, planear una expedición desde Haití al Río de la Hacha (actual Riohacha, capital del departamento colombiano de La Guajira). Contaba para ello con unos quinientos efectivos irlandeses e ingleses mal equipados y sin transporte. Esos problemas los solventó su reclutador en Londres, el coronel Thomas Eyre, que llegó con cuatrocientos voluntarios más en dos barcos, al que luego se sumó un tercero (llamado Amelia, por cierto). Eyre fue nombrado general y empezó la campaña.

No duró mucho. La precariedad de fuerzas y la falta de dinero para los salarios hizo que la mayoría de los británicos abandonaran, quedando unos doscientos cincuenta que parecían insuficientes. Aún así, desembarcaron en Río de la Hacha esperando a que llegara MacGregor para tomar el mando; pero él, temiendo un desastre, se empeñó en seguir la operación desde el mar y tuvieron que actuar por su cuenta. Contra todo pronóstico, lograron apoderarse del fuerte y cuando por fin desembarcó su jefe lo recibieron con insultos. Peor aún cuando, en otra muestra de grotesca fatuidad, se proclamó Su Majestad el Inca de Nueva Granada.

Actual municipio de Riohacha/Imagen: Shadowxfox en Wikimedia Commons

Claro que una cosa era tomar aquel sitio y otra mantenerlo. Con semejante líder y ante la llegada de una escuadra española, buena parte de la gente optó por desertar. Viendo el panorama, él mismo nombró un gobernador, le exhortó a una defensa numantina… y después subió al Amelia poniendo millas de por medio. El sitio, evidentemente, volvió a manos españolas y todos sus defensores cayeron mientras MacGregor era repudiado por Bolívar, que dictó orden de ahorcamiento para él, y tampoco podía encontrar amparo en Jamaica, cuyas autoridades le pusieron en busca y captura.

Retornó entonces a Londres, donde un hermano de Rafter había publicado un libro desvelando la bajeza del personaje y advirtiendo del riesgo que corría cualquiera que se asociara con él. Sin embargo, Gregor MacGregor era un auténtico tahúr, capaz de idear recursos donde no los había. El siguiente escenario de sus aventuras fue la Costa de los Mosquitos, entre las actuales Nicaragua y Honduras, lugar que los españoles habían dejado de lado por su insalubridad y la belicosa hostilidad de los nativos.

La Costa de los Mosquitos. Poyais ocupaba el tramo superior (en horizontal), que ocupaba la parte meridional de Honduras y la más septentrional de Nicaragua/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

En realidad, éstos eran una mezcla de nativos y esclavos cimarrones a los que Reino Unido concedía desde el siglo XVII la fantasiosa categoría de reyes para obstaculizar la legitimidad jurídica de España. Uno de ellos se hacía llamar George Frederic Augustus I y se consideraba descendiente de unos efímeros colonos ingleses que se establecieron allí tiempo atrás hasta que el tratado anglo-español de 1786 los obligó a irse. En 1820, MacGregor reapareció en Londres para la coronación de Jorge IV presentándose como Cacique de Poyais, título que le habría dado ese monarca junto con autoridad sobre el territorio homónimo, algo más grande que Gales.

Aseguraba que lo había transformado en un reino próspero, de buen clima, tierra fértil y rico en oro, con una capital llamada San José que estaba dotada de puerto, parlamento tricameral, catedral y teatro. Venía, decía, buscando inversores y colonos deseosos de una nueva vida convertidos en poyers, como se denominó a los potenciales nuevos ciudadanos, refrendando todo con documentos que incluían diseños de uniformes para el ejército, escudo de armas, títulos, una bandera (otra vez la de la cruz verde), etc. Por increíble que parezca, Inglaterra picó de nuevo.

Bandera de Poyais diseñada por MacGregor con alusión a Escocia/Imagen: crwflags.com

El comandante William John Richardson, viejo amigo de las Peninsular Wars, se dejó convencer para ser su representante, cediéndole sus propiedades como base de operaciones a cambio de recibir la Orden de la Cruz Verde y el mando de un regimiento de caballería. El mismo Richardson envió en 1821 una carta a Jorge IV en nombre de “Gregor el Primero, Soberano Príncipe del Estado de Poyais”, mientras el interfecto vendía tierras de la colonia con sus correspondientes títulos impresos y todo. La economía de Gran Bretaña estaba en estado efervescente tras la derrota de Napoleón y las independencias americanas, así que todos estaban a la caza de oportunidades de inversión.

La campaña publicitaria desarrollada por el escocés fue grandiosa y alumbró incluso una guía para los colonos que escribió él mismo; los primeros, por cierto, zarparon hacia América Central en otoño de 1822 mientras MacGregor obtenía un préstamo bancario por valor de doscientas mil libras con la garantía de acciones del estado de Poyais, que había salido a Bolsa. Hasta siete barcos fueron arribando uno tras otro a la Costa de los Mosquitos para encontrar que no había nada: ni ciudad, ni clima benigno, ni tierra aprovechable, ni ríos llenos de pepitas de oro. Ni siquiera los nativos resultaban amistosos y el rey George Frederic Augustus no sólo ignoraba quién era el tal MacGregor sino que les conminaba a irse de su reino.

Ilustración de la época caricaturizando las burbujas financieras en Inglaterra. la más grande, en el centro, es al de Poyais/Imagen: History Today

Cientos de humildes trabajadores británicos, la mayoría escoceses, habían entregado sus pagas de un año a cambio de aquella ficción, aunque también había gente más preparada destinada a integrar estratos más altos: comerciantes, artesanos, funcionarios, médicos, militares de nuevo cuño y hasta un banquero que debía hacerse cargo de la dirección del Banco de Poyais. A decir de algunos biógrafos, eso y el hecho de que llevaran consigo fondos monetarios estatales demuestra que MacGregor se llegó a creer su propio cuento.

En un alarde de desfachatez, se desvinculó totalmente de cualquier relación con las nacientes repúblicas americanas y ofreció a España colaborar en su principado, aunque el gobierno hispano no le hizo caso. Acertó porque a finales de 1822 la inestabilidad política en Sudamérica provocó la quiebra de las acciones de Colombia que, si bien se recuperaron levemente, arrastraron en la caída a las de Poyais. Así, mientras los colonos se morían literalmente de hambre y enfermedades tropicales, el tinglado montado en Inglaterra empezaba a desmoronarse.

Dólar del falso Banco de Poyais/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Una goleta enviada desde la Honduras Británica informó a los supervivientes de que Poyais no existía y se los llevó moribundos en varios viajes. Luego, se envió el correspondiente aviso al gobierno. Llegó a tiempo para que la Royal Navy detuviera la partida de otros cinco buques. Richardson siguió defendiendo tercamente la veracidad de Poyais, incluso poniendo demandas por difamación, pero su jefe, viendo los negros nubarrones cernirse sobre él, escapó rápidamente a Francia echándole la culpa a sus agentes, asegurando que le habían estafado.

Lo gracioso es que allí intentó continuar el negocio vendiendo nada menos que dos millares de kilómetros cuadrados de Poyais a la Compagnie de la Nouvelle Neustrie, que estaba interesada en entrar en el comercio americano. Para ello volvió a desarrollar la campaña promocional que había hecho en Inglaterra pero las autoridades francesas sospecharon, arrestándole y deteniendo la operación, que ya tenía un barco preparado. Entonces le ofreció de nuevo a Fernando VII que aquel territorio pasara a ser un protectorado español, en una carta que firmaba como descendiente de los antiguos reyes de Escocia; no hubo respuesta.

La prisión francesa de Le Force, donde MacGregor estuvo encarcelado seis meses/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Después de varios meses en prisión se celebró el juicio. Al contrario que algún cómplice que optó por fugarse, MacGregor colaboró y se ganó la absolución por falta de pruebas. Todo parecía ir bien pero el cómplice fue capturado y se ordenó un segundo juicio; una hábil defensa, centrada en los méritos militares del escocés, le supuso una nueva absolución y la condena para el otro. Era el año 1826 y regresó con su mujer y sus hijos (había tenido dos más) a Londres, donde todo estaba ya en calma.

Reincidió. Como le detuvieron pero fue puesto en libertad sin cargos, empezó a reconstruir su montaje de Poyais. En 1828 volvió a solicitar préstamos y emitir bonos del país, aunque no tuvo demasiado éxito porque circularon libelos de advertencia. Es curioso que la gente no se mostró remisa por considerarlos un fraude sino por el escaso rendimiento que daban. Además surgieron varios imitadores (entre ellos el hermano del rey George Frederic Augustus, que le había sucedido en el trono), con lo que el método quedó sobrexplotado. Retirado a Edimburgo, MacGregor siguió con su actividad -hasta redactó una constitución para Poyais- pero a un nivel menor; su momento ya había pasado.

Antigua parroquia de Altagracia, actual Panteón Nacional de Venezuela/Imagen: Alexcocopro en Wikimedia Commons

Genio y figura, cuando murió Josefa en 1838 se lió la manta a la cabeza y emigró a Venezuela, solicitando la ciudadanía y su antiguo rango militar en el ejército, con reclamación de las pagas atrasadas y una pensión por sus servicios a la patria. Bolívar había fallecido ocho años antes, así que no podía testificar en su contra. En cambio, un viejo camarada de armas, Rafael Urdaneta, que ahora era ministro de Defensa, intercedió por él ante el Senado. El presidente, José Antonio Páez, dio el visto bueno y aquel inefable escocés pasó a ser un jubilado venezolano, respetado miembro de la comunidad.

Murió en Caracas en 1845 y le enterraron con honores en el Panteón Nacional, en lo que fue su última y postrera obra maestra. Qué mina se pierden literatos y cineastas.

Fuentes: The Land That Never Was. Sir Gregor MacGregor and the Most Audacious Fraud in History (David Sinclair)/The fraud of the Prince of Poyais on the London Stock Exchange (Bryan Taylor)/Reyes, emprendedores, misioneros: Rivalidad imperial y sincretismo colonial en la Costa de Mosquitia, siglo XIX (Markéta Křížová)/Gregor MacGregor, the Prince of Poyais (Victor Allan en History Today)/Colonial lives across the British Empire. Imperial careering in the long nineteenth century (cap. 1 por Matthew Brown)/Florida’s past. People and events that shaped the state (Gene M. Burnett)/Wikipedia