Fiódor Kuzmich, la leyenda del zar ermitaño

El zar Alejandro I, retratado por George Dawe, y su presunta nueva personalidad, el stárets Fiódor Kuzmich / dominio público en Wikimedia Commons – Trinity Stores

Seguro que habrán oído esa leyenda de que Elvis fingió su muerte y en realidad sigue vivo con una identidad falsa o, según la versión, en un país africano. Es una más de las que circulan a costa de personajes famosos, pero no se trata de algo nuevo. En la Historia hay unos cuantos similares y algunos son muy célebres, como el de la princesa Anastasia, que habría logrado sobrevivir al fusilamiento de su familia y huir, o el del mariscal Ney, que también habría podido escapar de ser pasado por las armas para refugiarse en EEUU. Vamos a ver hoy uno menos conocido, también ruso: el que identificaba al monje Fiódor Kuzmich con el zar Alejandro I.

Alejandro, nacido en 1777, era hijo del zar Pablo I y la princesa alemana María Fiódorovna; por tanto, nieto de Catalina la Grande, en cuya corte se crió empapándose del espíritu ilustrado que ella había introducido siguiendo el ejemplo de otro Grande, Pedro I. Por eso era un admirador tanto de las instituciones parlamentarias británicas como de algunas novedades de la Revolución Francesa, intentando él mismo impulsar algunas reformas socioeconómicas en Rusia.

Retrato ecuestre del zar Alejandro I (Franz Krüger) / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No lo consiguió porque la burocracia y la corrupción estaban demasiado enraizadas, de ahí que, a pesar de su voluntad de ser un gobernante que hiciera Historia, tuvo que recurrir a la autocracia anulando en la práctica los poderes que otorgó al consejo de estado que había creado. Así, su reinado se volvió cada vez más reaccionario y la triste situación de un pueblo en el que aún existía la servidumbre medieval no cambió sustancialmente.

Por otra parte, Alejandro había subido al poder de forma turbulenta, involucrado mediante engaño en una conspiración para derrocar a su padre que terminó con el asesinato de éste, lo que le provocó un profundo arrepentimiento toda su vida y le hizo echarse en brazos de la Iglesia Ortodoxa. De esa manera, el zar sólo encontró una salida a sus sueños en la política exterior, que fue la que realmente caracterizó su mandato; paradójicamente, incluso en ese campo las cosas no salieron como esperaba.

Encuentro entre Alejandro I y Napoleón en Tilsit (Jean-Baptiste Debret) / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Dadas las características que había acreditado Alejandro, la admiración por Napoleón era inevitable. Como además había recibido aquella influencia de la Ilustración francesa , Rusia y Francia vivieron una primera etapa de buenas relaciones que, sin embargo, no podía durar. El asesinato del duque de Enghien ordenado por Bonaparte (el que Fouché definió diciendo fue peor que un crimen; fue un error) llevó a romper las relaciones diplomáticas, culminando un cambio en la percepción que el zar tenía de Bonaparte debido a la presión extra de Prusia, con la que se había firmado una alianza por razones familiares.

Llegaban tiempos duros. Como resultado de las sucesivas coaliciones anti-galas, Europa quedó envuelta en una concatenación de guerras que acabaron con millones de vidas. Muchas de ellas en tierra rusa, que fue invadida por la Grande Armée, aunque al final se consiguió echarla y derrotar a Napoleón. De este modo se puso fin a su época iniciando una nueva, la del absolutismo que surgió del Congreso de Viena y que se plasmó en la Santa Alianza, impulsada por el propio Alejandro, que cumplía así lo que consideraba un destino providencialista.

Retirada de la Grande Armée por el río Berezina (Peter von Hess) / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Falleció en 1825, cuando ya estaba en una fase paranoica en la que veía conspiraciones contra él por todas partes. Fue el tifus el que acabó con su vida durante un viaje que estaba haciendo por Crimea en busca de brisa marina que aliviara a su esposa enferma (de hecho, ella murió también durante el traslado del cadáver a San Petersburgo). Que el óbito se produjera tan lejos de la corte y que su embalsamamiento fuera defectuoso, provocando una descomposición acelerada que obligó a sellar el ataúd, alimentó especulaciones desde el principio y la más curiosa fue la que reseñábamos al principio: que todo era un montaje diseñado por el propio zar para poder dejar el trono y pasar el resto de su existencia como eremita, expurgando su sentimiento de culpabilidad por la muerte de su padre.

Aquí es donde entra en escena el misterioso stárets llamado Fiódor Kuzmich, al que se canonizó en 1984. Los startsy -en plural- eran una especie de guías espirituales del credo ortodoxo que practicaban el ascetismo y solían ejercer de maestros en los monasterios. Se les suponía imbuidos de poderes extraordinarios recibidos directamente del Espíritu Santo, de modo que podían curar enfermedades, tener clarividencia y hacer profecías. Muchos de ellos atendían a la gente en ese sentido, aunque otros preferían retirarse del mundo como anacoretas.

Retrato anónimo de Fiódor Kuzmich / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esto último era lo que había hecho Kuzmich cuando fue arrestado por la policía de Perm después de que un herrero denunciase sus sospechosa presencia. Sospechosa porque el stárets era forastero y tenía un aspecto extraño, con cicatrices de latigazos en la espalda. Cuando los agentes interrogaron a aquel anciano, que rondaría los sesenta años de la época, apenas obtuvieron respuestas; Kuzmich decía ser un religioso y no saber ni leer ni escribir pero poco más y se mostraba incapaz de recordar su infancia, lugar y año de nacimiento.

Más aún, carecía de documentos, por lo que resultaba un auténtico misterio viviente. A las siempre recelosas autoridades rusas no les gustó aquello y ordenaron azotarle pero tampoco así obtuvieron respuestas, por lo que se decidió enviarlo a Siberia. Para entonces ya despertaba cierto miedo reverencial entre sus guardias, que llevaron a cabo el traslado sin esposarle. El destino era la ciudad de Tomsk, capital del óblast homónimo, en el sudeste siberiano.

Ubicación de la ciudad rusa de Tomsk / Imagen: Google Maps

Corría el año 1836 y ya llevaban una década circulando los rumores sobre la falsa muerte del zar, a quien empezó a identificarse con alguien tan oportuno como Kuzmich. Éste tenía unas costumbres tan ascéticas, propias de los startsy, comiendo sobriamente, durmiendo sobre una tabla y vistiendo ropas bastas, que algunos interpretaron que sólo podían ser una reacción frente a la opulencia de una etapa anterior, algo que él también insinuó al aludir a ciertos lujos pretéritos que le habían hecho infeliz y debilitado su espíritu. De manera que, aunque no se dijera abiertamente, la idea de que se trataba de Alejandro I corrió de boca en boca.

La cosa fue lo suficientemente sonada como para que a Kuzmich se le permitiera tener una casa -modesta pero propia, cedida por un comerciante local llamado Semyon Khromov- y que el mismísimo zarevich (el futuro Alejandro II) le hiciera una visita en 1837, interesado por las historias de milagrosque se contaban sobre él y seguramente también por el rumor popular. Recibiría a más personajes ilustres, entre ellos San Inocencio de Alaska y el arzobispo de Irkutsk, Atanasio. Se dijo que estuvieron hablando de temas que demostrarían lo sospechado sobre su vida pasada: que hablaba francés, que parecía conocer bien la vida cortesana de San Petersburgo y que estaba al tanto de muchos detalles técnicos de la campaña militar contra Napoleón.

La casa de Fiódor Kuzmich fotografiada en la segunda mitad del siglo XIX / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Kuzmich expiró en 1864, tan envuelto en esa leyenda que cuando un sacerdote le daba la extrema unción no pudo evitar exhortarle a decir la verdad y él contestó de forma ambigua: No hay ningún secreto que no esté abierto. Su tumba se convirtió en lugar de peregrinación, incluyendo a la familia real, que daba por cierta dicha leyenda. Ésta había ido enriqueciéndose con nuevos detalles, como que algunos cortesanos se hincaron de rodillas cuando le vieron reconociéndole como a Alejandro I, que éste había manifestado abiertamente su deseo de dejarlo todo y que su ataúd fue sellado rápidamente porque en realidad estaba vacío.

Asimismo, se decía que la muerte de su esposa al poco de la suya también fue fingida para poder ingresar en un convento (habría adoptado el nombre de Vera, siendo apodada la Silenciosa por no hablar nunca de su vida). No obstante, el rumor más llamativo era el que aseguraba que la tumba del zar estaba vacía. Surgió hacia 1866, es decir, poco después del óbito de Kuzmich, y fue creciendo hasta contarse cuatro aperturas de su mausoleo (que está en la Catedral de San Petersburgo), las dos últimas ya en una fecha tan tardía como el primer cuarto del siglo XX por órdenes respectivas de Nicolás II y los bolcheviques (supuestamente para expoliar el ajuar), encontrándolo vacío en ambos casos.

Fiódor Kuzmich en su lecho de muerte / Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No hay constancia oficial de tal vacuidad pero así son las leyendas populares, reforzadas por una pléyade de presuntas pruebas científicas; en este caso, análisis grafológicos que ven similitudes entre la escritura de ambos personajes, la conservación de un documento suyo donde figuran las iniciales A.P. (asimiladas a Alejandro Paulovich) y hasta por la atención que le presentó al caso el escritor León Tolstoi. Hace unos años se habló de practicar un análisis de ADN pero no se ha vuelto a saber al respecto.

Fuentes: Historias perdidas (León Krauze) / Imperial legend. The mysterious disappearance of tsar Alexander I (Alexis S. Troubetzkoy) / Alexander of Russia: Napoleon’s conqueror (Henri Troyat) / Alejandro Romanov (Silvia Miguens Narvaiz) / Russian tsar ‘lived secretly as monk in Siberia’ for decades after history books say he died (Anna Liesowska) /Wikipedia