Cómo un navegante holandés del siglo XVII encontró cisnes negros en Australia, y el descubrimiento conmocionó a Europa

Monumento a Willem de Vlamingh en el parque de Burswood, junto al río Swan / foto Nachoman-au en Wikimedia Commons

Durante siglos los europeos habían creído que no había nada más imposible en el mundo que la existencia de cisnes negros. La culpa la tuvo una frase del poeta romano Juvenal, quien en una de sus sátiras escritas hacia el año 82 d.C. decía:

¿Dices que no se puede encontrar una esposa digna entre toda esta multitud? Bueno, que sea guapa, encantadora, rica y fértil; que tenga ancestros antiguos en sus salones; que sea más casta que las desgreñadas doncellas sabinas que detuvieron la guerra, un prodigio tan raro en la tierra como un cisne negro

Juvenal, Sátiras 6.165

Esa última frase, en latín rara avis in terris nigroque simillima cygno, se convirtió en el paradigma de lo imposible y pasó a varios idiomas como proverbio popular, siendo utilizada durante siglos para expresar que algo era inconcebible. Todo el mundo sabía que los cisnes eran blancos, y ningún europeo había visto jamás uno de otro color. Así que durante unos 1.500 años los cisnes negros existieron en la imaginación de los europeos sólo como una metáfora de aquello que en realidad no podía existir.

Ruta seguida por de Vlamingh / foto Voc Historical Society

En 1696 la Compañía Holandesa de las Indias Orientales encargó a Willem de Vlamingh, uno de sus capitanes de navío, una misión de búsqueda y rescate en el Océano Índico. Se trataba de localizar al Ridderschap van Holland, un barco de la compañía que el 11 de julio de 1693 había partido para Batavia (actual Yakarta en Indonesia) con 300 tripulantes, pero nunca había llegado a su destino.

De Vlamingh partió de Amsterdam con tres navíos (uno de ellos capitaneado por su hijo) el 2 de mayo de 1696 en busca de los restos del probable naufragio y los supervivientes del Ridderschap, explorando en primer lugar la isla de San Pablo, situada a medio camino entre el Cabo de Buena Esperanza y Australia a unos 38 grados sur de latitud, y que hoy forma parte de los Territorios Australes Franceses. Sería la primera vez que una expedición desembarcaba en la pequeña isla de 6 kilómetros cuadrados de superficie descubierta en 1559 por los portugueses.

Grabado de Johannes van Keulen basado en los dibujos de Victor Victorszoon / foto AGSA

Luego se dirigió al norte, a la isla Amsterdam, situada a unos 85 kilómetros de la anterior. Descubierta en 1522 por Juan Sebastián Elcano durante el viaje de circunnavegación de la Tierra, tiene 55 kilómetros cuadrados y la curiosidad geográfica de ser equidistante de Madagascar, Australia y la Antártida, pues se halla a 3.200 kilómetros de cada uno de esos lugares.

Al no encontrar ningún rastro del Ridderschap la pequeña flotilla puso rumbo a Nueva Holanda, el nombre por el que entonces se conocía todavía a Australia. Desembarcaron el 29 de diciembre en una isla junto a la costa occidental, en la que vieron enormes cantidades de lo que pensaron era una especie de ratas grandes. Por ello llamaron a la isla rattennest (nido de ratas), de donde deriva su actual nombre Rottnest. Por supuesto, aquellos animales no eran ratas sino quokkas (un marsupial nativo de la región).

Grabado coloreado de Johannes van Keulen basado en un dibujo de Victor Victorszoon, donde se aprecian los cisnes negros en el río Swan / foto dominio público en Wikimedia Commons

El 10 de enero de 1697 arribaron a la costa australiana, adentrándose en la desembocadura de un río y comenzando a remontar su curso hacia el interior. Eran los primeros europeos en hacerlo, y también serían los primeros en avistar dos curiosas aves que nadaban tranquilamente cerca de la orilla. Eran dos cisnes completamente diferentes a los que estaban acostumbrados a ver. De Vlamingh escribiría en su diario: son bastante negros. Días más tarde volvería a escribir: hemos encontrado muchos cisnes negros, de los cuales hemos capturado varios alcanzándolos remando rápido. El dibujante de la expedición, Victor Victorszoon, realizaría algunos dibujos de los marineros cazando cisnes desde los botes.

Al río en cuestión, de Vlamingh lo llamó Zwaannrivier, de donde deriva su nombre inglés actual, río Swan (cisne). Y tres o cuatro ejemplares de cisne negro llegarían vivos a Batavia (Yakarta) al regreso de la expedición el 3 de febrero de 1698. El gobernador de la ciudad, Willem van Oudhoorn, escribiría a sus superiores de la Compañía:

nada se ha descubierto excepto una región desolada..nada han encontrado excepto algunos fuegos y unos pocos hombres negros desnudos…ningún animal o pájaro de interés, salvo una especie de cisnes negros, tres de los cuales trajeron vivos y yo se los hubiera enviado a sus señorías si no hubieran muerto uno tras otro al poco de llegar

En algún momento de Vlamingh envió también a Nicolaes Witsen (en aquel momento administrador de la Compañía) un cargamento de conchas de mar, frutas y vegetales que había encontrado en Australia, así como once de los dibujos de Victorszoon y algunos cisnes negros. Cuando regresó a Amsterdam el 16 de agosto de 1698, supo que todos habían muerto por el camino.

Pero en 1726 dos cisnes negros fueron capturados en la isla Dirk Hartog, a 850 kilómetros al norte del río Swan, y enviados a Holanda vía Batavia, donde llegaron vivos, para asombro y escándalo de incrédulos. Años más tarde los primeros colonos ingleses que volvían de Australia llevaron consigo un buen número de ejemplares, desatando la polémica en Inglaterra. Lo imposible se había hecho realidad, el mundo se había hecho de repente más grande y misterioso, y un antiguo poeta romano comenzó a caer en el olvido.

Cisnes negros / foto imagevixen – Shutterstock

No obstante, todavía pasaría mucho tiempo hasta que los cisnes negros dejasen de verse como aves de mal agüero y por tanto se les diera caza y muerte sin miramientos. Por ello nunca ha habido grandes colonias de estas aves en libertad en Europa (ni en Norteamérica), aunque sí que se pueden ver en zoológicos y estanques.

En 2007 Nassim Nicholas Taleb publicó su famoso libro El Cisne Negro en el que daba ese nombre a aquellos sucesos que parecen imposibles pero que se producen en ocasiones, tienen un gran impacto por lo inesperado, pero se pueden racionalizar y explicar.

En cuanto al Ridderschap van Holland, de Vlamingh no lo encontró. Sin embargo, en 1727 la tripulación de otro barco de la compañía (el Zeewijk) que encalló en la isla Pelsaert al oeste de Australia, encontró los restos de un buque holandés y numerosos artefactos que sugerían que parte de la tripulación había sobrevivido allí durante un tiempo. Más de un siglo después en 1840, John Lort Stokes, capitán del HMS Beagle, también vio los mismos restos. Hoy se cree que se trataba del Ridderschap, aunque la identificación ya no es posible pues la industria de recolección de guano en la zona acabó por destruir cualquier resto del buque.

Fuentes: Early Voyages to Terra Australis (Richard Henry Major) / Upside Down World: Early European Impressions of Australia’s Curious Animals (Penny Olsen) / VOC Historical Society / Wikipedia.