Alexandra David-Néel, la primera mujer occidental que entró en la ciudad prohibida de Lhasa y fue nombrada lama

Alexandra en uno de sus viajes por Asia/Imagen: Avaunt Magazine

En 1973 fueron esparcidas por el Ganges, a su paso por la ciudad de Benarés, las cenizas de una persona extraordinariamente longeva, que había superado el centenar de años de edad. Una larga existencia que, aunque se desarrolló a caballo entre los siglos XIX y XX, probablemente encajaría mejor en el primero al tratarse de alguien que ejerció actividades tan poco comunes y variopintas como la exploración, el periodismo, la literatura, el espiritualismo y el anarquismo. Y todo ello con el elemento extra se ser una mujer: Alexandra David-Néel.

Su nombre completo era Louise Eugenia Alexandrine Marie David y nació en Saint-Mandé (una localidad francesa del Valle del Marne que constituye un suburbio de París) en 1868. Ya desde su infancia se vio influida por las diferentes ideas de sus padres, él un maestro y editor de una revista republicana, ella una católica conservadora belga; se habían conocido en Bélgica a raíz del autoexilio que se impuso el primero cuando subió al poder Napoleón III. Alexandra, que era hija única, recibió así una educación desde ambos polos: formación religiosa de su madre alternada con la revolucionaria de su progenitor, quien en 1871 hasta se la llevó a ver el fusilamiento de los últimos reos de La Comuna para que nunca olvidara la realidad política.

Alexandra en su adolescencia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Huyendo de ella se establecieron en Bélgica, donde aquella dicotomía conyugal continuaría entre proclamas revolucionarias por un lado y ayunos, mortificaciones corporales y lecturas de vidas de santos por otro, mientras vivían con apuros económicos. Una situación algo incómoda de la que ella intentó escapar, a imitación de su adorado Julio Verne, embarcándose; fracasó al carecer de dinero para un pasaje pero insistió en ello, de modo que a los dieciocho años ya viajaba sola y conocía Inglaterra, Suiza y España.

Por entonces estudiaba en la Sociedad Teosófica de Madam Blavatsky, que se dedicaba al espiritismo, el ocultismo oriental y las religiones comparadas, temas muy de moda, pero también se hizo seguidora del geógrafo y anarquista francés Elisée Reclus, quien amplió las ideas anarquistas que ya le había ido inculcando su padre añadiendo además las feministas. Por eso Alexandra le dedicó su primer libro, un ensayo titulado Pour la vie (Elogio a la vida) que escribió en 1898. Al año siguiente hizo un tratado de anarquismo que el propio Reclus prologó, aunque ante el rechazo de los editores tuvo que publicarlo un amigo; terminaría traduciéndose a cinco idiomas.

Helena Blavatasky en 1896/Imagen: Wikimedia Commons

Feminismo y sufragismo eran temas habituales en sus colaboraciones con la revista La Fronde, un medio hecho por mujeres exclusivamente, con las que mantuvo alguna discrepancia metodológica al defender ella la emancipación económica femenina antes que el derecho al voto. Paralelamente, según contó en su diario personal La Lampe de Sagesse (La lámpara de la sabiduría), se convirtió al budismo. Para entonces tenía veintiún años y viajó a Londres para aprender orientalismo durante un año; a su regreso continuó en esa línea con sánscrito y tibetano en París, aunque nunca llegó a titularse.

Todo ello lo compaginó con la asistencia al Conservatorio de Bruselas, donde estudiaba piano y canto. Como esto último resultó dársele muy bien (dicen que la descubrió Massenet), consiguió el puesto de primera cantante en la Ópera de Hanoi, donde trabajó dos temporadas con el nombre artístico de Alexandra Myrial; con el sueldo ayudaba a sus padres, que pasaban una mala racha, y de paso cumplió su sueño de conocer Asia. Al regresar a Francia convivió con un pianista, Jean Haustont, con el que compuso (él la música y ella la letra) una tragedia lírica titulada Lidia. Después siguió cantando varios años más en las óperas de Atenas y Túnez.

Philippe Néel/Imagen: Pinterest

Estaba en el país norteafricano al producirse el cambio de siglo y allí seguía en 1902 cuando se cansó del bel canto, pasando a encargarse de la parte artística de un casino, mientras se enamoraba de un ingeniero ferroviario, primo lejano suyo, Philippe Néel. Se casaron en 1904 pero su relación matrimonial iba a ser bastante peculiar, con momentos felices alternados con otros más agitados que se remató en 1911 con la decisión de ella de irse a la India, donde ya había estado en una gira.

Probablemente influyó en la separación el deseo de Alexandra de no tener hijos. No obstante, prometió regresar en diecinueve meses, promesa que nunca cumplió; eso sí, mantuvieron un contacto epistolar abundante y continuo, si bien la mayoría de las cartas se perdieron durante la Guerra Civil China. Así fue cómo ella llegó al monasterio de Sikkim al año siguiente, estudiando budismo en ese y otros cenobios, en uno de los cuales conoció en 1914 a un monje adolescente, Aphur Yongd, con el que se retiró para vivir como ermitaños en una cueva a cuatro mil metros de altitud.

Aphur Yongden/Imagen: Pres museum en Wikimedia Commons

A la par entabló amistad con la casta gobernante y con el monje Sidkeong, líder espiritual de Sikkim (que era hijo del maharajá), y con el lama Kazi Dawa Samdup, que la acompañó a Kalimpong para reunirse con el decimotercer Dalai Lama en el exilio. A continuación se estableció en Lachen, una localidad de Sikkim muy cercana ya a Tíbet, lo que le permitió cruzar su frontera un par de veces vulnerando la prohibición que había para los extranjeros. Estuvo aprendiendo budismo durante cuatro años, estudiando conceptos y técnicas que alternaba con ocasionales retiros anacoretas hasta que su maestro le dio el nombre de Yshe Tome (Lámpara de Sabiduría, posteriormente título de su diario).

Alexandra aprovechó su estancia en India para visitar muchos sitios: Darjeeling, Calcuta (donde ingresó en la francmasonería local), Bengala… Incluso hizo alguna ascensión montañera hasta cinco mil metros. Esta intensa actividad la hizo muy conocida en todo el país y cuando Sidkeong sucedió a su padre en el trono no sólo la invitó a sumarse al grupo de religiosos que reunió para llevar a cabo una reforma religiosa sino que la tuvo como consejera y fue ella quien negoció su boda. Pero Sidkeong falleció pronto, en 1914.

Alexandra con Aphur/Imagen: Pinterest

Ella quedó afectada y en 1916 tomó la decisión de irse al Tíbet acompañada de Aphur y un monje, con la idea de visitar los monasterios de Chorten Nyima y Tashilhunpo. En este último fue muy bien recibida por el lama, que le abrió el acceso a la biblioteca. Además, la madre de éste hizo gran amistad con ella, hasta el punto de que la invitó a quedarse en su casa, aunque Alexandra declino la oferta porque quería conocer más lugares del país. Antes de irse la nombraron lama y doctora en budismo tibetano.

Cuando regresó a Sikkim se encontró con la hostilidad de las autoridades coloniales, que la expulsaban por haber infringido la prohibición de pasar la frontera aunque se dice que los misioneros también presionaron en ese sentido. El problema era que Europa estaba en plena Primera Guerra Mundial, así que Alexandra y Aphur se dirigieron a Japón, donde les acogió el filósofo y monje Ekai Kawaguchi, a quien ella había conocido cuando visitó al Dalai Lama y que también acreditaba en su currículum una larga presencia ilegal de año y medio en Tíbet disfrazado de religioso chino.

Alexandra y Aphur en Japón, con Ekai Kawaguchi/Imagen: Pinterest

De tierra japonesa pasaron luego a Corea, de allí a Pekín, cruzaron China a través del desierto de Gobi, visitaron Mongolia y finalmente volvieron a entrar en Tíbet para descansar durante tres años en el monasterio de Kumbum. Durante su estancia en el cenobio, Alexandra tradujo el Prajnaparamita (Perfección de la sabiduría, una colección de sutras del budismo Mahāyāna). En 1924 dio un paso en su osada vida y se disfrazó de mendigo para, acompañada de Aphur, entrar en Lhasa, ciudad prohibida a los foráneos.

Lo logró sin necesidad de recurrir ni al revólver que ocultaba ni al dinero que llevaba para un posible rescate, pasando desapercibida entre el bullicio que había por la celebración de un festival religioso gracias a sus toscas vestiduras de piel de yak y su rostro tiznado con hollín. No le impresionó el Palacio de Potala pero Lhasa le sirvió de base para visitar los monasterios del entorno, donde no la recibieron bien al no desvelar ella su identidad por motivos de seguridad. Sin embargo, fue descubierta una mañana en que bajaba al río a asearse y tuvo que huir precipitadamente con Aphur. Agotados y sin medios consiguieron llegar a Sikkim con algo de dinero y unos salvoconductos que les facilitó un militar británico amigo.

Alexandra, sobre un yak, de viaje por el Tíbet/Imagen: Buddhistdoor

Fue entonces cuando retornó a Europa, donde la guerra había terminado años antes. Era 1925 y su fama la precedía, apareciendo en todos los periódicos, lo que sirvió de publicidad para su libro Voyage d’une Parisienne à Lhassa (Mi viaje a Lhasa), acogido con cierta controversia por la discutible veracidad de técnicas de meditación que comentaba, como la levitación o el tummo (autocontrol de la temperatura corporal). Más agradable fue el reencuentro amistoso con su marido, si bien únicamente duró unos días.

Se instaló con Aphur en Toulon primero y la Provenza después, en 1928, en una casa a la que bautizó con el nombre de Samten-Dzong (Fortaleza de la Meditación), donde habilitó el que se considera primer santuario budista de Francia. En ese apacible retiro, elegido por su clima templado, escribió varios libros narrando sus viajes; entre ellos Mystiques et magiciens du Tibet (Magos y místicos del Tíbet), que fue su mayor éxito. En 1929 hizo los trámites oficiales pertinentes para convertir a Aphur en hijo adoptivo.

La casa de Samten-Dzong sigue en pie y es la actual sede de la Association Alexandra David-Néel/Imagen: Association Alexandra David-Néel

Pero Asia tiraba y en 1937, viendo a Europa sumida en la «decadencia», tomó el Transiberiano para regresar, esta vez para aprender taoísmo. No lo tuvo fácil porque China estaba en guerra con Japón y eso le mostró los horrores propios de una contienda, viajando durante un año y medio por diversas regiones del país. Decepcionada al ver que aquel continente caía en los mismos errores, se retiró cinco años a Tachienlu, de nuevo en el Tíbet. En 1941, con el mundo sumido en otra locura bélica, le llegó la noticia del fallecimiento de su esposo: “He perdido un maravilloso marido y a mi mejor amigo” dijo a sus amistades, frase sorprendente teniendo en cuenta que apenas se habían visto en tres décadas.

En 1946 el cónsul francés en Calcuta, que era un viejo conocido, consiguió que se le permitiera entrar en la India, donde permaneció hasta el verano. Luego partió hacia París porque debía arreglar las cuestiones burocráticas de la defunción de Philippe y hacerse cargo de su patrimonio. Ya tenía setenta y ocho años pero seguía escribiendo (su obra suma una treintena de libros) y dando conferencias. En 1955 fue Aphur quien murió, de insuficiencia renal; ella iba sobreviviendo a todos a pesar de que el reumatismo la obligaba a caminar con muletas y poco a poco relajaba su actividad literaria.

Alexandra ya centenaria/Imagen: Pinterest

Durante dos años residió en hoteles de Mónaco y en 1959 contrató a una joven secretaria, Marie-Madeleine Peyronnet, con la que mantuvo una relación casi materno-filial. En 1969, poco después de haber solicitado la renovación de su pasaporte «por si acaso», Alexandra falleció con casi ciento un años de edad y tras decir modestamente que «no sabía absolutamente nada y estaba empezando a aprender». Marie se encargó de trasladar sus cenizas y las de Aphur al Ganges en 1973.

Un año antes había estallado cierta polémica cuando otra antigua secretaria, Jeanne Denys, publicó el libro Alexandra David-Néel au Tibet: une supercherie dévoilée (Alexandra David-Neel en Tíbet: un engaño desvelado), en el que afirmaba que su jefa no había estado en Lhasa y que la foto que tenía en Potala era un montaje. Extendía las falsedades a otros viajes y aseguraba que sus padres eran simples comerciantes judíos. Hoy se considera que era una obra de corte sensacionalista, sin más.

La foto acusada de ser un montaje/Imagen: Association Alexandra David-Néel

Fuentes: Viajeras intrépidas y aventureras (Cristina Morató)/Magic and Mystery in Tibet (Alexandra David-Néel)/Voyage d’une Parisienne à Lhassa (Alexandra David-Néel)/Alexandra David-Neel. Explorer at the roof of the World (Earle Rice Jr)/Alexandra David-Neel. Portait of an adventurer (Ruth Middleton)/Association Alexandra David-Néel/Wikipedia