Las espectaculares erupciones azules del volcán Kawah Ijen

Cuando hablamos de volcanes se nos vienen dos cosas a la mente: una, la montaña de forma cónica que suelen adoptar; y dos, la lava incandescente. Esta se asocia inmediatamente a su color rojo intenso, especialmente espectacular por la noche, pero a veces hay excepciones a esa tonalidad y en Indonesia se encuentra la, probablemente, erupción más rara de todas ellas, que es azul.

Allí hay un grupo de estratovolcanes situados en Banyuwangi Regency, al este de Java, cuyo punto más alto es el volcán Gunung Merapi (2.385 metros de altitud). Al oeste de esa montaña, cuyo nombre significa Montaña de fuego, se encuentra otro volcán llamado Ijen, poseedor de un cráter de un kilómetro de diámetro y bajo el cual se calcula la existencia de una caldera de 20 kilómetros.

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Pues bien, la principal característica del Ijen, es que está integrado por una serie de conos y cráteres más pequeños que se suceden en dirección este-oeste. Uno de ellos es el Kawah Ijen y en su cráter alberga un lago de singular color azul turquesa. Mide 722 metros de longitud por 200 de profundidad y su superficie abarca 0,41 kilómetros cuadrados, contando con volumen de 36 hectómetros cúbicos.

El tono de esas aguas se debe a su acidez, la mayor del mundo, porque que son ricas en azufre. Tanto que incluso se extrae en una actividad minera artesanal bien pagada para aquellas latitudes pero sometida a un riesgo considerable, no sólo por el tener que llevar la carga manualmente hasta el valle Paltuding (a unos 3 kilómetros) dos veces al día (cargando entre 75 y 90 kilos cada viaje) para recibir el salario, sino también porque se trata de un volcán activo y produce emanaciones gaseosas.

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De hecho, sus erupciones son un atractivo turístico y se organizan excursiones para verlas, especialmente por la noche porque es únicamente cuando el fenómeno se puede apreciar: una caminata de un par de horas hasta la falda del cono y otros 45 minutos para subir al borde del cráter y contemplar la belleza del fuego azulado producido por la combustión de los gases sulfúricos que se escapan por las grietas a 600 grados centígrados.

La llamaradas alcanzan 5 metros de altura y, en combinación con el rojo intenso de la lava, el resultado es una extraña y magnética sinfonía polícroma. No es de extrañar que cada vez se apunte más gente a ver el espectáculo.

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