Los aviadores de la Segunda Guerra Mundial que sobrevivieron a caídas desde miles de metros

Hace tiempo dedicamos un artículo al inaudito caso de Vesna Vulović, una azafata serbia que en 1972 se hizo famosa y está registrada en el Libro Guinness por haber sobrevivido a la caída de su avión desde 10.000 metros de altitud. Pero no se trata de un caso único; se conocen varios más, uno de ellos apenas un año antes, el de la adolescente alemana Juliane Koepcke, que salió viva de un accidente en la Amazonía peruana pese a caer desde 3.000 metros. Pero cuando más ocurrieron fue durante la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los aspectos más interesantes de las guerras es el anecdótico. Y, obviamente, cuanto más recientes y prolongadas mejor documentadas están y mayor número de historias curiosas conocemos de ellas. Por eso de la Segunda Guerra Mundial se han publicado libros enteros dedicados a ese tema específico y por eso también vamos a entrar en él echando un vistazo a los insólitos casos de aviadores que lograron sobrevivir a accidentes increíbles. Hay unos cuantos, debido a las numerosas misiones que se realizaron y la frecuencia de derribos.

Otra versión del salto de Alkemade/Imagen: Histoire de l’Aviation

En todos ellos concurrieron factores comunes que explican la milagrosa salvación de sus protagonistas, como los árboles que amortiguaron los cuerpos al caer o una gruesa capa de nieve al final, siempre más blanda que el suelo (un artículo de Catherine Berridge lo explica desde el punto de vista de la Física). Pero, sobre todo, fue la suerte el elemento diferenciador, ya que a menudo otros miembros de las tripulaciones perdieron la vida. El caso del Handley Page Halifax de la RAAF (Royal Australian Air Force) que explotó en el aire cuando sobrevolaba a 1.350 metros la nevada cuenca del Ruhr en 1944 y del que sobrevivieron dos de sus hombres (el teniente australiano Joe Herman y el oficial de vuelo John Vivash) con un único paracaídas, puede parecer excepcional. Pero hubo más, siendo los siguientes los más célebres.

Nicholas Stephen Alkemade

Uno de los más famosos tuvo un Avro 683 Lancaster como punto de partida. Era un tipo de bombardero pesado cuatrimotor que entró en servicio en 1942 y por sus características solía emplearse en misiones nocturnas a baja cota, acreditando unas 156.000 misiones hasta el final de la contienda. Por eso no es de extrañar que en su currículum figure un segundo episodio de asombrosa supervivencia en caída: el del sargento Nicholas Stephen Alkemade, que vivió su impresionante experiencia sólo un mes antes que los dos compañeros citados antes.

Un Avro Lancaster/Imagen: Kogo en Wikimedia Commons

Había nacido en 1922 en la localidad inglesa de Loughborough (Leciestershire, East Midlands) y servía como artillero de cola en un Lancaster del Escuadrón 115 de la RAF. La noche del 14 de marzo de 1944 ese avión, bautizado S for Sugar (al traducirlo cambia; sería algo así como A de Azúcar), regresaba de uno de los raids que habían realizado tres centenares de aparatos sobre Berlín cuando, al pasar por Schmallenberg (en Renania del Norte-Westfalia), fue atacado por un Junkers JU 88, un tipo de avión cuya versatilidad le permitía usarse en varias funciones; a la vista del enemigo, asumió la de caza.

El Lancaster quedó envuelto en llamas y perdió el control. Los tripulantes fueron saltando en paracaídas pero cuando Alkemade se disponía a abandonar el aparato el suyo se incendió y quedó inservible, así que en cuestión de segundos tuvo que enfrentarse a una terrible elección: perecer abrasado o hacerlo más rápido saltando, ya que estaban a 5.500 metros de altitud. Sintiendo cómo las lenguas de fuego empezaban a chamuscarle la ropa y la piel, eligió la segunda opción… y acertó porque, como decíamos antes, las flexibles copas de los abetos y medio metro de nieve le salvaron.

La tripulación del Werewolf/Imagen: Nickspics

Algunas heridas, magulladuras y quemaduras más una luxación en la rodilla derecha fueron todos los daños sufridos, mientras sus cuatro compañeros de tripulación se estrellaban con el avión y perdían la vida carbonizados. Hasta tuvo la sangre fría de encender un cigarrillo, cuyas caladas alternaba con los pitidos de un silbato para que le localizaran. Como el afortunado superviviente estaba en territorio alemán, fue recogido y entregado a la Gestapo, considerándolo un espía. Pero, tras interrogarle y hallar los restos del Lancaster que daban veracidad a su inaudita historia, no sólo pasó a ser simple prisionero de guerra (fue internado en el Dulag Luft, un campo de concentración de Frankfurt) sino que le concedieron un documento que certificaba su odisea.

Repatriado en mayo de 1945, al acabar la guerra trabajó en la industria química (donde salió ileso de dos accidentes que en principio todos creyeron mortales) y más tarde participó en algunos programas televisivos dedicados a recordar protagonistas de episodios bélicos relacionados con la audacia o la supervivencia en condiciones especiales. Falleció en 1987, un año después de que lo hiciera otro aviador que vivió una odisea parecida a la suya: el teniente Chisov.

Nicholas Stephen Alkemade/Imagen: Nickspics

Ivan Mikhailovich Chisov

Ivan Mikhailovich Chisov era natural de Bogdanovka, Ucrania, donde nació en 1916. Durante la Gran Guerra Patria (nombre que se dio en la Unión Soviética al enfrentamiento con la Alemania nazi en lo que en occidente se conoce como Frente Oriental) fue destinado a la Voyenno-Vozdushnye Sily (Fuerza Aérea Soviética) y asignado a un Ilyushin Il-4, un bombardero de tamaño medio pero largo radio del que se llegaron a fabricar 5.256 unidades, en el que volaba en enero de 1942 cuando fue atacado y alcanzado por varios Messerschmidtt Bf 109, el modelo que constituía la columna vertebral de la fuerza de cazas de la Luftwaffe.

Chisov se puso su paracaídas y saltó. No está claro a cuántos metros estaban de tierra; su compañero, Nikolai Zhugan, que trató de salvar la nave sin conseguirlo abandonándola en el último instante, cuando apenas se encontraba a 500 metros de altitud, dijo que Chisov se lanzó desde unos 7.000 metros aproximadamente. En cualquier caso no abrió inmediatamente el paracaídas porque en plena batalla aérea hubiera resultado un blanco fácil para los pilotos alemanes, así que decidió esperar a rebasar la cota de los enfrentamientos. Pero no contaba con otro factor.

Un Ilyushin Il-4 en 1937/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que le pasó lo peor imaginable en esas circunstancias: debido a la escasez de oxígeno perdió el conocimiento, con lo que siguió cayendo inerte sin poder abrir el paracaídas. A una espeluznante velocidad de entre 190 y 240 kilómetros por hora, se estrelló contra el borde de un barranco nevado y rodó por él hasta que la propia nieve lo detuvo. No tardaron en aparecer tropas de caballería que operaban por la zona y estaban contemplando la batalla aérea, sólo que pensaban que iban a recoger un cadáver desecho y, para su pasmo, en vez de eso se encontraron a un camarada vivo y consciente.

Maltrecho, eso sí; con daños importantes en la columna vertebral y rotura de pelvis. De hecho, estaba en estado crítico y pasó los tres meses siguientes en un hospital, sometido a intervenciones quirúrgicas que finalmente le salvaron. Chisov era un veterano que acumulaba más de 70 misiones, así que no se amilanó y solicitó que se le volviera a destinar a misiones de combate pero su estado no lo aconsejaba y al final le asignaron la labor de instructor de vuelo. Al acabar la guerra se graduó en la Academia Militar y pasó a la reserva, dedicándose a tareas de propaganda.

Ivan Mikhailovich Chisov en 1947/Imagen: Archivos Militares de la URSS en Wikimedia Commons

Alan Eugene Magee

Y así llegamos al último caso conocido de ese tipo. Ya teníamos británicos y un soviético, así que es el turno de un estadounidense: Alan Eugene Magee, que pasó por lo mismo que los anteriores justo un año después de Chisov, en enero de 1943. Fue el que resultó peor parado, con gravísimas lesiones, porque él no encontró nieve que le amortiguara la caída; pese a ello, irónicamente, sería el más longevo al vivir 84 años.

Nació en 1919 en una localidad, Plainfield (Nueva Jersey,) que en 1957 se haría famosa por algo menos edificante: las andanzas de Ed Gein, el asesino que inspiró al escritor Robert Bloch y luego al cineasta Alfred Hitchcock para el personaje de Psicosis, Norman Bates; sus habitantes seguro hubieran preferido que el nombre de su ciudad se recordase por la aventura del aviador. En diciembre de 1941, apenas se supo del ataque japonés a Pearl Harbor, con la consiguiente entrada de EEUU en la guerra, Magee corrió a alistarse.

Fotografía coloreada de un B-17 en 1942/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Le destinaron a lo que entre 1941 y 1947 se denominó USAAF (United States Army Air Forces), Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos, integrando como artillero la tripulación de un B-17. Éste, apodado Flying Fortress (Fortaleza Volante), era un tipo de bombardero pesado fabricado por Boeing desde 1935 que se utilizó tanto en Europa como en el Pacífico, entregándose un total de 12.677 aparatos (parte de ellos a la RAF). Magee servía en la ametralladora de la torreta inferior.

El 3 de enero de 1943, el Snap! Crackle! Pop! (nombre que sus tripulantes habían puesto al avión en referencia al divertido dibujo que decoraba el fuselaje: tres duendecillos, mascotas de los cereales Krispies, cabalgando sobre una bomba) cumplía su séptima misión formando parte del 360º Bombardment Squadron, que atacaba a plena luz del día la ciudad francesa de Saint-Nazaire, donde había una importante base naval alemana. En ello estaba cuando un antiaéreo le destrozó el ala derecha, provocando que el piloto perdiera el control del aparato y éste cayera girando sobre sí mismo. Magee resultó herido pero pudo dejar la torreta y se dispuso a abandonar la nave.

La tripulación del Snap! Crackle! Pop! (por cierto, detrás se aprecia el dibujo que le daba nombre)/Imagen: First to Know

Entonces descubrió horrorizado que su paracaídas había sido alcanzado por metralla, quedando inutilido. La disyuntiva era tremenda: o seguir a bordo y estrellarse o saltar de todas formas. Magee optó por lo segundo y le pasó lo mismo que a Chisov, perdiendo el sentido por insuficiencia de oxígeno; en su caso sería bienvenido porque moriría sin enterarse. Pero no, no murió. A pesar de caer desde 6.700 metros de altitud, vivió para contarlo porque al final del trayecto no había nieve pero sí el techo acristalado de la Gare Saint-Nazaire, la estación ferroviaria.

La terminal actual, de arquitectura contemporánea inaugurada en 1995, no tiene nada que ver con la de la época, que era decimonónica y quedó prácticamente destruida por los bombardeos al estar situada al lado de las dársenas de submarinos. Como se puede apreciar en la imagen adjunta, constaba de dos cuerpos laterales de piedra comunicados por otro central con una larga techumbre de vidrio, típica del momento en que se construyó. Fue ése material, duro pero quebradizo, el que atenuó la fuerza del impacto del cuerpo del aviador, haciendo que cayera en el suelo del andén de forma menos violenta. Por supuesto, el choque fue terrible de todas formas y se cobró su precio en la integridad física de Magee.

Postal de 1911 que muestra la techumbre acristalada de la Gare Saint-Nazaire/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los alemanes entendieron inmediatamente qué había pasado, recogiéndolo y llevándolo a un hospital. Tenía muchos huesos rotos, los pulmones y riñones perforados, daños graves en el tabique nasal y los ojos, así como un brazo semiamputado. Eso, sólo como resultado de la caída, porque además había que sumarle 28 heridas de metralla. Pese a todo, los médicos pudieron sacarlo adelante y la larga convalecencia le sirvió para hacer más llevadera su nueva condición de prisionero de guerra.

Recobró la libertad en mayo de 1945, siendo condecorado con la Air Medal (creada en 1942 para premiar a los aviadores que se habían distinguido por sus méritos o heroísmo) y el Corazón Púrpura (la condecoración más antigua de EEUU, entregada en nombre del Presidente a heridos o muertos en combate). Muchas medallas se entregaron esos días, pues en aquella misión perdieron la vida 75 hombres al ser derribados 7 aviones y ser alcanzados otros 48, que regresaron a duras penas.

Alan Eugene Magee en la torreta inferior del avión/Imagen: Business Insider

Como Chisov, Magee no tuvo miedo a seguir volando y al acabar la contienda sacó una licencia de piloto, trabajando en el sector aéreo hasta su jubilación en 1979. En 1993, Saint-Nazaire conmemoró el 50º aniversario de aquel bombardeo incluyendo entre los actos la inauguración de un memorial en honor a Magee y sus compañeros del B-17. El hombre que sorteó a la Parca en 1943 se reconcilió con ella en 2003, por una combinación de insuficiencia renal y derrame cerebral.

Fuentes: Hechos insólitos de la II Guerra Mundial (Jesús Hernández)/Bomber crew (James Taylor y Martin Davidson)/The miracolous survival of Nicholas Alkemade (Catherine Berridge en Journal of Interdisciplinary Science)/Baling Out: Amazing Dramas of Military Flying (Robert Jackson)/Whistling in the Face of Robbers (Dahn A. Batchelor)/Mission to Berlin: The American Airmen Who Struck the Heart of Hitler’s Reich (Robert F. Dorr)/WWII Miracles: Two Airmen SAVED By One Parachute (Heziel Pitogo en War History Online)/Wikipedia