Juan Caboto, el navegante que descubrió América del Norte para Inglaterra

Caboto reclamando las tierras descubiertas en nombre de enrique VII / Imagen: Pinterest

No les sonará extraño el nombre de Sebastián Caboto a los aficionados a la Historia y, más concretamente, a la era de los descubrimientos. Fue un navegante y cartógrafo que alternó servicios a Inglaterra y España (también se los ofreció a su Venecia natal) cuando estos países no eran aún enemigos y llegó a ser piloto mayor de la Casa de Contratación. Pero quizá no resulta tan familiar su padre, Juan Caboto (o John Cabot, para los ingleses), que fue quien introdujo a su vástago en esa vida aventurera y es protagonista de una fuerte controversia sobre la autoría del descubrimiento de América del Norte.

En realidad se llamaba Giovanni Caboto y, evidentemente, era de origen italiano, aunque no está claro de dónde; unos opinan que nació en Gaeta, localidad del Reino de Nápoles (por entonces perteneciente a la Corona de Aragón) y otros se inclinan por la Castiglione Chiavarese, en la República de Génova. Ambas propuestas se basan en documentación familiar, aunque su hijo decía que era genovés. Sí parece haber acuerdo en que fue hacia 1450 y que una década después se estableció en Venecia, donde residió hasta la mayoría de edad y obtuvo la ciudadanía en 1476, ya que se exigían quince años de residencia para ello.

La península italiana en la segunda mitad del siglo XV/Imagen: Shadowfox en Wikimedia Commons

Vivir en la República Serenísima era sinónimo de implicarse en actividades como el comercio y la navegación y Caboto se dedicó a la primera, especialmente con Oriente Próximo, en especias, seda, metales y esclavos. Él mismo contaría luego al embajador milanés en Londres que en 1497 visitó La Meca, aunque no hay más prueba que su palabra. Pero su nombre (firmaba como Zuan Chabotto, que es un giro típicamente veneciano de su nombre) aparece en varios documentos de la época. No todos comerciales porque también los hay alusivos a su participación en la construcción inmobiliaria y familiares; respecto a estos últimos, figura en uno de 1484 en el que se menciona su matrimonio con una mujer llamada Mattea, que le dio al menos tres hijos: Ludovico, Sebastiano (el citado Sebastián) y Sancto.

A finales de esa década se le acumularon las deudas e, insolvente, huyó de la ciudad con los suyos para establecerse en Valencia. Pero hasta allí llegó una orden de arresto, así que pasó a Sevilla, donde trabajó inicialmente como ingeniero civil. Sin embargo, un oscuro asunto de fraude sobre un puente que nunca construyó y el exitoso ejemplo de Cristóbal Colón y Américo Vespuccio le llevaron a buscar patrocinio para una expedición naval que seguiría la misma dirección atlántica que ellos hacia Catay y Cipango pero por una ruta más septentrional, pues consideraba que al estar las longitudes más cercanas el viaje duraría menos.

Juan Caboto retratado en un mural del Palacio Ducal de Venecia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Al igual que Colón, tuvo que ir de corte en corte pidiendo ayuda. Probó primero en Castilla y luego en Lisboa -donde estuvo dos años, acaso aprendiendo artes náuticas- pero infructuosamente, así que lo intentó en Inglaterra, también como su predecesor; obtuvo resultado en Bristol, dinámica ciudad portuaria que se convirtió en la versión inglesa de Sevilla en 1496 al obtener de la corona un monopolio. Parece ser que la comunidad italiana residente en Londres, con el agustino Giovanni Antonio de Carbonariis a la cabeza, intercedió favorablemente ante Enrique VII y sus bancos -especialmente los florentinos- colaboraron de forma decisiva en la financiación de los preparativos.

Cabot, como le llamaban allí, recibió patente para «navegar a todas las partes, regiones y costas del este, oeste y norte del mar» y «para encontrar, descubrir e investigar todas las islas, países, regiones o provincias de paganos e infieles, en cualquier parte del mundo colocada, que antes de este tiempo era desconocida para todos los cristianos». No debe sorprender esta vocación descubridora de pronto; el eco del éxito castellano al encontrar un Nuevo Mundo resonaba en toda Europa y, además, en los años ochenta de aquel siglo varias expediciones habían zarpado de Bristol en busca de la mítica Hy-Brazil.

Mapa de Abraham Ortelius mostrando al isa Brasil al lado de Irlanda (1595)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ése era el nombre de una isla que, según una leyenda celta, estaba en medio del Atlántico y que llegó a fundirse mitológicamente con la de San Brandán, monje irlandés que navegó hacia el oeste en su búsqueda del Paraíso Terrenal descubriendo nuevas tierras. Hay quien cree que, si existió, llegó a la Macaronesia (Azores, Canarias…) pero otros remiten a la citada Hy-Brazil. En cualquier caso, que hubiera islas en medio del océano era algo con lo que se especulaba desde la Antigüedad y, consecuentemente, se daba por cierta la existencia de Hy-Brazil, reflejándola hipotéticamente en la cartografía de la época y dando por hecho que los marinos de Bristol la habían visitado antaño, aunque luego perdieron el contacto y olvidaron su ubicación.

El interés de ese lugar estaba en un árbol del que se podía extraer un tinte rojo muy apreciado (o puede que su madera, simplemente), por eso los marinos británicos lo buscaban con avidez. No falta quien cree que quizá se tratase de Terranova o la península del Labrador, con lo cual sus descubridores habrían llegado a América antes que Colón. Es más, el propio Colón había oído hablar de Hy-Brazil, ya que estuvo en Bristol y navegó por esas latitudes antes de llegar a Castilla. Y si lo supo él antes de 1492, también Caboto en 1496.

Réplica moderna del Matthew, la nao de Caboto/Imagen: Mike Edwards en Wikimedia Commons

Ése fue el año en que zarpó con un único barco. La cosa no dio mucho de sí: apenas llegó a Islandia tuvo que dar media vuelta al tener la tripulación en contra. Pero no se desanimó y en mayo de 1497 inició su segundo intento, de nuevo con una sola nave: el Matthew, tal era su nombre, sólo tenía 50 toneladas de arqueo y 18 tripulantes pero en junio logró llegar a tierra. No está claro si se trataba de Terranova, Labrador, Nueva Escocia, Maine o algún otro punto de esa zona, aunque en 1998 los gobiernos británico y canadiense eligieron Cape Bonavista (Terranova) para celebrar el quinto centenario de los hechos.

No penetraron «más allá de la distancia de tiro de una ballesta» ni contactaron con indígenas, aunque sí vieron testimonio de su existencia (restos de fogatas, herramientas…). Reconocieron un poco la costa, se aprovisionaron de agua dulce, reclamaron la posesión para el Rey de Inglaterra, proclamaron la autoridad religiosa del Papa y regresaron al mes siguiente (equivocando la ruta y derivando demasiado hacia el sur, de manera que arribaron a la Bretaña francesa en vez de a Inglaterra).

Itinerarios de ida y vuelta seguidos por Caboto en su segundo viaje/Imagen: Evan T. Jones en Wikimedia Commons

Una carta escrita en castellano por un comerciante de Bristol llamado John Day es casi la única fuente para conocer aquella singladura y, por cierto, se cree que el destinatario de la misiva era Colón porque se refiere al Señor Gran Almirante (aunque otros creen que podría ser el almirante mayor de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco), que estaría interesado en saber el punto exacto al que llegó Caboto en la medida que ello pudiera afectar al Tratado de Tordesillas. De hecho, si la fecha de llegada de Caboto a Terranova es correcta habría sido el primer europeo en pisar la parte continental del Nuevo Mundo (vikingos aparte) porque Colón no lo hizo hasta 1498, durante su tercer viaje.

En realidad la mayoría de los historiadores no la consideran fiable ni en fecha ni en autoría ni en contenido (lleno de imprecisiones) y el embajador de los Reyes Católicos en Londres, Pedro de Ayala, de quien se decía que estaba perfectamente informado de cuanto sucedía, tildaba a Caboto poco menos que de charlatán fantasioso. El caso es que, ya en Bristol, Caboto fue llamado a la corte y recompensado por el rey con 10 libras, cantidad que puede parecer pequeña hoy pero que entonces equivalía al salario de dos años. Lo más importante es que se le nombró Gran Almirante, con todos los privilegios que ello conllevaba. No obstante, en esos momentos la atención estaba centrada en el Segundo Levantamiento de Cornualles, liderado por el pretendiente al trono Perkin Warbec, cuyos partidarios le aclamaban como Ricardo IV, en el contexto de la Guerra de las Dos Rosas entre las casas de York y Lancaster.

El rey Enrique VII y el pretendiente Perkin Warbeck/Imagen 1: dominio público en Wikimedia Commons – Imagen 2: dominio público en Wikimedia Commons

Caboto tuvo que esperar a que se solucionase el conflicto, que terminó en octubre de ese año con la captura de Warbec (sería ejecutado dos años más tarde). Entonces, Enrique VII volvió a mirar al océano y concedió al marino una pensión de 20 libras anuales que debían ayudarle a organizar un tercer viaje, más ambicioso porque éste llevaría cinco barcos, uno de ellos costeado por la Corona, cargados de mercaderías para comerciar. Y así, en abril de 1498 partió de Bristol aquella pequeña flota que no tardó en verse reducida cuando una de las naos quedó maltrecha por un temporal y tuvo que quedarse en Irlanda, según informó otra vez Pedro de Ayala (que presionó en la corte para que la ruta no derivase demasiado al sur, territorio castellano).

Y eso es todo en realidad; se ignora qué fue de la expedición y no tenemos más noticias de Caboto. Quizá murió en alta mar o quizá no tuvo los resultados esperados, por lo que regresó y murió pronto pero sin que se haya conservado noticia alguna al respecto al considerarse un fracaso aquella empresa. Se supone que su hijo Sebastián tomó el mando para dirigir la ruta de retorno y hay una única certeza: un miembro de la tripulación, Lancelot Thirkill, aparece registrado como vecino de Londres en 1501.

Partida de John y Sebastian Cabot desde Bristol en 1497 (Ernest Board)/Imagen: NBC News

Ese detalle ha dado pie a algún historiador británico como Alwyn Ruddock a especular, con bastante voluntarismo, que los barcos llegaron a Groenlandia, la Bahía de Chesapeake y puede que hasta las islas españolas del Caribe. Es una deducción basada en que el mapa de Juan de la Cosa incluye el litoral de Norteamérica con banderas inglesas señalando puntos concretos, teniendo en cuenta además que el cartógrafo santanderino lo hizo en 1500, un par de años después de la aventura postrera de Caboto. Pero todo resulta tan etéreo como la carta de John Day.

Ruddock se apoya también en una serie de documentos que dijo haber descubierto en el archivo de una familia veneciana residente en Inglaterra. El problema es que eso fue en 1965 y desde entonces ha pasado más de medio siglo sin que sus tesis se hayan impuesto en el mundo académico. Es más, no sólo ningún historiador se muestra dispuesto a avalarlo con claridad sino que el propio Ruddock dejó instrucciones para que a su muerte (ocurrida en 2005) se destruyeran todas las notas sobre sus investigaciones, algo bastante sospechoso. Suele acusársele de pretender reescribir una historia de los descubrimientos favorable a Inglaterra.

Reivindicaciones territoriales sobre el mapa de Juan de la Cosa (1500)/Imagen: Evan T. Jones en Wikimedia Commons

Algunos investigadores de la Universidad de Bristol siguen dándole vueltas al asunto y sitúan a Caboto en Londres hacia el año 1500 pero hoy por hoy todo sigue sosteniéndose con alfileres y la atención ha pasado a centrarse en la labor arqueológica, pues Ruddock sostenía que los frailes que acompañaron a Caboto en su segundo viaje se quedaron en Terranova y fundaron el primer asentamiento de América del Norte. Las excavaciones realizadas en Newfoundland han sacado a la luz restos de una comunidad agrícola pero muy posterior, de finales del siglo XVII (incluyendo, como curiosidad, una moneda española acuñada en Perú).

Por lo demás, Enrique VII insistió en la exploración de aquellas tierras descubiertas y autorizo otras expediciones, como la capitaneada en 1499 por William Weston (un marino que viajó con Caboto), que navegó por el Estrecho de Hudson en busca del ansiado Paso del Noroeste hacia las Indias Orientales, o la de Hugh Eliot y Robert Thorne de 1502, de nuevo con Terranova como destino. Eso sí, cuando Inglaterra reivindica su papel pionero en el descubrimiento de la costa norteamericana «olvida», por ejemplo, los viajes realizados mucho antes por los portugueses João Vaz Corte-Real y Gaspar Corte-Real.

Fuentes: El mito de «John Cabot»: construcción británica para reclamar la soberanía de Norteamérica (Juan Francisco Maura en Cuadernos Hispanoamericanos)/El Descubrimiento y la fundación de los reinos ultramarinos. Hasta fines del siglo XVI (Manuel Lucena Salmoral)/La cartografía náutica española en los siglos XIV, XV y XVI (Ricardo Cerezo Martínez)/The Cabot Voyages and Bristol Discovery Under Henry VII (James A. Williamson y R. A. Skelton)/Alwyn Ruddock: «John Cabot and the Discovery of America» (Evan T. Jones)/Wikipedia