El hombre que inventó el pararrayos moderno por accidente, ignorado por la ciencia hasta el siglo XIX

El estadounidense Benjamin Franklin pasa por ser el inventor del pararrayos, entre otras cosas alumbradas por su portentoso ingenio. Sin embargo, hubo más científicos que trabajaron en ello paralelamente. El más importante quizá fuera el checo Prokop Diviš, pionero en Europa. Lo realmente curioso de su trabajo está en que desarrolló su concepto de pararrayos un poco por casualidad, ya que lo que pretendía era crear un sistema que impidiera la formación de tormentas eléctricas; es decir, no atraer los rayos sino rechazarlos.

Hace un par de años publicamos aquí un artículo sobre la brutal explosión accidental que arrasó parte de la ciudad italiana de Brescia y explicábamos que aquella desgracia fue causada por un rayo caído sobre una fortaleza, al provocar un incendio cuyas llamas llegaron al polvorín. También contamos que a raíz del accidente se generalizó la instalación de pararrayos, invento que hasta entonces había sido recibido con bastantes reparos, especialmente en el mundo religioso.

La explosión de Brescia/Imagen: Ball-lightning.info

Aunque no se trataba de una postura oficial de la Iglesia, el clero menos ilustrado -que era el mayoritario- hacía repicar las campanas cuando venía una tormenta con la finalidad de ahuyentar a los demonios, ya que las viejas tesis agustinianas y tomistas atribuían a esos seres la formación de los fenómenos meteorológicos adversos. En eso coincidían con algunos predicadores protestantes, que los atribuían a la voluntad divina y rechazaban la instalación de pararrayos porque temían que al desviar los rayos hacia tierra podían provocar terremotos.

Ahora bien, había llegado el Siglo de las Luces, el XVIII, en el que la Razón empezó a imponerse sobre la fe dogmática. Los científicos de la época luchaban como podían contra esas ideas, poniendo de manifiesto el peligro -demostrado en la práctica demasiado a menudo- de hacer tocar campanas en plena tormenta pero las reticencias continuaron y, salvo en Inglaterra y España, donde se dotó de pararrayos a las iglesias sin mayor problema, en buena parte de Europa carecían de ellos. Era algo de lo que podría dar fe Prokop Diviš, pues formaba parte de la jerarquía eclesiástica como canónigo en Bohemia.

Retrato de Prokop Diviš/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Nacido en 1698 en Helvikovice (actual República Checa), era hijo de una familia modesta y al quedar huérfano en 1716 el cura de su parroquia le envió a estudiar en el colegio local de la Compañía de Jesús, lo que orientó su vida a una carrera religiosa, pasando al cumplir dieciocho años a ingresar como novicio en la Abadía Premonstratense de Louka (Moldavia). La Candidus et Canonicus Ordo Praemonstratensis era una orden de canónigos regulares (en España se los llama mostenses) que seguía la regla de San Agustín y que disponía de un gimnasio (una escuela de educación secundaria) en esa ciudad para estudios complementarios.

Fue allí donde, siguiendo una tradición monasteril, Prokop Diviš asumió ese nombre, ya que el verdadero era Václav Divíšek. Tomó sus votos en 1720 y continuó su formación académica -era brillante- estudiando filosofía y teología, además de ordenarse sacerdote en 1726. Aunque empezó a ejercer de profesor en el cenobio, su afición a realizar demostraciones científicas ante los alumnos no gustó a sus colegas, que las consideraban más propias de alquimistas y hechiceros, así que fue enviado a la Universidad de Salzburgo para culminar su preparación teológica. En 1733 obtuvo el doctorado y entonces regresó a la abadía, donde ejerció de ayudante del prior hasta que en 1736 se le dio una parroquia en Přímětice.

Interior de la casa natal de Prokop Diviš /Imagen: MMŽbk en Wikimedia Commons

Allí estuvo cinco años, transcurridos los cuales tuvo que regresar a Louka porque fue nombrado prior. Era la primavera de 1741 y el país estaba inmerso en la llamada Primera Guerra de Silesia, que había estallado en diciembre de 1740 cuando la Silesia austríaca fue invadida por Federico II de Prusia. En abril se le unió Francia y las tropas galas también entraron en territorio germano. Incapaz de detener aquella alianza, María Teresa I de Austria cedió la región a Federico, poniéndose fin a la contienda en la Paz de Breslau.

Pero no es ese conflicto lo que nos interesa aquí sino que, en ese contexto, las tropas prusianas se llevaron detenido al abad de la Premonstratense. Diviš pagó un dineral de las arcas del cenobio para rescatarlo y ello, en vez de suscitar el agradecimiento del prisionero, provocó el efecto contrario: fue duramente criticado y devuelto a la parroquia de Přímětice. El mundo se benefició de esa decisión porque allí tuvo las manos libres para investigar en el campo científico.

Federico II de Prusia recibe el homenaje de los estados de Silesia (Wilhelm Camphausen)Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Todo empezó por su empeñó en mejorar las tierras parroquiales de cultivo, a las que dotó de canalizaciones hidráulicas. Ahora bien, en aquel período de la Ilustración dieciochesca lo que empezaba a fascinar a los sabios era la electricidad y Diviš no fue ajeno a esa fascinación. Como apenas se conocía nada sobre el tema, se le buscaban aplicaciones de todo tipo y, por ejemplo, él probó con pequeñas descargas sobre las plantas para estimular su crecimiento, algo que pretendía extender también a humanos con fines terapéuticos; aseguró tener éxito y así lo expuso en la Corte imperial de Viena.

No obstante, lo que verdaderamente le dio cierto renombre fue la invención del Denis d’Or, un instrumento musical de funcionamiento eléctrico. No se sabe exactamente en qué año lo creó y se especula con 1748; pero sí que aparece documentado a partir de 1753. En realidad poco conocemos más que el nombre (una alusión a Dionisos), pues el único prototipo fabricado se vendió en Viena al morir su creador y nunca más se supo de él. Se supone que era una especie de electrófono que, mediante ochocientas cuerdas, tres teclados y un sistema de pedales, producía catorce sonidos dobles.

Esquema del clavecín eléctrico de Jean-Baptiste Thillaie Delaborde, que se supone una versión perfeccionada del Denis d’Or/Imagen: 120Years

Esos sonidos imitaban los de otros instrumentos, caso del arpa, el clavecín, el laúd y algunos de viento. Las descripciones dicen que medía medio metro de largo por uno de ancho y uno veinte de alto aproximadamente, presentando un aspecto parecido al del clavicordio. En realidad, los estudiosos opinan que su funcionamiento sería más bien acústico, como el del acordeón, quedando la electricidad sólo para cargar sus cuerdas (eran metálicas) y mejorar el sonido. Además, parece ser que Diviš le instaló un sistema para producir descargas al intérprete inadvertido, en plan de broma, todo lo cual llevaría a la gente a creer que funcionaba eléctricamente.

En 1753 ocurrió un trágico accidente que llevó al canónigo a centrar su atención en los rayos: uno mató a Georg Wilhelm Richmann, profesor en San Petersburgo, cuando intentaba medir la intensidad del campo eléctrico de la atmósfera. Diviš envió entonces varias cartas a científicos austríacos y rusos para colaborar entre todos en la invención de una máquina meteorológica que permitiera acabar con el peligro de los rayos absorbiendo la electricidad del aire. Como sus experimentos con las plantas y el Denis d’Or se consideraban excéntricos -aparte el hecho de que todas sus publicaciones empezaban con citas bíblicas-, nadie se molestó en contestarle y decidió hacerlo en solitario.

La máquina meteorológica de Prokop Diviš/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para ello colocó junto a su parroquia un poste de cuarenta metros de altura rematado por una estructura que sujetaba doce cajas de hojalata rellenas de hierro en polvo y tachonadas con cuatro centenares de clavos con las puntas hacia arriba, suponiendo que unas y otros ayudarían a atraer la electricidad. Cuando llegó una tormenta un rayo derribó el poste. En aquel momento, verano de 1754, Diviš interpretó la experiencia de forma errónea: como era común en la época, creyó que las puntas de los clavos habían extraído la electricidad de la atmósfera evitando que se formaran rayos en las nubes, una explicación que hoy podemos considerar ingenua.

Lo que ocurrió fue que el rayo, atraído por esos elementos metálicos situados en lo alto del poste, bajó luego hacia el suelo a través de unas gruesas cadenas que, en principio, sólo tenían la misión de mantener enhiesta la estructura, para unirse a la carga de signo contrario latente en tierra. En realidad así es como funciona un rayo normalmente -recordemos que una carga positiva y otra negativa se atraen- sólo que al azar, mientras que aquel poste lo había conducido hacia un punto concreto. En otras palabras, Diviš había creado un pararrayos.

La máquina meteorológica de Prokop Diviš junto a su casa natal/Imagen: Bohemianroots en Wikimedia Commons

Aunque publicó su experimento y varios periódicos se hicieron eco, el mundo académico se mostró escéptico y no le prestó mayor atención, ya que se centró sobre todo en describir cómo las nubes se disipaban (y se regeneraban si abatía el poste, según decía). Pero los campesinos de Přímětice sí que se lo tomaron en serio, hasta el punto de que cuando cuatro años más tarde la región fue azotada por una pertinaz sequía que amenazaba con arruinarles, le echaron la culpa al párroco y destrozaron su máquina meteorológica. Le quedaba otra que había colocado en lo alto de su iglesia pero sus propios superiores eclesiásticos le aconsejaron desmontarla para evitar disturbios.

Diviš obedeció pero siguió investigando en el plano teórico y en 1765, gracias a dos sacerdotes que le ayudaron, consiguió publicar un tratado titulado Längst verlangte Theorie von der meteorologischen Electricité (Teoría muy deseada de la electricidad meteorológica), en el que formulaba los principios de lo que había bautizado con el nombre de Magia naturalis. La obra obtuvo el mismo reconocimiento que sus intentos anteriores, es decir, ninguno; la calificaron de fantasía y su autor falleció a finales de aquel mismo año, seguramente con cierta amargura.

Ilustración sobre el experimento/Imagen: Simonak

De hecho, Prokop Diviš permaneció olvidado hasta finales del siglo XIX, en el que se le redescubrió como un visionario. Al fin y al cabo, había trabajado en el parrarayos al mismo tiempo que Franklin -unos meses más tarde solamente-, de cuyos experimentos probablemente sabía algo aunque sólo en líneas generales sin detalles (curiosamente, Franklin también inventó un instrumento de música, la armónica de cristal).

Y, si bien los científicos decimonónicos reseñaron sus errores conceptuales, hay quien cree que tiene derecho a figurar al menos como coinventor, máxime teniendo en cuenta que su máquina meteorológica era técnicamente mejor que la de Franklin al disponer de aquellas cadenas que la conectaban a la tierra (Franklin utilizó una cometa), siendo además la primera en funcionar como un pararrayos moderno… aunque fuera sin querer.

Fuentes: Prokop Diviš (Mgr. Magda Králová en Techmania Science Center)/El fuego del cielo. Mito y realidad en torno al rayo (José Altshuler)/The Prokop Diviš Memorial/Czech Radio/Wikipedia