César, sitiado con Cleopatra en Alejandría, mandó quemar sus naves para evitar la retirada

Si hablamos de los asedios que vivió Julio César inmediatamente se nos vendrá a la cabeza el de Alesia, donde derrotó al líder galo Vercingétorix después de mes y medio de combates y tras haber estado él mismo sitiado, al aparecer inesperadamente un ejército enemigo por la retaguardia. Precisamente volvería a pasar por esta última experiencia cinco años después, cuando se vio obligado a atrincherarse en Alejandría en apoyo de Cleopatra contra las tropas egipcias de Arsínoe IV y Ptolomeo XIII.

El contexto de ese asedio era la guerra civil que se libraba en Egipto entre los personajes citados y que se entremezcló con la que había en el seno de la propia Roma. César y Pompeyo, antaño amigos estaban enfrentados desde el año 48 a.C., cuando el primero se negó a acatar la decisión del Senado de no renovarle el consulado, que el segundo apoyó. Los senadores desconfiaban de la ambición de César porque ya no tenía compañeros que sirvieran de contrapeso al deshacerse el triunvirato que formaba con Craso (que había muerto luchando contra los partos) y Pompeyo (que, aparte le había hecho el feo de casarse con una Escipión en vez de con su sobrina).

Bustos de César y Pompeyo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así las cosas, el senado depuso a César y éste respondió marchando sobre Roma con su incondicional Legio XIII Gemina, iniciando la que fue la Segunda Guerra Civil de la República, acentuadamente marcada por la polarización de sus protagonistas. Como Pompeyo tenía su principal fuerza en Hispania, César marchó hacia allá para derrotarle in situ, cosa que logró en Ilerda. La siguiente batalla fue la de Dirraquio, donde perdió pero sin que Pompeyo supiera aprovechar su victoria, de manera que el escenario final de aquel duelo fue en Grecia.

La batalla de Farsalia supuso la victoria definitiva de Cesar que, nombrado dictador, persiguió a su adversario hasta Egipto. Allí se llevó una desagradable sorpresa: Pompeyo, que se había refugiado primero en Afípolis y luego en Pelusium, había muerto a manos de uno de sus hombres, Lucio Septimio; al asesino le acompañó Aquilas, un comandante egipcio, pero ambos fueron instigados por el poderoso eunuco de la corte, Potino, y el consejero del faraón, Teodoto de Quíos, esperando con ello ganarse el aprecio de César.

Las cohortes de César detienen a la caballería pompeyana en Farsalia (Adam Hook)/Imagen: Pinterest

Consiguieron el efecto contrario, pues el nuevo y flamante dictador romano estaba dispuesto a perdonar a su antiguo amigo, cuya muerte le afectó profundamente, máxime de la forma en que le fue notificada (presentándole su cabeza en un cesto). Esto seguramente le decidió a adoptar una medida que probablemente ya llevara en mente: intervenir en los asuntos políticos de Egipto en favor de Roma para controlar así, de forma directa, su enorme riqueza agrícola, aprovechando que ese reino debía a Roma una suma enorme y que la situación era inestable por el enfrentamiento entre los partidarios de Ptolomeo XIII y los de su hermana Cleopatra.

Ofreciéndose como mediador en la disputa con el argumento de que su padre, Ptolomeo XII, había dejado a Roma como tutora de sus vástagos, en realidad César tomó partido por ella, corregente junto a Ptolomeo XIII, al que derrocaron; y ello, a pesar de que tanto la una como el otro habían ayudado militarmente a Pompeyo. La razón para esa elección parece obvia: según Lucano, Pompeyo había confirmado a Ptolomeo como único gobernante, postergando a Cleopatra, que se retiró a Tebas primero y Siria después, organizando un ejército junto con su hermana menor, Arsínoe. Por tanto, se presentaba una buena oportunidad de alianza para ambos.

Cleopatra y César ( Jean-Léon Gérôme)/Imagen: dominio público en Wikipedia Commons

Aquella tensa situación se encontró César al llegar a Alejandría en octubre del año 48 a.C. Al margen de la leyenda de su presentación envuelta en una alfombra y el efecto de fascinación que ello pudo tener en él, resulta irónico que fuera Cleopatra quien consiguió arrancarle concesiones en vez de al revés, hasta el punto de que Dión Casio escribió en tono sarcástico refiriéndose a la entrega de Chipre que “César vive presa de tal pánico que no sólo renuncia a anexionarse territorio alguno, sino que cede a Egipto parte del suyo”. Pero lo cierto es que la isla mediterránea se entregó a Arsínoe y el hermano pequeño, el niño Ptolomeo XIV, aunque a la vez se les prohibió salir de Egipto, con lo cual nada cambiaba en el fondo.

El astuto dictador romano estaba sembrando de cara a una futura recolección. Pero el panorama distaba de estar claro y empeoró. Primero, porque Ptolomeo XIII no iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo su hermana y un extranjero le arrebataban el trono, así que puso a Aquilas al mando de veinte mil infantes y dos mil jinetes que sitiaron el palacio real, donde sólo había disponibles cuatro mil efectivos para defenderlo (la Legio VI Ferrata y algunas milicias itálicas que llevaban un tiempo establecidas en Egipto)

Alejandría en tiempos de Cleopatra/Imagen: Weapons and Warfare

Y segundo, porque Arsínoe, frustrada, escapó de Alejandría junto a su eunuco de confianza, Ganímedes, y se unió al ejército de Aquilas erigiéndose líder de la resistencia ante los invasores romanos, ya que Cleopatra estaba de parte de éstos y Ptolomeo XIV sólo tenía doce años. La situación era apurada y César mandó quemar las naves del puerto para evitar tentaciones de retirada, proceso durante el que las llamas se extendieron a la famosa biblioteca alejandrina, destruyéndola; no sería la última vez que sufría un desastre así. También intentó negociar pero los enviados fueron asesinados en un inequívoco mensaje.

Aquilas se hizo con el control de la ciudad excepto el último reducto de resistencia, cuya caída parecía inminente… y entonces un golpe de suerte aclaró un poco el panorama. Ganímedes tuvo un grave enfrentamiento con Aquilas y Arsínoe ordenó ejecutar a este último, poniendo al otro como general. Como tal, aplicó algunas tácticas ingeniosas, caso del cierre de los canales fluviales, que privó de agua potable a los defensores. Por suerte, tenían al frente a un genio militar que sabía que la composición del suelo era porosa roca caliza y, consecuentemente, susceptible de tener agua embolsada; César mandó excavar pozos y salvó la situación una vez más.

Reconstrucción digital del rostro de Arsínoe hecha en 2009/Imagen: Pinterest

La reina era una veinteañera inexperta, tanto en el mundo de la guerra como en el de la política, y esa decisión tan radical jugó en su contra porque tanto ella como Ganímedes no tardaron en ganarse la antipatía de muchos oficiales. Un grupo de ellos se puso en contacto con los sitiados ofreciendo la paz a cambio de que dejaran libre a Ptolomeo XIII. César, informado de que llegaban refuerzos, alargó las negociaciones cuanto pudo para ganar tiempo y finalmente aceptó el trato, convencido de que la entrega del faraón derrocado solo llevaría al campo enemigo la discordia.

Así fue. Los dos hermanos no se ponían de acuerdo en nada y si bien faltaron a su palabra continuando el asedio, perdieron dos días preciosos que jugaron a favor de sus adversarios, ya que a principios del 47 a.C. aparecieron las ansiadas fuerzas de auxilio marchando desde Asia Menor: la ex-pompeyana Legio XXXVII, que mandaba el fiel Cneo Domicio Calvino, más otras tropas aportadas por Mitrídates I de Pérgamo y las llegadas desde Idumea por el rey Antípatro I (premiado por ello con la ciudadanía romana, que luego heredó su hijo Herodes el Grande).

El recinto defendido por César y Cleoptara/Imagen: Pinterest

Con ello cambiaron las tornas y el 27 de marzo del 47 a.C. los egipcios fueron derrotados, atrapados entre dos frentes. Ptolomeo XIII murió ahogado en el Nilo al volcar su bote mientras huía y Ganímedes sufrió un destino similar. Arsínoe cayó prisionera pero se respetó su vida, según un falso rumor porque había sido amante de César y tenían un hijo juntos, aunque en realidad fue debido a que su juventud apiadó a los romanos que la vieron exhibida encadenada en el preceptivo desfile triunfal por las calles de Roma; de lo contrario, seguramente hubiera acabado estrangulada al término del evento, como Vercingétorix.

No obstante, no pudo escapar al fatídico destino. A quien más temía Arsínoe era a su propia hermana y, efectivamente, años después Cleopatra convencería a Marco Antonio para que la ejecutara. El famoso suicidio haciéndose morder por un áspid obedecía tanto a la desesperación por la derrota ante Octavio y la muerte de su amante como al horror que le producía la idea de ser expuesta también ante el populacho romano cargada de cadenas (aunque no era mucho mayor que Arsínoe, sólo dos años más).

Cleopatra probando venenos con condenados a muerte (Alexandre Cabanel)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Y es que Cleopatra fue la principal beneficiada de lo que se conoce como Guerras Alejandrinas. César la entronizó junto al pequeño Ptolomeo XIV como corregentes, para lo cual los hizo casar, según aquella vieja costumbre egipcia del matrimonio filial. No obstante, la reina siguió conviviendo con el romano, al que dio un hijo, el futuro Ptolomeo XV, más conocido como Cesarión. Su interés en favorecer la sucesión de éste la llevó cinco años más tarde a asesinar también a su hermano. No eran escrúpulos lo que le sobraba.

Fuentes: Alejandría. Historia y guía (E. M. Forster)/Breve historia de Julio César (Miguel Ángel Novillo López)/Historia romana (Dión Casio)/De bello Alexandrino (Aulo Hircio)/Vidas paralelas. Vida de Julio César (Plutarco)/Historia de Roma ((Francisco Javier Lomas Salmonte y Pedro López Barja de Quiroga)/The reign of Cleopatra (Stanley M. Burnstein)/Wikipedia