Oposición estoica, los filósofos que desafiaron a los emperadores romanos

Cuestor leyendo la sentencia de muerte al senador Trasea Peto (y Fyodor Bronnikov)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ejercer la oposición a un gobierno establecido forma parte del juego político y los sistemas democráticos lo asumen como algo normal. Pero donde el poder es absoluto la cosa se vuelve más difícil y el problema es que, a lo largo de la Historia, esa fue la tónica general. Por eso resulta sorprendente descubrir que en un régimen tan autocrático como el del Imperio Romano, donde las funciones del Senado quedaron relegadas, se diera un peculiar movimiento opositor durante el siglo I d.C. protagonizado por filósofos: la llamada oposición estoica.

El estoicismo fue una corriente filosófica, fundada por el griego Zenón de Citio tres siglos antes de Cristo, que centraba su atención en el Hombre desde una perspectiva materialista y, sobre todo, moralista. Relacionado con el cinismo, considera que el bien supremo es la felicidad y que ésta consiste en la virtud que, a su vez, se basa en el concepto vivere secundundum naturam (vivir de acuerdo con la naturaleza). Se refiere a la naturaleza humana, racional, aceptando el destino y amoldándose a él.

Busto de Zenón de Citio/Imagen: Paolo Monti en Wikimedia Commons

Todo ello implica despojarse de las pasiones para alcanzar la ataraxia (apatía, imperturbabilidad), que proporciona felicidad para aislarse de arrebatos y dolores, para lo cual es necesario reducir las necesidades personales: sustine et abstine (soporta y renuncia). Así, el Hombre, el sabio, consigue ser independiente, no se sujeta a deberes y su razón se funde con la naturaleza llegando a la virtud y por ella a la felicidad. El término estoicismo deriva del lugar donde Zenón impartía sus enseñanzas, la stoà poiliké de Atenas, aunque la doctrina, al coincidir con la época Helenística, se prolongó aproximadamente medio milenio, hasta el II d.C.

Durante ese tiempo, que suele dividirse en tres etapas (antigua, media y nueva), surgieron algunas figuras como Cleantes de Asos, Crisipo, Panecio de Rodas, Posidonio… Si el segundo fue quien estructuró las enseñanzas por escrito, el tercero fue quien introdujo la doctrina en Roma (era amigo de Escipión) y el cuarto ejerció de maestro de Cicerón. El último período, romano casi exclusivamente, tuvo como gran protagonista a Séneca, profesor de Nerón y al que siguieron otros como el liberto Epícteto o el emperador Marco Aurelio.

Busto de Marco Aurelio/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahora bien, al contrario que los cínicos y epicúreos, los estoicos conservaban el interés por la vida pública, por las relaciones sociales, fundamentándose para ello en la naturaleza humana. Considerando que es universal, despreciaban la polis, la ciudad, en favor de un cosmopolitismo que hacía de los hombres ciudadanos del mundo iguales. Todo esto puede servir de pista para entender por qué la oposición estoica se situó políticamente contra los emperadores romanos o, al menos, contra algunos de ellos como Nerón, Vespasiano y Domiciano.

En realidad no hay unanimidad entre los historiadores a la hora de convenir si se trató de un movimiento organizado desde una perspectiva filosófica o todo obedecía a una reacción socio-política, ya que buena parte de esos filósofos pertenecían a la clase senatorial, privada de sus privilegios y prerrogativas por el poder imperial omnímodo; además hubo represaliados completamente ajenos al estoicismo y los textos conservados de esa doctrina no prestan una atención especial a la política. De hecho, el término oposición estoica es tardío; lo acuñó el historiador y filólogo francés Gaston Boissier en el siglo XIX.

Gaston Bossier/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero sí se admite que hubo cierta vinculación ética y es indudable que el estocismo estuvo bajo sospecha en la segunda mitad del siglo I d.C., desterrándose de Roma a sus representantes. Era el culmen de un proceso que se inició en la centuria anterior, cuando Catón de Útica (bisnieto de Catón el Viejo), que durante su tribunado había tenido enfrentamientos con Julio César al acusar a éste de formar parte de la conspiración de Catilina y luego apoyó a Pompeyo en la guerra civil, se suicidó al considerarse incapaz de vivir bajo la tiranía que iba a imponer su enemigo.

Catón era estoico y se convirtió en un modelo de conducta para todos. Séneca, que también profesaba esa filosofía, comparó su trágico final con el de Sócrates en un contexto en el que estaba a punto de desatarse una auténtica persecución anti-estoica. Pero el auténtico hostigamiento empezó en tiempos de Nerón con Rubelio Plauto, un senador consular de la dinastía Julio-Claudia que fue acusado por el emperador de sedición e intriga, siendo expulsado a Asia Menor. Finalmente terminó asesinado.

La muerte de Catón de Útica (Pierre Bouillon)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

A continuación el anciano Barea Sorano, que era amigo suyo (y seguidor del estoicismo, como él), recibió una condena a muerte junto a su hija Servilia, a la que se acusó de hechicería; se les dio la clásica salida de un suicidio honorable. Sorano había sido denunciado por su maestro, Publio Egnatio Celer, quien recibió una recompensa por ello… hasta que más tarde le denunció a su vez Musonio Rufo, un maestro estoico que jugó un papel decisivo en aquel embrollo, como veremos.

En torno al 65 d.C., el propio Séneca (que había sido tutor del emperador) y su sobrino Lucano fueron obligados a quitarse la vida al ser acusados de participar en la conspiración de Cayo Calpurnio Pisón. Al año siguiente, un senador discípulo de Rufo llamado Trasea Peto promovió una campaña de abstencionismo en la vida política que incluía no jurar fidelidad el emperador, no hacer sacrificios por él, etc. La no asistencia al funeral de Popea y la cizaña que sembró otro senador, Cossutiano Capito, le supusieron la pena capital. Dos amigos suyos también estoicos, Paconio Agripino y Helvidio Prisco, fueron desterrados en el mismo juicio.

Los remordimientos de Nerón tras matar a su madre (John William Waterhouse)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Así se llegó al mandato de Vespasiano, quien continuó la política anti-estoica por consejo del mencionado Musonio Rufo. Paradójicamente, éste era amigo de Rubelio Plauto y se había ido al exilio con él pero se le permitió regresar… para ser desterrado de nuevo por participar -falsamente, al parecer- en la citada conjura de Pisón. Sin embargo también pudo volver, se convirtió en maestro de Epícteto y, según Dión Casio, fue quien convenció a Vespasiano de la conveniencia de echar de Roma a los estoicos, por soberbios y arrogantes. El emperador le haría caso en el año 71 pero cuatro más tarde también expulsó a Rufo (por cierto, lograría retornar una tercera vez al fallecer el emperador).

Como es sabido, Vespasiano se empleó a fondo contra el Senado y por eso, pese a que echó de Roma a la mayoría de los estoicos, aún tuvo que ver cómo surgía un nuevo opositor en la figura de Helvidio Prisco. Era el yerno de Trasea Peto y defensor de la competencia senatorial para ocuparse de los asuntos económicos, lo que le enfrentaba abiertamente a la autoridad imperial; algo agravado por el hecho de que, como pretor, en sus edictos siempre nombraba a Vespasiano por su nombre sin aludir a su condición de emperador. En consecuencia, se le desterró primero y ejecutó después.

El triunfo de Tito. En primer plano, con toga blanca, su padre Vespasiano (Sir Lawrence Alma-Tadema)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los herederos de Vespasiano fueron sus hijos Tito y Domiciano sucesivamente. Durante el mandato de este último se recrudeció la persecución de opositores. La lista empieza con el hijo de Helvidio Prisco, autor de una obra satírica sobre Paris y Enone que se interpretó como una burla del matrimonio entre el emperador y Domicia Longina, pues era sabido que ésta tenía un amante llamado Paris; al hacerse público, Prisco perdió la vida y ella fue repudiada. La ola de sangre continuó con el senador y ex-cónsul Aruleno Rústico, eliminado tras escribir un elogio de su amigo Trasea Peto, exactamente igual que pasó con Herenio Senecio, que publicó un panegírico de Helvidio Prisco por encargo de su viuda, Fannia, que además era hija de Trasea Peto (ella salió mejor librada, sólo con destierro).

Harto de los estoicos, Domiciano los expulsó no ya de la capital sino de toda la península itálica. Entre los damnificados más insignes figuraban Dion Crisóstomo, discípulo del inefable Musonio Rufo y abuelo de Dión Casio, que pudo regresar cuando su amigo Nerva subió al poder; también Epicteto, ex-esclavo del secretario de Nerón y ardiente defensor de Prisco, a quien puso como ejemplo de conducta para sus alumnos. Epicteto marchó a Grecia y abrió una escuela de filosofía en Nicópolis convirtiéndose en una referencia del estoicismo.

Busto de Domiciano/Imagen: I. Sailko en Wikimedia Commons

Probablemente él y todos los demás represaliados esbozarían una sonrisa si hubieran sabido que, poco después, el hijo adoptivo de Antonino Pío, Marco Aurelio, que había recibido formación estoica de maestros como Junio Rústico (descendiente de aquel Aruleno Rústico fulminado por Vespasiano), no sólo ascendería al trono imperial sino que en sus Meditaciones llamaría tirano a Nerón y agradecería a sus tutores las enseñanzas sobre personajes virtuosos como Trasea Peto o Helvidio Prisco.

Fuentes: Epítomes de la Historia Romana (Dión Casio)/Anales (Tácito)/Máximas de Epicteto (Epicteto)/Vidas de los doce césares (Suetonio)/Meditaciones (Marco Aurelio)/Historia de la Filosofía (Julián Marías)/Palabras de filósofos. Oralidad, escritura y memoria en la filosofía antigua (Sergio Pérez Cortés)/Damnatio memoriae. La maldición de la memoria (Juan M. Ariza)/Republicanism During the Early Roman Empire (Sam Wilkinson)/Wikipedia