Horo, la capa hinchable que envolvía a los samuráis protegiéndoles la espalda

La escolta del daimyō Oda Nobunaga cargando a caballo con sus horos inflados/Imagen: Pinterest

Si hay un tipo de guerrero histórico que ha alcanzado dimensiones míticas es el japonés. La figura del samurái, probablemente a causa del cine, se ha mitificado en exceso hasta adquirir un carácter de invencibilidad que no corresponde del todo con la realidad. Los samuráis eran humanos y, como tales, protagonizaron hechos grandiosos… igual que otros menos admirables. Esta reflexión viene por un curioso elemento de su armadura que vamos a ver a continuación: el horo, que servía para protegerles por la espalda y costados, lo que ha inducido a algunos a interpretar que se trataba de un elemento para defenderse también en su retirada.

Etimológicamente, la palabra samurái procede del japonés antiguo y significa «el que sirve», porque al principio se aplicaba a los criados. No se vinculó al mundo bélico hasta finales del siglo XII, cuando los guerreros de élite que habían aparecido como casta doscientos años antes eclosionaron al término de las Guerras Genpei; fue ésta una contienda civil que enfrentó a los dos clanes más poderosos del momento, Taira y Minamoto, con victoria de este último y el establecimiento del shogunato Kamakura, el primero de la historia.

La Guerra Genpei en un panel del siglo XII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El poder del shōgun se impuso al imperial en lo que constituyó el inicio del período feudal en Japón y dicho poder, que ya no declinó hasta la ascensión del emperador Meiji en el siglo XIX, se basó en el oficio de los samuráis. Pero lo que vamos a tratar aquí no es tanto su historia como su equipamiento. O, más concretamente una parte muy especial de él. Por supuesto, no era material precisamente asequible, lo que revela el carácter aristocrático que tenía esa clase guerrera desde sus inicios, algo remarcado por el hecho de que empezaron siendo arqueros a caballo y no se consolidaron como infantes hasta mucho más tarde.

En realidad se trató de una evolución y una diversificación, lógicas por el transcurso de los tiempos, a las que siguió la especialización. Por eso fueron dejando un tanto sus arcos y flechas para centrarse en otras armas propias del combate a pie como la espada, la naginata e incluso el arcabuz, hasta que el daimyō (señor feudal) Toyotomi Hideyoshi dictó normas para diferenciar a los samuráis de los simples ashigaru (soldados rasos). Posteriormente, bajo el mandato de Tokugawa Ieyasu, vivirían un cierto declive al ponérseles coto a su poder, prefiriendo muchos adoptar el estatus de ronin (sin señor) y dedicarse al mercenariazgo o la piratería antes que convertirse en campesinos.

Tres generales de Toyotomi Hideyoshi en 1587 (Richard Hook)/Imagen: Pinterest

La armadura, es decir, la vestimenta protectora para el combate, se remonta a la antigüedad temprana y estuvo asociada casi siempre a un nivel socioeconómico elitista, por aquello de que los usuarios casi siempre debían asumir su coste. Cada rincón del mundo desarrolló su propio modelo de armadura, como es lógico, aunque con el paso de los siglos los contactos y las relaciones comerciales permitieran incorporar elementos de un sitio a otro. Como la geografía insular de Japón le permitió permanecer en aislamiento mucho tiempo, su modelo de armadura tuvo unas características propias hasta que la llegada de los europeos en el siglo XVI introdujo algunas novedades.

Las armaduras niponas primigenias se llamaban tanko y estaban hechas de placas de hierro, lacadas para protegerlas de la meteorología y unidas mediante cordones (que podían ser de seda trenzada en los casos más exquisisitos). Las placas no cubrían todo el cuerpo por el exceso de peso que suponían, que podía alcanzar los treinta kilos. El tanko fue evolucionando, aligerándose progresivamente hasta llegar en la época Helan (clásica) al modelo más conocido, el , que sustituía el metal por el cuero endurecido y protegía integralmente.

Armadura tipo ō-yoroi, de la época feudal/Imagen: Ian Armstrong en Wikimedia Commons

Más tarde, en el citado siglo XVI se dio paso a la adopción de elementos europeos como el casco morrión o la coraza para el pecho, originando el llamado tōsei gusoku, una curiosa combinación de características autóctonas y extranjeras. Por otra parte, el metal volvía a ser protagonista, esta vez en versión acero, para proteger al samurái de las armas de fuego: la armadura denominada de bala probada (tameshi gusoku) era capaz de resistir un disparo de arcabuz.

Al igual que pasa con las europeas, cada pieza de una armadura japonesa tiene su nombre. Los más conocidos son el (un peto que da nombre a un tipo de armadura, como vimos), el kabuto (un casco que, a su vez, constaba de varias partes que incrementaban su protección), el mengu (la típica máscara que cubría el rostro), el haidate (protector de los muslos, equivalente a las escarcelas), etc. Ahora bien, la armadura se utilizaba con una serie de complementos. Entre ellos, evidentemente, estaba la ropa pero también el vistoso sashimono (una banderola engarzada a la espalda para identificar a qué bando pertenecía el samurái).

Partes de una armadura japonesa moderna/Imagen: Pinterest

Había más pero hoy le vamos a prestar atención al horo, por su sorprendente concepto. En esencia, se trataba de una capa que los samuráis de mayor rango llevaban a la espalda pero no era una simple pieza de seda sino un conjunto de tiras cosidas entre sí y atadas a una especie de armazón interior hecho de materiales ligeros (mimbre, bambú, ballenas) que se denominaba oikago y asemejaba una crinolina o miriñaque. Su función era realmente peculiar: cuando el portador se lanzaba al galope con su caballo, el horo se hinchaba como un globo envolviendo al samurái y el oikago le mantenía esa forma.

En tales circunstancias el aspecto del samurái debía ser bastante llamativo, como si llevase un airbag trasero. Sin embargo, no era ésa la razón de ser del horo; o no sólo. En realidad actuaba como una protección extra contra las flechas enemigas cuando éstas venían desde atrás, clavándose en esa estructura sin llegar al cuerpo. De hecho, parece que había una versión delantera que se usaba para cubrir la cabeza del caballo en las cargas. El horo medía casi dos metros, sujetándose por arriba al casco o a la parte superior de la coraza y por abajo a la cintura, en ambos casos mediante cordones.

Un samurái cabalgando con su horo hinchado; se intuye la estructura interior que le da forma/Imagen: Gumbai

Asimismo, sobre su superficie se pintaba o bordaba el mon, el emblema del clan. Eso servía para aclararse en medio de la batalla y distinguir a un amigo de un enemigo, constituyendo así una especie de estandarte. En ese sentido, se utilizaba igualmente para manifestar la rendición, sujetando el cordón de sujeción a un anillo del casco mientras se hacía otro tanto en un estribo. Era, pues, un elemento simbólico a la par que práctico. Especial, en cualquier caso.

Como tal, estaba reservado a personajes de cierta alcurnia o a un tsukai-ban, un edecán, mensajero encargado de llevar instrucciones a las tropas en plena lucha. Por cierto, tanto en un caso como en otro, hay noticias de que cuando se conseguía abatir al portador de un horo era costumbre cortarle la cabeza y envolverla en esa capa de seda, en un paralelismo a lo que se hacía con otros samuráis de menor rango, para cuyas testas se empleaba la tela del sashimono.

Caballero (con horo) y guardias (con sashimono) de Tokugawa Iemitsu en 1643 (Richard Hook)/Imagen: Pinterest

A menudo se dice que el horo fue creado por Hatakeyama Masanaga, un daimyō que combatió en la Guerra de Ōnin, el conflicto civil que enfrentó al hermano y el hijo del shogun Ashikaga Yoshimasa por su sucesión. La contienda empezó en 1467 y duró once años, dando paso al siglo del período Sengoku, la Era de los Estados Combatientes, en la que los señores más poderosos lucharon entre sí por proclamarse shōgun. Los dos candidatos a heredar el shogunato de Yoshimasa se agotaron en aquella matanza interminable sin vencedor claro y Hatakeyama Masanaga fue uno de los peones de la sangrienta partida.

No obstante, parece ser que Masanaga sólo habría sido un usuario especialmente célebre y el horo ya se utilizaba al principio de la época feudal, durante el período del shogunato Kamakura, que se extendió desde el año 1185 al 1333 y fue precisamente cuando se asentaron los caracteres más emblemáticos del Japón tradicional, desde los samuráis al sepukku pasando por la ceremonia del té y la difusión del budismo zen (de cuyo impulsor, el monje Nichiren, ya hablamos en otro artículo).

Escoltas de Toyotomi Hideyoshi en 1582. en el centro, el Gran Horo, que sólo era ceremonial (Richard Hook)/Imagen: Pinterest

En suma, el horo era un elemento tanto para distinguirse en el caos del campo de batalla como para proteger los costados y espalda del samurái que lo llevaba. Quizá porque necesitaba algo especial en medio de ese lío de sables y gritos en el que es imposible determinar de dónde puede venir un golpe fatal. Quizá también, como apuntan algunos, para cubrir esas zonas expuestas durante una hipotética retirada, pues la imagen de los samuráis luchando hasta la victoria o muerte obedece más bien a la literatura que narró en clave épica algunas batallas famosas de la historia japonesa y especialmente la de Shiroyama, en la que cargaron espada en mano contra ametralladoras Gatling.

Fuentes: Secretos de los samurái (Oscar Ratti y Adele Westbrook)/Samurai Commanders (2): 1577–1638 (Stephen Turnbull)/Samurai Heraldry (Stephen Turnbull)/Samurai: The Code of the Warrior (Thomas Louis y Tommy Ito)/Samurai 1550–1600 (Anthony J Bryant y Angus McBride)