Guerras Sicilianas, el conflicto más duradero de la Antigüedad que enfrentó a Cartago con la Magna Grecia

La rivalidad entre Roma y Cartago por controlar el Mediterráneo occidental se plasmó en las tres Guerras Púnicas que disputaron ambas potencias entre los años 264 a.C. y 146 a.C. y que terminaron con victoria romana. Sin embargo, no era la primera vez que los cartagineses recurrían a las armas para disputar el dominio del mar; antes lo habían estado haciendo ya desde el año 600 a.C. sólo que contra otro enemigo: las polis de la Magna Grecia, de ahí que aquellas contiendas -curiosamente también fueron tres- se las conozca como Guerras Sicilianas.

En realidad, pese a lo que pudiera parecer a priori, Cartago no estaba practicando un expansionismo digamos gratuito sino forzado por su realidad geográfica: hacia el sur estaba limitado por el desierto del Sahara y hacia el oeste por el Atlántico, así que la zona natural de desarrollo económico sólo podía ser por el Mediterráneo. Era algo tan evidente para sus dirigentes que por eso crearon la marina más poderosa que había en aquellos tiempos, gracias a la tradición marinera heredada de sus antepasados fenicios.

Recreación de una vista aérea de Cartago/Imagen: Utopian Green

Dada la ubicación de su tierra, la zona que les interesaba para sus actividades no suponía una amenaza para potencias orientales como Persia, Egipto o Atenas, pues se centraban en territorios alejados de ese área de influencia como Hispania o el sur de la Galia, lugares donde ya había colonias púnicas desde el siglo VII a.C. De hecho, también era ése en cierto modo el origen de la propia Cartago, que fue la que recogió el testigo de Tiro en la segunda mitad del siglo VI a.C.

Costa norteafricana aparte, Cerdeña fue el primer sitio que los cartagineses colonizaron, utilizando la isla como base para hacer oro tanto con Córcega. El siguiente paso también tuvo carácter insular: Malta, que pasó a sus manos hacia el 480 a.C. cuando asirios y babilonios acabaron con Fenicia. Ese reemplazo de los púnicos en su red de factorías les llevó también a dominar el sur y parte de Levante de la Península Ibérica, incluyendo Eivissa (Ibiza).

Rutas comerciales fenicias/Imagen: Rodriguín en Wikimedia Commons

El gran objeto del deseo cartaginés pasó entonces a ser Sicilia. El problema era que estaba ocupada básicamente por colonos griegos desde el siglo VIII a.C. De hecho, en la Antigüedad se conocía a aquella isla como la Magna Grecia, denominación que se extendía a la parte meridional de la península italiana (en concreto a las franjas litorales de Calabria, Campania, Basilicata y Apulia), donde los jonios habían fundado el primer asentamiento en el 750 a.C., Cumas. Y claro, los helenos no estaban dispuestos a irse.

Neápolis, Síbaris, Siracusa, Akragas (Agrigento), Selinunte, Taras (Tarento), Locros, Regio, Crotona, Turios, Elea, Mesana (Mesina), Tauromenio e Hímera constituían un pequeño imperio comercial en el mar Tirreno que continuaba por la costa gala con Massalia (Marsella), Antípolis y Nikaia (Niza) y después en la ibérica con Emporion (Ampurias) y Mainake (Málaga), entre otras. Eso llevó a una rivalidad con los púnicos que se tradujo en enfrentamientos esporádicos, especialmente por parte de los foceos marselleses y corsos.

Las colonias griegas de la Magna Grecia (morado jónicos, amarillo dóricos, gris aqueos, marrón del noroeste)/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

En el 540 se libró el combate naval de Alalia, en el que los foceos se enfrentaron a una coalición púnico-etrusca. Ganaron los primeros pero muy ajustadamente, lo que trajo como consecuencia un statu quo que favoreció a los cartagineses, reforzando la primacía de Gadir en la Península Ibérica en detrimento de las colonias griegas y, a medio plazo, su dominio sobre Córcega y Cerdeña, tal como indicábamos antes. En ese contexto había otra potencia en ciernes, Roma, a la que Cartago mantuvo a raya acordando tratados que delimitaban sus respectivas áreas de influencia.

Pero resultaba obvio que tarde o temprano se desatarían de nuevo las hostilidades y esta vez de forma más grave. Así fue. La Primera Guerra Siciliana empezó en el 480 a.C, cuando Gelón, tirano de Siracusa, emprendió una campaña contra Hímera, ciudad situada al otro lado de Sicilia cuyo gobernante, Terilo, había firmado un pacto con Cartago. Gelón pretendía unificar la isla bajo su mando, algo que estratégicamente no podían permitir los cartagineses, así que pusieron en práctica el tratado con Terilo y movilizaron a sus tropas.

visión decimonónica de la Batalla de Hímera (Giuseppe Sciuti)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No se sabe si fue una casualidad o una alianza firmada ex profeso pero aquellos acontecimientos coincidieron con el ataque que el Imperio Aqueménida realizó a la Grecia continental. El caso es que la flota cartaginesa, bajo el mando del general Amílcar Magón (que también era uno de los dos sufetes o jueces), sufrió importantes pérdidas por el mal tiempo y cuando por fin las tropas desembarcaron en Panormus (Palermo) y se enfrentaron a Gelón en Hímera resultaron gravemente derrotadas (la tradición dice que fue el mismo día de la Batalla de Salamina).

Magón murió (se ignora si luchando o por suicidio) y el desastre provocó un cambio en Cartago, donde el el gobierno oligárquico dio paso a una peculiar república con un rey sin apenas poder y el gobierno en manos de una especie de senado de ancianos o gerusía llamado Consejo de los Cien. La Magna Grecia seguía siendo helena y encima, como hemos dicho, en la metrópoli los persas también salieron escaldados cuando su flota fue destruida por la ateniense de Temístocles.

Colonias griegas y púnicas en Sicilia hacia la mitad del siglo V a.C/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Las cosas quedaron así durante casi un siglo, durante el cual Cartago fue reponiéndose y centrando su expansión por el norte de África (por las actuales Túnez y Libia). En ese período tuvieron lugar también las expediciones marítimas de Hannón rodeando el continente africano por el Atlántico e Himilcón hacia el norte europeo. No obstante, brotó un problema inesperado: las colonias púnicas de la Península Ibérica se rebelaron y el comercio cartaginés experimentó una crisis al cortarse la afluencia de minerales y otros productos.

Hacían falta soluciones y los ojos volvieron a posarse en la Magna Grecia ¿Por qué? Porque estaba muy dividida, ya que poco antes había pasado por una guerra que enfrentó a las ciudades de Regio y Mesina con la Siracusa del célebre Dionisio. Por tanto, en el 410 a.C se organizó una nueva campaña militar cuya dirección se encargó a Aníbal Magón, nieto de Amílcar. Llegó a Sicilia al año siguiente y conquistó Selinus (Selinunte) e Hímera, vengando así a su abuelo y reuniendo un rico botín con el que regresó a Cartago.

Soldados libios y fenicios con un oficial cartaginés (Johnny Shumate)/Imagen: Johnny Shumate

Ahora bien, la colonia griega más próspera y apetecida era Siracusa, que como también era la más fuerte seguía tranquila y aparentemente intocable. Por eso cuatro años más tarde Magón lideró otra expedición que esta vez debía apoderarse de toda la isla. No pudo por los imponderables. Una epidemia de peste hizo fracasar el asedio de Agrigento y él mismo pereció. Y aunque su sucesor, Himilcón, continuó adelante tomando Gela y venciendo a las tropas de Sircausa una y otra vez, la enfermedad terminó por postrarle, obligándole a acordar la paz y retirarse.

La tranquilidad no duró mucho. En el 398 a.C. le tocó fracasar a Dionisio cuando intentó arrebatar a los cartagineses una de las fortalezas insulares que habían dejado, Motia. El subsiguiente contraataque de Himilcón le llevó a tomar Mesina y sitiar Siracusa pero la peste volvió a intervenir y convirtió aquella Segunda Guerra siciliana en una sucesión de enfrentamientos menores y espaciados que no decidían nada pero mermaban poco a poco la fuerza cartaginesa en Sicilia hasta que ya sólo les quedó la parte sudoeste.

Tetradracma acuñado en Siracusa en tiempos de Dionisio/Imagen: Classical Numismatic Group en Wikimedia Commons

Todo quedaba en una calma tensa que sólo podía desembocar en una tercera y definitiva guerra. Llegó en el 311 a.C, cuando uno de los sucesores de Dionisio, Agatocles, que cuatro años antes había conquistado Mesina, se apoderó del último enclave cartaginés que quedaba en Sicilia poniendo sitio a Acragante (Agrigento). Cartago decidió afrontar la cuestión de forma contundente y envió un poderoso ejército al mando de Amílcar Giscón que en un año no sólo solventó el peligro sino que se adueñó de casi toda la isla.

Siracusa quedó sitiada otra vez y Agatocles intentó una acción desesperada: embarcar a sus hombres para llevar los combates a la propia Cartago. La apuesta era arriesgada pero salió bien; Amilcar tuvo que abandonar lo conquistado precipitadamente para regresar a conjurar el peligro, uniendo sus fuerzas a las de Hannón para ello. Pero ambos fueron derrotados por Agatocles, que a continuación puso sitio a la ciudad. Las defensas de ésta resistieron y aquella inaudita expedición tuvo que replegarse y campar por Túnez casi a placer.

Cartago y su entorno tunecino en tiempos de la expedición de Agatocles/Imagen: Sandrine Crouzet en Wikimedia Commons

Claro que a la larga no podría mantenerse. En el 307 a.C, cuando sus aliados libios desertaron, los cartagineses aprovecharon para lanzarse sobre las tropas de Agatocles, obligándole a reembarcar hacia la Magna Grecia. De nuevo se sentaron todos a negociar y el resultado fue que los griegos tuvieron que entregar Mesina a cambio de retener Siracusa y admitir el control púnico de la isla. Esa situación tampoco duró mucho; exactamente veintisiete años, hasta que en el 280 a.C. el rey del Épiro, Pirro, emprendió una expedición allí con el objetivo de frenar la creciente influencia macedonia en el Mediterráneo occidental.

En realidad serían dos las campañas, una contra Roma en el sur de Italia y otra contra Cartago en Sicilia. Ésta tuvo éxito y asfixió a los cartagineses, que llegaron a ver peligrar su propia metrópoli cuando Pirro se disponía a atacarla; sin embargo, al final los excesos del monarca epirota con la población insular le hicieron ganarse su hostilidad y tuvo que retirarse primero a la península, donde los romanos le hicieron frente, para retornar a Grecia en el 275 a.C.

Las campañas de Pirro en Italia/Imagen: Piom en Wikimedia Commons

Entretanto, los mamertinos, es decir, mercenarios itálicos al servicio de Siracusa, se habían quedado sin empleo al fallecer Agatocles en el 289 a.C. Vagando por Sicilia, fueron acogidos en Mesina y aprovecharon la buena voluntad de aquella acción para quedarse con la ciudad, exterminando a la mayoría de la población. La retuvieron durante dos décadas, usándola como base para la actividad pirata, enriqueciéndose a base de botines y rescates hasta que Hierón II, el nuevo tirano de Siracusa, decidió hacerles frente.

Tras ser derrotados en los primeros combates y sus líderes capturados, los mamertinos pidieron ayuda a Cartago. La presencia de una flota púnica resultó disuasoria y Hierón se retiró. Pero entonces los mamertinos, temiendo que los cartagineses decidieran aprovechar para quedarse, solicitaron una alianza a Roma que ésta, tras dudar en principio, terminó por aceptar ante el peligro de que Cartago recuperase su poder en la Magna Grecia. Todo quedaba dispuesto para la Primera Guerra Púnica pero ésa ya es otra historia. Al final las Guerras Sicilianas habían durado 335 años, convirtiéndose en el conflicto más duradero de la Antigüedad.

El Mediterráneo occidental en vísperas de la Primera Guerra Púnica/Imagen: Ursus en Wikimedia Commons

Fuentes: The Story of Carthage (Alfred John Church y Arthur Gilman)/The Greek Cities of Magna Graecia and Sicily (Luca Cerchiai, Lorena Jannelli y Fausto Longo)/Phoenicians (Glenn E. Markoe)/Magna Graecia (William Smith en Dictionary of Greek and Roman Geography)/Historia de Roma (Theodore Mommsen)/The Carthaginians 6th–2nd Century BC (Andrea Salimbeti, Raffaele D’Amato y Giuseppe Rava)