En el actual Tel Telloh de la provincia iraquí de Dhi Qar se encuentra el yacimiento de la antigua ciudad sumeria de Ngirsu (en ocasiones transcrito como Girsu). Está a unos 25 kilómetros al noroeste de Lagash, una de las dos principales ciudades-estado sumerias, a la que la conectaba uno de los ramales del Éufrates.

Ngirsu, cuya fundación se remonta al V milenio a.C., comenzó su auge a partir del siglo XXV a.C. con la primera dinastía sumeria, hasta tal punto que se convirtió en la capital del reino y fue su principal centro religioso, característica que mantuvo aun cuando el poder político se desplazó después a Lagash.

Foto University of Chicago

Sería la primera ciudad sumeria excavada, y por tanto la que redescubriría para el mundo esa antigua civilización de la que poco o nada se sabia hasta entonces. Fue Ernest de Sarzec, vicecónsul francés en Basora y arqueólogo aficionado quien, a la vista de las excavaciones que los británicos estaban haciendo en Ur, decidió por su cuenta comenzar la investigación en Ngirsu en 1877, después de oir las historias que sobre el lugar le contaron algunos traficantes de antigüedades. Sarzec trabajó en el yacimiento hasta su muerte en 1901, y se le considera por tanto el descubridor de la civilización sumeria.

Le sucedió al frente de la misión arqueológica francesa el coronel Gaston Cros, que sacó a la luz numerosos objetos y estructuras, como el famoso perímetro amurallado de la ciudad, que tenía casi 10 metros de espesor, y encontró evidencias de que las tablillas cuneiformes se almacenaban en una especie de archivo administrativo (más de 50.000 tablillas han sido recuperadas en el yacimiento). Cros trabajó en Ngirsu hasta 1909.

Foto British Museum

Los problemas para encontrar un sucesor adecuado, y el posterior estallido de la Primera Guerra Mundial, interrumpieron las excavaciones hasta 1929, año en que se hizo cargo Henri de Genouillac, sacerdote y arqueólogo especializado en asiriología. En 1931 sus problemas de salud le hicieron delegar la dirección de los trabajos en André Parrot (que años más tarde sería director del Louvre) hasta 1933.

Sería en 1929, con Genouillac ya dirigiendo la excavación, cuando apareció una extraña estructura a la que en el momento no se pudo calificar de otro modo que enigmática. Ni Genouillac ni nadie había visto nada parecido hasta entonces. En un primer momento se pensó que podían ser restos de un antiguo templo o de una presa. E incluso hubo quien propuso que se trataba de un regulador hidrológico. La solución era mucho más sencilla.

Foto British Museum

Estudios recientes utilizando fotografías de los años 30 e imágenes de satélite desclasificadas de la década de 1960, junto con nuevas investigaciones en el sitio, demostraron que en realidad se trata de un puente, levantado sobre un antiguo cauce fluvial. No solo eso, se trata del puente más antiguo del mundo descubierto hasta el momento, construido hace 4.000 años en el III milenio a.C.

Desde que se sacó a la luz la estructura en 1929 hasta abril de 2018 en que se iniciaron las obras de restauración y conservación (a la luz de las nuevas investigaciones), el puente permaneció expuesto a la erosión y prácticamente olvidado.

Desde entonces un equipo formado por expertos del Museo Británico y especialistas iraquíes de la Junta Estatal de Antigüedades y Patrimonio trabajan en asegurar la supervivencia del puente, gracias a su inclusión en el programa de restauración de lugares afectados por la destrucción provocada por el Daesh (autodenominado Estado Islámico).

El programa se enmarca dentro del Plan de Formación de Emergencia para la Gestión del Patrimonio de Irak, que ya está formando sobre el terreno nuevos arqueólogos en el yacimiento, incluyendo a las ocho primeras mujeres arqueólogas del país.

Según afirman expertos del Museo Británico que han participado en los trabajos previos, el puente es una pieza increíblemente inteligente de ingeniería antigua a gran escala.

Fuentes: British Museum / The historical context of the Sumerian discoveries (Annie Caubet) / Wikipedia.

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