A priori, cristianismo y nazismo son conceptos que no conjugan bien. Italia y España tenían una deuda u obligación religiosa con la Iglesia de la que Alemania carecía por Historia, de ahí que su versión del fascismo revistiera un carácter bastante más laico por mucho que Hitler se declarase cristiano en 1922 y luego lo ratificara tres años más tarde en Mein kampf. De hecho, ya vimos en otro artículo cómo el régimen nazi trató de sustituir los motivos navideños tradicionales por otros afines a su iconografía y son conocidos los resabios paganos de esa ideología. Pero el alcance de medidas de ese tipo fue muy limitado por el arraigo religioso en el pueblo, por lo que se intentó una tercera vía a la que se denominó positives christentum, es decir, cristianismo positivo.

El término lo formuló el propio Hitler en un artículo de 1920 al decir que “el Partido representa el punto de vista del cristianismo positivo”. La idea era armonizar los dogmas nazis con las creencias espirituales, algo que se mostró aconsejable para no espantar a las bases creyentes. Sin embargo, éstas no comulgaron -valga el calambur- con los fundamentos en que se basaba la nueva doctrina, de ahí que evolucionara como una secta, algo estrambótica, al margen del cristianismo tradicional.

Hitler mantuvo una difícil y ambigua relación con las religiones

Y es que una confesión oficial vinculada al régimen tenía que cambiar ciertos postulados que resultaban bastante incómodos. Por ejemplo, el hecho de que buena parte de la Biblia esté dedicada a la historia del pueblo hebreo y desde una perspectiva favorable; también el espinoso asunto de que Jesùs era, al fin y al cabo, un judío. Frente a ello, se adoptaron las tesis sostenidas por algunas corrientes de pensamiento que aseguraban que la imagen de Cristo había sido distorsionada, que se trataba de un ario que introdujo la lucha contra el judaísmo institucional de su tiempo y que se había envuelto su vida en un aura milagrera y pasiva que no correspondía con la historia verdadera.

Es más, se decía que los galileos -como Jesús- eran racialmente diferentes a los habitantes de Judea y la crucifixión un episodio final no previsto. Fueron las tesis que habían defendido tiempo atrás ideólogos como Emile Burnouf (un orientalista racista impulsor del arianismo), Houston Stewart Chamberlain (británico nacionalizado alemán, casado con la hija de Richard Wagner, que abogaba por la pangermanización y la creación de una religión ocultista) y Paul de Lagarde (filósofo orientalista antisemita, defensor de un cristianismo germano sin elementos judíos y de una iglesia nacional).

Houston Stewart Chamberlain/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

En sus trabajos se basó Alfred Rosenberg, editor del Völkischer Beobachter (El Observador del Pueblo, periódico oficial del NSDAP desde 1920) e ideólogo de cabecera de Hitler, el hombre que dio forma al antisemitismo, recuperó el término decimonónico lebensraum (espacio vital para asegurar la existencia del país), definió el arte contemporáneo como degenerado y exigió la derogación del Tratado de Versalles. Rosenberg, uno de los primeros afiliados al DAP (Partido de los Trabajadores Alemanes), tomó parte en casi todas las organizaciones que sustentaban intelectualmente al nazismo y desde ellas difundió una versión actualizada y ampliada de las teorías enunciadas por los autores anteriores, de los que era devoto (sobre todo de Stewart Chamberlain, al que, junto a Hitler, tuvo ocasión de conocer personalmente).

Así, aseguraba que todos aquellos elementos que caracterizaban al Cristo bíblico -pacifismo, sacrificio, sufrimiento, milagros- eran negativos, proponiendo a cambio otros que consideraba positivos. Lo hizo en un libro publicado en 1930 bajo el título Der Mythus des zwanzigsten Jahrhunderts (El mito del siglo XX), exaltación de la raza aria desde una perspectiva tan pagana que el propio Führer le puso objeciones en privado. Consideraba a los indoeuropeos arios los predecesores del esplendor de las grandes civilizaciones clásicas y persa, corrompidas luego por un cristianismo judaizante, siendo las invasiones germánicas las que impidieron el desastre total.

Alfred Rosenberg en 1939/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

En ese sentido, y siempre con Stewart Chamberlain como referencia, Jesús habría sido un ario (probablemente amorreo o hurrita) y el cristianismo original una religión irania corrompida por los discípulos de San Pablo al eliminar los aspectos heroicos –“germánicos”– de la biografía de Cristo. Consecuentemente, descalificaba al catolicismo en beneficio del protestantismo, que habría intentado refundar la Iglesia bajo patrones antisemitas. Sólo que se había quedado a medias, por eso era necesario dirigirse hacia una nueva y única religión estatal, un nuevo tipo de fe basada en los neo-mitos germánicos.

En ellos, la raza aria nórdica llevaba la divinidad en la sangre, la cruz era sustituida iconográficamente por otra solar con esvástica, la Biblia dejaba su sitio al Mein kampf y los judíos pasaban a ser una raza malvada representante del infierno. Ese posicionamiento tan radical, decíamos antes, desagradó a Hitler porque temía que hiciera alejarse a los simpatizantes cristianos y las élites sociales, dos sectores conservadores que le habían apoyado; pero, al mismo tiempo y en el fondo, estaba de acuerdo (no consta que expresase nunca una creencia espiritual cristiana), por lo que decidió impulsar el cristianismo positivo.

Bandera del movimiento Cristianos Alemanes, seguidores del cristianismo positivo/Imagen: RsVe en Wikimedia Commons

Y es que Rosenberg admitía que era necesario un período de transición en la que se admitieran diversas formas de culto, desde ese neopaganismo (su preferido) al Deutsche Glaubensbewegung (Movimiento de Fe Alemán, un hinduismo sincrético de Vedas y arianismo “purificado”), pasando por esa versión remodelada del cristianismo, el positivo, opuesto al negativo de Roma. En realidad, casi todos los líderes nazis, como Himmler, Goebbels o Borman, eran abiertos anticristianos (aunque algunos de ellos, como Himmler o Goering se burlaban también de los excesos de Rosenberg).

No obstante, un pragmático Hitler escribió en su libro que católicos y protestantes podían constituir una base válida para el pueblo alemán siempre que sus iglesias no intervinieran en los asuntos del estado. Así lo difundió a través de órganos mediáticos, como el citado Völkischer Beobachter o Der Stürmer (El Atacante, un semanario sensacionalista fundado por Julius Streicher en 1923 y furibundamente antisemita), procurando dejar claro que el objetivo no era desplazar al catolicismo ni al protestantismo sino ser sólo una alternativa.

Portada de Der Stürmer planteando el judaísmo de Jesús/Imagen: Nigel Wingrove

En realidad, como vimos, estaba planteado como herramienta básica de una etapa transicional que se completaría con otras acciones, entre ellas la unificación de las diversas ramas protestantes (luterana, calvinista, presbiteriana, congregacional y metodista) en una única iglesia nacional. En el verano de 1933 el Reichstag aprobó la constitución fundadora que presentaron los cabecillas de la nueva Deutsche Evangelische Kirche (Iglesia Evangélica Alemana), concreción del proyecto de Ludwig Müller, fundador junto a Joachin Hossenfelder del movimiento Deutsche Christen (Cristianos Alemanes), que asumía plenamente la doctrina del cristianismo positivo.

Hubo problemas desde el primer momento, ya que las iglesias prefirieron elegir como obispo del Reich a Friedrich von Bodelschwingh. Hitler prefería a Müller, con el que tenía amistad porque había sido capellán de la Armada y era profundamente hostil a los judíos. Pero sus críticas extremas a San Pablo y al origen semítico de Cristo le hicieron ganarse la animadversión de los creyentes, que lo veían como un fanático. Müller apenas tenía partidarios, por lo que los nazis recurrieron a su táctica favorita, la del terror, cerrando organizaciones adversarias y arrestando a partidarios de von Bodelschwingh hasta conseguir que éste dimitiera.

Ludwig Müller/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Ese otoño, Müller fue nombrado Reichbischof. Eso sí, a costa de originar una escisión porque los pastores Martin Niemöller y Dietrich Bonhoeffer, ambos contrarios al nazismo, aglutinaron a todos los descontentos en una Pfarrernotbund o Liga de Emergencia de Pastores de la que surgió otra iglesia, la Bekennende Kirche (Iglesia de la Confesión), que no ocultaba su rechazo al intento gubernamental de someter la fe al régimen. En 1934 organizó el llamado Sínodo de la Confesión del Reino de Dios, donde se enunciaron una serie de puntos rechazando la subordinación de Cristo y la Iglesia al Estado, y rompiendo con la Iglesia Evangélica Alemana.

El desafío fue más lejos y en 1936 el arcipreste Heinrich Grüber creó lo que se conocería como Büro Grüber, una oficina de ayuda a cristianos perseguidos que no tardó en extender su manto protector a los judíos, contando con el apoyo de varios teólogos ilustres. Fue cerrada por la Gestapo en 1940, enviándose a todos sus miembros a los campos de concentración. Cuatro años después la represión alcanzó a Bonhoeffer: llevaba tiempo encarcelado cuando, aprovechando el fallido atentado contra Hitler, le ejecutaron acusado de participar en él.

Dietrich Bonhoeffer en 1939/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Pero, antes, Hitler ya había comprendido el peligro y ordenó detener el proceso de gleichschaltung (concepto que aludía al proceso de nazificación, tanto individual como colectivo) religiosa, limitándose en lo sucesivo a fomentar la citada sustitución de símbolos navideños, a proscribir las oraciones en las escuelas y a procurar que los funcionarios afines al partido no practicaran ninguna fe. La Iglesia Evangélica Alemana siguió adelante a trompicones, encontrando más obstáculos de los previstos: por un lado, la insuficiencia de pastores, pues apenas se interesaron tres mil de los diecisiete mil que había en el país; por otro, las demás iglesias seguían sin querer adherirse.

Todo ello a pesar de las medidas drásticas adoptadas, que, por ejemplo, habían llevado a la detención de siete centenares de pastores protestantes en 1935. Müller presentó la dimisión y el Führer nombró Reichsminister für die kirchlichen Angelegenheiten (ministro de Asuntos de la Iglesia) a otro amigo suyo, Hanns Kerrl. Como era de carácter moderado (dentro de su extremismo), se le encargó la difícil tarea de mediar entre los sectores anticristianos y las iglesias, procurando incentivar la gleichschaltung de éstas.

Hanns Kerrl en 1933 (centro)/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Inicialmente tuvo cierto éxito pero en 1937 hizo unas declaraciones públicas que dieron al traste con todo, con frases como “el Partido se basa en el cristianismo positivo y el cristianismo positivo es el nacionalsocialismo”, “el nacionalsocialismo es la voluntad de Dios” o “el cristianismo no depende del credo del apóstol”, que redondeó negando que esa religión dependiera de “la fe en Cristo como el hijo de Dios” sino del Führer, “heraldo de una nueva revelación”. Los cristianos le dieron la espalda a un proyecto que los consideraba meros títeres y encima Kerrl fue perdiendo el apoyo de Hitler, cada vez más influido por un entorno totalmente reacio a cualquier religión y contrario incluso a una iglesia nazi.

El cristianismo positivo fracasó y hoy es recordado como una secta apóstata entre los protestantes. No digamos ya entre los católicos: el papa Pío XI lo condenó ya en 1937 con la encíclica Mit brennender Sorge (Con ardiente inquietud), que fue leída en los once mil templos católicos de Alemania. Curiosamente, tras una primera réplica en el Völkischer Beobachter, Goebbels optó por no insistir en el asunto para evitar darle mayor difusión y se limitó a ordenar a la Gestapo la incautación de las copias del texto papal que se hicieron y la detención de los impresores y distribuidores.

Fuentes: El Reich sagrado. Concepciones nazis sobre el cristianismo 1919-1945 (Richard Steigmann-Gall)/The New Atheism, Myth, and History: The Black Legends of Contemporary Anti-Religion (Nathan Johnstone)/The Modernist God State: A Literary Study of the Nazis’ Christian Reich (Michael Lackey)/El mito Del Siglo XX. Fundamentos del Nacional Socialismo (Alfred Rosenberg)/Antisemitism, Christian Ambivalence, and the Holocaust (Kevin P. Spicer)/Wikipedia

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