Mary Adela Blagg, la mujer que puso nombre a la geografía de la Luna

Si alguien piensa que los nombres que tienen los diversos rincones de la Luna, desde cráteres a montañas pasando por cordilleras, mares y, en suma, todo tipo de accidentes geográficos; si alguien piensa, digo, que se pusieron aleatoriamente se equivoca. Existe toda una ciencia auxiliar de la geología, llamada selenografía, dedicada a estudiar nuestro satélite y que en su momento determinó el criterio a seguir para el nomenclátor, siendo una mujer la que compiló éste de forma científica a principios del siglo XX: Mary Adela Blagg.

La selenografía hunde sus raíces ya en la Antigüedad, cuando Demócrito enunció su teoría de que la superficie de la Luna no era llana sino que estaba tachonada por valles y montañas. Eso fue en el siglo V a.C. y hubo que esperar veinte más, hasta el XV d.C., para que los telescopios permitieran a los astrónomos comprobar con sus ojos lo que habían sugerido sus colegas de antaño. El médico y filósofo inglés William Gilbert hizo el primer dibujo en 1603 y las subsiguientes mejoras en el instrumental fueron facilitando la labor de los observadores.

Retrato anónimo de William Gilbert/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el Siglo de las Luces se sucedieron los avances científicos en ese sentido: el cartógrafo alemán Tobías Mayer publicó un mapa lunar con coordenadas en 1750 y el astrónomo Johan Scröter incluyó mediciones de distancias en el suyo de 1779, el Selenotopografisches Fragmenten. En 1834 se publicó La selenografía universal, magna obra de Johann Heinrich von Mädler, y en 1854 un químico estadounidense consiguió hacer el primer daguerrotipo de la Luna. Aquí hacemos un alto en la Historia porque en esa segunda mitad decimonónica es cuando aparece Mary Adela Blagg.

Concretamente en 1858, en la localidad inglesa de Cheadle, Staffordshire. Junto con cinco hermanas y cuatro hermanos, era hija de un abogado quien, ante el interés que mostraba desde niña por el estudio del álgebra, la envió a una prestigiosa escuela de Kensington. De allí salió como maestra, trabajando en la enseñanza los fines de semana y de secretaria de una sociedad femenina. Tras asistir a un curso de extensión universitaria que impartía J. A. Hardcastle, nieto del célebre astrónomo y matemático John Herschel, a Mary le propuso su tutor dedicarse a la selenografía, que en esos momentos centraba su atención en el desarrollo de una nomenclatura que unificara las denominaciones diferentes que daba cada mapa.

Retrato de juventud de Mary Adela Blagg/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esa confusión era consecuencia de una serie de circunstancias, como la religión que profesara el cartógrafo (los católicos solían poner nombres de santos pero los protestantes, obviamente, no), la imposibilidad de comprobar en un plazo de tiempo razonable si un descubrimiento ya estaba hecho (y, por tanto, dos astrónomos podían dar nombres distintos a un descubrimiento más o menos paralelo), el idioma que se empleara (a veces el latín pero otras una lengua nacional) o simplemente el deseo del editor de hacer algo original que le distinguiera de los demás.

El pionero en hacer una nomenclatura racional y sistemática fue el holandés Michel Florent van Langren en 1645: más conocido como Langrenus, era el cosmógráfo y matemático de Felipe IV de España pese a carecer de formación universitaria. Pero es que llevaba toda la vida viviendo en ese ambiente científico, ya que su familia tenía concedido el monopolio de la elaboración de globos terráqueos (él mismo bautizó un cráter con su apodo). Dos años más tarde Johannes Hevelius publicó un atlas titulado Selenografía con una nomenclatura totalmente distinta, basada en correspondencias con accidentes geográficos terrestres.

Giovanni Battista Riccioli en 1742/Imagen: PD-US en Wikimedia Commons

En 1651, el jesuita italiano Giovanni Battista Riccioli publicaba Almagestum Novum, una obra defensora de la Contrarreforma que atacaba el modelo heliocéntrico defendido por Galileo, Kepler y Copérnico e incluía láminas de la Luna realizadas por el también jesuita Franceso Maria Grimaldi. Su nomenclatura se basaba en la subdivisión de la cara visible del satélite en ocho octantes numerados con guarismos romanos y la asignación de nombres clásicos en latín para mares (Serenitatis, Imbrium…) y tierras (Sterilitatis, Vitae, etc). A los cráteres los bautizaba con nombres de sabios y literatos antiguos y medievales (Julio César, Platón…), santos e incluso astrónomos de su época (como los criticados antes, curiosamente).

Buena parte del sistema aplicado por Riccioli ha sobrevivido hasta hoy porque se consideraba elegante, poético y no excluyente; pero, sobre todo, porque permitía ampliarse con los nuevos descubrimientos. Y así, en 1935, la Unión Astronómica Internacional lo adoptó oficialmente, si bien en las décadas sucesivas hubo que aumentarlo mucho con la información que proporcionaron los avances tecnológicos y la carrera espacial.

Ilustración de la Luna en el Almagestum Novum/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Volvamos ahora con Mary, a la que habíamos dejado encargada de hacer una nomenclatura unificada. La International Association of Academies, una entidad fundada en 1899 con el objetivo de vincular las academias de todo el mundo, le añadió otra misión en 1905: elaborar una lista de todos los accidentes lunares. Era una tarea ardua en una época en la que la cartografía, la bibliografía y la observación eran trabajos casi artesanales, de ahí que tardara ocho años en concluirla. Cuando por fin publicó los resultados se encontraron abundantes diferencias respecto a lo que se creía hasta entonces y fue necesario hacer los ajustes correspondientes.

Para entonces, y pese a que tampoco tenía formación específica (algo frecuente entonces en ese tema), ya se había ido abriendo hueco en el mundo académico, trabajando en otros temas de astronomía, colaborando con prestigiosos especialistas y escribiendo la base de los artículos sobre estrellas variables que publicaba en el Monthly Notices de la Royal Astronomical Society el profesor H.H. Turner, director del Observatorio de la Universidad de Oxford. Como éste no tuvo reparos en reconocer la ayuda fundamental de su colaboradora, Mary también pasó a publicar en esa ilustre sociedad, en la que ingresó en 1916 (junto a otras cuatro mujeres) a propuesta del propio Turner.

En la parte inferior de la foto se puede ver el Cráter Blagg, bautizado así en honor de Mary Adela Blagg/Imagen: Map Worlds: A History of Women in Cartography

Aún así nunca fue demasiado conocida por su carácter tímido, que la hacía refugiarse en el trabajo y, como mucho, practicar el ajedrez, afición que se amoldaba perfectamente a esa personalidad. Sin embargo, ello no impidió que durante y después de la Primera Guerra Mundial, Mary Adela alternara su faceta científica con la de voluntaria como cuidadora de niños belgas refugiados.

El reconocimiento definitivo llegaría una década y media después. Antes citábamos la Unión Astronómica Internacional y decíamos que en 1935 estandarizó el sistema de nomenclatura de Riccioli. Ahora hay que precisar que la responsable de ello fue precisamente Mary Adela, pues en 1920 se incorporó a la llamada Lunar Commission (Comisión Lunar), trabajando mano a mano con el funcionario vienés y astrónomo aficionado, Karl Müller, en dicha labor. Ambos publicaron sus resultados en 1935, en dos volúmenes bajo el epígrafe Named Lunar Formations, el libro de cabecera desde entonces en selenografía.

Y como justo homenaje, a la muerte de ella en 1944 la Unión Astronómica Internacional dio su apellido a un cráter lunar, el Blagg (por cierto, Müller también recibió el suyo).

Fuentes: Women in Science: Antiquity Through the Nineteenth Century : a Biographical Dictionary With Annotated Bibliography (Marilyn Bailey Ogilvie)/Map Worlds: A History of Women in Cartography (Will C. van den Hoonaard)/Mapping and Naming the Moon: A History of Lunar Cartography and Nomenclature (Ewen A. Withaker)/Star Maps: History, Artistry, and Cartography (Nick Kanas)/Wikipedia.