Los Reales Alcázares de Sevilla, erigidos como defensa contra los vikingos

Patio de las Doncellas / foto Alberto.Bravo en Wikimedia Commons

En una visita a Sevilla no puede faltar nunca la entrada a los Reales Alcázares, sin duda uno de los grandes atractivos de la ciudad.

Consisten en una amalgama de palacios constituida a lo largo de los siglos con las aportaciones de varias culturas y, dentro de éstas, sucesivos períodos estilísticos. La cronología empieza en el siglo IX, cuando los almohades construyeron una alcazaba en la que atrincherarse ante las expediciones vikingas y normandas que llegaban remontando el Guadalquivir con sus drakkars. El lugar elegido para la fortaleza, como tantas veces, fue una edificación anterior: la basílica visigoda que, a su vez se asentaba sobre restos romanos.

De esa época son la Puerta del León y el patio homónimo, que constituyen la entrada principal. Luego están la Sala de Justicia, punto de reunión de los visires, y el Patio del Yeso, que en el siglo XII incorporó jardines y acequia.

Puerta del León / foto José Luis Filpo Cabana en Wikimedia Commons

Poco a poco, a medida que el peligro fue disolviéndose, la alcazaba fue perdiendo su carácter militar para acercarse más al palaciego, aunque sin dejarlo del todo. En ese sentido, Alfonso X el Sabio ordenó ampliarlo con el Palacio Gótico. Dos siglos más tarde la región pasó definitivamente a manos cristianas y durante el reinado de Pedro I el Cruel se sumó otro espacio: el Patio de la Montería, bautizado así porque el soberano se reunía en él con los nobles cortesanos para salir a cazar.

El monarca siguió transformando el conjunto con un palacio mudéjar, más el Patio de las Muñecas, dedicado a su vida familiar y que se llama así por un bajorrrelieve con dos rostros que decora un arco, y el Patio de las Doncellas, dedicado a las labores de Estado. Este último se inspira claramente en La Alhambra granadina.

Estanque de Mercurio / foto Jose Luis Filpo Cabana en Wikimedia Commons

Aún faltaban por llegar más espacios. En 1427, el fastuoso Salón de Embajadores, con sus característicos arcos de herradura sobre cuyas pechinas descansa una imponente cúpula de media naranja en madera finamente tallada. En tiempos de los Reyes Católicos se ubicó en los Reales Alcázares la Casa de Contratación, donde permaneció hasta el siglo XVIII, cuando fue trasladada a Cádiz. Finalmente, Carlos I construyó más dependencias en aquel lugar que tanto le gustaba, hasta el punto de que lo eligió para su luna de miel con Isabel de Portugal. El Patio del Crucero, varias habitaciones y más jardines corresponden a esa época.

Salón de Embajadores / foto Kiko León en Wikimedia Commons

Hoy, los Reyes de España y jefes de Estado se hospedan en ese monumento cuando visitan Sevilla, tan fantástico que ha servido también para ambientar varias películas, como El reino de los cielos, Lawrence de Arabia, ¿Dónde vas, Alfonso XIII? o 1492, la conquista del paraíso.

Se encuentra en la calle Patio de Banderas, y abre todos los días de 9 y media a 5 en invierno, y de 9 y media a 7 en verano. La entrada en gratuita para los menores de 16 años. Y, por supuesto, al salir de los Reales Alcázares hay muchos sitios más que ver en Sevilla. Un no parar.