Los planes diseñados por el Imperio Alemán entre 1897 y 1903 para invadir Estados Unidos

Que el Imperio Alemán había especulado con la posibilidad de invadir EEUU antes del siglo XX era algo sabido incluso antes de la Segunda Guerra Mundial, pues ya en 1940 un profesor germano llamado Alfred Vagts publicó un artículo reseñando informes acerca de planes de ataque a algunas ciudades de la costa Este que había encontrado investigando en los archivos del Ministerio de Exteriores (Wilhelmstrasse, Berlín). En la segunda mitad de la centuria, historiadores como Walther Hubatsch, John A. S. Grenville y George Berkeley Young también se hicieron eco de ese tema en sus libros pero sin tomarlo demasiado en serio.

La cosa cambió en 1970, cuando Holger H. Herwig, un doctorando de la Universidad Estatal de Nueva York que revisaba documentación en los archivos militares de Friburgo para su tesis sobre el káiser Guillermo descubrió no uno sino tres planes de invasión y además completamente desarrollados, no simples propuestas teóricas de rutina como se creía que eran hasta entonces. Hervig y su tutor, David F. Trask, publicaron un artículo sobre ello en la revista Militärgeschichtliche Mitteilungen, obteniendo una inesperada repercusión mediática y originando un libro, Politics of Frustration: The United States in German Naval Planning, 1889-1941, que pasó a ser una cita bibliográfica de referencia a partir de su publicación en 1976.

Otra postal de la Kaiserliche Marine/Imagen: Akpool

El caso es que la existencia de esos planes revela la creciente tensión que ya atenazaba al mundo occidental incluso décadas antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. Porque la documentación más antigua al respecto no es del período inmediatamente prebélico sino decimonónica, datada en 1897, y la última tampoco, pues su fecha es 1903. Más de once años antes de aquel 28 de julio de 1914 en que Europa se lanzó de cabeza al abismo.

Ello pone de relieve la agresividad de la política de Alemania desde que pasó de su unificación en 1871 a la subida al trono de Guillermo II. Éste, tan impaciente como poco sutil, ya no le bastaba con el imperio colonial conseguido sino que aspiraba a abrirse un hueco protagonista en el panorama mundial aunque fuera a codazos y Birmarck, incapaz de contenerlo, terminó por dimitir, siendo sustituido por ministros más manejables. No era lo ideal para la mano izquierda que se necesita en el plano internacional y todo fue precipitándose.

El káiser Guillermo II en 1902/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La expansión intercontinental germana se encontró con un serio obstáculo. Los EEUU estaban inmersos en una dinámica parecida y, basándose tanto en la Doctrina Monroe (con la nueva incorporación del Corolario Roosevelt) como en la más reciente del Destino Manifiesto, no estaban dispuestos a permitir injerencias en las zonas que consideraban para su propio crecimiento natural, que eran Latinoamérica y el Pacífico… precisamente aquellas donde habían puesto sus ojos los alemanes. Así que se presentaba un conflicto de intereses, ya que Berlín acariciaba la idea de establecer una base naval en el Caribe que contrarrestara la ventaja que iban a obtener los estadounidenses cuando acabaran el Canal de Panamá, además de ambicionar los territorios españoles de Asia y Oceanía para añadir a los que ya poseía en la llamada Nueva Guinea Alemana (además del sureste de esa isla, los archipiélagos Salomón y Marshall).

Por tanto, la cancillería teutona tipificaba extraoficialmente a Washington como posible enemigo y actuó en consecuencia. En 1897 el káiser ordenó diseñar un plan para invadir el país con el objetivo no de quedarse ni de apropiarse de él sino de debilitarlo y obligarlo a negociar en desventaja la reducción de su presencia en el Pacífico y resto de América en beneficio de Alemania. En realidad, todos los estados elaboran proyectos de ese tipo respecto a adversarios potenciales y, afortunadamente, la inmensa mayoría terminan languideciendo en un archivo. En este caso también y aunque a la larga ambas potencias acabarían enfrentándose, los planes nunca estuvieron cerca de ponerse en práctica.

El mundo y los imperios coloniales en 1898, justo antes de la guerra entre EEUU y España/Imagen: Roke-commonswiki en Wikimedia Commons

Hablo en plural porque, como decía antes, no hubo uno sino tres. El primero tenía como objetivo mermar el poderío naval estadounidense en el Atlántico, de manera que su armada no pudiera impedir el anhelado establecimiento de una base alemana en el Caribe más la negociación de otra en el Pacífico. La necesidad de situar bases tan lejanas de la metrópoli se explica porque en ellas se instalaban estaciones carboneras que permitían a los buques repostar tras singladuras largas. El encargado de trazar el plan fue el teniente Eberhard von Mantey, que entonces sólo tenía veintiocho años pero que más adelante llegaría a vicealmirante y, curiosamente, director del Archivo de la Marina.

Se cree que para su misión, a la que se llamaba en clave Correspondencia de invierno, contó con el asesoramiento y supervisión de Alfred von Tirpitz, recién nombrado ministro de Marina, debido a dos razones. En primer lugar, Tirpitz conocía bien al enemigo porque acababa de regresar de un viaje por EEUU. En segundo, era el brazo ejecutivo de la política de construcción naval en un proyecto que debía durar hasta 1902 y que impulsó el káiser para dotar a Alemania de una moderna flota que sostuviera su ansiado carácter de potencia mundial.

Alfred von Tirpitz en 1903/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

De hecho, el plan que desarrolló Von Mantey a caballo entre 1897 y 1898 se basaba en un rápido y contundente ataque a la Flota del Atlántico enemiga por parte de una escuadra germana, que debería dejar fuera de combate a su oponente para después bombardear los astilleros de Norfolk y Newport News (ambos en Virginia) y Portsmouth (en la frontera entre Maine y New Hampshire). Los estadounidenses conservarían poder suficiente para defender Nueva York pero la idea no era forzar más enfrentamientos con ellos sino sentarse a negociar desde una posición fuerte.

Nada de esto se puso en práctica porque no se pudo reunir la cantidad de cruceros de largo alcance que se estimaban necesarios debido a que los trabajos en los astilleros de Alemania llevaban retrasos por dificultades financieras. Además, en 1898 estalló la Guerra Hispano-Estadounidense y el káiser consideró razonable esperar a ver si España era capaz de hacer el trabajo por él; no fue así y paradójicamente se encontró con que EEUU se adueñaba de las colonias españolas de ultramar, desde Cuba y Puerto Rico hasta Guam y las Filipinas, limitando aún más las posibilidades de expansión teutona por esas zonas (aunque se consiguió adquirir las Marianas).

Firma del Tratado de París, que ponía fin a la guerra entre España y EEUU/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Esta situación llevó a elaborar un segundo plan en la primavera de 1899 que sustituía la destrucción de los astilleros por una invasión terrestre de Boston y Nueva York. Se mantenía el enfrentamiento previsto con la US Navy pero después se desembarcaría en Cape Cod para marchar rápidamente sobre las ciudades señaladas con el fin de no darles tiempo a organizar su defensa, mientras la Kaiserliche Marine cañoneaba desde tierra los bastiones de Fort Hamilton y Fort Tompkins y entraba en el puerto neoyorquino.

Es más, Von Tirpitz encargó al agregado naval de la embajada en Washington DC, el teniente Hubert von Rebeur-Paschwitz, que reconociera el entorno de Cape Cod para comprobar la viabilidad del desembarco. El informe correspondiente fue negativo por las dificultades que ofrecía el lugar para una cobertura artillera naval, sugiriendo a cambio la playa de Manomet Point. Von Rebeur-Paschwitz manejaba, además, estudios realizados por la Marina norteamericana que advertían de que Provincetow y Cape Ann eran sitios vulnerables ante una hipotética invasión porque dejaban expedito el camino hacia Boston, situada apenas a unas decenas de kilómetros.

Hubert von Rebeur-Paschwitz en 1914/Imagen: Wikimedia Commons

Eso sí, también advertía de que el país estaba alerta, dado el contexto internacional y la reciente guerra, especialmente después de que se supiera que la Armada española también había manejado un plan para atacar la costa Este. Así que el agregado recomendaba que el desembarco se llevara a cabo empleando dos puntos en vez de uno solo, para dividir la atención de las defensas. Luego, las dos columnas podrían converger y marchar hacia los objetivos urbanos.

Ahora bien, pese a que ello requeriría unos cien mil hombres y una sesentena de barcos que deberían atravesar el océano en apenas veinticinco días, para aprovechar el factor sorpresa, esas mareantes cifras eran consideradas insuficientes por el jefe del Estado Mayor, Alfred von Schlieffen, dado que Nueva York tenía tres millones de habitantes; el problema estaba en que el almirante Otto von Diederich afirmaba no disponer de naves para transportar una cantidad mayor. A las objeciones se sumó la desconcertante propuesta de Guillermo II de que entonces no se iniciase la operación desde Alemania sino desde Cuba. Digo desconcertante porque los alemanes no tenían ninguna base en la isla, lo que obligaba a conquistar ésta primero.

Alfred von Schlieffen/Imagen: Photo Studio E. Bieber en Wikimedia Commons

Así se llegó a un tercer plan en el invierno e 1903. Esta vez el encargado de diseñarlo fue el veterano vicealmirante Wilhelm von Büchsel, que atendiendo la idea del káiser incluía una base naval en Culebra (Puerto Rico) pero consideraba una condición fundamental que no hubiera otros conflictos en Europa que obligaran a desviar fuerzas. Sin embargo también apuntaba que a EEUU ya no se lo podía considerar una potencia menor y su flota de guerra había acortado mucho las diferencias con la Kaiserliche Marine, que a su vez seguía por detrás de la Royal Navy.

Por otra parte, EEUU demostraba que no tenía tapujos en emplear su armada. Lo hizo en la guerra contra España y lo estaba haciendo también en esos momentos participando en el bloqueo internacional de los puertos y costas de Venezuela que, junto a británicos, alemanes, españoles, belgas, holandeses, italianos y mexicanos, se llevaba a cabo para exigir el pago de las deudas contraídas con diversas compañías, en un perfecto ejemplo de lo que se conocía como diplomacia de las cañoneras. Todos esos condicionantes, sumados a que Gran Bretaña y Francia firmaron la Entente Cordiale en 1904, considerada una amenaza por Alemania, llevó a ésta a poner fin a los planes de invasión de EEUU y reorientar su atención estratégica.

Fuentes: The War Plans of the Great Powers, 1880-1914 (Paul Kennedy, ed)/“Luxury Fleet”. The Imperial German Navy 1888–1918 (Holger H. Herwig)/Imperial Germany, 1890-1918 (Ian Porter e Ian D. Armour)/The Kaiser’s Army: The Politics of Military Technology in Germany during the Machine Age, 1870-1918 (Eric Dorn Brose)/A Footnote: Kaiser’s Plan to Invade U.S. (Richard Severo en The New York Times)/The Great German Nation: Origins and Destiny (Craig M. White)/Wikipedia