Cómo la biblioteca personal de Aristóteles llegó a Roma, casi 300 años después de su muerte

A lo largo de la Historia los libros han sido un bien muy cotizado. Su comercio se remonta muchos siglos a la invención de soportes como el papiro y el pergamino, y la creación de bibliotecas acumulando y copiando ejemplares dio lugar a colecciones tan famosas como la de Alejandría.

Por desgracia muchas bibliotecas se perdieron por diversas circunstancias. Otras sufrieron sorprendentes avatares, como es el caso de la biblioteca personal de Aristóteles. En total, según indica Catherine Nixey en su estupenda obra La edad de la penumbra: cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico (2017):

se preservó mucho, pero mucho, mucho más se destruyó. Se ha estimado que menos de un diez por ciento de toda la literatura clásica ha sobrevivido hasta la era moderna. En el caso del latín, la cifra es aún peor, se estima que solo se conserva un uno por ciento de toda la literatura latina

No hace falta presentar a Aristóteles, quizá el filósofo clásico más famoso junto con su maestro Platón. Había nacido en Estagira (actual Stavros), en la macedónica península de la Calcídica, en el 384 a.C. A la edad de 17 años fue enviado por su tutor a estudiar en Atenas, en la Academia de Platón, donde permaneció 20 años.

Busto de Aristóteles / foto Marco Almbauer en Wikimedia Commons

A la muerte de Platón en 347 a.C. inició un periplo por diversas ciudades de Asia Menor, hasta que en 343 a.C. fue llamado por el rey Filipo II de Macedonia para convertirse en el tutor de su hijo, el futuro Alejandro Magno, que por entonces contaba con 13 años de edad.

En 335 a.C. regresó a Atenas para fundar su propia escuela filosófica, pública y gratuita, el Liceo. Será en ese período cuando empiece a acumular ejemplares, tanto propios como de otros filósofos, formando una gran biblioteca personal.

Tras la muerte de Alejandro en 323 a.C. Aristóteles abandona definitivamente Atenas asentándose en la ciudad de Calcis, en la isla de Eubea, donde morirá al año siguiente.

Pero antes de marcharse había designado como sucesor al frente del Liceo a su discípulo y amigo Teofrasto. Le dejó al cuidado de toda su biblioteca, e incluso le nombró en su testamento como tutor de sus hijos. Teofrasto dirigió el Liceo exitosamente durante 35 años hasta su muerte en 287 a.C.

Teofrasto / foto Singinglemon en Wikimedia Commons

Y aquí es donde la pista de la biblioteca de Aristóteles, aumentada durante 35 años por Teofrasto con nuevas obras propias y ajenas, empieza a diluirse. Teofrasto la legó a uno de sus discípulos, Neleo de Escepsis. Neleo volvió a su ciudad natal, la actual Kursunlu Tepe en Turquía, y a su muerte dejó la biblioteca a sus herederos. Por aquel tiempo la zona pasó a control de los atálidas, quienes en el 230 a.C. iniciaron la creación de la Biblioteca de Pérgamo para competir con la de Alejandría. Según cuenta Estrabón:

De Escepsis vinieron los filósofos socráticos Erasto y Corisco y Neleo el hijo de Corisco, este último un hombre que no sólo era alumno de Aristóteles y Teofrasto, sino que también heredó la biblioteca de Teofrasto, que incluía la de Aristóteles. En cualquier caso, Aristóteles legó su propia biblioteca a Teofrasto, a quien también dejó su escuela; y es el primer hombre, hasta donde yo sé, que ha coleccionado libros y que ha enseñado a los reyes de Egipto a organizar una biblioteca. Teofrasto la legó a Neleo; y Neleo la llevó a Escepsis y la legó a sus herederos, gente común, que guardaban los libros bajo llave y ni siquiera se preocupaban de ellos. Pero cuando oyeron cuán celosamente los reyes átalos a los que la ciudad estaba sujeta buscaban libros para construir la biblioteca en Pérgamo, escondieron sus libros bajo tierra en una especie de trinchera (Estrabón, Geografía XIII–1.54)

Durante casi 150 años los libros de la biblioteca de Aristóteles y Teofrasto permanecieron escondidos bajo tierra. Al cabo de ese tiempo apareció en escena un personaje singular, adinerado y bibliófilo, del que poco se sabe. Habiendo obtenido la ciudadanía ateniense, dedicó su vida a amasar una formidable biblioteca, para lo que no dudaba en robar documentos originales en los archivos de las ciudades griegas. Se llamaba Apelicón de Teos y parece que era un especialista en la localización y sustracción de ejemplares raros.

Vista desde la antigua Escepsis / foto Picatrix en Wikimedia Commons

De algún modo pudo seguir el rastro de la biblioteca hasta los descendientes de Neleo, comprándosela a pesar del mal estado en que ya se encontraban los libros a causa de la humedad y los insectos en el año 100 a.C. Continúa Estrabón:

Pero mucho más tarde, cuando los libros fueron dañados por la humedad y las polillas, sus descendientes los vendieron a Apelicón de Teos por una gran suma de dinero, tanto los libros de Aristóteles como los de Teofrasto (Estrabón, Geografía XIII–1.54)

Lo mismo cuenta Ateneo de Náucratis, que vivió entre finales del siglo II y principios del III d.C. cuando habla de Apelicón:

Porque en un tiempo fue filósofo, y recogió todos los tratados de los peripatéticos, y toda la biblioteca de Aristóteles y muchos otros; pues era un hombre muy rico; y también había robado un gran número de decretos autógrafos de los antiguos del templo de la Gran Madre, y todo lo demás que había allí que fuera antiguo y guardado por otras ciudades (Ateneo, Banquete de los erúditos V–53)

Apelicón se llevó la biblioteca de vuelta a Atenas donde se dedicó a restaurar las partes dañadas, realizar nuevas copias de los textos y, desgraciadamente, a rellenar las partes que faltaban según le pareció que debían ser.

Debido a ello, y a la gran cantidad de errores cometidos por Apelicón, dice Estrabón que

la escuela posterior, desde el momento en que aparecieron los libros en cuestión, aunque mejor capacitada para filosofar y aristotelizar, se vio forzada a llamar a la mayoría de sus afirmaciones “probabilidades”, debido al gran número de errores (Estrabón, Geografía XIII–1.54)

No obstante, hay otra versión de la historia, que cuenta que Neleo legó a su familia solo los textos y manuscritos que aun estaban sin ordenar, las notas del maestro Aristóteles que aun no estaban listas para su edición. El resto lo habría vendido a la Biblioteca de Alejandría a través de un intermediario, plausiblemente Demetrio de Falero, que por aquel entonces todavía trabajaba en la biblioteca a las órdenes de Ptolomeo I.

La biblioteca de Alejandría, grabado de O. Von Corven / foto dominio público en Wikimedia Commons

Esta versión se apoya en dos hechos. El primero que Neleo y Demetrio eran buenos amigos, ambos discípulos de Teofrasto. Y el segundo, que según un documento conservado en los archivos egipcios, se menciona que cuando Augusto conquistó Alejandría inspeccionó las bibliotecas y la fecha de producción de los libros, y encontró en ellas manuscritos de obras de Aristóteles, escritas en su tiempo y en el de Teofrasto.

Volviendo a Apelicón, cuando el general romano Sila capturó Atenas en el año 86 a.C. y los soldados romanos se dedicaron al pillaje casa por casa, encontraron a Apelicón escondido en su biblioteca. Lo mataron y avisaron a Sila de su hallazgo. Éste ordeno cargar los libros en un barco para transportarlos a su villa de Roma.

Otro general romano, Lúculo, también había encontrado copias de los textos de Aristóteles en Amiso. De allí se llevó a Roma entre los prisioneros a Tiranión, gramático griego que consiguió tener acceso a ambas colecciones, la de Lúculo y la de Sila y realizó una selección de originales, ordenándolos y copiándolos.

Sila / foto dominio público en Wikimedia Commons

Tiranión fue el maestro de Estrabón, por lo menos hasta el año 30 a.C., lo cual hacer pensar que toda la historia de la biblioteca aristotélica relatada por Estrabón la escuchó de boca de aquel.

Pero lo que es más importante, Tiranión envió una copia de todos los manuscritos a Andrónico de Rodas, quien desde el año 78 al 47 a.C. ejerció como el undécimo sucesor de Aristóteles en la dirección del Liceo. Andrónico realizaría la primera edición crítica completa de las obras de Aristóteles que ha llegado a nuestros días.

Por desgracia, años más tarde, el hijo de Sila, Fausto, arruinado, decidió vender los libros, que fueron repartidos entre muchos compradores, perdiéndose definitivamente.

Se calcula que apenas se conserva un tercio de todo lo que escribió Aristóteles. Por ejemplo, de sus Constituciones, redactadas para 158 ciudades griegas, solo nos queda la de Atenas. Y eso porque se encontró en una excavación en Egipto. De sus más de 200 tratados, solo nos han llegado 31.

Fuentes: Geografía (Estrabón) / Banquete de los erúditos (Ateneo) / Vidas Paralelas: Sila (Plutarco) / Aristoteles: Exposicion E Interpretacion (Ingemar During) / Libros y libreros en la Antigüedad (Alfonso Reyes) / Nueva historia universal de la destrucción de libros (Fernando Báez) / Wikipedia.