Bette Nesmith Graham, la mecanógrafa que inventó el líquido corrector

El invento y su creadora/Imagen: Faktopedia

Es improbable que a alguien le suene el nombre de Bette Nesmith Graham y si lo hace quizá le sea más familiar porque fue la madre del músico y compositor Robert Michael Nesmith, miembro del grupo sesentero The Monkees que en las décadas siguientes tuvo una exitosa carrera en solitario, tanto en la música (en la que ganó un Grammy en 1981) como en la televisión (actuó en varias series e incluso trabajó de realizador y escenógrafo). Pues bien, su progenitora, la susodicha Bette, entró en la historia de los inventos por méritos propios como creadora del Liquid Paper. ¿No saben lo que es? Pues sigan leyendo.

Hubo un tiempo, en la era predigital, en que los escritos eran artesanos. Trabajos escolares, tesis doctorales, manuscritos de novelas… Todo se hacía a golpe de lápiz, pluma o bolígrafo; como mucho, se usaba ese artilugio hoy prácticamente extinguido que es la máquina de escribir. En cualquier caso, fuera cual fuera el sistema empleado, nunca se estaba exento de cometer un error, ya fuera una letra de más o de menos, un borrón, una equivocación de palabra… Eso planteaba dos alternativas: rehacer la hoja entera o tapar dicho error.

Robert Michael, a la derecha, con su grupo The Monkees en 1967/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Para lo segundo se empleaba el legendario Tipp-Ex, un corrector, un líquido de color blanco (para mimetizarse con el color del folio) que se aplicaba sobre el fallo tapándolo y que, una vez seco, permitía reescribir encima. Más tarde se presentó en forma de cinta adhesiva porque su versión líquida fue prohibida, debido a que llevaba en su composición un disolvente que se consideró susceptible de ser inhalado como droga por los niños. Las protestas de la comunidad educativa obligaron a dar marcha atrás en la decisión y volvió a autorizarse.

La difusión y generalización de ordenadores e impresoras seguramente le ha dado la puntilla o, al menos, afectado considerablemente en ventas. En cualquier caso, el Tipp-Ex era una marca más de un producto que genéricamente se llama Liquid Paper y cuyo uso resultaba antaño inevitable alguna vez. Tan inevitable que, de hecho, lo tenía que inventar alguien cuyo trabajo consistiera en escribir con cierta frecuencia. Una mecanógrafa, por ejemplo. Y ése era precisamente el empleo de la mujer que citábamos al comienzo, una texana nacida en Dallas en 1924 como Bette Clair McMurray.

Bette con su hijo en 1948/Imagen: Monkeepedia

Según la costumbre anglosajona, cuando se casó con Warren Audrey Nesmith cambió su apellido por el de su marido, con el que tuvo un hijo que nació mientras él luchaba en la Segunda Guerra Mundial. Cuando regresó se divorciaron y unos años después, en 1950, ella se mudó a unas propiedades que le legó su padre al fallecer. Pero había un niño que mantener, así que decidió buscar trabajo y lo encontró como mecanógrafa en el Texas Bank and Trust, donde poco a poco fue escalando puestos hasta llegar a ser secretaria ejecutiva, máximo nivel al que podía aspirar una mujer de su época en el mundo empresarial.

En el ejercicio de esa profesión, Bette tenía que entregar trabajos a menudo, lo que implicaba cometer errores de vez en cuando; era algo común, especialmente en aquellos primeros pasos de las máquinas de escribir eléctricas, pero no por ello menos fastidioso. Sin embargo fue en otro contexto cuando tuvo la idea del corrector líquido. Al parecer no debía estar del todo contenta con su sueldo o quizá es que simplemente quería ganar un dinero extra, pero, dado que tenía ciertas aptitudes artísticas, al llegar el invierno se ofreció a pintar los escaparates del banco con motivos navideños. Y en eso estaba cuando se encendió una bombilla en su cerebro.

Bette, en sus inicios profesionales como empresaria/Imagen: Women inventors

Ella misma lo explicó posteriormente: “Cuando un artista está rotulando letras nunca corrige sus errores borrando sino que siempre pinta encima del error. Así que decidí usar lo que los artistas utilizan. Puse un poco de pintura al temple en una botella, tomé mi pincel de acuarelas y lo llevé a mi oficina. Lo usé para corregir mis errores”. La pintura al temple es la témpera, en la que como disolvente del pigmento se emplea agua y como aglutinante una sustancia que puede ser grasa animal, glicerina, caseína, goma, huevo…

Bette aplicó su corrector a los trabajos mecanografiados que le encargaban sus jefes pero a éstos no les acababa de convencer y le pedían que no lo usara. Quizá es que al principio el producto era algo más basto, de ahí que le solicitara ayuda al profesor de química de su hijo para mejorarlo. El caso es que aquella colaboración funcionó porque la imaginativa secretaria desobedeció la orden superior y siguió usándolo durante varios años sin que nadie le recriminara. Más aún, dados los buenos resultados que tenía todas sus compañeras le pedían un poco para utilizarlo ellas también.

La aplicación/Imagen: Nantucket Chronicle

El siguiente paso estaba claro, máxime en un país tan favorecedor de la iniciativa privada como EEUU: comercializarlo. Empezó invirtiendo doscientos dólares en el material necesario para hacer la mezcla de agua y pigmentos, con la que rellenaba botellas vacías de ketchup con ayuda de su hijo y varios amigos. En 1956 registró la patente, bautizando su producto con el expresivo nombre de Mistake Out (Fuera Error), si bien luego se lo cambió por otro más serio, Liquid Paper, que a la postre sería el que perdurase.

Porque su relativo éxito -vendía un centenar de unidades al mes- la llevó a cometer una equivocación de la que no se percató y no pudo borrar: al final de un documento del Texas Bank and Trust, en lugar de poner este nombre puso The Mistake Out Company sin darse cuenta y eso le supuso el despido. Quedar libre permitió a Bette pasar de la fabricación artesanal a fundar una empresa que funcionara de forma industrial. Fue en 1960, empleando su propia casa como sede y si bien empezó con pequeñas pérdidas, derivadas de la inversión realizada, no tardó en dejar atrás los números rojos, recibiendo pedidos de grandes compañías.

El invento, en sus dos versiones nominales/Imagen: TNYT

De hecho, Liquid Paper creció exponencialmente y terminó por convertirse en una herramienta habitual e indispensable en las oficinas, de manera que la cocina del hogar, donde se elaboraba el producto, se quedó pequeña y fue necesario construir una instalación ad hoc en el patio trasero; allí se fabricaba y envasaba, además de gestionarse los envíos. En 1962 Bette conoció a Rober Graham, un vendedor que además de darle el segundo apellido se implicó en la gestión profesionalizada de la compañía creando una red de representantes. El matrimonio no duró mucho y acabó en un nuevo divorcio trece años más tarde. Pero para entonces Liquid Paper ya estaba consolidada, fabricando 25 millones de unidades anuales y contando con una plantilla de dos centenares de empleados.

Hay que reseñar que Bette no dirigía su negocio de forma exclusivamente mercantilista sino desarrollando toda una filosofía corporativa que incluía igualdad laboral entre los trabajadores -que podían participar en la toma de decisiones- y preocupación por su bienestar, cosas que se plasmaron en la contratación de mujeres, en la apertura de una guardería in situ para los hijos de éstas, la creación de zonas verdes para el descanso, la apertura de una biblioteca para ellos y la primacía de la calidad del producto sobre su rentabilidad.

Bette proyectando la nueva sede de su empresa, en los años sesenta/Imagen: TNYT

En suma, cierta humanización del trabajo. Esta actitud derivaba de su formación religiosa, en la que pasó del metodismo de su infancia a profesar en la Ciencia Cristiana (una secta creada en el siglo XIX y que se autoconsidera científica por tratar de interpretar así las leyes divinas), por la que ponía a Dios como centro inspirador de la actividad empresarial. Así la dirección de Liquid Paper era una peculiar combinación de espiritualidad, pragmatismo profesional y concienciación social, algo bastante novedoso cuando la empezó a aplicar en 1975, al abrir una nueva sede.

Y es que había pasado a ser una empresa lo suficientemente importante como para que interesase nada menos que a Gillette Corporation, que en 1979 decidió comprarla; antes se había negociado con IBM, que finalmente renunció a la operación. Por entonces, Liquid Paper vendía 25 millones de unidades en 31 países, facturando 38 millones de dólares al año. El precio de adquisición fue considerable, 47,5 millones de dólares, aunque Bette no pudo disfrutar como quisiera de sus beneficios porque murió en 1980.

Su hijo Robert Michael, aquel que había tenido con su primer marido, heredó la mitad de la copiosa fortuna; la otra mitad se había dedicado a obras benéficas, entre ellas la creación de dos fundaciones para mujeres necesitadas. El heredero siguió los pasos de su madre, creando en Santa Fe la Gihon Foundation, desde la que emanó el Council of Ideas, un think tank dedicado a analizar y proponer soluciones a los problemas mundiales.

Fuentes: Three Every-day Items Invented by Women (Elissa Blattman en National Women’s History Museum)/Inventores increíblemente poco razonables; Sus vidas, amores y muertes (Jeremy Coller)/Notable American Women: A Biographical Dictionary Completing the Twentieth Century (Susan Ware, ed)/Girls Think of Everything: Stories of Ingenious Inventions by Women (Catherine Thimmesh)/Inventors of Industrial Technology (Heather S. Morrison)/Wikipedia