Ungern-von Sternberg, el «Barón Sanguinario» que quería restablecer el imperio de Gengis Khan

Roman Ungern von Sternberg con sus tropas (Dimitri Shmarin)/Imagen: Pinterest

La Revolución Bolchevique, el Ejército Blanco, la Guerra Civil Rusa, Gengis Khan y un brutal comandante son los jugosos ingredientes de una historia que tiene su guinda en un fabuloso tesoro perdido. Y lo mejor es que, pese a lo que pudiera parecer, no se trata de una novela de aventuras sino de hechos reales ocurridos a principios de los años veinte del pasado siglo. Su protagonista absoluto fue el citado militar: Robert Nickolaus Maximilian von Ungern-Sternberg, alias el Barón Sanguinario, quien se creía una reencarnación del famoso caudillo mongol.

El origen de este personaje, sin embargo, era más prosaico. Nació en Graz (Austria) en 1886 en una familia de sangre azul que, no obstante, no pudo evitar que la vida del chico resultara algo atípica. Primero, porque a los dos años se trasladaron a Reval, cerca de Tallín, ciudad de una Estonia que por entonces formaba parte del Imperio Ruso. Segundo, porque sus padres se divorciaron en 1891 y la madre se volvió a casar con otro aristócrata alemán. Y tercero, su padre fue internado en un manicomio en 1899, rematando una mala racha que le había llevado a pasar un año antes por prisión acusado de fraude.

Sus padres, Sophie Charlotte von Wimpffen y Theodor Leonhard Rudolph Freiherr von Ungern-Sternberg /Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Es difícil saber hasta qué punto esas circunstancias influyeron en el joven Ungern pero el caso es que desarrolló desde joven un carácter violento que mostraba en su trato tanto hacia los animales como hacia los otros niños, lo que llevaba a éstos a rehuirle. En 1900, cuando ingresó en el Nicholas I Gymnasium (la actual escuela de secundaria Gustav Adolf Grammar School) siguió mostrando esa personalidad irascible a la que añadió una rebeldía constante contra sus profesores y las normas en general. Su estancia allí terminó cuando se fue ante la amenaza de expulsión.

Era 1905 y dio por zanjada su etapa formativa para marcharse a Manchuria, donde el ejército ruso estaba inmerso en una guerra con Japón; allí ganó una condecoración, aunque no se sabe la causa. Pero ese año estalló un conflicto de mayor resonancia en el país: la revolución, la misma que empezó en Odessa con el motín del acorazado Potemkin y que se extendió a otros puntos incitando a los campesinos a alzarse en armas en la región del Báltico. Varias fincas nobiliarias fueron arrasadas, entre ellas la de Jerwakant (actual Järvakandi), donde Ungern había pasado su infancia, lo que resultó traumático para él.

Un retrato de infancia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ese incidente le hizo agudizar el desprecio por los estratos sociales bajos que siempre había tenido. Las consideraba salvajes e ignorantes, opinando que eran un cero a la izquierda y no tenían nada que aportar a la dirección política del Imperio Ruso. Su orgullo de clase le hacía reivindicar las raíces medievales germanas de su familia (el alemán era su lengua natal, aunque también hablaba ruso, francés, inglés y estonio) junto a otras húngaras que, afirmaba, le emparentaban con Batu Khan, el nieto de Gengis.

Esto último sería determinante en el curso de los acontecimientos que viviría más tarde y que reforzó con el convencimiento de que la gente de caballería era la garantía de supervivencia de las monarquías europeas en general y la rusa en particular, esa gente a la que se refería eran los cosacos, tártaros, kirguises, calmucos, buriatos y demás pueblos túrquico-mongoles que formaban el puzzle étnico de las estepas y vivían prácticamente a caballo.

Ungern en 1907, con uniforme del 91° Regimiento de Infantería de Dvinsky

En 1906 ingresó en la Escuela Militar Pavloskoe. Fue un cadete mediocre en los estudios pero en ese período se interesó por temas esotéricos, muy de moda en la época, iniciándose en el budismo y otras filosofías orientales que aderezaba con cierto misticismo que le llevó a asumir que tenía la capacidad de leer la mente y ver el futuro. Una vez graduado, solicitó destino en un regimiento de cosacos, lo que le permitió ampliar sus conocimientos sobre los pueblos nómadas.

Terminó por convertirse en un experto lo que, combinado con su extraordinaria habilidad como jinete, le hizo ganarse el respeto de mongoles y buriatos. Por eso en 1913 pidió el traslado a Mongolia, que estaba en guerra contra China para conseguir la independencia; al final no se le permitió tomar parte en la lucha y fue asignado a la guardia del consulado ruso. Para entonces ya tenía en su rostro la cicatriz que le dejó el sablazo de otro oficial con el que se enzarzó en un duelo y al que se achacaría también un daño cerebral del que devendría su presunta locura. Su difícil personalidad y un consumo excesivo de alcohol casaban mal.

El estallido de la Primera Guerra Mundial cambió el panorama. Robert combatió en Galitzia y Prusia Oriental adquiriendo fama de valiente pero temerario y ganando varias medallas. Pero en 1916 un nuevo incidente con un oficial durante otra borrachera provocó su relevo y procesamiento, que terminó con condena a dos meses de cárcel. Salió en enero de 1917 y fue enviado al frente otomano. Entonces se produjeron los sucesos de febrero que supusieron la destitución del zar y que él auguró como el principio de un desastre.

En 1917, durante la I Guerra Mundial/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Entretanto conoció y entabló amistad con Grigori Semiónov, un atamán de cosacos visceralmente anticomunista y de expeditivos métodos con el que organizó un ejército formado por integrantes de la minoría asiria cristiana, víctimas de un exterminio por parte de los otomanos, que debía servir de modelo para hacer otro tanto con los rusos, desmoralizados ante la inestabilidad nacional. Los asirios dieron un resultado limitado pero la idea de un contingente de voluntarios motivados había echado raíces y los dos militares se dispusieron a hacer lo mismo con buriatos siberianos contando con la aquiescencia de Kerenski, al que propusieron dar un golpe de estado en favor del general Alekséi Brusílov (que, paradójicamente, en 1920 se uniría a los bolcheviques).

Pero unos meses más tarde llegó la Revolución de Octubre, frente a la que se posicionaron desarmando a millar y medio de soldados prosoviéticos en la estación de ferrocarril de Manchuria. Ese lugar se convertiría en su cuartel general para la guerra civil que se avecinaba y en él empezaron a reclutar un regimiento que sería el núcleo de las fuerzas anticomunistas. No obstante, ninguno de los dos reconocía la autoridad del almirante Alexander Kolchak al frente del Ejército Blanco porque era conservador pero no zarista y había prometido restituir la asamblea constituyente; ellos en cambio, creían en la monarquía absoluta y en la restauración de la autoridad de Nicolás II.

En consecuencia, preferían actuar de forma independiente sin tener tapujos en recurrir al apoyo económico y humano japonés. Semiónov nombró a su amigo comandante de las tropas del óblast de Dauria (Transbaikalia), ascendiéndolo a mayor general y encargándole la formación de nuevas unidades con etnias locales, como habían planeado. Así nació la División de Caballería Asiática, que realizaba esporádicas incursiones contra objetivos rojos, siendo los damnificados recurrentes los ferrocarriles de suministros y transporte de tropas; no sólo los rojos, pues tampoco los trenes blancos se libraban de esos asaltos y por eso Kolchak y Denikin consideraban traidores a Semiónov y Ungern.

El atamán Grigori Semiónov/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Dauria también pasó a ser un centro de detención donde se interrogaba, torturaba y ejecutaba a los enemigos, origen del apodo que se la adjudicó a Ungern: el Barón Sanguinario, que resulta bastante expresivo, aunque asimismo le llamaban el Barón Loco por su descrito comportamiento excéntrico. El coronel Laurentz era su verdugo… hasta que más tarde también perdería la confianza de su jefe y acabaría igual que sus víctimas.

En 1919 los chinos aprovecharon el río revuelto y se anexionaron Mongolia Exterior vulnerando el acuerdo ruso-chino-mongol de 1915 que garantizaba su autonomía. Sin embargo, esa acción había sido decidida por la llamada Camarilla de Anhui, una facción militar llamada así por la calle de Pekín donde tenía su sede y que contaba con financiación japonesa, de ahí que se haya sugerido que el gobierno de Tokio les alentó a esa invasión. Pero esa simpatía nipona era impopular y produjo una fuerte oposición que desembocó en una guerra civil contra la facción contraria, la Zhili, que a la postre fue la vencedora.

La caída de la Camarilla de Anhui dejó sin mando a las tropas chinas en Mongolia y se dedicaron a cometer todo tipo de tropelías, saqueando a discreción y asesinando a la población, a veces con ayuda de tropas Tsahar de Mongolia Interior. Eso dio la excusa a Ungern para intervenir, contactando con círculos monárquicos mongoles y chinos. Como continuación de esa labor diplomática, se entrevistó con el mariscal Zhang Zuolin (un señor de la guerra de Manchuria) y se casó con la princesa local Ji, pariente del general chino Zhang Kuiwe (gobernador del distrito de Hailar), con la que se entendía en inglés y a la que se rebautizó con el nombre de Elena Pavlovna.

Ungern en 1920, cuando entró en Mongolia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Manchuria se perfilaba como un refugio para los blancos, ya que los bolcheviques habían vencido a Kolchak y empezaban a presionar a Semiónov, por lo que éste decidió retirarse en esa dirección. Fue entonces, en agosto de 1920, cuando Ungern se separó de su amigo para operar por cuenta propia en favor de una gran monarquía transfronteriza que agrupara todos los territorios de Asia central, evocando el imperio de Gengis Khan. Actuando como un señor de la guerra independiente, ese otoño entró al mando de sus tropas en Mongolia Exterior, se plantó ante la capital, Urga (actual Ulán Bator), y exigió el desarme a los chinos.

Obviamente se negaron y empezaron las hostilidades. Duraron un par de semanas, al término de las cuales Urgern tuvo que retirarse con cuantiosas pérdidas y renunciando a tomar la ciudad porque estaba en notable inferioridad numérica (contaba con millar y medio de efectivos mientras el enemigo sumaba unos siete mil) y armamentística (las defensas disponían de un complejo sistema de trincheras y tenían más cañones y ametralladoras). Buscó entonces el apoyo de los independentistas mongoles de Bogd Khan, antiguo gobernante destronado que estaba detenido en Urga, mientras el enemigo se lanzaba a la represión de todos los simpatizantes prorrusos.

Ungern supo evitar la desmoralización y volvió al ataque a finales de enero de 1921, logrando internar un comando que rescató a Bogd y recurriendo a un viejo truco de Gengis Khan para aparentar contar con más fuerzas de las que realmente tenía: encender cientos de fogatas en las colinas, aparentando tener sitiada la urbe. Finalmente pudo abrir brecha y asaltar la ciudad en una batalla librada como en otros tiempos, a espada. Se hicieron con ella el 4 de febrero, provocando la apurada retirada de los chinos, que con millar y medio de bajas, en su huida masacraron a cuanto mongol encontraban. Con ellos se fueron también los colonos rusos que habían apoyado a los bolcheviques.

Bogd Khan hacia 1924/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Se invirtieron las tornas y ahora fueron los hombres de Ungern, que apenas habían tenido medio centenar de muertos, los que saquearon y mataron tanto a comerciantes chinos como judíos, estos últimos por orden expresa suya puesto que era profundamente antisemita. La racha de conquistas continuó los meses siguientes con Coro y Zamyn-Üüd, mientras los cosacos se enfrentaban al ejército enemigo en su retirada, ya cerca de la frontera, infligiéndole otras mil bajas y expulsándolo definitivamente. Eso permitió entregar el trono a Bogd Khan el 22 de febrero.

Ungern y los suyos fueron colmados de parabienes y títulos; Semionóv mismo le ascendió a teniente general. Pero su cargo más útil fue el de dictador, ya que asumió el gobierno y con plenos poderes trató de reorganizar la vida normal en la capital, adecentando las calles, fomentando la recuperación económica, etc. Procuró no inmiscuirse en las costumbres locales, pues le consideraban una encarnación de Jamsaran (el dios de la guerra), si bien él nunca declaró serlo; a la vez, parece ser que aceptó el budismo, compatibilizándolo con su fe luterana.

En cambio, los colonos rusos, que en general simpatizaban con la Revolución, fueron duramente reprimidos por el jefe de su policía secreta, Leónidas Sipailo, que torturó y asesinó a casi novecientas víctimas. De hecho, la División de Caballería Asiática, que agrupaba a soldados de nacionalidades y etnias diversas (desde Siberia a Tíbet, desde China a Japón) constituía un peligro que no le pasaba inadvertido a Moscú. Por eso en 1921 inició una campaña contra Mongolia Exterior con unidades del Ejército Rojo y del líder comunista mongol Damdin Sükhbaatar, tras pedir permiso a Pekín para entrar en lo que reconocía como territorio suyo.

Retrato de Ungern en 1921/Imagen: Normanfromthesea en Wikimedia Commons

Ungern se desplazó a Siberia en busca de refuerzos pero no tuvo tiempo de conseguirlos; los bolcheviques habían suavizado su política con los campesinos consiguiendo su tranquilidad, a la par que convencieron a numerosos contingentes cosacos para unirse a ellos. Así, Ungern no encontró apenas respuesta en sus intentos de reclutamiento y Siberia pasó a manos del enemigo, que había concentrado enormes fuerzas en Mongolia y ahora ya iniciaba el avance. La superioridad era tan grande (en efectivos y en equipo, pues contaba con tanques, aviones, artillería y abundante munición) que Ungern y los suyos salieron derrotados en todos los enfrentamientos, perdiendo Urga el 6 de julio de 1921.

Dos semanas después la División de Caballería Asiática, dividida en dos brigadas (una mandada por Ungern y otra por su mano derecha, Rezukhin) y que seguía resistiendo gracias a su movilidad, lanzó un contraataque sobre Transbaikal para contactar con el ejército de Semiónov, contando además con que una fuerza expedicionaria japonesa también se les uniría. Lo cierto es que los bolcheviques esperaban esa jugada y desviaron tropas hacia allí, declarando la ley marcial. Con tres mil hombres, Ungern logró tomar Novoselenginsk el 1 de agosto pero tuvo que abandonarla al día siguiente al saber que se acercaba el Ejército Rojo. Además, resultó herido en combate, lo que quebró definitivamente su aura de invencibilidad.

Sus hombres querían volver a Mongolia pero él prefería irse a Tuva y de allí al Tíbet (el Dalái Lama era un aliado que había enviado tropas en su ayuda). Eso provocó, a mediados de agosto, un motín en el transcurso del cual pereció Rezukhin. Ungern fue apresado dos días más tarde por un destacamento guerrillero soviético al mando del cual estaba Petr Efimovich Shchetinkin, futuro miembro de la Cheka. El juicio consiguiente, celebrado el 15 de septiembre bajo la presidencia de Yemelián Yaroslavski (un famoso periodista e historiador, dirigente del Partido Comunista), duró seis horas y terminó con el fusilamiento del acusado esa misma noche.

Barón von Ungern-Sternberg (Natalia Chizhova)/Imagen: Art Gallery

Así acabaría la historia del Barón Sanguinario de no ser por algunos flecos. El primero, Semiónov, que también fue derrotado pero pudo escapar a Manchuria para luego pasar a Nagasaki y EEUU. De allí huyó a Canadá acusado de robar pieles y vivió a caballo entre China y Corea al servicio de Japón, que en 1940 le encargó formar en Shanghái un ejército de apoyo a su expansión imperial; los soviéticos lo capturaron cinco años después y lo ejecutaron. El segundo fleco fueron las honras fúnebres tributadas a Ungern por Bogd Khan en todos los templos de Mongolia, indicativos de la consideración que se le tenía; Bogd, por cierto, murió en 1924 y fue el último con ese título porque los comunistas lo abolieron.

El tercer fleco sería la leyenda de la fortuna que, se dijo, llevaba Ungern consigo aquellos últimos días y que envió al Banco de Jailar (Mongolia) para evitar que cayera en manos de los bolcheviques. Según se contó, los soldados encargados del transporte no pudieron cruzar la frontera y decidieron enterrar en la estepa su valiosa mercancía, que consistiría en casi dos mil kilos de oro, plata, piedras preciosas y dinero en metálico; su valor se ha calculado entre 120 y 400 millones de dólares. A pesar de que varias expediciones lo buscaron en 1922, 1924 y 1970, nunca se ha encontrado, por lo que resulta irresistible la tentación de reseñar el paralelismo entre el tesoro perdido de aquella encarnación de Gengis Khan y la tumba ignota del verdadero.

Fuentes: The Bloody White Baron: The Extraordinary Story of the Russian Nobleman Who Became the Last Khan of Mongolia James Palmer)/White Terror: Cossack Warlords of the Trans-Siberian (Jamie Bisher)/The Baron’s Cloak: A History of the Russian Empire in War and Revolution (Willard Sunderland)/Nationalism and Revolution in Mongolia (Owen Lattimore y Sh. Nachukdorji)/Wikipedia