La Rebelión Taiping, la extraña revolución china del siglo XIX cuyo líder creía ser hermano de Jesús

Hong Xiuquan proclamando el levantamiento en Jintian/Imagen: Pinterest

Resulta sorprendente la cantidad de iluminados mesiánicos que a lo largo de la Historia han tratado de establecer reinos en nombre de Dios, provocando en el proceso guerras civiles y grandes matanzas que sólo la distancia y el tiempo descargan de su tragedia para dejarlas en episodios a estudiar. Aquí hemos visto algunos, como el de Juan Santos Atahualpa o el Taki Ongoy pero uno de los más importantes, por las dimensiones alcanzadas, que trascendieron sus propias fronteras, fue el de la Rebelión Taiping en la China de mediados del siglo XIX.

Pese al nombre (paradójicamente taiping significa gran paz), ese movimiento era algo más que la simple insurrección que creyó inicialmente el gobierno imperial de aquel período, la Qing manchú; como veremos, pretendía cambiar radicalmente las estructuras del estado en todas sus facetas (política, económica y social) y por eso se ha sustantivado también como revolución, siendo reivindicado por el comunismo chino. Los taiping, por su parte, llamaban demonios a los Qin, la dinastía reinante -de ahí que emplazaran a la guerra santa- y se autodenominaban pomposamente Reino de la Paz Celestial.

El 98º de Infantería británico en la Batalla de Chinkiang, durante la Primera Guerra del Opio/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cualquier caso, sumió al país en una larga guerra civil de dieciséis años; por motivos religiosos, sí, pero con otros subyacentes mucho más graves y decisivos. Hay que tener en cuenta que sólo ocho años antes del estallido inicial, ocurrido en 1850, había terminado la Primera Guerra del Opio, en la que los triunfantes británicos impusieron al gobierno chino el humillante comercio de esa droga y la ocupación de Hong Kong. Ese conflicto había durado poco más de tres años pero fue el remate de un período de desastres naturales, malas cosechas, éxodo rural y escasez de tierras ante el desproporcionado aumento demográfico que se experimentaba desde mediados del siglo XVIII.

Todo ello provocó el éxodo rural y una situación límite entre buena parte de la población, que se lanzó al bandidaje y a buscar salidas en sociedades secretas y otras organizaciones que, bordeando la ley o transgrediéndola directamente, tenían a China en un estado de ebullición que podía explotar en cualquier momento. La clase dirigente, inmersa en la corrupción generalizada, permaneció ajena a ese sufrimiento, que se empezó a encauzar en clave etnicista: los hakka, un subgrupo de los han (al que pertenecen la mayoría de los chinos) asentado en la parte meridional y tradicionalmente marginado, lideraban la animadversión contra los manchúes que tenían el poder.

Hong Xiuquan/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Sólo faltaba un precipitante para desatar la reacción y fue, como tantas veces, la religión. En este caso combinada con una frustración personal: la de un hakka de Guangdong llamado Hong Xiuquan, un joven de veintidós años descendiente de familia humilde pero que, acaso ingenuamente, aspiraba a entrar en el funcionariado imperial por ser un buen estudiante… y que suspendió el examen dos veces seguidas, en 1836 y 1837. El fracaso le afectó psicológicamente y, sufriendo una crisis nerviosa, quedó postrado en cama varios días, tiempo durante el que empezó a tener visiones místicas.

Para entenderlo mejor es necesario reseñar que el cristianismo ya se había abierto un pequeño hueco en China, primero de la mano del nestorianismo (lo explicamos en el artículo dedicado a los Sutras de Jesús), luego del catolicismo que llevaron los jesuitas portugueses a la colonia de Macao y, finalmente, con la llegada de misioneros protestantes ya en el siglo XIX. Precisamente uno de éstos entregó a Hong un folleto con información sobre conceptos cristianos que él utilizó para interpretar a su manera los sueños experimentados, considerándose hermano menor de Jesús y destinado a liberar China de los demonios manchúes que en ese momento representaba el emperador Xianfeng.

Francisco Javier e Ignacio de Loyola inspirando el diálogo sobre China (Athanasius Kircher)/Imagen: Wikimedia Commons

Hong se lanzó a predicar por su cuenta y en 1844, con la ayuda de un discípulo llamado Feng Yunshan, fundó la Sociedad de Adoradores de Dios, una confusa mezcla de cristianismo, confucianismo, taoísmo y milenarismo que se extendió con aceptable éxito entre la población del sur porque colaboraba en la erradicación de la delincuencia y asistía a los hambrientos. En 1847 marchó a Cantón para estudiar con un baptista estadounidense que debía bautizarle pero el misionero, al ver qué su plan estaba más relacionado con la política que con la fe y que incorporaba conceptos que consideró heréticos, se negó.

Tampoco las autoridades estaban contentas porque los Adoradores de Dios habían desatado una campaña iconoclasta contra los libros y el arte relacionados con Confucio y el budismo, así que proscribieron el movimiento. Como suele pasar, eso exacerbó los ánimos y atrajo más adeptos, sobre todo entre los mineros hakka de Guangxi, sin importarles tener que entregar sus bienes, escasos por otra parte, a la causa común para comprar armas. Porque el cada vez mayor número de seguidores se fue estructurando en cuadros paramilitares de inequívoca función.

La Rebelión Taiping/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La chispa prendió por fin en enero de 1851: tras una escaramuza a finales de diciembre que se saldó con victoria de los Adoradores, éstos reunieron diez mil hombres y, dirigidos por Feng Yunshan y Wei Changhui, se enfrentaron al Ejército Verde imperial acantonado en Jintian (actual Guiping), derrotándolo. En 1853 conquistaron Nankín, a la que nombraron capital rebautizándola Tiankín (Capital Celestial) y exterminando a todos los habitantes de etnia manchú -demonios para ellos, recordemos- sin tener en cuenta sexo ni edad.

En ese punto Hong Xiuquan dejó las filas para formar un gobierno, ya que era necesario administrar las ganancias territoriales. En el verano de 1851, tras los primeros triunfos, había proclamado la constitución del Reino Celestial de la Gran Paz, así que ahora ya disponía de una capital y podía ser rey efectivo con su corte, repartiendo el país en cinco provincias que dejaba al mando de los wang, reyes menores. No eran tales, por supuesto; casi todos procedían de clase baja y cuando alguno moría le sustituía un príncipe, a menudo elegido entre los familiares de Hong. De hecho, su primo Hong Rengan sería nombrado Príncipe Gan, cargo equivalente a primer ministro, por ser el que mayor y mejor formación académica tenía. Fue una solución para la tensión interna que se originó entre los partidarios de primar la parte militar de la rebelión y los que defendían centrarse sobre todo en la espiritual.

Bandera del Reino Celestial de la Gran Paz/Imagen: Samhanin en Wikimedia Commons

Y es que Hong, autoproclamado Rey Celestial, adoptó una vida de lujo y placeres mundanos que no casaba muy bien con sus ascéticos edictos religiosos. Eso llevó a a desconfiar de él a algunos colaboradores como Yang Xiuqing, un simple leñador convertido en jefe del ejército que al principio se encargaba también del ejecutivo. Como el sentimiento fue mutuo, Hong ordenó asesinarle junto con miles de sus incondicionales en 1856, en lo que se conoce como Incidente de Tiankín. Los encargados de esa represión, Wei Changhui y Qin Rigang, trataron de aprovechar para apoderarse de su territorio y acabaron todos inmersos en una disputa armada que se saldó con la muerte de ambos.

En cuanto a la labor administrativa, se instituyó un régimen teocrático (cristiano pero sui generis, rechazando la Santísima Trinidad y añadiendo elementos de otras religiones) que abolía la propiedad privada, sustituía el calendario lunar por el solar, decretaba la igualdad absoluta de clases y sexos, prohibía la poligamia y el concubinato, suprimía ciertas tradiciones (como reducir los pies femeninos con vendajes), proscribía los vicios (opio, juego, tabaco, alcohol, prostitución), sustituía el espíritu confucianista del funcionariado por el cristiano e imponía una reforma agraria por la que las tierras y las cosechas se cedían en usufructo pero eran comunitarias.

El trono del Reino Celestial conservado en Nankín/Imagen: KongFu Wang en Wikimedia Commons

Dadas las circunstancias, la vida estaba militarizada: todos recibían entrenamiento y se creó un ejército mixto en el que se admitían mujeres, lo que permitía disponer de muchos efectivos (se calcula que pudo llegar a tener tres millones de soldados) estructurados, con mandos, oficiales y suboficiales en grupos de familias: cada uno tenía veinticinco y a su vez se agrupaban para formar unidades mayores.

Tenían armas de fuego modernas compradas en el mercado negro, vistiendo chaqueta roja -y en algunos sitios turbante del mismo color- más pantalón azul; se les conocía con el apodo de changmao, cabellos largos, en alusión a la melena que se dejaban crecer desobedeciendo la orden imperial de recogerla en una coleta y afeitar la frente. A ellos se sumaban ocasionalmente partidas de bandidos y tríadas, como la Sociedad de la Pequeña Espada, que hacían de auxiliares pero terminaban por irse ante la rígida disciplina y, de todas formas, los taiping los despreciaban por sus hábitos inmorales.

Mientras, la guerra continuaba. El emperador Xianfeng, séptimo de su dinastía y de carácter débil (agravado por su adicción al opio), había dejado el gobierno en manos de sus consejeros, quienes no concedían a los taiping una categoría superior a la de bandoleros. Pero no dejaba de ser una actitud oficial que en la práctica se tomaba mucho más en serio porque las tropas rebeldes, para aliviar la presión sobre Nankín, sitiada por los Qing, extendieron sus operaciones a Jiangsu, Zhejiang, Anhui, Jiangxi y Hubei, es decir, a la práctica totalidad del territorio, de forma que sólo la provincia de Gansu se libró.

El emperador Xianfeng/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El valle del Yangtsé era suyo y eso envalentonó al ejército taiping, que en la campaña del norte intentó tomar Pekín en la primavera de 1853; no lo consiguió pero entonces se desvió hacia el este y sí se apoderó de Anhui, Jiangxi y Hubei mientras las fuerzas imperiales se obcecaban en reconquistar Nankín. Únicamente el llamado Ejército de Xiang, formado por mercenarios fieles a los Qing con mandos occidentales, supo hacerle frente y por eso recibió el sobrenombre de Siempre Victorioso. Además surgieron otros movimientos rebeldes que ocasionalmente nutrían de efectivos a los taiping, aunque no fueron capaces de coordinarse con ellos porque tenían objetivos distintos (no eran cristianos sino musulmanes) y ahí seguramente se desperdició una interesante baza.

En otras palabras, el país estaba inmerso en una auténtica guerra civil; la más grande que sufría desde que los Qing ascendieron al trono en 1644 y una de las más sangrientas de la Historia, si se tiene en cuenta que se cobró de veinte a setenta millones de vidas entre soldados y civiles (hambrunas y enfermedades aparte, las tropas imperiales ajusticiaban a los prisioneros inmediatamente) y unas seiscientas ciudades fueron arrasadas. Quizá pudo ser peor -o mejor- si las potencias europeas hubieran aceptado intervenir directamente a favor del emperador o de los taiping (el primo de Hong era pro-occidental, hablaba inglés y proponía un modelo de estado protestante), pero finalmente sólo enviaron algunos asesores militares al emperador y unidades de apoyo naval.

En rojo, máxima extensión de la Rebelión Taiping (1854)/Imagen: Zolo en Wikimedia Commons

No obstante, la Rebelión Taiping fue agotándose poco a poco al ser incapaz de imponerse de manera definitiva y encontrándose con la inesperada oposición del conservador mundo rural, apegado a los valores tradicionales y espantado ante las medidas que dictaba Hong en todos los aspectos, desde la revolución religiosa a la separación tajante de sexos (incluso dentro del matrimonio). A finales de 1856 los rebeldes aún obtuvieron una victoria en Wuchang pero entre la primavera y el verano de 1858 perdieron la provincia de Jiangxi y parte de la de Hubei ante el imparable Ejército de Xiang.

Al año siguiente fue cuando Hong puso al frente del gobierno a su primo con plenos poderes; ello renovó las fuerzas del movimiento, que no sólo capturó Hangzhou y Suzhou sino que también logró poner fin al asedio de Nankín, lanzándose luego a la captura de Jiangsu y Zhejiang. Pero en agosto de 1860 fracasó en Shanghái, en cuya defensa tomaron parte marines británicos y tropas sij (entre los oficiales estaba Charles George Gordon, que luego se haría famoso muriendo heroicamente en Jartum) y ahí empezó la cuesta abajo del Reino Celestial.

El emperador Tongzhi, sucesor de Xianfeng/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pese a que el emperador Xianfeng falleció en agosto, sucediéndole su hijo Tongzhi, en septiembre de 1861 el ejército de Xiang recuperó Anging ayudado por un bloqueo marítimo de barcos británicos y franceses, y en mayo de 1862 Nankín volvía a estar sitiada. Los taiping no pudieron hacer valer su superioridad numérica para romper esa situación e intentaron abrir nuevos frentes: sitiaron a su vez Changsha, además de ocupar Yuezhou y, de nuevo, Wuchang antes de acabar el año. Después giraron hacia el este y, siguiendo el curso del Yangtsé, conquistaron también Anging y volvieron a cercar Shanghái… y otra vez se estrellaron.

En 1863 Shi Dakai, que mandaba uno de los ejércitos taiping más potentes, fue derrotado, apresado y ejecutado cerca de Chengdu. Era un indicativo de que el gobierno Qing estaba empezando a imponer su control en el frente. Entonces llegó el mazazo decisivo: el 1 de junio de 1864 murió el Rey Celestial por una intoxicación alimentaria, al comer plantas silvestres para demostrar a los habitantes de la sitiada Nankín cómo afrontar el hambre. La ciudad cayó a los veinte días y el cadáver, inicialmente enterrado, se exhumó para comprobar su identidad, incinerándose después y esparciéndose sus cenizas con un simbólico cañonazo.

Reconquista de Nankín por el ejército imperial/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los taiping siguieron luchando pero la causa ya se veía perdida; sus efectivos fueron mermando progresivamente y terminaron atrincherándose en Guangdong. El hijo del Rey Celestial, Hong Tianguifu, que había sucedido a su padre al frente del movimiento, era un adolescente inexperto y fue hecho prisionero en octubre, siendo ejecutado junto a los otros príncipes. Algunos generales taiping mantuvieron la lucha hasta 1871 pero ya no constituían un peligro importante y fueron reducidos uno tras otro. Otros degeneraron en partidas de bandoleros que a veces se refugiaban en los países vecinos (al fin y al cabo, el principal grupo étnico del ejército taiping era el zhuang, de origen thai); también hubo un grupo de resistentes dirigidos por Liu Yongfu que pasaron al Annam francés y terminarían formando la efímera República de Formosa (dos semanas en 1895).

No obstante, aunque los Qing trataron de aplicar una damnatio memoriae sobre los taiping, en otro orden de cosas se mostraron receptivos al mensaje y abrieron la mano, permitiendo la incorporación de los han al funcionariado y descentralizando la administración. El comercio tardó en recuperarse excepto en las áreas costeras pero, paradójicamente, la agricultura floreció gracias a que la elevada mortandad liberó muchas tierras. Eso sí, a China le quedaba aún mucha sangre por derramar.

Fuentes: China. Una nueva historia (John King Fairbank)/El imperio chino (Herbert Franke y Rolf Trauzettel)/The Taiping Heavenly Kingdom: Rebellion and the Blasphemy of Empire (Thomas H. Reilly)/A Military History of China (David Andrew Graff y Robin Higham)/Autumn in the Heavenly Kingdom: China, the West, and the Epic Story of the Taiping Civil War (Stephen R. Platt)/Rebellions and Revolutions: China from the 1800s to 2000 (Jack Gray)/Wikipedia