Cuando la flota otomana se lanzó a navegar por el Atlántico, atacando Inglaterra y sus colonias

Una de las escasas representaciones de galeones otomanos es éste, obra de del calígrafo turco Abd al-Qadir Hisari en 1766-67/Imagen: Metropolitan Museum of Art

El control del Mediterráneo ha sido uno de los más importantes factores desencadenantes de las constantes contiendas que jalonaron la Historia de los países que circundan esas aguas, desde las incursiones micénicas hasta las operaciones en la Segunda Guerra Mundial pasando por las Guerras Púnicas o el largo pulso que mantuvieron en la Edad Moderna las escuadras cristianas y otomana. Pero, pese a las apariencias, esta última no limitó su ámbito de actuación al viejo Mare Nostrum y se atrevió a salir a océano abierto, al Atlántico.

Aunque hubo antecedentes en el siglo XI con la pequeña flota de medio centenar de naves diversas (a vela y a remo) que mandó construir el célebre selyúcida Tzacas (un marino que pasó de estar al servicio del Imperio Bizantino a ser su azote, cuando huyó decepcionado con su falta de promoción y se convirtió en emir de Esmirna, conquistando varias ciudades anatolias y amenazando la misma Constantinopla), el verdadero auge naval otomano se inició a partir del siglo XIV, de manera paralela al ascenso del imperio y el dominio progresivo de las costas de Asia Menor.

El Imperio Otomano entre los siglos XIV y XVII/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En esa época, los barcos de la bandera roja (la media luna no se incorporó hasta 1453) ya habían empezado a obtener victorias tan resonantes como continuas, controlando los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, así como adueñándose de territorios griegos y balcánicos ante la impotencia de una flota bizantina cada vez más débil y necesitada de ayuda exterior, básicamente veneciana. En el citado año 1453 cayó Constantinopla en sus manos, confirmando que el Imperio Otomano era la gran potencia del Mediterráneo oriental y, de hecho, poco a poco siguió apoderándose de las tierras del entorno: las islas colonizadas por repúblicas italianas, el litoral de Trebisonda, las costas del Mar Negro…

Fue entonces cuando comenzó a expandirse hacia el oeste, asentando su dominio en los Balcanes, superando la oposición armada de Venecia e iniciando razias por el Adriático. Así estaban las cosas ya en el siglo XVI cuando las escuadras turcas y berberiscas dieron un paso más para asolar Levante y las plazas del norte de África. Bajo el gobierno del sultán Selim conquistaron Argelia y vencieron a los mamelucos, mientras que Solimán el Magnífico expulsaba de Rodas a la Orden de San Juan y acometía la conquista de los países que luego constituirían Yugoslavia.

Retrato anónimo de Solimán el Magnífico/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los estados cristianos unificaron fuerzas y para frenarlo formaron la Liga Santa (España, República de Venecia, República de Génova, Estados Pontificios y los caballeros de Malta). No tuvieron suerte y fueron aplastados en la Batalla de Preveza por Barbarroja, que además firmó una alianza con Francia para permitir a Francisco I tomar Niza. Este rey, enfrentado con los Habsburgo, acogió en sus puertos la flota otomana, que operó desde allí entre 1543 y 1544. Esa dinámica continuó a lo largo de la década siguiente sin que el incontestable poder militar que Carlos V demostraba en tierra se trasladara al mar.

En ese sentido, el desastre de Los Gelves podría considerarse la guinda de una época que no empezó a cambiar de signo hasta que en 1571 la Liga Santa consiguió derrotar contundentemente a la otomana en Lepanto. En realidad, el triunfo resultó más propagandístico -por fin se imponía una flota cristiana en una gran batalla- que efectivo. Primero, porque los cristianos no pudieron cumplir su principal objetivo, que era liberar Creta; y segundo, porque el sultán demostró una impresionante capacidad de recuperación: sus enormes astilleros reconstruyeron las unidades perdidas en menos de un año, conquistaron Túnez y se apoderaron de prácticamente todo el norte de África.

La Batalla de Lepanto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Este apogeo marítimo de la Sublime Puerta ya había hecho que el Imperio Otomano ampliara sus miras. Evidentemente, en el Océano Índico no tenía rival y si los portugueses habían mantenido su flota a raya cien años antes, ahora eran claramente superados, siendo desalojados de sus puertos arábigos: Yemen, Omán, Qatar… Lo peor para los lusos fue que el enemigo no se detuvo ahí y siguió avanzando hasta Sumatra, poniendo en peligro incluso las posesiones en la India, si bien al final pudieron retenerlas con su victoria en Diu en 1538.

Más osado fue lanzarse a navegar por el Atlántico. Ocurrió, sobre todo, a partir del siglo XVII, curiosamente cuando el ciclo triunfante del Imperio Otomano ya empezaba a declinar, una vez fallecido Solimán el Magnífico y sucedido por Selim I en 1566. Las intrigas palaciegas habituales en los episodios sucesorios, la subida al poder de una serie de sultanes menores, la disgregación del poder entre clanes (con la consiguiente pérdida de efectividad) y la sublevación de los safávidas persas (que conquistaron Mesopotamia hasta Bagdad) habían debilitado a aquella potencia y tardaría en recuperarse más de un cuarto de siglo, con la ascensión al trono de Murad IV y, algo después, el gobierno de los visires Mehmed Köprülü y su hijo Fazil Ahmed.

El Göke, galeón a remos que era la nave insignia de Kemal Reis/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Por supuesto, los barcos otomanos ya habían salido al océano con anterioridad e incluso se conocen casos concretos. Un ejemplo podría ser Kemal Reis, a quien en España se conocía como Camali. En 1487 conquistó Málaga en auxilio de los nazaríes granadinos y desde esa ciudad realizó varias incursiones por territorios castellanos y aragoneses, colaborando asimismo en el transporte de judíos y musulmanes que marchaban de la Península Ibérica. Pues bien, en 1496 Kemal Reis fue puesto por el sultán Bayaceto II al frente de una flota de una docena de barcos (cinco de ellos galeras) con la que saqueó casi a placer el Mediterráneo durante tres años y en 1501 incluso desembarcó en las Islas Canarias.

Llegó a crear toda una dinastía; sobrino suyo era el célebre Piri Reis, prestigioso marino y cartógrafo con el que solía navegar y que fue autor de un controvertido mapamundi que muestra la costa americana en 1513. Otro personaje destacado, que no era descendiente suyo, fue Murat Reis (Morato Arráez para los españoles; Cervantes y Lope de Vega le dedicaron versos): albanés hijo de cristianos pero capturado de niño, tomó parte en el asedio de Malta y luego operó por cuenta propia con tanto éxito que se le asignó el mando de una flota con la que siguió obteniendo sonadas victorias.

El fragmento que queda del mapa de Piri Reis/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No obstante, protagonizó su acción más famosa en el Atlántico, en 1585: zarpó de Argel con tres naves y por el camino incorporó otras, de manera que ese verano llegó a Lanzarote, desembarcó de noche y a la mañana siguiente cayó por sorpresa sobre la capital, Teguise, logrando apresar tres centenares de prisioneros que intercambió por un jugoso rescate. A continuación regresó, aprovechando una noche de niebla para esquivar la flota del almirante Martín de Padilla, que le esperaba en el estrecho de Gibraltar. En 1587 volvió a atacar Canarias con una flota de dieciocho barcos y la ayuda de los británicos.

Sin embargo, éstos tampoco estuvieron a salvo. Como decíamos antes, en tiempos de Murad IV el Imperio Otomano experimentó cierto resurgir y sus barcos se atrevieron a ir más allá. En realidad un poco antes, porque en 1617 una flota otomana conquistó el archipiélago de Madeira. Los buenos resultados animaron y en el verano de 1625, ya con el sultán en el trono, otra escuadra navegó hasta Inglaterra, asaltando una tras otra sus condados costeros: Sussex, Plymouth, Devon, Cornualles…

Naves cristianas y otomanas en la Batalla de Zonchio, también conocida como Primera Batalla de Lepanto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Dos años más tarde otro Murat Reis (apodado el Joven para distinguirlo del anterior) protagonizó un nuevo episodio. De origen holandés, su verdadero nombre era Jan Janszoon van Haarlem y se trataba de un corsario que, capturado por los berberiscos en Lanzarote, renegó de su fe convirtiéndose al Islam. Navegó a las órdenes de Solimán Reis y en 1619, cuando éste murió, estableció su base en Salé, que se había independizado del Sultán de Marruecos constituyéndose como base de corsarios en lugar de Argel.

Desde allí, como almirante de su flota, organizó expediciones y una de ellas logró apoderarse de Lundy, un pedazo de tierra situado en el Canal de Bristol (el que separa Inglaterra y Gales). La isla sirvió no sólo para reunir esclavos europeos que se enviaban a Argel para su venta sino también como puerto operativo para las correrías que los otomanos hicieron por el Atlántico Norte durante cinco años, asaltando los archipiélagos de las Shetland, las Feroe y las Vestman, además de las costas de Irlanda, Islandia, Dinamarca y Escandinavia (de hecho, cuando se fueron el sitio continuó recibiendo visitas habituales de piratas ingleses, franceses y españoles).

Jan Janszoon, alias Murat Reis, retratado por Pier Francesco Mola/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahora bien, el capítulo más asombroso y fascinante es el que reseña la llegada de barcos otomanos hasta América del Norte. Contra lo que se cree, su ingeniería naval no se limitaba a las galeras; si bien éstas eran mayoritarias en el Mediterráneo, también usaban galeones, naves más apropiadas que aquellas para surcar las tempestuosas aguas atlánticas, aunque su calidad nunca alcanzó la de las galeras y el desarrollo de los acontecimientos impidió que se diera ese paso adelante tecnológico.

Y es que la salida al océano por tierra estaba cerrada por las potencias occidentales y la marítima tampoco resultó porque las conquistas por el territorio norteafricano se vieron frenadas en Marruecos, reticente a ser una provincia más del imperio. Por tanto, la expansión hacia el Atlántico y la presumible competencia con españoles y portugueses por su control no llegó a producirse. En parte, ése fue el origen de su alianza con Inglaterra en tiempos de Isabel I. Al estrellarse en el asedio de Viena y perder Hungría se cerró también la puerta por las aguas europeas septentrionales.

Isabel I de Inglaterra/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero aún así, parece ser que no faltaron visitas esporádicas a América. Algunos historiadores turcos excéntricos han propuesto que sus antepasados la descubrieron antes que Colón (en el año 1178 para ser exactos), amparándose en la mención que Colón hizo de la existencia de una mezquita en la isla Juana (Cuba), obviando que ésa era la forma de aludir a los templos indígenas; todavía hoy Erdogan insiste en ello. Y ya contamos en otro artículo cómo, al considerar a España una provincia suya, el Nuevo Mundo iba incluido en el paquete: Vilayet Antilia, lo llamaban; o sea, Valiato de las Antillas (el valiato o vilayato era una subdivisión administrativa en el Imperio Otomano).

Sólo que no fueron los fortines hispanos los que vieron aparecer en el horizonte la bandera roja con la media luna (ahora sí), sino las colonias inglesas de Virginia e incluso el frío litoral de Terranova. No se quedaron, claro.

Fuentes: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (Fernand Braudel)/Sea-Wolves of the Mediterranean (Hamilton Currey)/Innovation and Empire in Turkey. Sultan Selim III and the Modernisation of the Ottoman Navy/Ottoman corsairs in the Atlantic during the 16th century. Murat Rais, the Albanian and the first Ottoman expedition to the Canary Islands (Ardian Muhaj)/Pirate Utopias. Moorish Corsairs and European Renegadoes (Peter Lamborn Wilson)/Ottoman Response to the Discovery of America and the New Route to India (Abbas Hamdani)/Piri Reis y la armada turca. Del pasado al presente. Cartografía otomana del Nuevo y del Viejo Mundo (VVAA)/Wikipedia