William Walker, el aventurero que quiso anexionar Nicaragua a Estados Unidos

Escena de la película Walker (1987), en la que Ed Harris interpreta al personaje/Imagen: Chicago Reader

El american way of life tiene a veces versiones que van más allá de una forma de ganarse la vida mediante la característica iniciativa individual estadounidense. Hay ocasiones en las que esa frase trasciende lo doméstico o cotidiano para enmarcar auténticas aventuras, algunas admirables, otras infames, casi todas con un poco de cada, que reflejan de su protagonista tanto una ambición desmedida como una voluntad de acero, una ausencia de escrúpulos como cierta irresponsabilidad, siendo la conjunción de todo ello lo que convierte en extremadamente jugoso su vivencia. Y un buen ejemplo de ello es la historia de William Walker.

Ya hemos visto aquí casos de ciudadanos de EEUU, país especialmente abonado para este tipo de episodios, que intentaron dar golpes de mano para forjarse su propio destino a costa de cierta extravagancia. Algunos fueron inocuos, como Joshua Norton, el autoproclamado Emperador de EEUU y Protector de México; otros llevaron a la práctica su proyecto sin el más mínimo respeto a la legalidad internacional, como Aaron Burr, que intentó crear un país escindido con partes del suyo y España. Walker guardaba más parecido con el segundo pero no le faltaban ramalazos del primero, como veremos.

Fotografía de William Walker entre 1855 y 1860/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue un aventurero codicioso y pertinaz, le pusieron apodos como filibustero e inmortal, actuó con oportunismo y sin moral, y sus acciones respondieron a un concepto imperialista que consideraba superior al blanco anglosajón sobre el mestizo hispanoamericano. Y, sin embargo, no se trataba del clásico buscavidas o del mercenario sin escrúpulos sino de un titulado en Medicina y Derecho, poseedor de una cultura que le permitió ejercer de periodista y entrar en política… aunque fuera en un país extranjero del que se adueñó por las armas.

Hijo primogénito de escoceses establecidos en EEUU, nació el 8 de mayo de 1824 en Nashville. Paradójicamente fue un niño tranquilo y muy aplicado, eligiendo la carrera de médico en detrimento de la religiosa que deseaban sus padres. Estudió en Pensilvania y París, ejerciendo la profesión en Filadelfia. No obstante, empezó a denotar cierta inquietud cuando, previo paso de nuevo por la universidad, cambió la bata blanca por la abogacía y luego por el periodismo, escribiendo editoriales en un diario liberal de Nueva Orleans.

Fue entonces cuando se empapó de consignas e ideas que centraban la opinión pública del momento: la lucha contra la esclavitud por un lado y el Destino manifiesto por otro. Esto último era la denominación de una doctrina que confería a EEUU el derecho a una expansión por el continente americano en virtud de su superioridad moral, otorgada por Dios a los llamados wasp (white, anglosaxon, protestant, o sea, blanco, anglosajón y protestante), y que justificaba la anexión de territorios como la que se hizo de Texas en 1845.

American progress (John Gast), alegoría del Destino manifiesto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fue entonces cuando sucedió una tragedia que cambió la vida de Walker: en 1849 su prometida murió de fiebre amarilla, epidemia que asolaba Nueva Orleans. A la defunción se sumó el agravante de que ella era sordomuda, lo que provocaba un especial sentimiento de protección en él. Desde entonces su carácter se agrió, involucrándose en incidentes como un duelo en San Francisco del que resultó herido en una pierna o un paso por la cárcel, siempre por motivos nimios. Estaban listos los cimientos para dar un giro a su existencia, que inició organizando una expedición a México para apropiarse de los yacimientos de plata de Sonora.

Un aventurero francés llamado Gaston de Raousset-Boulbon lo había intentado en 1852 sin éxito y la empresa de Walker al año siguiente no resultó mucho mejor. Como le expulsaron del país, a donde se había trasladado previamente como un ciudadano de visita, reunió un grupo de vagabundos y buscavidas, embarcándose con ellos hacia la Baja California, a la que declaró independiente el 3 de noviembre de 1853 tras derrotar a una pequeña fuerza mexicana. Eso causó sensación en EEUU y no tardaron en llegar refuerzos, de manera que la tropa de Walker sumó unos trescientos efectivos.

Gaston de Raousset-Boulbon/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahora bien, no eran precisamente tropas de élite y enseguida empezaron los problemas. Primero, por la insubordinaciones, deserciones y enfermedades; segundo, porque el ejército mexicano no se quedó cruzado de brazos; y tercero, porque el presidente Santa Anna firmó un acuerdo con EEUU para venderle una franja de terreno fronterizo en la Venta de la Mesilla, al sur de Arizona. Interesado en que la transacción saliera bien, Washington negó en lo sucesivo cualquier apoyo a Walker, por lo que dio igual que éste proclamase el 1 de enero de 1854 la República de Sonora.

Apenas le quedaban una treintena de hombres, así que cuatro meses después se vio obligado a tirar la toalla y regresar a su país. Fue arrestado por violar las leyes federales, aunque le declararon no culpable porque se había vuelto bastante popular. Tanto que al año siguiente volvió a las andadas, esta vez olvidándose de un México quizá demasiado grande y potente para elegir un sitio más alejado, menos conocido, donde operar no implicase roces con EEUU. Y marcó Nicaragua en el mapa.

Bandera de la República de Sonora/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Walker había retomado el periodismo cuando se enteró de que ese país ofrecía buenas perspectivas colonizadoras: un semidesconocido rincón de Centroamérica que estaba escindido en dos facciones políticas irreconciliables, conservadora y liberal, apoyada la primera por la Iglesia y Reino Unido mientras que la segunda tenía la simpatía de EEUU. Esto último era un factor a tener en cuenta porque en 1849 el gobierno nicaragüense había concedido a la empresa estadounidense Accesory Transit Company el monopolio del transporte nacional de pasajeros, y su propietario, el multimillonario Cornelius Vanderbilt, aspiraba a construir un canal que comunicase el Atlántico y el Pacífico enlazando varios lagos.

¿Por que allí precisamente? Porque Nicaragua había desplazado a Panamá en la ruta para llegar a California, a donde la gente emigraba masivamente en busca de fortuna desde que en 1848 se descubrió oro. Por tanto, campo abierto para aventureros que tendrían un evidente apoyo estadounidense, aunque fuera de manera extraoficial. Walker y su editor, Byron Cole, llegaron a un acuerdo con el líder de la oposición, Francisco Castellón Sanabria, para que un cuerpo expedicionario derrocara al ejecutivo establecido.

Uno de los proyectos de canal para Nicaragua/Imagen: Library of Congress

La tropa reclutada era tan pintoresca como la del episodio mexicano; sólo sumaban cincuenta y ocho y se les bautizó, bastante pretenciosamente, Los Inmortales. De su catadura moral baste decir que zarparon dejando un rosario de deudas y amenazando al dueño del barco que alquilaron, dada la escasez de fondos de que disponían. Llegaron a la costa nicaragüense en junio de 1855, contactando con Castellón, quien los rebautizó como la Falange Democrática y nombró coronel a Walker tras concederle la ciudadanía y facilitarle un centenar de efectivos más.

La primera batalla con tropas gubernamentales se libró antes de acabar el mes y aunque se impusieron, gracias a que usaban armas de repetición, los soldados nativos desertaron dejándoles en inferioridad manifiesta. Tuvieron que reembarcar para ponerse a salvo, no sin que antes Walker mandara fusilar a dos de los suyos que habían provocado un incendio en un pueblo; entendía que había que ganarse a la población, no atemorizarla. Al mes siguiente Castellón les envió otros trescientos hombres.

Noticias sobre la expedición de Walker/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Con la mitad de ellos conquistaron Bahía de la Virgen sin sufrir bajas. Pero lo que no hicieron las balas lo hizo el cólera, que acabó con la vida de Castellón. Eso le vino muy bien a Walker porque, en realidad, sólo le consideraba una tapadera para su verdadero objetivo: apoderarse del país e instaurar un sistema al estilo anglosajón, con un modo de producción esclavista que facilitara su anexión a EEUU, algo que se incentivó desde allí con nuevos refuerzos gracias a que la noticia de la victoria había despertado el entusiasmo popular.

Se refrendó ese otoño con la captura de la ciudad de Granada, donde se estableció procurando con mano férrea que no hubiera desmanes. Eso le granjeó cierta simpatía local que él aumentó al entablar una buena relación con la Iglesia Católica; luego veremos que mucho más sincera de lo que pudiera parecer. Tan buena fue su imagen que, aprovechando que el presidente José María Estrada había huido, le ofrecieron el cargo en su lugar provisionalmente. La prensa rescató una vieja tradición según la cual el pueblo sería liberado del legado español por un hombre de ojos grises, descripción que se ajustaba al estadounidense.

Residencia de Walker en Granada/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Walker fue hábil y rechazó la presidencia en favor de Patricio Rivas, prefiriendo ser jefe del ejército; desde ese puesto gobernaba de facto. Pero aún sin su líder, el adversario no cejaba y contraatacó, tanto en el frente como conspirando. Entonces Walker puso fin a la etapa amable y empezó a fusilar notables e incluso algún ministro para no perder el control. Sin embargo, su imagen afectuosa empezó a desmoronarse y cuando, celoso de su popularidad, se negó a devolver la ayuda que le había prestado el hondureño José Trinidad Cabañas, éste desató una campaña desvelando las verdaderas intenciones de los EEUU para Nicaragua y Centroamérica en general que encolerizó a ésta.

Varios países, debidamente azuzados por Gran Bretaña, manifestaron hostilidad hacia su vecino que, además, vio cómo el Secretario de Estado norteamericano, William Macy, marcaba prudente distancia. Poco después el presionado gobierno nicaragüense revocó la concesión a la Accesory Transit Company y privó a Walker del siempre útil apoyo de Vanderbilt y, lo que era peor, de su línea de suministros. El 1 de marzo de 1856 Costa Rica, siempre en pleitos fronterizos con Nicaragua, le declaró la guerra e invadió su territorio. La tropa que envió Walker a frenar el avance enemigo resultó derrotada, sembrando el desánimo.

José Trinidad Cabañas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Los costarricenses continuaron ganaron terreno y batallas, provocando cada vez más deserciones entre los hombres de Walker, a los que se llama despectivamente filibusteros. El presidente Rivas, que ya no se fiaba del estadounidense, huyó sin atender su petición de elecciones y, así, fue nombrado Fermín Ferrer de manera provisional hasta que unos discutidos comicios le dieron la victoria al propio Walker, según se rumoreó obteniendo cuatro veces más votos que habitantes había.

En su discurso inaugural el nuevo presidente manifestó su deseo de fomentar un gobierno federal que incluyera Centroamérica al completo y Cuba, por entonces española pero pieza muy deseada por EEUU. Esto provocó indignación general en todo el continente pero Walker ya estaba inmerso en un programa de reformas para convertir el país en un reflejo de los estados del Sur de EEUU, expropiando propiedades para entregárselas a los suyos como grandes propietarios, así como preparando la instauración del esclavismo.

Bandera de Nicaragua durante el gobierno de Walker/Imagen: Jaume Ollé en Wikimedia Commons

Ahora bien, era el año 1856 y para entonces la tensión entre esclavistas y abolicionistas en EEUU, es decir, entre Sur y Norte, estaba entrando en la ebullición que desembocaría pronto en la Guerra de Secesión. Por tanto, los estados del Norte no veían con tan buenos ojos las actividades de su compatriota. Y si ellos no lo hacían, menos aún la América hispana, que había suprimido la esclavitud hacía décadas, de manera que a Costa Rica se sumaron Honduras, El Salvador y Guatemala formando el llamado Ejército Armado Centroamericano. como remate del panorama, las dos facciones políticas nicaragüenses acordaron zanjar sus diferencias para expulsar al usurpador.

Walker no pudo resistir aquella ofensiva múltiple y se vio obligado a retirarse, no sin antes prender fuego a Granada. Lo hizo sólo por estrategia -al fin y al cabo siempre había tratado bien a los prisioneros y evitado los pillajes-, pero con ello perdió las pocas simpatías que le quedaban en el país. Sin provisiones ni munición, debilitado por continuas deserciones y los estragos del cólera, el 1 de mayo de 1857 se rindió con el escaso medio millar de hombres que le quedaba. Le repatriaron a Nueva Orleans, donde fue recibido como un héroe y lanzó duras diatribas contra su gobierno por la falta de apoyo.

El cartel de la película reproduce el incendio de Granada

Pero no se daba por vencido. Ese mismo año fundó la Liga Centroamericana, entidad destinada a recaudar fondos para otra expedición, y a finales del otoño se embarcó de nuevo hacia Nicaragua esquivando los intentos gubernamentales por detenerle. Logró llegar a su destino pero no contaba con que los buques de su país le perseguirían hasta allí, arrestándole. Una vez más salió indemne del juicio, reunió dinero con ayuda de sectores proesclavistas y en 1859 reclutó centenar y medio de voluntarios para un tercer intento. Tampoco esta vez tuvo suerte al embarrancar su barco en el litoral de Honduras Británica.

Fue suficiente para decidir tomarse un descanso y centrarse en escribir un relato de sus aventuras titulado La guerra en Nicaragua. Pero apenas aguantó unos meses aquella inactividad y en 1860, habiéndose enterado del descontento de los colonos ingleses ante la venta que Londres iba a hacer a Honduras de las Islas de la Bahía, les ofreció capitanear una expedición que derrocase al gobierno hondureño en beneficio del opositor José Trinidad Cabañas, a quien podría manejar como hizo antes con Rivas.

La ejecución de Walker en 1860 según una ilustración de la época

Walker fletó dos barcos en los que embarcó a un centenar de hombres pero agentes británicos averiguaron su plan y la Royal Navy interceptó una de las naves. La otra alcanzó el archipiélago de Bahía para asaltar el fuerte de Trujillo, la capital y hacerse con su control sin bajas en agosto de 1860. A continuación declaró el lugar puerto libre y empezó a recaudar impuestos para entregárselos a sus aliados británicos. Sin embargo, la llegada de otro buque de la Royal Navy exigiendo su rendición obligó a los expedicionarios a escapar.

El ejército hondureño los fue acorralando y finalmente los apresó. Curiosamente, Walker se autopresentó ante sus captores como presidente de Nicaragua pero no le sirvió de nada. Sus hombres fueron repatriados y él tuvo que afrontar un juicio del que salió con condena a muerte. Le fusilaron unos días después, el 12 de septiembre de 1860, mientras hacía gala de gran entereza. Aquel singular personaje pequeño, enjuto y algo tímido, fue enterrado con un funeral católico, puesto que se había convertido a esa fe durante su última estancia en EEUU; donde, por cierto, su suerte no le importó a nadie.

La tumba de William Walker en Trujillo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fuentes: La guerra de Nicaragua (William Walker)/William Walker y el ocaso del filibusterismo (Frederic Rosengarten)/How Tennessee adventurer William Walker became cictator of Nicaragua in 1857 (John E. Norvell)/Nicaragua y el intervencionismo norteamericano (1820-1930) (Nicolàs Ciarniello)/Un mundo aparte. Aproximación a la historia de América Latina y el Caribe (Antonio Núñez Jiménez)/Wikipedia