Prisco de Panio, el historiador romano que asistió a un banquete con Atila

El festín de Atila (Mór Than)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La irrupción de los hunos en Europa sacudió los cimientos del Imperio Romano, que no dudó en apodar a su jefe el Azote de Dios por la osadía de intentar conquistar Constantinopla y la misma Roma. La ironía es que, dado que el pueblo huno era fundamentalmente nómada, las fuentes primarias para conocer aquellos hechos son romanas y una de las más importantes es la que escribió Prisco de Panio, que además tuvo el privilegio de conocer personalmente a Atila al formar parte de una embajada enviada a parlamentar con él.

Los hunos no constituían un único pueblo sino una confederación de ellos, unos procedentes de los xiongnu de las estepas asiáticas y otros asimilados de las zonas balcánicas conquistadas. Se empezaron a expandir hacia el oeste en la segunda mitad del siglo IV empujando a los otros bárbaros como fichas de dominó: gépidos, hérulos, esciros, ostrogodos, visigodos… El rey Ruglia se atrevió a atacar los dominios de Teodosio II en el año 422 d.C. obligándole a pagar un tributo, saqueando varias urbes romanas de la zona balcánica y adueñándose de toda la zona.

El emperador Teodosio II/Imagen: Clio20 en Wikimedia Commons

Atila, sobrino de Ruglia, ascendió al poder en el 434, inicialmente compartiendo el trono con su hermano Bleda pero luego en solitario, tras la muerte -quizá asesinato- de éste. En el 447, Teodosio se vio imposibilitado para reunir el tributo debido a las revueltas sufridas por unos incidentes en el hipódromo, que provocaron la destrucción de buena parte de Constantinopla; ya vimos en otro artículo que las carreras de caballos solían acabar en disturbios, que en este caso se vieron agravados por una epidemia.

Ante la interrupción del pago, Atila reanudó su campaña contra los romanos, derrotando al ejército del magister militum godo Arnegiscio en el río Vid y entrando en territorio griego hasta alcanzar las legendarias Termópilas sin que nadie fuera capaz de detenerle. Constantinopla, amenazada, se libró gracias a que el enemigo carecía de maquinaria de asedio para superar sus formidables murallas pero los hunos eran dueños en la práctica de toda la región, así que se imponía volver a negociar.

Europa a mediados del siglo V d.C/Imagen: Wikimedia Commons

Ahí es donde aparece la figura de Prisco. Nació entre los años 410-420 d.C. en Panio, una ciudad tracia que hoy corresponde con la villa turca de Rumelifeneri (prácticamente un suburbio de Estambul). No sabemos nada de él antes del episodio que protagonizó en el contexto de la invasión huna. Únicamente que tenía una posición acomodada, lo que le permitía participar en la vida política hasta el punto de tener algún cargo. ¿Cuál? Por el acceso que parece tener a documentos oficiales hay quien considera que podría haber sido magister scrinii dispositonum (los scrinia eran los archivos de las cuatro oficinas imperiales ab epistolis, a libellis, a cognitionibus y a memoria).

Por lo demás, el manejo de esa documentación le facilitaba su otra ocupación, ya que se dedicaba a la historia y la filosofía, adscribiéndose en ésta a la rama sofística. Esa sapiencia seguramente fue la que le abrió las puertas a incorporarse a la comitiva del embajador Maximino, amigo suyo, dado que en el Bajo Imperio era costumbre incluir en las misiones diplomáticas a quien tuviera formación y fuera buen orador. Las negociaciones entre Teodosio y Atila se prolongaron tres años y parte de ellas las dirigió la susodicha embajada, que viajó a encontrarse con el rey huno en el año 448 d.C. y le acompañó en los desplazamientos que hacía por sus dominios sin que se materializase el plan secreto de algunos de sus miembros de asesinar a Atila.

Prisco (izquierda, con barba) y Maximino en el banquete de Atila (detalle del cuadro de cabecera)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Prisco dejó un relato de aquella experiencia -y una pormenorizada visión de los hunos- en una obra en griego de ocho volúmenes de los que sólo quedan fragmentos o citas reseñadas en los trabajos de otros cronistas. De hecho, ni siquiera conocemos cuál era su título original y suele dársele el de Historia bizantina. Narra las aproximadamente cuatro décadas transcurridas entre la subida al poder de Atila y Bleda, y la del emperador Zenón en el 475 d.C. Su importancia es tal que muchos de los autores posteriores la utilizan como fuente para sus propias obras, caso de Casiodoro (Historia Gothorum), Jordanes (De origine actibusque Getarum), Constantino VII Porfirogéneta (Excerpta historica Constantiniana), Evagrio Escolástico (Historia ecclesiastica) o incluso el anónimo que escribió esa insólita enciclopedia que es la Suda bizantina, de la que también hablamos aquí ya.

A pesar de que Prisco no dejaba de ser un cristiano en una corte pagana como la de los hunos y, por tanto, se sentía superior culturalmente a ellos, los expertos consideran que su Historia bizantina resulta bastante fiable y no adopta un punto de vista religioso sino meramente descriptivo, lo que le otorga un valor doble. Se le ponen pegas, por supuesto, como obviar información militar (quizá porque no la dominaba), errar en cuestiones geográficas o ser confuso al no traducir determinados términos, aunque todo eso se explica porque seguía los usos literarios del momento.

La provincia de Panonia/Imagen: Wikimedia Commons

En aquel encuentro de mentalidades tan diferentes, desarrollado no en una sino en muchas sesiones, hubo un momento especial: el banquete al que Prisco y Maximino fueron invitados por Atila en su campamento de Panonia (una provincia romana situada al sur del Danubio que englobaba partes de las actuales Hungría, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia y Eslovaquia). El evento tuvo lugar en un edificio de madera, decorado y desprovisto de medidas defensivas, donde vivía la familia real; de hecho, Prisco menciona que allí mismo estaba su cama, con sábanas y mantas bordadas, algo que le causó asombro por los prejuicios que tenía hacia un nómada salvaje.

Los romanos entregaron regalos a Kreka, la esposa del rey huno, y sus tres hijos, pasando luego a ser acomodados al final de la mesa (había varias, largas y paralelas a las paredes), a la izquierda (lugar de importancia menor), lejos del puesto principal para resaltar la superioridad de éste sobre sus invitados, según pensó el propio Prisco. Algo subrayado con el hecho de que a la derecha de Atila se sentara Onegesio, su consejero, un griego al que esclavizó en la campaña anterior pero que le deslumbró con sus conocimientos, don de lenguas y habilidad diplomática. Incluso se había colocado a un noble escita en un puesto mejor que a ellos, lo que podía considerarse un gesto de desprecio.

Claro que los romanos no estaban en situación de protestar; al fin y al cabo estaban allí para intentar conseguir unas condiciones de paz que no resultasen demasiado onerosas, así que siguieron el protocolo establecido. Además, los propios hijos del huno se ubicaban en la mesa que había al otro lado de la sala, de cara a su padre, al que mostraban un respeto reverencial no mirándole nunca a los ojos.

Un guerrero godo presenta a Atila un prisionero del Bósforo/ Imagen: Pinterest

Antes de sentarse era costumbre beber una copa de vino y saludar al anfitrión personalmente brindando a su salud. Así lo hicieron y entonces empezaron a llegar los platos. Primero carne, luego otras viandas típicas, pan… Todo servido en vajilla de oro y plata, aunque Atila prefería comer de un cuenco de madera y no vestía con lujo sino con la simpleza habitual en los suyos. Así lo relata Jordanes basándose en el testimonio de Prisco:

Se había preparado una lujosa comida, servida en vajilla de plata, para nosotros y nuestros bárbaros huéspedes, pero Atila no comió más que carne en un plato de madera. En todo lo demás se mostró también templado; su copa era de madera, mientras que al resto de nuestros huéspedes se les ofrecían cálices de oro y plata. Su vestido, igualmente, era muy simple, alardeando sólo de limpieza. La espada que llevaba al costado, los lazos de sus zapatos escitas y la brida de su caballo carecían de adornos, a diferencia de los otros escitas, que llevaban oro o gemas o cualquier otra cosa preciosa.

Antes de llegar la siguiente remesa de comida volvieron a brindar; después siguieron comiendo y el ambiente se fue alegrando, con canciones por parte de algunos comensales exaltando las virtudes guerreras de Atila. Algo que a Prisco le sorprendió porque era exactamente igual que en las veladas romanas, aunque más le asombró que el rey no mostrara ninguna emoción especial al oir la adulación. En realidad también permaneció impasible ante las gracietas de un escita algo loco que se usaba de bufón y sólo cambió el gesto a una sonrisa cuando entró a saludarle Ernas, su hijo pequeño. Prisco se muestra desconcertado por ello, ya que era difícil para un romano imaginar a un bárbaro mostrando sentimientos.

Pero en este caso había más porque Atila apenas prestaba atención a su primogénito. Otro invitado que se sentaba cerca de Prisco y con el que entabló conversación porque hablaba latín le aclaró las cosas (aunque los historiadores dudan de su existencia real y creen que pudo ser un personaje inventado por él para representar un debate comparativo entre las costumbres hunas y las virtudes de Roma). Se trataba de un liberto griego, un ex-exclavo de Onegesio capturado ocho años antes en Viminacium (actual Belgrado), que había decidido quedarse con los hunos estableciéndose entre ellos como comerciante. Este hombre le explicó que una profecía le había augurado a Atila que el futuro de su dinastía estaba en Ernas, de ahí que adorase a aquel niño.

Saqueo de Aquilea por los hunos (Steve Noon)/Imagen: Pinterest

La presunta charla con el griego continuó un buen rato porque le contó muchas cosas sobre la vida cotidiana de los hunos y los escitas que después Prisco pasó al papel. Finalmente, al ser una hora avanzada ya, se dio por terminado el festín y los romanos abandonaron el lugar. Prisco regresó a Roma y más tarde viajaría a Anatolia, regresando por Alejandría y Tebaida (Egipto), donde se vio inmerso en la controversia monofisita, para finalmente quedarse en Constantinopla trabajando a las órdenes de Eufemio, el magister officiorum (canciller) del emperador Marciano, entre el 450 y el 457 d.C; terminó sus días dedicado a la enseñanza de la filosofía.

En cuanto al resultado de las negociaciones, fue que Teodosio II debería pagar un tributo (las fuentes no concretan la cantidad pero fue superior a la anterior, que ascendía a 2.100 libras de oro anuales), así como dejar libre una franja de tierra cuya anchura iba de las 300 millas hacia el este desde Sigindunum (otra parte de Belgrado) hasta 100 millas al sur del Danubio. Tras el acuerdo, Atila marchó hacia las Galias para apoderarse del reino visigodo, en alianza con el titular del Imperio Romano de Occidente, Valentiniano III. Se sentía fuerte y predestinado porque poco antes, según contó el propio Prisco, se había descubierto casualmente una vieja espada cuya propiedad se atribuyó a Marte, el dios romano de la guerra, y se la entregaron, considerándose invencible desde entonces.

La historia a partir de ahí ya sería larga de contar y se saldría un poco de la figura de aquel historiador que murió en el año 472 pero tuvo la oportunidad de compartir mesa y mantel con el mismísimo Azote de Dios.

Fuentes: La civilización romana (Pilar Fernández Uriel e Irene Mañas Romero)/Breve historia de Atila y los hunos (Ana Martos Rubio)/The fragmentary history of Priscus. Attila, the huns and the Roman Empire, AD 430-476 (John Given)/The historians of late Antiquity (David Rohrbacher)/Wikipedia