De todas las imágenes que circulan por ahí para promocionar turísticamente países o rincones concretos pocas habrá tan espectaculares como la del Santuario de la Virgen de los Remedios con el volcán Popocatepétl detrás, con su manto de nieve encima y a veces incluso humeando. Es uno de los iconos de México, un país donde el principal atractivo reside en las ruinas de las civilizaciones prehispanas y muy especialmente en las pirámides que quedan en pie. Y resulta que precisamente la colina que corona ese templo mariano no es tal sino una antigua pirámide a la que la vegetación recubre como camuflaje. Y no una cualquiera sino la que tiene mayor superficie y volumen del mundo: la de Cholula.

Ese municipio del estado de Puebla era antaño una urbe sagrada, función en la que había sucedido a Teotihuacán, otro lugar donde hay dos imponentes pirámides de altura parecida que tienen cierta relación estilística. La de Cholula mide 64 metros (la teotihuacana uno menos) y aunque están por debajo de los 70 de Tikal o los 76 de la de Petén (no digamos ya de los 146 de la de Kéops en Giza), su verdadera baza se encuentra en su base de 450 x 450 metros y los 4.500.000 de metros cúbicos, que superan toda comparación.

La Pirámide del Sol, en Teotihuacán/Imagen: Arian Zwegers en Wikimedia Commons

Curiosamente, el término municipal se divide en dos partes, San Andrés y San Pedro, a causa de las dos urbes originadas en el siglo XII d.C. a raíz de la conquista tolteca-chichimeca, que desplazó hacia el sur a la cultura olmeca-xilanca previamente establecida; o en lenguaje más popular, los invasores cholultecas procedentes de Tollan frente a los colomoxcas autóctonos. Para entonces ya había un teocalli, por supuesto, pero los invasores construyeron otro en honor de Yacatecuhtli-Quetzalcoátl, cuya ubicación ocupa hoy el monasterio de San Gabriel, y le dieron el nombre de Tlachihualtépetl, que en náhuatl significa montaña hecha a mano. Cholula, por cierto, derivaba del término cholollan, es decir, lugar de refugio, en alusión a ese carácter sacro.

La montaña en cuestión no se levantó en dos días sino a lo largo de un milenio, probablemente desde el año 300 a.C, pues una de las grandes diferencias que tenían las pirámides mesoamericanas respecto a las de Egipto es que no eran definitivas sino que iban ampliándose con los ciclos calendáricos. Se han identificado cuatro etapas constructivas desde el Preclásico, aunque la mitología local atribuía todo a un personaje llamado Xelhua, cuya historia sorprendió a los españoles por su parecido con el Génesis.

La pirámide con el santuario encima y, en primer plano, la zona arqueológica/Imagen: Google Maps

En efecto, se contaba que hubo un tiempo 4.800 años después de la creación en que el mundo estaba poblado por una raza de gigantes y Xelhua fue el único que logró sobrevivir a las inundaciones provocadas por un diluvio, gracias a que se guareció en una gruta que tenía en un monte el dios de la lluvia, Tláloc. Cuando descendió el nivel de las aguas, Xelhua empezó a construir con adobes una gran pirámide con la que alcanzar el cielo. Eso desagradó al padre de los dioses, Tonacatecuhtli, quien lanzó una piedra al aire que al caer mató a muchos de los obreros, deteniendo los trabajos.

Por lo que vemos hoy, Xelhua había hecho ya una base de 160.000 metros cuadrados cuando la mano divina puso fin a su proyecto, sucediéndose media docena de estructuras superpuestas, algunas con enterramientos dentro; hasta cuatro centenares se han hallado, en su mayor parte del Postclásico. El uso como necrópolis continuó incluso cuando los toltecas dejaron de lado el edificio para hacer el suyo. A la llegada de Hernán Cortés y los suyos ya estaba semiabandonado y cubierto de maleza y, obviamente, no se hizo nada por limpiarlo (se dice que el primero en percatarse de que era una pirámide fue fray Toribio de Benavente), permaneciendo así hasta el siglo XIX.

Reconstrucción artística de la Gran Pirámide de Cholula/Imagen: dominio púiblico en Wikimedia Commons

Cortés eligió viajar hacia Tenochtitlán pasando por Cholula por el prestigio religioso que tenía el sitio, a pesar de que sus aliados tlaxcaltecas y totonacas le recomendaban no tomar ese camino por haber otro más corto y directo; pero, sobre todo, debido a que Cholula era una ciudad tributaria de los mexicas y podía preparar una encerrona. No obstante, el extremeño insistió en seguir para demostrar que no temía a nada y porque se trataba de una urbe importante, la segunda en tamaño de México con cerca de cien mil habitantes.

Los españoles fueron bien recibidos pero a los aliados indígenas no se les permitió entrar y al poco se empezaron a revelar algunas señales de una posible celada. Así, los tlaxcaltecas insistieron en que había acampado muy cerca un ejército azteca dispuesto a caer sobre ellos (los exploradores enviados a localizarlo no encontraron nada) y en el casco urbano se detectaron calles cerradas, fosos disimulados y parapetos en las azoteas que dieron mala espina a los soldados. Luego se produjo la revelación de una cholulteca a la Malinche (presuntamente a cambio de casarse con su hijo) de que, ciertamente, había una emboscada dispuesta.

Informado Cortés, decidió dar un escarmiento ejemplar y preventivo derrotando a miles de cholultecas en seis horas (él mismo y Bernal Díaz del Castillo refieren cómo los tlaxcaltecas fueron especialmente duros, aprovechando la ocasión para ajustar cuentas). Dos semanas después, asegurada esa vía de retirada, los españoles emprendieron de nuevo el camino a Tenochtitlán para encontrarse con Moctezuma, dejando el enclave dividido en dos partes ancestralmente rivales: las citadas San Andrés y San Pedro.

Tras la conquista, se intentó varias veces demoler la pirámide pero con semejantes dimensiones resultaba una tarea tan ardua que finalmente se optó por lo más práctico: situar en su cúspide una iglesia cristiana (tengamos en cuenta que las pirámides sólo eran estructuras para sostener un templo -o dos- en lo alto), sincretizando a la Virgen con la diosa Chiconauhquiauhitl, que era la que se adoraba allí justo en la última etapa pre-conquista (los toltecas abandonaron Cholula a comienzos del siglo XIV). Eso fue en 1594 y desde entonces el sitio recibió más daños: unos naturales, pues rayos y terremotos casi destruyen la iglesia; otros humanos, bien durante el período virreinal, por la construcción del Camino Real a Puebla, bien tras la independencia, por un tendido ferroviario.

Vista lateral de la pirámide cholulteca/Imagen: HJPD en Wikimedia Commons

Decía antes que se encontraron numerosos enterramientos, tanto en la pirámide en sí como el área arqueológica que la rodea, ya que hay un conjunto de edificios asociados. Buena parte de los cuerpos recuperados muestran signos de haber sido ofrecidos, incluyendo varios niños. Éstos solían ser elegidos para ese final por considerárselos ixiptlas, es decir, eslabones entre el mundo humano y el divino, especialmente propicios para agradar a Tláloc; recordemos que es probable que una pertinaz sequía, de la que se ha identificado registro, originase el mito de Xelhua.

La zona arqueológica abarca 154 hectáreas y empezó a ser estudiada en 1881 por el arqueólogo suizo Adolph Bandelier. Las excavaciones propiamente dichas se llevaron a cabo en dos fases. La primera entre 1931 y 1954, fue dirigida por el arquitecto Ignacio Marquina en el difícil contexto de la Guerra de los Cristeros. Consistió en la excavación de cuatro kilómetros (luego se duplicaría esa medida) de túneles internos para acceder a las subestructuras y que permitieron descubrir que la base era de ladrillos de adobe compactados con cerámica, grava y obsidiana; también facilitaron la extracción de piezas diversas (estatuillas, instrumentos musicales, armas…).

Uno de los túneles excavados en la pirámide/Imagen: diego_cue en Wikimedia Commons

La segunda fase, bautizada como Proyecto Cholula y con apoyo gubernamental, duró de 1966 a 1970 y estuvo dirigida por Miguel Messmacher, contando con la colaboración del hoy célebre Eduardo Matos Moctezuma. En ese lapso se sacaron a la luz algunos edificios y patios anexos y se extendieron las investigaciones a otros campos auxiliares, como geología, botánica o paleozoología. La idea era reconstruir todo el sitio, como se había hecho en otros lugares para fomentar el turismo, pero resultó imposible por la complejidad de lo que iba apareciendo y se perdió el interés, provocando el abandono de los trabajos.

Por eso la Gran Pirámide de Cholula sigue siendo una desconocida; sólo se han analizado tres de las estructuras superpuestas, las conocidas como Edificio A o La Conejera (una obra de época preteotihuacana), Edificio B o Pirámide de las Calaveras Pintadas (teotihuacana y cuyo nombre obedece a la abundancia de cráneos como motivo decorativo artístico) y Edificio C o Pirámide de las Nueve Historias (del siglo IV-V d.C. y llamada así por sus frisos pictóricos).

Maqueta del sitio arqueolíógico con un corte de la pirámide/Imagen: Mhaesen en Wikimedia Commons

Del enorme kilometraje de túneles únicamente están habilitados para su visita 800 metros (aunque el recorrido pasa ante el famoso mural de los Bebedores de Pulque) y hay que conformarse con admirar la montaña o sus componentes, caso de otros murales como el de los Chapulines, cuyos temas resultan obvios. También son dignos de mención el Patio de los Altares, un grupo de edificios que hace las veces de acceso principal, el altar ceremonial (de un conjunto de cuatro) o el resto de construcciones arquitectónicas que completan el sitio. Asimismo, hay un museo, por supuesto.

Claro que un visitante puede disfrutar igualmente con otras cosas relacionadas con Cholula en general y la pirámide en particular. Por ejemplo, el 8 de septiembre es la natividad de la Virgen María y en consecuencia se celebran multitud de fiestas religiosas en su honor. Una de ellas tiene lugar con la Virgen de los Remedios, patrona local a quien está dedicada la iglesia de la pirámide, como protagonista (recordemos, asimilada a Chiconauhquiauhitl). Se completa con un evento nocturno -la Procesión de los Faroles- el día 31 y, entre mayo y junio, con la Bajada de la talla de la Virgen para pasearla por las calles de la ciudad.

El gran teocalli de Cholula en honor de Yacatecuhtli-Quetzalcóatl (Historia Tolteca-Chichimeca)/Imagen: Arqueología Mexicana

Otra festividad, de signo formal diferente pero similar fondo, es la que se hace en el equinoccio de primavera para honrar a Yacatecuhtli-Quetzalcoátl, con asistencia tan masiva como las anteriores. Esos días la propia pirámide sirve de escenario para un acto folklórico que incluye música, danzas tradicionales y espectáculo pirotécnico, a despecho de algunos técnicos que creen que los temblores de las explosiones pueden provocar daños en los túneles. Cosas del Cerrito, como lo llaman los vecinos actuales.

Fuentes: Los túneles de la Gran Pirámide de Cholula, Puebla (Gabriela Uruñuela y Ladrón de Guevara, y María Amparo Robles Salmerón e Arqueología Mexicana)/Cholultecas. Fundadores e invasores (Eduardo Merlo Juárez en Arqueología Mexicana)/Costumbres funerarias y sacrificio humano en Cholula prehispánica (Sergio López Alonso)/Los antiguos reinos de México (Nigel Davies)/Puebla. Guía para descubrir los encantos del estado (Victor Manuel Jimenez Gonzalez)/Wikipedia

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