​Todo profesor, al empezar un nuevo curso, debe ir aprendiéndose poco a poco los nombres de sus alumnos. Más difícil lo tienen los jefes de grandes plantillas y no digamos los mandos militares. Julio César presumía de conocer a la mayoría de sus hombres aunque parece probable que se tratase más de autopropaganda que de otra cosa. Sin embargo, si hacemos caso a la leyenda, hubo un general romano que sí fue capaz de recitar los nombres de todos sus legionarios. Se llamaba Décimo Junio Bruto Galaico y lo demostró en Hispania.

En Galicia, para ser exactos, tal como nos indica el agnomen del personaje. Ocurrió en el siglo II a.C., por lo que ese territorio del noroeste ibérico aún no se había constituido como la provincia homónima (Gallaecia), ya que fue Diocleciano quien lo hizo a finales del siglo III d.C. Pero, evidentemente, Roma ya tenía puestos sus ojos en las riquezas naturales hispanas, hasta entonces explotadas sólo por factorías griegas y fenicias hasta que Cartago empezó a adueñarse de la mitad sur peninsular.

El enfrentamiento estaba servido porque los cartagineses amenazaban con hacerse con el control del Mediterráneo occidental, así que se desató la Primera Guerra Púnica entre los años 264 y 241 a.C. La victoria romana no hizo sino retrasar un nuevo y más decisivo enfrentamiento, la Segunda Guerra Púnica, que llegó en el 218 a.C. y se prolongó hasta el 201. También ganó Roma y eso le abrió las puertas de Hispania, pasando a ser la dominadora de la península en sustitución de Cartago.

La Península Ibérica a mediados del siglo II a.C/Imagen: Alcides Pinto en Wikimedia Commons

Como decíamos antes, en esa primera etapa la organización administrativa del territorio se limitó a dividirlo en dos provincias creadas en el 197 a.C.: la Citerior, que comprendía desde el Mediterráneo hasta Galicia con capital en Tarraco (por eso luego se rebautizó Tarraconense), y la Ulterior, con centro en Corduba (Córdoba), formada aproximadamente por lo que hoy son Andalucía y la mitad sur de Portugal (posteriores Bética y Lusitania). En la práctica, el control efectivo se hacía sólo sobre las franjas litorales -con mayor o menor extensión-, quedando casi todo el interior y el noreste bajo dominio sólo nominal.

Por supuesto, ese dominio no resultó sencillo. Los pueblos hispanos presentaron una denodada resistencia, paradigma de la cual fueron las Guerras Lusitanas, que transcurrieron paralelamente a las Celtíberas. Consistieron en dos movimientos de insurrección que empezaron en el 155 a.C. y no concluyeron hasta la muerte de su principal caudillo, Viriato. Pero como buena parte de la contienda consistía no en combates abiertos sino en forma de acciones de guerrilla, la pacificación se desarrolló de forma costosa y lenta.

En ese contexto aparece Décimo Junio Bruto Galaico. Si su agnomen es bien gráfico, decíamos, también resulta muy familiar su cognomen: efectivamente, fue abuelo de Marco Junio Bruto, el famoso ahijado de Julio César que terminó tomando parte en el complot para asesinarle. Nuestro protagonista, nacido en el 180 a.C., era hijo de Marco Junio Bruto (sí, se llamaba como su biznieto), el cónsul que sometió a los istrios, y padre de Décimo Junio Bruto, quien participó en la revuelta de Marco Lépido contra Quinto Cátulo y cuya esposa participó luego en la conspìración de Catilina.

La muerte de Viriato (José de Madrazo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Eso por citar sólo a algunos para no liar demasiado la cosa; todos ellos, como se ve, ocupando las altas magistraturas de la República. Y es que esa familia fue una de las más importantes de su tiempo junto con la de los Gracos y era uno de los pilares del partido aristocrático. De hecho, el consulado de Bruto, que obtuvo en el 138 a.C. junto a Publio Cornelio Escipión Nasica, se caracterizó por el enfrentamiento que mantuvo con los tribunos de la plebe, representantes del pueblo.

Nasica ya había sido uno de los enemigos de su primo Tiberio Sempronio Graco (ambos eran nietos del célebre Escipión el Africano), el hombre que como tribuno de la plebe lideró una revolución legislativa que pretendía proteger al estrato social bajo resdistribuyendo la tierra. Ahora, ese pulso entre magistrados se reproducía al oponerse los cónsules a la propuesta de los tribunos de crear una reserva de grano para la gente y el conflicto se complicó terminando con una acusación de prevaricación a Bruto y Nasica, lo que desembocó en su procesamiento y condena.

Publio Cornelio Escipión Nasica/Imagen: José Luiz Bernardes Ribeiro en Wikimedia Commons

Pero ese mismo año le encontramos viajando a Hispania para asumir el gobierno de la Ulterior y rematar el final de las citadas Guerras Lusitanas, que daban sus últimos coletazos bajo la dirección de uno de los sucesores de Viriato, Tántalo. El romano consiguió su rendición definitiva y pudo licenciar a su ejército, al que premió cediendo a sus soldados tierras en una isla fluvial situada en la desembocadura del río Turius, de la que nació una colonia que pasaría a llamarse Valentia Edenatorum, germen de la actual ciudad de Valencia.

Puede deducirse que la relación que Bruto mantenía con sus hombres era más estrecha de lo habitual entre un general y la tropa. Algo que tendría ocasión de demostrar en su siguiente campaña, en el año 137 a.C. Los lusitanos habían sido aplastados en la ulterior pero seguían dando problemas más al norte, entre los ríos Dourus (Duero) y Tagus (Tajo). Bruto se puso en marcha y fue empujando al adversario progresiva e implacablemente -arrasaba las ciudades que se resistían- hacia un pequeño río septentrional que separaba la Lusitania propiamente dicha de Gallaecia, región que los romanos llamaban así probablemente por habitar allí el pueblo céltico de los gallaeci.

La conquista romana del noroeste. Los colores verde y rojo corresponden a las Guerras Astur-Cántabras, la amarilla a la campaña de Julio César y la morada a la de Bruto/Imagen: Ravenloft-commonswiki en Wikimedia Commons

El río en cuestión era el Limia y el otro lado de su cauce resultaba desconocido aún, de ahí que la proverbial superstición de los legionarios, de la que ha quedado abundante registro epigráfico en toda España, identificara aquella corriente fluvial con el río Lete de la mitología griega, que ahora conocemos más bien por su versión latina, Leteo. Éste era uno de los que emanaban del Hades (el inframundo, a donde iban los espíritus de los muertos) y sus aguas tenían una singular cualidad: aquel que las bebiera perdía completamente sus recuerdos (de hecho, los fallecidos debían beber para olvidar su paso por la vida).

Así que Bruto se encontró de pronto con un inesperado problema: sus hombres se negaban a vadear el Limia por miedo a perder la memoria. Si no lo hacían los brácaros, una belicosa tribu céltica rebelde a la que llevaban persiguiendo desde su tierra (un área de la Lusitania septentrional donde más tarde Augusto fundaría Bracara Augusta, la actual Braga), saldrían indemnes y la campaña quedaría inconclusa. Para solucionarlo, cuenta Apiano, Bruto tomó personalmente el estandarte, cruzó el río en solitario y una vez en la otra orilla fue llamando a los soldados por sus nombres, uno tras otro, demostrando que el agua no le había hecho perder la memoria.

Décimo Junio Bruto Galaico vadeando el Limio en la Festa do Esquecemento/Imagen: Vía Lethes

A continuación continuaron su avance, pasaron otro curso fluvial, el Minius (actual Miño) y alcanzaron a los brácaros, a los que derrotaron. También vencieron a sus aliados gallaeci, que eran muy superiores en número y ése fue el triunfo que le valdría a Bruto el agnomen de Callaecus (Galaico). Las legiones emprendieron entonces el regreso, durante el cual arrasaron más ciudades lusitanas para asegurar el control de la zona, tal como demuestran las excavaciones arqueológicas en sitios como Águeda, Cividade de Terroso, Póvoa de Varzim y otras.

Todavía participaron en otra campaña contra los vaceos, auxiliando a los ejércitos del cónsul Marco Emilio Lépido Porcina. Éste había solicitado el asesoramiento de Bruto para combatir a los celtíberos de la Citerior: el sitio de Numancia fue el episodio más conocido de esa guerra, aunque terminó sin éxito por falta de suministros y a Lépido le costó el consulado. Bruto, en cambio, no sólo salió indemne sino que a su llegada a Roma en el 136 d.C. fue premiado con un triunfo y se le concedió el mencionado apodo; de hecho, con el botín obtenido financió la construcción de un templo en el Circo Flaminio dedicado a Hércules Galaico.

La Península Ibérica a finales del siglo I a.C, prácticamente conquistada/Imagen: Alcides Pinto en Wikimedia Commons

Siete años más tarde Bruto participaría también en la campaña de Cayo Sempronio Tuditano contra los yápidas ilirios, que se resolvió favorablemente gracias a su veteranía. Después regresaría a Hispania como procónsul de Lusitania, aunque su rastro histórico se pierde. Al parecer falleció en Lusitania en el 113 a.C., siendo procónsul del gobernador Cayo Mario.

Ahora bien Décimo Junio Bruto Galaico ha pasado a la historia, fundamentalmente, por protagonizar la anécdota del río Limia. ¿Cuánto hay de verdad y de leyenda en ella? Es imposible saberlo a ciencia cierta, obviamente, y es un episodio que conocemos sólo por la Historia Romana de Apiano. Sin embargo, el árbol no debe tapar el bosque; en la década de 1920, a orillas del río, en la parroquia de Baños de Bande, se encontraron los restos de Aquis Querquennis, un campamento romano, que tenía mucho que decir.

Los espectaculares restos de Aquis Querquennis/Imagen: Fundación Aquae Querquennae Via Nova

Su misión era vigilar la Vía Nova, es decir, la calzada XVIII que unía Asturica Augusta (Astorga) con Bracara Augusta (Braga). Eran tres centenares largos de kilómetros que atravesaban la actual provincia de Orense, construidos en tiempos de Vespasiano. El campamento, de tres hectáreas, es también de esa época (finales del siglo I d.C.), pero parece probable que antes de levantarse de forma permanente, con las dos vías transversales (cardo y decumanus), murallas, foso, barracones de piedra y diversos edificios administrativos (incluso hórreos), hubiera sido un castra improvisado a base de tiendas de campaña, acaso obra de las tropas de Bruto.

En cualquier caso, fuera cierto o no, desde 2001 se rememora el paso del Limia con un evento que organiza la Asociación Cultural Civitas Limicorum y que ha sido bautizado con el nombre de Festa do Esquecemento (Fiesta del Olvido). Hay bailes, talleres, un mercado de época, degustaciones de gastronomía romana, demostraciones ecuestres, bodas por ritos antiguos y los típicos espectáculos emulando luchas de gladiadores o carreras de carros. Pero el gran momento es la recreación histórica de la iniciativa de Bruto y las posteriores batallas entre legionarios y castrexos.

Fuentes: Historia Romana VI (Apiano)/An urbe condita-Historia de Roma desde su fundación (Tito Livio)/El ejército y la romanización de Galicia. Conquista y anexión del Noroeste de la Península Ibérica (Narciso Santos Yanguas)/La romanización (José María Blázquez)/Foro Limicorum/Fundación Aquae Querquennae Via Nova/Wikipedia

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