Cuando Mussolini se proclamó Protector del Islam tras la campaña de Libia

Mussolini esgrimiendo la Espada del Islam/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1938 se inauguró un monumento ecuestre en pleno centro de Trípoli (Libia) cuyo protagonista era Benito Mussolini. Con una inscripción en la base que le definía como «pacificador del pueblo» y «redentor de la tierra de Libia», el Duce se mostraba marcialmente a lomos de un estilizado corcel enarbolando una espada con su mano derecha. Se trataba de la plasmación escultórica de una foto realizada el año anterior con motivo de su designación como Protector del Islam.

Los italianos ocuparon Libia en 1911. Fue una invasión algo atípica porque no había de por medio intereses económicos, al tratarse de un lugar pobre y aparentemente sin recursos, aparte de carecer de importancia geoestratégica, regido además por un puñado de jefes beduinos. Simplemente era una cuestión de prestigio, de tener presencia colonial en el área mediterránea, donde Francia, España y el Imperio Otomano se repartían la franja costera septentrional de África.

Las tres provincias libias/Imagen: Rowanwindwishtler en Wikimedia Commons

La proximidad a la península italiana -de la que era considerada su prolongación- y la debilidad que atravesaban los turcos perfilaban a aquel territorio como pieza apetecible. En un año los italianos se adueñaron de él imponiéndose a los sanusíes, los miembros de una tariqa (orden) sufí en cuyas zaguías (una especie de monasterios) enseñaban su doctrina religiosa, de carácter ascético pero también suní e imperialista (en el sentido musulmán), aspirando a podar la fe islámica de las desviaciones acumuladas secularmente.

La Orden Sanusí cuajó especialmente en la Cirenaica, la más oriental de las tres provincias creadas por los otomanos, a los que había apoyado durante la Primera Guerra Mundial contra Italia (que en esa contienda, recordemos, estaba en el bando Aliado), a despecho de la paz firmada con el Imperio antes, en 1912, pactada relegando a los locales, que la rechazaron y mantuvieron acciones de guerrilla contra los nuevos invasores. Los turcos facilitaron armas y equipos pero no fue suficiente y el apoyo que dio Gran Bretaña a los italianos inclinó la balanza a su favor.

La Libia Italiana y su progresiva expansión: verde oscuro, territorio arrebatado al Imperio Otomano; negro, en la I guerra Mundial; rojo y verde, compensaciones del Tratado de Versalles por la I Guerra Mundial; blanco, conquistado a los sanusí; granate, la Franja de Auzou/Imagen: Rowanwinwhistler en Wikimedia Commons

Todo parecía haber terminado pero en 1923 estalló la Segunda Guerra Italo-Sanusí cuando el régimen fascista recién instaurado en la metrópoli empezó a aplicar una política expansionista por el país para controlarlo por entero, ya que, al haberse saltado Roma el Tratado de Acroma de 1917, que prometía autonomía, los rebeldes habían desafiado la autoridad italiana creando la República Tripolitana con un emir al frente: Sayid Idris, líder de la Orden Sanusí (que a la postre sería el primer rey de la Libia independiente, en 1951).

Las fuerzas italianas fueron imponiéndose a lo largo de una campaña de pacificación en la que los libios estaban a las órdenes de un carismático imán, también sanusí, llamado Omar al-Mukhtar. Éste, cuyo mando había sido autorizado por Idris, contaba con dos o tres millares de guerrilleros que solían tender emboscadas al enemigo aprovechando su mejor conocimiento del terreno. Eso prolongó la lucha y en 1928 Italia tuvo que destinar los métodos más modernos de que disponía para vencer aquella tenaz resistencia: tanques, aviones y gases (iperita y fosgeno).

El carro ligero Fiat 3000, empleado en Libia/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Finalmente, en 1930 y con expeditivos métodos, se impusieron las fuerzas del general Rodolfo Graziani. Se ignoran las cifras de bajas italianas pero unos doce mil prisioneros cirenaicos fueron ejecutados, sin contar la incidencia del conflicto en una población civil que se vio afectada por las armas químicas directa o indirectamente (envenenamiento de pozos) y recluida en campos de concentración tras duras marchas por el desierto. A los caídos en ellas, hubo que sumar los fallecidos en esos campos, donde las condiciones higiénicas eran penosas y se extendió el tifus, de manera que el total de muertos rondó los ochenta mil.

Dado que además se expropiaron sus propiedades, se clausuraron escuelas y mezquitas, y se suprimió la Orden Sanusí (Al-Mukhtar fue capturado y ahorcado en 1931), Mussolini entendió que era necesario italianizar Libia, por lo que empezó a incentivar el asentamiento de colonos de su país, fundamentalmente de las regiones meridionales. Para ello se les prometieron tierras gratis y como las mejores zonas de cultivo eran las litorales, los autóctonos fueron desplazados hacia el interior.

Omar al-Mukhtar tras su captura en 1931/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1934, uniendo las colonias de Tripolitania y Cirenaica, se creó la Libia Italiana, ampliada al año siguiente con la anexión de la Franja de Auzou (un centenar de kilómetros que hacían de frontera meridional con Chad). El gobernador Italo Barbo, un antiguo pionero de la aviación que luego se opondría a la alianza con Alemania y a la entrada en la Segunda Guerra Mundial, fue quien impulsó todas estas iniciativas, incluyendo importantes infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, hospitales…) que modernizaron la colonia y culminaron con la llegada entre 1928 y 1939 de los veintimili, una oleada de colonos campesinos cuyo nombre se debe a que eran unos veinte mil.

La Libia Italiana se unió así a la otra posesión colonial que había desde 1895, Eritrea, que en 1935 se ampliaría con la invasión de toda Abisinia para formar lo que se rebautizó como África Oriental Italiana. Era el momento de gloria de Mussolini, quien decidido a limar asperezas con el mundo islámico y acercarlo como aliado ante la hostilidad creciente de Reino Unido y Francia, definió a los libios como «musulmanes italianos de la cuarta orilla de Italia» y les restituyó las mezquitas y escuelas coránicas.

Italo Barbo en 1934/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En efecto, los musulmanes guardaban cierto resentimiento con las potencias occidentales porque, tras su lucha conjunta contra el Imperio Alemán en la Primera Guerra Mundial, habían sido marginados en las negociaciones del Tratado de Versalles e ignoradas sus peticiones, tal cual ocurrió también con Italia. Así que, astutamente, el Duce quiso encauzar ese sentimiento común en su favor y se hizo otorgar el título de Protector del Islam, que consideró que le correspondía como sucesor de la autoridad del califa otomano.

El nombramiento se hizo efectivo el 20 de marzo de 1937 en las afueras de Trípoli, a donde se desplazó ex profeso para protagonizar la correspondiente ceremonia oficial. Yusuf Kerbisc, un líder beréber partidario de los italianos, le entregó la Espada del Islam, el símbolo de esa autoridad, un arma de hoja recta de doble filo decorada con arabescos y cuya empuñadura era de oro macizo. La pieza, en realidad, carecía de tradición: el propio Mussolini se la había encargado a la empresa de orfebrería Picchiani e Barlacchi di Firenze.

La Espada del Islam/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Lo realmente curioso fue que la entrega se inmortalizó fotográficamente con el mandatario italiano a caballo, como describíamos al comienzo. Sin embargo, la instantánea mostraba a otros oficiales alrededor y unas palmeras de fondo que desviaban la atención; peor aún, se veía que las bridas del caballo estaban sujetas por un palafrenero para que el animal no se desmandase mientras el retratista hacía su trabajo. Eso hizo que el régimen ordenara retocar la imagen, eliminando esos elementos para dejar sólo al Duce espada en alto. No obstante, parece ser que las fotos originales se filtraron provocando la rechifla.

Una de las fotos originales/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero eso fue más tarde. De momento, Mussolini hizo una entrada triunfal en Trípoli al frente de una columna de caballería de dos mil seiscientos jinetes, siendo recibido con salvas de cañón mientras ostentaba la Espada del Islam y manifestaba su deseo de llevar la paz, la justicia y el bienestar a la gente, así como respetar las leyes del Profeta. Lo que consiguió en la práctica fue convertir Libia en un escenario bélico cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, tras usar la colonia como base para atacar Egipto.

Sayid Idris, rey de Libia independiente en 1951/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La derrota del Eje supuso la salida de los italianos de Libia en 1947, siendo así el primer país africano en lograr su independencia; fue en 1951 pero los ventimili pudieron quedarse hasta 1970, en que Gadaffi los expulsó. Para entonces la Espada del Islam había desaparecido. A partir de 1937 permaneció guardada en un relicario de cristal en Rocca delle Caminate, un antiguo bastión romano reconvertido en faro, situado en una colina de la región de Emilia-Romaña, que Mussolini usaba como residencia de verano.

Pero el lugar fue asaltado y saqueado por milicianos antifascistas en el verano de 1943, cuando se produjo la destitución del Duce, y aunque después se celebró allí el primer consejo de ministros de la Repubblica Sociale Italiana (la llamada República de Saló), la mayor parte de las cosas que había nunca se recuperaron. Así se perdió un pedazo de la historia de Italia y, en cierta forma, también de Libia.

Rocca delle Caminate/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fuentes:

El Magreb: del colonialismo al islamismo (Antoni Segura i Mas)/The origins of the Libyan Nation. Colonial legacy, exile and the emergence of a new nation-state (Anna Baldinetti)/Italian colonialism (Ruth Ben-Ghiat y Mia Fuller, eds)/A history of modern Libya (Dirk Vandewalle)/Mussolini’s propaganda abroad. Subversion in the Mediterranean and the Middle East, 1935-1940 (Manuela A. Williams)/L’Africa del Duce. I crimini fascisti in Africa (Antonella Randazzo)/Wikipedia.