Zenón, el emperador bizantino cuya mala suerte en el juego permitió reconstruir las reglas del backgammon

Jugadores de Tabula en una ilustración medieval del Codex Buranus / foto dominio público en Wikimedia Commons

El backgammon es un juego de mesa muy popular en el que dos jugadores compiten por liberar sus fichas antes que el oponente, moviéndolas cada uno por sus respectivas doce casillas estructuradas en dos cuadrantes según el resultado que arrojan dos dados. Su origen es milenario, quizá basado en el célebre Juego Real de Ur, en el Senet egipcio o puede que en otro incluso anterior. Las tabulas romana y bizantina, así como sus derivadas medievales, fueron claras antecesoras; sin embargo, esa conexión con el backgammon la conocemos gracias a una curiosa anécdota protagonizada por el emperador Zenón.

Flavio Zenón ascendió al trono del Imperio Romano de Oriente en el año 474 d.C. Había nacido cuarenta y nueve años antes en Isauria, una montañosa región del centro de Asia Menor equivalente a la actual Antalya turca que daría otro emperador más en el siglo VIII (León III), incorporada a la provincia de Cilicia tras su conquista por Roma en el tercer cuarto del siglo I a.C. y rebautizada como Zenópolis más tarde, por razones obvias.

Ubicación de Isauria, la región natal de Zenón/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

Zenón, cuyo nombre original era Tarasis Kodisas Rusombladadiotes, se dedicó al empleo típico de los isaurios, el de soldado. Los naturales de esa región eran muy apreciados en la guerra y muchos de ellos no sólo integraban las filas del ejército bizantino sino que eran destinados al cuerpo de Excubitores, la guardia personal del emperador creada por León I el Tracio en el año 460 d.C., una versión oriental de los pretorianos y en todos los sentidos, además, pues no sólo le protegían sino que varios de sus mandos llegaron a vestir la púrpura.

Pese a todo, los isaurios no gozaban de buena consideración en el imperio al tratarse de bárbaros. Tenían la ventaja, eso sí, de no ser paganos ni profesar versiones cristianas como el arrianismo sino la religión ortodoxa, lo que les otorgaba algo de reconocimiento e, importante, eliminaba un obstáculo a la hora de hacerse con el trono. Claro que para eso era necesario tener poder y tropas. Zenón las tenía porque había destacado como guerrero luchando contra Atila en el 447 hasta el punto de alcanzar el consulado generalato.

El llamado Missorium de Aspar muestra al magister militum junto a su hijo Ardaburio/Imagen: I. Sailko en Wikimedia Commons

Sólo le faltaba la oportunidad de trascender lo meramente militar y se presentó en el 466, cuando desveló unas cartas de Ardaburio, hijo de Flavio Ardabur Aspar, el magister militum alano de Oriente, en las que prometía ayuda al rey sasánida para atacar territorio imperial; fue premiado con el prestigioso cargo de comes domesticorum (jefe de una unidad de élite a las órdenes directas del emperador). Aspar intentó asesinarle pero falló y eso le supondría su propia condena a muerte más tarde. Zenón salió así fortalecido y pasó a ser magister militum, jefe absoluto del ejército y mano derecha del emperador.

Estaba plenamente integrado desde un punto de vista social, como prueba el que adoptase el nombre de Zenón cuando años atrás llegó a cónsul -hasta entonces usaba el suyo original- y que se casara en segundas nupcias con la hija mayor de León I, Ariadna. No se sabe qué pasó con su esposa anterior, Arcadia, pero la falta de noticias sobre un divorcio lleva a pensar que falleció. Según algunas fuentes, Arcadia le dio dos hijas: Hilaria y Theo (otras dicen que sólo una); con Ariadna tuvo un varón, León, a quien se designó como heredero imperial.

La emperatriz Ariadna, hija de León I y esposa de Zenón/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Zenón siguió guiando a sus tropas al combate contra vándalos, godos, hunos, gépidos… Como magister militum de Oriente se estableció en Antioquía, donde contactó y simpatizó con el monofisismo enredándose en cuestiones religiosas que estuvieron a punto de costarle el puesto. Doble peligro porque, entretanto, en el 470, el recalcitrante Aspar aprovechó para promocionar a su segundo hijo, Patricio, y casarlo con Leoncia, la hija pequeña de León I (la cuñada de Zenón, por tanto), y conseguir para el chico el nombramiento de césar.

La cosa no fructificó porque se produjo una revuelta, ya que nadie quería como gobernante a un bárbaro pagano. Y aunque se prometió su conversión a la fe ortodoxa, Zenón no se quedó de brazos cruzados; regresó a Constantinopla y se las arregló, junto a Basilisco (hermano de la reina madre y general también), para diseñar una conspiración de los excubitores isaurios que acabó con las vidas de Aspar y su vástago Ardaburio, como contábamos antes. Fue el final de la influencia germánica en la corte.

Busto de León I el Tracio/Imagen: Marie-Lan Nguyen en Wikimedia Commons

Zenón pasó a ser magister militum praesentalis y la jugada quedó rematada cuando su hijo fue nombrado césar en el 474. Pero León I murió ese mismo año y como León II aún era muy joven (tenía siete años) Ariadna y Verina (la viuda del fallecido) acordaron que Zenón fuera co-emperador junto a su vástago; sólo que éste también murió meses después y él se quedó solo al frente del imperio. Algo que no vio bien el pueblo, que pese a todo le seguía considerando un extranjero. Por eso su suegra apoyó en secreto un golpe protagonizado por Basilisco aprovechando que la atención del emperador estaba centrada en pactar la paz con los vándalos de Genserico.

Basilisco contó con el apoyo de Patricio (que había sobrevivido al affaire anterior y mantenía, dicen, un romance con la emperatriz viuda), el general ostrogodo Teodorico Stabo e incluso dos militares isaurianos en los que confiaba Zenón, Illos y Trocundo. Era el 475 y el emperador tuvo que escapar a Antioquía con su familia, algunos fieles y, lo más importante como se verá, el tesoro imperial. Se atrincheró en una fortaleza a la que sus excompañeros pusieron sitio, tomando de rehén a su hermano Longinos.

Imagen de Zenón acuñada en un tremisio/Imagen: Classical Numismatic Group en Wikimedia Commons

Pero no tardaron en surgir desavenencias entre los golpistas, por sus respectivas ambiciones y porque no había fondos, lo que obligó a decretar fuertes impuestos que provocaron el descontento. Zenón, que mientras había organizado un ejército, marchó sobre Constantinopla, compró la lealtad de Illos, sobornó a otros mandos y consiguió alentar un levantamiento popular que hizo poner en fuga a Basilisco, quien se refugió en la iglesia de Santa Sofía. Zenón entró en la capital prometiendo perdonarle la vida, aunque lo mandó encerrar en un fuerte de Capadocia.

En cambio no cumplió otra parte que era dejar al sobrino de Basilisco, Armatus, en el puesto de magister militum (lo mandó matar), como tampoco respetó la promesa de nombrar césar de Nicea al hijo de Basilisco, al que mandó tomar los hábitos. Claro que en esos momentos había preocupaciones mayores: del imperio de occidente llegaba la noticia de que Odoacro, jefe de los hérulos, acababa de deponer al emperador Rómulo Augústulo. La parte buena, por así decirlo, era que reconocía al emperador de Oriente como superior, así que se eligió el mal menor aceptándose a Odoacro como magister militum per Italiam.

Zenón recibe a los embajadores de Odoacro (Michael Golden)/Imagen: Pinterest

Era el final de una situación de decadencia total que ya venía de atrás, puesto que en el 472 el magister militum de Occidente, el burgundio Gundobardo, ya había proclamado para el trono al comes domesticorum Glicerio por iniciativa propia y al año siguiente León I se negó a reconocer a otro, Julio Nepote, eligiendo a Rómulo Augústulo, hijo del nuevo magister militum Orestes, como solución de compromiso. Nepote fue finalmente eliminado en el 480 y, para evitar la confrontación, Odoacro y Zenón llegaron al citado acuerdo. Así, el segundo asumía la corona del imperio unificado.

No faltaron problemas, sin embargo. En primer lugar la sublevación de Marciano, hijo del antiguo emperador de occidente Antemio; Marciano se había casado con Leoncia, la cuñada de Zenón, por lo que obtuvo dos veces el consulado y en el 479 trató de hacerse con el poder. El emperador logró huir gracias a que Illos sobornó a las tropas enemigas y luego dominó la rebelión encarcelando a Marciano.

Después fue el propio Illos el que, habiendo acumulado tanto poder, se convirtió en un riesgo que Zenón no quería correr, por lo que intentó deshacerse de él. Verina se percató de la situación y quiso sacarle partido montando un nuevo complot. Salió mal porque Illos no aceptó y fue desterrada a pesar de las súplicas de su hija Ariadna, esposa de Zenón, quien para vengarse intentó acabar con Illos. No tuvo éxito pero él resultó herido y, cansado de aquella turbulenta vida, prefirió dejar la corte, estableciéndose en Nicea.

Sólido de oro acuñado por el emperador Leoncio/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el 484 cambió radicalmente de opinión y encabezó una insurrección proclamando emperador a Leoncio, otro general isaurio. Inicialmente, la guerra fue favorable a los rebeldes pero más tarde se impuso el ejército imperial, engrosado con refuerzos macedonios, ostrogodos y escitas. Cuatro años después de iniciar aquella apuesta, Illos y Leoncio fueron apresados y ajusticiados, enviándose sus cabezas a Constantinopla.

Ahora bien, por la rendija abierta se había colado otro problema. Zenón había firmado la paz con Genserico, líder de los vándalos y alanos, reconociéndole rey del norte de África a cambio de tranquilidad. Sin embargo, los ostrogodos de Teodorico el Grande, que habían sido contratados para combatir a Illos como una manera de controlar su expansión por los Balcanes, seguían allí. Hábilmente, Zenón encauzó sus ansias guerreras hacia la península itálica ¿Por qué hacia allí? Porque Odoacro ya actuaba de facto como un rey independiente. Fue una jugada maestra porque, de un solo golpe, el Imperio Romano de Oriente se libró de uno y de otro.

Europa occidental en el siglo V d.C/Imagen: Rowanwindwhistler en Wikimedia Commons

El reinado de Zenón todavía duraría siete años más y fueron tan movidos como los anteriores. La religión, siempre fuente de discordias, fue el principal motivo. Consciente de la aversión popular por el monofisismo, cada vez más extendido por Oriente, Zenón promulgó el Henotikon, un edicto que pretendía armonizar esa corriente con la ortodoxa. Sus buenas intenciones chocaron con la realidad de la intransigencia, no contentando ni a unos ni a otros: el Papa lo rechazó, el Patriarca de Constantinopla le respondió por las malas y ya no hubo marcha atrás para el cisma entre ambas iglesias.

La aparición del nestorianismo y la revuelta de los samaritanos, perseguidos al negarse a convertirse, complicaron aún más las cosas. Pero la vida del emperador llegaba a su fin. No se sabe exactamente la causa, quizá disentería, quizá epilepsia, pero ocurrió en la primavera del año 491 sin dejar un sucesor, ya que León había fallecido una década antes y Zenón, el hijo que tuvo antes, también había expirado tiempo atrás.

La leyenda dice que le enterraron aún vivo -paradójicamente en Samaria- y se despertó en el sarcófago pero su esposa no permitió que lo abrieran. Es posible que los acontecimientos inmediatos lo expliquen porque Anastasio, un simple silentiarium (silenciario, responsable del orden y el silencio en la corte) de origen albanés al que se apodaba Dicorus por tener un ojo de cada color, subió al trono con el apoyo de Ariadna (que al poco se casó con él).

Reconstrucción de la partida de tabula jugada por Zenon (que usaba las rojas)/Imagen: TakenakaN en Wikimedia Commons

¿Y el backgammon? El cronista bizantino Jorge Cedreno, autor de un vasto Compendium historiarum (historia mundial desde la Creación hasta su época, el siglo XI) y el monje historiador Miguel Psellos, en su Cronografía. Vidas de los emperadores de Bizancio, dan fe de que Zenón era muy aficionado al juego de tabula. Cuentan que una vez, en el 480, sufrió una derrota en una partida que le afectó lo bastante como para escribir un epigrama sobre ella. Incluso sabemos cómo fue la tirada (véase la imagen adjunta): sacó con los dados un 2, un 5 y un 6 que le impedían mover y supusieron la victoria para el oponente.

Ese epigrama lo recogió en el siglo siguiente el historiador Agatías Escolástico en su Ciclo de Nuevos Epigramas, obra que sirvió de modelo en el siglo XIX para reconstruir las reglas del tabula, el antepasado del backgammon actual (que en castellano se llama tablas reales y en griego τάβλι, tabli). En suma, la mala suerte con los dados de un emperador tendría repercusión beneficiosa en la historia del ocio un milenio y medio después.

Fuentes: Historia del estado bizantino (Georg Ostrogorsky)/Breve historia del imperio bizantino (David Barreras Martínez y Cristina Durán Gómez)/Historia de Roma (Sergei Ivanovich Kovaliov)/Breve historia de Bizancio (Warren Treadgold)/Wikipedia