Emily Rosa, la persona más joven de la Historia en publicar en una revista científica, a los 9 años de edad

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Emily Rosa con once años de edad, en 1998, año en que se publicó su estudio/Imagen: LindaRosaRN en Wikimedia Commons

Es un poco triste que el nombre de Emily Rosa haya caído en el olvido y, en cambio, siga siendo habitual encontrarse el de la terapia cuya falsedad demostró, pero ya se sabe que hay campo abonado para la hidra, no de siete sino infinitas cabezas, que es la pseudociencia en sus múltiples variantes. Así que reivindiquemos aquí a esta niña que, además, fue la persona más joven en publicar un artículo de investigación, en una prestigiosa revista médica hace dos décadas.

Emily nació en Loveland, Colorado (EEUU), en 1987. Tenía nueve años cuando vio un vídeo sobre lo que se llamaba pomposamente toque terapéutico (TT), una forma de envolver semánticamente con un halo de ciencia lo que otros denominan por su nombre original, reiki. Lo habrán visto en infinidad de anuncios buzoneros: una técnica sanatoria creada en 1932 por un monje budista japonés llamado Mikao Usui y basada en el qi (chi) o prana, una fuerza vital universal indefinida (o sea, no medible ni cuantificable y, por tanto, de existencia imposible de probar empíricamente) que canalizada a través del reiki permite al practicante tratar enfermedades físicas y emocionales.

Mikao Usui/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El reiki es la fuerza natural que da vida y la puede transmitir una persona con poder a otra mediante la imposición de sus manos, de manera similar al ritual que llevaban a cabo los reyes de Francia con el pueblo llano siglos atrás en ocasiones especiales. Es decir, se trata de una practica de curación alternativa (aunque algunos dicen que su propósito real no es curar sino prevenir) que si bien remonta presuntamente sus orígenes a la medicina tradicional oriental, se recicló en los años setenta del siglo XX envuelta en esa apariencia más científica, cambio de nombre incluido, de la mano de la enfermera teósofa Dora Kunz, a la que luego completó y ordenó otra compañera de profesión, Dolores Krieger.

Emily, decíamos, la descubrió gracias a la controversia al respecto surgida en 1996, cuando la Asociación de Filadelfia para el Pensamiento Crítico y la Fundación James Randi (creada por el ilusionista homónimo para destapar los fraudes de la homeopatía, la parapsicología y otras pseudociencias) invitaron a más de medio centenar de enfermeras practicantes del toque terapéutico -entre ellas la citada Krieger, ofreciendo un premio de setecientos cuarenta y dos mil dólares a la que pudiera demostrar que poseía tal habilidad. Sólo una aceptó y, por supuesto, los resultados de las pruebas no fueron convincentes al tener únicamente un 50% de aciertos (debía diferenciar entre enfermos y sanos sólo acercando sus manos).

James Randi/Imagen: James Randi Educational Foundation en Wikimedia Commons

La cuestión del TT llamó la atención de Emily, que buscaba tema para un trabajo de la feria de ciencias que organizaba su clase de cuarto curso en la escuela. Vio un vídeo de Krieger donde varias enfermeras defendían la técnica y sintió curiosidad, encontrando así la manera de armonizar su interés con los deberes escolares. Así que, aprovechando un tablero de la feria, ideó un protocolo de doble ciego (un sistema basado en que ni los participantes de un estudio ni los investigadores saben qué individuos forman parte del grupo experimental, es decir, los que constituyen el objeto de la investigación, y cuáles del grupo de control, los meros placebos de relleno).

Con él realizó una prueba que constaba de dos fases. En la primera, desarrollada en días y meses diferentes a lo largo de aquel año, puso a prueba a una quincena de practicantes de TT con experiencia entre uno y veintisiete años. La segunda fue en 1997, cuando repitió la prueba a siete de ellos más otros seis pero todos el mismo día, con la excepcionalidad de que esta vez tuvo a tres adultos como supervisores: su padrastro (que era matemático y se encargó de las estadísticas), su madre (enfermera diplomada) y Stephen Joel Barrett (médico psiquiatra de la Universidad de Pensilvania, vicepresidente de la Asociación Nacional contra el Fraude en la Asistencia Sanitaria de los Estados Unidos, posteriormente creador de la web escéptica Quackwatch).

Así se desarrolló el estudio/Imagen: JAMA

Como se ve, personalidades del mundo académico se habían interesado por el experimento y, de hecho, esta segunda fase fue grabada por las cámaras del programa Scientific American Frontiers. La cosa incluso fue más allá porque la prestigiosa revista Journal of the American Medical Association publicó el estudio el 1 de abril de 1998 acompañado de una extensa bibliografía, haciendo que Emily pasara a ser la persona más joven en publicar en un medio de esas características, es decir, uno sometido a la revisión por pares (un arbitraje por el que autores de igual o superior nivel al que publica comprueban la calidad y el rigor de los artículos). Hasta la inscribieron en el Libro Guinness de los Récords.

El experimento consistió en que la niña pedía a los sujetos elegidos que pasaran sus manos palmas arriba por unas aberturas practicadas a una mampara de cartón (para impedir la visión) y ella pasaba sobre una de ellas la suya -previamente elegida por ellos como la que más fuerte emitía- para que averiguaran cuál era, sin tocarse. Emily realizó diez intentos con catorce sanadores y veinte con los otros siete, siempre aleatoriamente (a cara o cruz con una moneda) y apuntando los resultados. Al hacer el recuento la media de aciertos fue de sólo el 44%, que era más o menos el porcentaje correspondiente al azar, quedando demostrada la ausencia de base científica del toque terapéutico.

Tabla con el análisis estadístico de los resultados del test/Imagen: JAMA

El que fuera una menor la que protagonizó el estudio atrajo la atención mediática, no tardando en surgir críticas por el hecho de que el experimento se había presentado como un simple trabajo escolar y los voluntarios habían confiado en eso cuando lo cierto es que contaba con respaldo del mundo académico. Ciertamente, la segunda fase se hizo con patrocinio de Scientific American Frontiers pero con los sujetos sabedores de que estaban siendo grabados. Además, la etapa anterior se llevó a cabo sin mayores intenciones y fue meses después cuando Barrett recopilo, ordenó y publicó los resultados sin olvidar reseñar los nombres de la niña y sus padres.

En cualquier caso, Emily se convirtió en una pequeña celebridad y apareció en los periódicos como desenmacaradora de un timo. Su fama no fue tan efímera como cabría esperar porque en los años siguientes ganó varios premios en la feria de ciencias por otros trabajos -incluso la Fundación Nobel la distinguió- y en 2009 se graduó en Psicología por la Universidad de Colorado.

Emily ya adulta, junto a su madre/Imagen: Story-Kedo

No obstante, ganó la batalla pero perdió la guerra. Hoy en día el reiki no sólo sigue practicándose sino que medio Hollywood es adicto y encima, para bochorno de la Ciencia, algunos centros sanitarios lo toleran por el efecto placebo que produce y su teórica inocuidad.

Fuentes: El peligro de creer (Luis Alfonso Gámez)/A close look at therapeutic touch (Linda Rosa, Emily Rosa, Larry Sarner y Stephen Barrett en Journal of the American Medical Association)/Psicología (David G. Meyers)/The skeptic encyclopedia of pseudoscience (Michael Shermer, ed)/Wikipedia