Cronovisor, la estrafalaria historia del sacerdote que inventó la forma de ver y fotografiar el pasado

Imagen: Pinterest

¿Saben lo que es el Palantir? Los entusiastas de El Señor de los Anillos se lo podrán explicar: una esfera de piedra negra, muy pulida, que actúa como una especie de pantalla para ver lugares o sucesos remotos en el espacio o en el tiempo, o incluso para comunicarse con quien tenga otra. Pues bien, a principios de los años setenta surgió la noticia de que se había inventado un artilugio capaz de hacer algo parecido, gracias al cual no sólo se pudieron contemplar episodios de la Antigüedad sino también fotografiarlos. Era el llamado cronovisor.

Aquella década tuvo una imagen y una iconografía propias, muy características: pantalones de campana, hippismo, música disco, pacifismo exacerbado, la Guerra del Vietnam, los mondos cinematográficos, el zoom… Pero no hubiera sido igual sin la proliferación de temas esotéricos que alimentaron a un sinfín de revistas de temática afín. Ovnis, yetis, fantasmas, psicofonías y el monstruo del lago Ness fueron asiduos protagonistas en artículos de prensa que pretendían pasar por serios y a los que el tiempo fue poniendo en su lugar.

El Palantir de la película El Señor de los Anillos

Por eso el asunto del cronovisor encaja perfectamente en ese contexto. Lo dio a conocer el periódico italiano Domenica del Corriere en un artículo publicado el 2 de mayo de 1972 con el título Inventata la macchina che fotografa il passato (Inventada la máquina que fotografía el pasado) y en el que el monje y sacerdote benedictino Marcello Pellegrino Ernetti se presentaba como director de un equipo científico inventor del aparato en cuestión, anunciando que no sólo había podido ver a personajes como Cicerón o Napoleón sino que también tuvo ocasión de contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra o la fundación de Roma.

No obstante, todo eso era peccata minuta comparado con la gran revelación de que pudo asistir a todo el proceso de la Pasión de Cristo, desde la la noche en Getsemaní, pasando por el juicio de Pilatos, hasta rematar la faena al fotografiarle agonizando en la cruz. Ahí tienen las imágenes adjuntas, que resulta imposible comentar sin romper a reir. Claro que si de risas se trata, hay que revisar toda la historia del invento.

El artículo de Domenica del Corriere con la presunta de Jesus agonizante/Imagen: Pinterest

Según el monje, fue cosa de un equipo científico internacional que reunió a una docena de sabios, entre ellos nada más y nada menos que el ingeniero aeroespacial alemán Wernher von Braun (padre de las V-2 y pionero de los viajes espaciales) y el físico italiano Enrico Fermi (creador del primer reactor nuclear y premio Nobel); también citó a Agostino Gemelli, un prestigioso médico colaborador de Golgi que se había hecho franciscano, dirigiendo la Academia Pontificia de las Ciencias.

Ese grupo, decía, estaba a sus órdenes, lo que no deja de resultar sorprendente teniendo en cuenta que su currículum se reducía a la música medieval y al ámbito religioso; eso sí, con el extra de ser el exorcista oficial de la diócesis de Venecia. Por lo visto, Ernetti estaba limpiando unas grabaciones de cantos gregorianos cuando oyó una voz que le hablaba a través de la grabadora y que Gemelli reconoció como de su padre. Eso le llevó a plantearse qué pasa con los sonidos e imágenes que emiten las personas una vez que éstas mueren, en el sentido de si quedará algún tipo de huella.

François Charles Antoine Brune/Imagen: Élévation

Segun Ernetti, su equipo empezó a trabajar en ello en la segunda mitad de los años cincuenta pero ese proyecto no se conoció hasta que el sacerdote francés François Charles Antoine Brune coincidió con él durante un viaje y se convirtió en una especie de portavoz. Llegados a este punto conviene advertir que, casualmente, el galo era autor de varios libros de temática paranomal, de ahí que seguramente se le hiciera la boca agua ante la posibilidad de publicar algo al respecto. Y lo hizo.

El verdadero protagonista del caso es el cronovisor, una especie de aparato televisor que también constaba de un tubo de rayos catódicos pero no para recibir transmisiones de estaciones sino de la Historia, permitiendo buscar por ella personajes y momentos concretos decodificando radiaciones electromagnéticas para reproducirlas en la pantalla de forma coordinada con las ondas sonoras. Eso era posible (ejem…) porque, al ser energía -no identificada-, las imágenes y sonidos de antaño no se destruían sino que quedaban flotando en una sfera astrale -tampoco identificada- y sólo hacía falta una herramienta receptora. Por tanto, no eran en tiempo real sino reflejos, tal cual pasaría con las comunicaciones entre la tierra y una nave que emitiera desde otro planeta.

Marcello Pellegrino Ernetti/Imagen: Oddmag

De esta forma, Ernetti aseguraba haber visto la fundación de Roma por Rómulo en el año 753 a.C., escuchado la célebre acusación de Cicerón contra Catilina, asistido a la destrucción de Sodoma y Gomorra, contemplado las tablas de la Ley originales que Dios entregó a Moisés en el Sinaí y leído una obra perdida en el siglo I a.C., el Tiestes del dramaturgo romano Quinto Ennio, del que apenas quedan unos fragmentos y que el propio Ernetti recompuso. Obviamente, el capítulo de Cristo fue el más sensacional (ista), especialmente por el acompañamiento gráfico que publicó el periódico italiano.

Por supuesto, el montaje hacía aguas por todas partes a poco que se arañase un poco. No se trataba sólo de la improbable existencia de Rómulo -para muchos un personaje simbólico- o de la dudosa historicidad del final de las viciosas ciudades bíblicas a manos de la ira divina, sino también de cosas más tangibles, como que varios expertos en literatura clásica descalificaron la recomposición del Tiestes por resultar demasiado breve (en esa época debería haber tenido una duración diez veces mayor) o porque los nuevos versos incluían expresiones extemporáneas, posteriores.

La presunta foto de Jesús con sus discípulos y el cuadro de Johannes Raphael Wehle

Asimismo un lector de español en la capital italiana reconoció en la foto de Jesucristo crucificado la talla de madera del escultor español Lorenzo Coullaut Valera (el autor del monumento a Cervantes de la madrileña Plaza de España), realizada en 1931 y que se conserva en la Iglesia del Amor Misericordioso de Collavalenza, en Perugia; simple y burdamente se había invertido su reproducción en estampas, haciendo que mirase para el otro lado. Otra foto de Jesús entre los discípulos resultó ser eso precisamente, sí, pero procedente de un cuadro del pintor alemán Johannes Raphael Wehle.

A partir de ahí, Ernetti escurrió el bulto y se quitó de en medio para dedicarse a su verdadera especialidad musical. Falleció en 1994 asegurando que el Vaticano estaba al tanto del cronovisor (del que, por supuesto, nunca se mostró un prototipo más allá de esquemas de funcionamiento muy básicos) pero que finalmente había ordenado mantener silencio sobre el tema al ser contrario al libre albedrío del Hombre; por eso había mandado incautarlo. Claro que también circuló otra versión en la que el propio benedictino habría desmantelado el artilugio para evitar que cayera en malas manos.

Esquema del cronovisor/Imagen: Pinterest

Tras el óbito, llegó a la prensa un documento anónimo cuyo autor decía ser pariente de Ernetti y en el que se aseguraba que antes de dejar este mundo había confesado que todo fue un fraude, siendo el Tiestes de su puño y letra mientras que la foto era un montaje; eso sí, lo había hecho de buena fe esperando que algún día se pudiera fabricar un cronovisor de verdad. El padre François Brune negó credibilidad a esa nota sugiriendo en cambio que Ernetti fue obligado a guardar silencio por el Papa Pío XII (que, por cierto, murió en 1958, por lo que las fechas van un poco justas).

En cualquier caso quedaba establecida una nueva teoría de la conspiración que incorporar a una larga lista y que incluía, como no, la necesidad de guardar en secreto un mensaje que, de hacerse público, podría cambiar las concepciones cristianas. Y es que el cronovisor habría permitido leer los Diez Mandamientos originales, que al parecer no eran exactamente los mismos. Brune le sacó rendimiento a todo esto en 2002 con su libro Le nouveau mystère du Vatican (El nuevo misterio del Vaticano).

Ernetti con Pío XII

Ahora bien, quizá resultaría igual de interesante leer dos novelas cortas de ciencia ficción tituladas E for Effort y The dead past. En la primera, escrita por Thomas L. Sherred y publicada en 1947, el protagonista es un inventor que proyecta películas históricas que ha grabado de la realidad gracias a un aparato de su invención que le permite ver en el tiempo. La segunda, firmada por Isaac Asimov y publicada en 1956, describe una sociedad distópica controlada por un superordenador que, para optimizar recursos, impide que cada científico sepa nada de un campo que no sea el suyo… hasta que un historiador decide investigar por qué se le deniega el acceso al cronoscopio, una herramienta que permite ver el pasado.

Lo cierto es que la idea fue tratada también por otros ilustres escritores del género como, entre otros, Arthur Clarke (The Light of Other Days), Damon Knight (I see you) o John Varley (Millennium). Ahora bien, los argumentos de Sherred y Asimov resultan especialmente significativos por ser anteriores pero sospechosamente próximos al esperpéntico episodio contado aquí. Qué partido le hubiera sacado a esto otro escritor muy diferente, Valle-Inclán.

Fuentes: Crononautas (Alejandro Polanco)/Le nouveau mystère du Vatican (François Brune)/La memoria íntima de Dios (Martín y Rodero)/Wikipedia