Wolfskinder, los niños huérfanos alemanes en territorio soviético tras la Segunda Guerra Mundial

Wolfskinder, los niños huérfanos alemanes en territorio soviético tras la Segunda Guerra Mundial 2 mayo, 2018

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de viajes y turismo desde 2009 en Viajeros. Editor de La Brújula Verde. Forma parte del equipo de editores de Tylium.

Fotograma de la película alemana Wolfskinder (Rick Ostermann, 2013)

Abandoned and forgotten. An orphan girl’s tale of survival in World War II es el título de un libro autobiográfico cuya autora, Evelyne Tannehill, cuenta cómo su familia se separó durante la Segunda Guerra Mundial después de que las tropas rusas los echaran de la granja donde vivían junto al Báltico, en Prusia Oriental, y la odisea que vivió hasta que en 1991, tras el colapso de la URSS, pudo regresar. Evelyne fue una Wolfkind, es decir, una Niña-Loba, apelativo que no tiene nada que ver ni con el cine de terror ni con los pequeños criados en la naturaleza al estilo Rómulo y Remo -al menos directamente-, sino que se refiere a aquellos pequeños de familias alemanas que quedaron huérfanos y tuvieron que sobrevivir por su cuenta en regiones donde lo germano había pasado a estar proscrito.

Porque Evelyne no fue un caso único, ni mucho menos. Hubo muchos. Tantos que hoy en día han creado una asociación llamada Edelweiß-Wolfskinder, que tiene sedes en Vilnius y Klaipėda, en Lituania, país donde se cuenta el mayor número de ellos. Son en torno a un centenar, una cifra progresivamente decreciente debido a que todos son ya ancianos y van falleciendo, por lo que tratan de mantener latente su historia y, en la medida de lo posible, encontrar o saber cuál fue el destino de sus padres y parientes.

Desde los años noventa también reivindican la concesión de la nacionalidad alemana y ayudas para establecerse en el país de sus ancestros y su cultura. De momento, el gobierno teutón no contempla nada al respecto y se remite a la comunicación que hizo en su momento, en el sentido de que quienes abandonaron Prusia Oriental tras la Segunda Guerra Mundial habían renunciado de facto a la ciudadanía alemana. Así, fue el gobierno lituano el que les concedió una indemnización en 2008, si bien reciben donaciones de particulares coordinados por Wolfgang von Stetten, un abogado y diputado de la CDU (Unión Demócrata Cristiana de Alemania) célebre por impulsar la independencia de los países bálticos de la Unión Soviética y su ingreso en la UE y la OTAN.

Suele decirse que los niños son la primeras víctimas de una guerra (después de la verdad). Sin embargo, no resulta raro que a menudo sobrevivan a sus familias en determinadas condiciones. Es lo que ocurrió en Prusia Oriental entre finales de 1944 y principios de 1945. Prusia era un antiguo reino de población germana que en 1918, por el Tratado de Versalles, quedó escindido en dos zonas aisladas, la oeste de mayoría polaca y la este de mayoría germana; el llamado Corredor Polaco o Corredor de Danzig, cuyo objetivo era dar salida a Polonia al mar Báltico, era su único nexo de unión.

Prusia Oriental hasta el inicio de la II Guerra Mundial/Imagen: Wikimedia Commons

En ese contexto, a finales de la contienda, el avance del Ejército Rojo sobre la zona era imparable y las familias alemanas se dispusieron a huir pero las autoridades alemanas vieron el riesgo de desmoronamiento del frente y Erich Koch, el gobernador, prohibió tajantemente la evacuación. Así se mantuvieron las cosas hasta el último momento, cuando finalmente se impuso la realidad. Millones de personas se vieron envueltas entonces en un caos de miedo y desesperación en busca de medios para escapar bajo los bombardeos enemigos.

La situación era ya extrema y se produjeron miles de muertos, quedando multitud de niños huérfanos. Unos cayeron también, otros se convirtieron en presas fáciles de criminales de todo tipo. Pero algunos se las arreglaron para sobrevivir. ¿Cómo? Las experiencias fueron diversas, obviamente, pero en general tuvieron un punto en común: marchar hacia la vecina Lituania, donde encontraron una buena acogida por parte de los campesinos locales. Éstos les proporcionaban alimentos y refugio, contratándolos y, a veces, incluso adoptando a los más jóvenes. La voz se corría entre los chicos y Lituania pasó a ser una especie de santuario para huir de la miseria.

Erich Koch/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

Los campesinos bautizaron a aquellos huérfanos como vokietukai, que significa “pequeños alemanes”, aunque el nombre que ha prevalecido es el de Wolfskinder, en alemán Niños-Lobo, recordando así las historias de los que se crían sin padres en la naturaleza. Porque no todos tuvieron la fortuna de dar con una familia lituana de acogida, claro, de manera que tampoco faltaron huérfanos que acabaron malviviendo por su cuenta en los bosques y entornos de estaciones ferroviarias a base de mendicidad o rapiña, especialmente los que se tuvieron que quedar en los alrededores de Königsberg (la capital de Prusia Oriental, rebautizada como Kaliningrado).

Además las autoridades soviéticas prohibieron las adopciones en 1946, lo que obligó a los lituanos a cambiar el nombre germano de los niños por otro, generando así un problema a la hora de cuantificarlos e identificarlos. No hay, por tanto, estadísticas fiables y hay que basarse en cálculos aproximados que sitúan en ese país a unos cinco mil niños y jóvenes alemanes hacia 1948. Sus verdaderas identidades no se revelaron hasta principios de los noventa, cuando se disolvió la URSS.

Las autoridades soviéticas, no obstante, no se habían desentendido del problema, internando a los niños en orfanatos militares o en aldeas infantiles creadas específicamente como las de Pinnow, abierta en 1948. También autorizando adopciones pero por parte de familias rusas (los archivos sobre el tema, al parecer, aún no se han abierto al público, quizá en espera de que pase aquella generación).

Cambios en las fronteras alemanas desde el Tratado de Versalles hasta el final de la II Guerra Mundial/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La razón es que el norte de Prusia Oriental fue adjudicado a la Unión Soviética en la Conferencia de Postdam y se procedió a desgermanizar el entorno de la región de Könnisberg (actual Samland), reasentando a unos treinta mil alemanes de Kaliningrado de los que cuatro mil setecientos eran menores. A partir de octubre de 1947 se los envió por ferrocarril a la zona soviética de ocupación de Alemania, la que luego originaría la RDA (República Democrática Alemana), y se continuó esa política a lo largo de los años siguientes en sucesivos traslados, sumando en total en torno a cien mil personas. Aquellos viajes hacia el oeste no eran precisamente de placer. La penuria de la posguerra hizo que se recurriera a los siniestros vagones de tren en los que la gente debía permanecer hasta una semana sin baños y escasa comida.

Todo esto se llevó a cabo con el habitual secretismo, hasta el punto de que no hubo consciencia pública de ello en el momento y la creencia oficial era que no había alemanes en Prusia Oriental, bien porque fueron evacuados ante la llegada del ejército rojo, como contábamos al comienzo, o bien porque al regresar a sus casas las encontraron destruidas y optaron por irse definitivamente. Así siguió, a despecho de las voces de un pequeño número de Wolfskinder que lograron pasar de la RDA a la RFA (República Federal Alemana), donde quedaron internos en centros de detención hasta la promulgación de la Ley Federal de Refugiados de 1953, que permitió su salida e integración.

Alemanes deportados tras la II Guerra Mundial/Imagen: Forrás en Wikimedia Commons

A partir de 1991, con la glasnost de Gorbachov, se dio a conocer ese episodio histórico y la Cruz Roja empezó a ayudarlos a localizar familiares. Gracias a ello se pudo saber qué fue de unos doscientos mil desaparecidos de origen alemán; unos habían muerto, otros fueron prisioneros de guerra y muchos simplemente se desperdigaron para sobrevivir. En memoria de todos los Wolfskinder -y de los lituanos que les ayudaron- se ha erigido un monumento cerca de Sovetsk, la antigua Tilsit.

Fuentes: Abandoned and forgotten. An orphan girl’s tale of survival in World War II /Evelyne Tannehill)/The expulsion of the “German” communities from Eastern Europe at the end of the Second World War (Steffen Prausser y Anton Rees, eds)/Los niños de la guerra (Yury Winterberg y Sonya Winterberg)/Forgotten voices. The expulsion of the germans from Eastern Europe after World War II (Ulrich Merten)/Orderly and humane. The expulsion of the germans after the Second World War (R.M. Douglas)/The Wolfskinder Project /Wikipedia

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