La República de Ezo, el primer y efímero estado independiente democrático japonés, defendido por oficiales franceses

Los fundadores de la República de Ezo. El primero sentado por la derecha es el presidente, Enomoto Takeaki/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

¿Recuerdan que hace unos días hablábamos de Tavolara, una isla sarda teóricamente independiente del resto de Italia? Pues Europa no es un lugar único en eso de tener territorios escindidos de estados mayores. En Asia hay algunos ejemplos, siendo quizá el más conocido el de Taiwán. Uno muy parecido a éste, y sin embargo prácticamente ignoto debido a lo efímero de su existencia, fue el de la República de Ezo, en Japón.

Nació, cosa típica, como consecuencia de un conflicto armado, la Guerra Boshin, una contienda civil que enfrentó a los partidarios del shogunato Tokugawa y los defensores del poder imperial. Fue entre 1868 y 1869, como resultado de la apertura que el Bafuku (gobierno) desarrollaba hacia los extranjeros desde que los estadounidenses lo impusieron por la fuerza en 1854 y que no gustaba a los guardianes de las esencias tradicionales niponas, dejando ya muy atrás las visitas europeas del siglo XVI.

Mapa de la Guerra Boshin/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El Shogun, que presidía el ejecutivo, no aplicaba esa política por gusto sino consciente de su incapacidad para hacer frente a la tecnología militar occidental pero algunos daimyos (feudos) se negaban a aceptar de buen grado que unos bárbaros decidieran en su país. El descontento se plasmó en un movimiento xenófobo llamado Sonnō jōi que el propio emperador, Kōmei Tennō, veía con simpatía hasta el punto de que ordenó la expulsión de los occidentales en 1863; eso provocó el asesinato de un comerciante inglés y la consiguiente represalia en forma de cañoneo naval sobre la ciudad de Shimonoseki.

Esta tensa situación de agresiones y bombardeos de respuesta se repitió varias veces, eclosionando en Kioto en un alzamiento armado, la rebelión Hamaguri, que el Shogun reprimió contundentemente. Sin embargo, ya estaba abierta la puerta: uno tras otro, los daimyos reticentes empezaron a desobedecer al gobierno organizándose en la alianza Shishi. Los occidentales, que no eran ajenos al cariz que tomaba la cosa, hicieron negocio enviando material militar y asesoramiento para modernizar al atrasado ejército japonés, aunque la rivalidad entre británicos y franceses provocó que unos y otros apoyaran soterradamente a bandos distintos: Londres a los Shishi, París al Shógun.

Meiji Tennō en 1872/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En 1866 el clan Chōshū dio un golpe de estado contra los Tokugawa en lo que constituyó el prólogo de la guerra civil. El estallido de ésta se retrasó por una casualidad: a finales de ese mismo año fallecieron, casi simultáneamente, el shōgun Iemochi y el emperador. Sus sucesores respectivos fueron Tokugawa Yoshinobu y Mutsuhito, un adolescente más conocido como Meiji Tennō. Pero al poco de entrar en 1868 ya no hubo forma de detener el fuego. Los insurrectos entraron en palacio y decretaron la abolición del shogunato, lo que significaba que el trono recuperaba el poder absoluto.

Yoshinobu no se resignó y la disputa pasó de las altas instancias al campo de batalla. Los Tokugawa se encontraron con que el emperador apoyaba a los Shishi, que además se beneficiaron de las modernas armas occidentales introducidas en el país, así que el clan que ostentaba el shogunato ancestralmente, abandonado poco a poco por sus partidarios, terminó derrotado; Yoshinobu ya sólo contaba con apoyo francés pero el compromiso internacional de no intervenir lo hacía poco más que testimonial.

Tokugawa Yoshinobu en una pintura con base fotográfica del artista Tamaki Kinji/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En octubre de 1868 la capital, Edo, fue rebautizada como Tokio y la llamada Restauración o Era Meiji daba comienzo. Yoshinobu se retiró de la política pero el almirante Enomoto Takeaki, siguiendo recomendación francesa, se refugió en la isla septentrional de Hokkaidō (que es la segunda más grande del archipiélago pero que estaba menos habitada) con los restos de la flota y miles de sus hombres, dispuesto a fundar un estado propio. Así nació, el 27 de enero de 1869, la República de Ezo, que frente al absolutismo Meiji (que después cambiaría), adoptó un sistema parlamentario similar al de EEUU, con sufragio universal y el mismo Enomoto como sosai (presidente); el primer mandatario nipón elegido democráticamente en su historia.

El nuevo estado, cuya bandera tenía un crisantemo (la flor nacional) que contenía una estrella roja de siete puntas, todo ello sobre fondo azul, trató de alcanzar legitimación internacional para la naciente república invitando a los gobiernos del mundo a emplazar embajadas. Por otra parte, el coste económico que suponía todo aquello se financió con ciento ochenta mil ryō (monedas de oro) que se habían sacado del Castillo de Osaka después de que Tokugawa Yoshinobu tuviera que dejarlo precipitadamente el 31 de enero de 1868, tras la decisiva derrota en la Batalla de Toba-Fushimi, librada en Kioto ante el ejército imperial.

La sede del gobierno de la República de Ezo, situada dentro de la fortaleza de Goryōkaku/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Jules Brunet, el consejero galo de Enomoto, un veterano de la intervención en México aunque en realidad sólo era capitán, intentó asentar algo de la cultura de su país y se encargó de buena parte de la organización administrativa estatal en aquellos primeros momentos, tanto en el plano territorial como en el militar. En eso último procedió a levantar fortificaciones y asegurarse la lealtad de los oficiales, ya que faltaba conseguir el reconocimiento de Tokio y éste, como cabía esperar, lo denegó tajantemente. Así, la capital, Hakodate, fue protegida con improvisadas defensas y la erección de la fortaleza de Goryōkaku; justo a tiempo porque en abril se presentó allí la armada imperial acompañada de un ejército de siete mil soldados.

Los defensores se dividían en cuatro brigadas, cada una a las órdenes de un oficial francés (Arthur Fortant, Jean Marlin, André Cazeneuve y François Bouffier) y subdivididas respectivamente en dos, dirigidas ya por japoneses. El mando total era conjunto, compartido entre el ministro de guerra Ōtori Keisuke (un diplomático sin apenas experiencia militar) y el citado Brunet (que había desoído la orden de regresar a su país porque confiaba en que, una vez asentada la república, podría intentar la reconquista del resto de Japón).

Mandos militares japoneses y franceses; el segundo por la izquierda, sentado, es Brunet/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El castillo fue sitiado y la dirección de las operaciones por parte de Keisuke resultó bastante torpe, hasta el punto de ganarse una mala reputación en su propio bando. Más aún cuando quedó claro que la República de Ezo no estaba en condiciones de resistir a pesar del esfuerzo de Enomoto. Tras la llamada Batalla de Hekodate, adversa para los defensores, Keisuke recomendó al presidente la rendición en lugar de resistir hasta la muerte como era el deseo de éste, de manera que la posición se entregó el 27 de junio de 1869 al general imperial Kuroda Kiyotaka quien, impresionado por la heroica actitud de Enomoto, le perdonó la vida.

Enomoto estuvo un breve tiempo en prisión, al igual que Keisuke. Ambos quedaron libres en 1872 y gracias a la visión de futuro del emperador, resuelto a modernizar el país y acabar con la discordia, pudieron reintegrarse a la vida del nuevo Japón Meiji: el primero pasó a ocupar varios cargos públicos, entre ellos el de embajador en Rusia; el segundo sería puesto al frente de una universidad y más tarde se le nombró embajador en China. Entretanto, Tokunagwa Yoshinobu llevó una vida relajada dedicado a las artes plásticas (pintura, fotografía) y practicando deportes cinegéticos, siéndole restituidos sus títulos nobiliarios.

Pintura japonesa de la Batalla de Hakodate hacia 1880/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En cuanto a Brunet, logró huir y volvió a Francia, donde sus aventuras eran tan populares que el gobierno desatendió la petición japonesa de castigarlo, limitándose a suspenderlo de empleo seis meses. Luego se reincorporó al ejército, combatió en la guerra Franco-Prusiana (cayó prisionero en Metz), participó en la represión de La Comuna y, llegó a general de división, asumiendo la jefatura del Estado Mayor en 1898; unos años antes había recibido el perdón oficial japonés -e incluso fue condecorado- gracias a que su antiguo colega, Enomoto Takeaki, había sido nombrado ministro de marina.

El último personaje de esta turbulenta pero fascinante etapa de la Historia de Japón es el emperador Meiji Tennō, quien logró occidentalizar el país hasta convertirlo en una potencia mundial.

Fuentes: Historia de Japón (Brett L. Walker)/Foreigners in Japan. A historical perspective (Gopal Kshetry)/Shinsengumi. The Shogun’s last samurai corps (Romulus Hillsborough)/Emperor of Japan. Meiji and his world, 1852–1912 (Donald Keene)/The making of modern Japan (Marius B. Janssen)/Wikipedia