Kriegsspiel, el juego de mesa que entrenó a los oficiales prusianos para ganar la guerra con Francia

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Un Kriegsspiel actual reproducción del original/Imagen: Matthew Kirschenbaum

¿Qué tenía aquel ejército prusiano que deslumbró al resto de Europa en el siglo XIX? ¿Cómo entrenaba a sus oficiales y mandos para conseguir tal nivel de efectividad que durante más de un siglo provocó la admiración general y no sólo convirtió un puñado de estados disgregados en un único país sino que hizo de él una potencia europea? La respuesta es que hubo varios factores, como siempre, pero vamos a ver uno de los más inauditos: Kriegsspiel, un juego de mesa que desarrollaba estrategias militares.

Hay que remontarse al siglo XVIII para ver cómo aquellos mercenarios que en la centuria anterior Federico Guillermo I de Brademburgo había convertido en un recio ejército permanente, fueron llevados por su nieto Federico II el Grande a la victoria en las Guerras de Silesia ante el Sacro Imperio Romano Germánico. De esta forma, los prusianos pasaron a ser un modelo que sólo cedió ante la formidable Grand Armeé napoleónica, aunque después, ya bien entrada la época decimonónica, renacieron bajo la máxima “Prusia no es un Estado con Ejército, es un Ejército con Estado”.

Federico el Grande/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tras imponerse sucesivamente al emperador, Dinamarca, Austria y otra vez Francia, fue la herramienta de la unificación germana ante la admiración general. Nombres como Bismarck, Moltke o Schlieffen, entre otros, se hicieron sinónimos de brillantez estratégica y táctica. Todos tenían un curioso detalle en común: la práctica del Kriegsspiel, un juego de simulación militar que desde su invención sirvió para fomentar y estimular la iniciativa y la praxis bélica entre las escalas superiores.

No en vano el título de su reglamento era Anleitung zur darstellung taktischer manöver unter dem deckmantel eines wargame, es decir, “Instrucciones para la representación de maniobras tácticas bajo el disfraz de un juego de guerra”, un conjunto de preceptos y normas compiladas en 1812 y presentadas de forma lúdica por el teniente Georg Leopold von Reiswitz y su hijo Georg Heinrich Rudolf von Reiswitz. El primero, barón de Reiswitz, consejero real y caballero de la Orden de San Juan, procedía de una aristocrática familia de Silesia, en cuyo seno nació en 1764, pasando a la posteridad sobre todo por un libro que escribió sobre la historia de los menonitas (una rama del anabaptismo de la que era seguidor).

Helmuth von Moltke/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Su vástago nació en 1794 e ingresó en el Cuerpo de Artillería en 1810, fogueándose en el asedio de Głogów (donde obtuvo la Cruz de Hierro) y alcanzando el grado de primer teniente nueve años después. Pero antes, entre 1816 y 1819, tomó el testigo de su progenitor en desarrollar aquel corpus doctrinal de tácticas y convertirlo en algo más práctico a través de un concepto más lúdico: transformarlo en un juego de mesa, permitiendo llevar a cabo simulacros de batallas con movimientos de grandes contingentes militares sin el coste que supondría una práctica real.

En realidad no era la primera vez que se hacía algo así porque tenemos otros casos en la Historia. El ejemplo más evidente es el ajedrez, una evolución europea del juego persa shatranji, a su vez una versión del indio chaturanga, aunque las diferencias resultaban mínimas (la más importante era que el rey no partía de una posición fija sino que se podía colocar en cualquier casilla de la línea de partida). También están las modalidades china, llamada xianggi (significa juego del elefante, creado en el siglo V) y la japonesa, denominada shogi (que, al igual que el chino, desciende del chaturanga). Y no hay que olvidar el latroncoli o ludus latrunculorum romano, mezcla de ajedrez y damas.

Tablero y piezas de un chaturanga/Imagen: Yanajin33 en Wikimedia Commons

El caso es que el Kriegsspiel, cuyo nombre significa literalmente “juego de guerra”, resultaba bastante completo. Tenía un tablero dividido en cuadrícula con fichas de colores y dados. Los jugadores debían utilizar mapas topográficos y tener en cuenta todo tipo de variables, desde condiciones meteorológicas a las irregularidades del terreno (la diferente orografía estaba marcada), pasando por la red viaria para las comunicaciones, etc. Se presentaban así multitud de situaciones diversas que cada jugador tenía que afrontar con los medios disponibles; para ser exactos jugadores, en plural, ya que podía haber hasta una decena simultáneamente, entre aliados y enemigos, más un árbitro que supervisaba el cumplimiento de las reglas.

Éstas experimentaron modificaciones con el paso de los años. Las primeras para satisfacer el interés que mostró por el juego nada menos que Federico Guillermo III, rey de Prusia entre 1797 y 1840. Era quien estaba en el trono cuando Napoleón desbarató a su ejército y le obligó a buscar refugio al amparo del zar Alejandro I hasta la derrota final francesa en 1815. Entonces pudo regresar y hacer que Prusia liderase, junto a Rusia y Austria, la Santa Alianza, un tratado internacional que debía velar por el asentamiento del absolutismo en Europa, siguiendo los dictados del Congreso de Viena.

Federico Guillermo III/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Este monarca también tuvo dos iniciativas en la política militar. Primero, fue el creador de esa condecoración tan conocida que es la Cruz de Hierro; y segundo, en 1819 redujo las milicias (siempre afines al pueblo y, por tanto, susceptibles de ser utilizadas como instrumento revolucionario) y las subordinó al ejército regular. Sentó así las bases para que sus tropas pudieran afrontar las revoluciones de 1830 y 1848, además de convertir a Prusia en el motor de la futura unificación alemana.

No extraña, pues, que Federico Guillermo III se interesase por el juego de Georg Heinrich Rudolf von Reiswitz, especialmente tras una demostración pública realizada en 1824 en su castillo, a instancias de su hijo, el príncipe Guillermo, y ante el generalato prusiano. Guillermo estaba convencido de que aquello podía ser más que un simple juego y convenció al jefe del ejército, el general Karl Freiherr von Müffling, que decidió recomendárselo a sus oficiales diciendo que aquello era una verdadera “escuela de guerra”.

Karl von Müffling/Imagen: Wikimedia Commons

Reiswitz rediseñó para el monarca un modelo de su juego que ampliaba la escala original de 1: 2.373 (3 centímetros del tablero equivalían a un centenar de pasos reales) a 1: 8.000 para así representar batallas más grandes. Se usaban figuritas de estaño o porcelana, así como bloques de madera que equivalían a unidades, regimientos o cuerpos de ejército; cada uno de ellos tenía asignado unos valores o atributos, como potencia de ataque, capacidad defensiva, rapidez, que se expresaban en puntos.

Cada jugador disponía de un par de minutos para hacer sus movimientos, aunque dependía de si las fichas a mover eran de infantería o caballería. Los distintos tiempos estaban pensados para reproducir el ritmo de traslado de las tropas en el siglo XIX en una época en que la velocidad de desplazamiento resultaba fundamental (el propio Napoleón lo había dicho con su célebre frase: “Podemos recuperar el terreno perdido. El tiempo perdido, no”). Antes de empezar su turno, el jugador anotaba las órdenes y se las pasaba al árbitro o director del juego, que era quien movía las fichas; hay que tener en cuenta que se establecían jerarquías de mando entre los participantes porque cada uno dirigía unas unidades concretas.

Moldes y piezas de un Kriegsspiel/Imagen: In A Nutshell

En cuanto al combate, también se ajustaba a la realidad; por ejemplo, el alcance de los cañones sobre las casillas iba en función de su calibre. Asimismo, las unidades que estuvieran demasiado lejos entre sí no podían comunicarse ni darse instrucciones mutuas y era el árbitro quien les facilitaba informes para poder continuar el juego. Por supuesto, siempre hay un componente aleatorio en la guerra y en el Kriegsspiel se aplicaba con dados, si bien nuevamente el árbitro podía alterar lo que saliera si consideraba que cambiaba demasiado el resultado. La partida terminaba cuando un ejército derrotaba al otro o cuando el árbitro consideraba que la superioridad de una parte sobre la contraria era manifiesta al haber ocupado su territorio.

Reiswitz iría perfeccionando el juego progresivamente, añadiendo otras variables como ataques por sorpresa, líneas de apoyo o el uso de tablas de cálculo que permitían determinar la potencia de fuego del adversario y las bajas que se producirían en un choque cuerpo a cuerpo, entre otras. Él se suicidó en 1827 por una depresión pero su creación, que al principio no entusiasmó a los oficiales por lo complicado de su reglamento y el hecho de que el tiempo de juego superaba ampliamente el de una batalla real, siguió utilizándose y en 1876 experimentó una reforma que transformó aquellas reticencias en un éxito.

Julius von Verdy du Vernois/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El mérito correspondió al general Julius von Verdy du Vernois, otro hijo de Silesia que ingresó a filas en 1850, tomó parte en las guerras contra Austria y Francia y pasó a ser uno de los ayudantes de Helmuth von Moltke en su Estado Mayor. Paralelamente a ese cargo Verny, como se le conocía amistosamente, colaboró con la Academia Militar Prusiana desarrollando un sistema formativo basado en su experiencia y en la aplicación de las ideas de su superior, debidamente sintetizadas y estructuradas.

En 1889 llegaría a ser Ministro de Guerra para retirarse a continuación pero antes, en 1876, el mismo año en que fue ascendido a generalmajor, encontró interesante el Kriegsspiel como herramienta de aprendizaje, aunque aplicando unos retoques para volverlo más interesante. Así, eliminó parte de las reglas que lo encorsetaban y alargaban, concediendo al árbitro más poder para aumentar su dinamismo. Ello ajustó el tiempo y volvió las partidas más realistas, haciendo que, efectivamente, los oficiales se mostrasen más interesados.

La expansión de Prusia entre 1807 y 1871/Imagen: Wikimedia Commons

La guinda del pastel la puso el mismo Moltke al ordenar que el juego se utilizara como un medio más en la formación de los militares, aparte de libros y prácticas. No era un sistema evaluable, en el sentido de poner nota a sus resultados, pero como complemento se lo considera uno de los factores que enriquecieron la capacidad de iniciativa de los oficiales prusianos y les permitieron machacar a Francia en 1870 con inusitada rapidez, entre otras campañas del último cuarto del siglo XIX. Y si había gustado a Federico Guillermo III (que premió a von Reiswitz nombrándole miembro de la Orden de San Juan), parece que también atrajo a su nieto Guillermo, el abuelo del futuro kaiser.

Por raro que parezca, el Kriegsspiel sigue fabricándose hoy en día, tanto en la versión original de Reiswitz como en la de Verdy, con su correspondiente material complementario de mapas imitando el estilo decimonónico pero adaptado a otras situaciones y nacionalidades en múltiples versiones.

Fuentes: Kriegsspiel – The 19th century war game that changed History (Laurence Kay en MHN)/Verdy’s free Kriegspiel including the Victorian Army’s 1896 war game (John Curry)/Human factors in simulation and training (VVAA)/Iron kingdom. The rise and downfall of Prussia 1600–1947 (Christopher Clark)/For King and Kaiser! The making of the Prussian Army officer, 1860–1914 (Steven E. Clemente)/Wikipedia

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