El surgimiento de los seguros hace 5.000 años, y 5 errores que seguimos cometiendo al contratarlos

Foto: dominio público en pixabay.com

Los primeros métodos para asegurar bienes aparecieron en China y Babilonia durante el tercer y segundo milenios a.C. Los mercaderes chinos utilizaban un sistema ingenioso: repartían sus mercancías entre los barcos de todos y, de ese modo, se aseguraban de que si alguno sufría una desgracia, siempre quedaba parte de la carga a salvo y no lo perdían todo.

Los babilonios, tal y como se puede leer en las 282 cláusulas recogidas en el Código de Hammurabi, utilizaban un sistema mediante el que los comerciantes recibían préstamos para financiar sus envíos, pagando una cantidad adicional al prestamista como garantía de que el préstamo sería cancelado en caso de naufragio o pérdida.

Posteriormente los rodios y los genoveses aportarían nuevos modelos. En cuanto a los seguros de propiedades inmobiliarias, lo que hoy llamamos seguro del hogar, aparecieron en 1666 a consecuencia del Gran Incendio de Londres, por motivos evidentes.

En un primer momento solo existía una compañía que ofrecía este tipo de productos, aunque pronto fueron surgiendo muchas más. No había un comparador de seguros de hogar como los que ahora podemos utilizar online. Sin embargo, tanto entonces como ahora, cuando se trata de contratar una póliza para nuestra casa seguimos cometiendo los mismo errores.

La primera aseguradora moderna, Lloyd’s de Londres / foto dominio público en Wikimedia Commons

Primer error: no leer las condiciones: nos pasa lo mismo que cuando nos damos de alta en una red social, no leemos el aviso legal ni las políticas de privacidad. Y luego pasa lo que pasa. Aquí la cosa puede llegar a ser más grave, si no nos leemos bien todas las coberturas podemos pensar que estamos completamente asegurados y luego llevarnos una sorpresa.

Segundo error: asegurar la vivienda por el precio de venta: Hay que tener en cuenta que lo que se pretende con un seguro del hogar, en el peor caso, es que la aseguradora reconstruya nuestra casa. Pero los precios de venta varían mucho con el paso del tiempo. Hay que tener en cuenta muchos factores, como los materiales y su calidad, así como el valor de reconstrucción.

Tercer error: tasar el contenido a ojo: si aquellos comerciantes chinos de los que hablábamos al principio hubiesen hecho esto, mal negocio habrían obtenido, nadie sabría a ciencia cierta el valor de la carga perdida y lo más seguro es que acabasen teniendo pérdidas. Realizar un inventario concienzudo puede salvarnos de un disgusto. Y si no podemos determinar el valor exacto de lo que poseemos, lo mejor sería contactar con un profesional, que los hay.

Cuarto error: pensar que, aunque la vivienda de nuestro vecino es igual que la nuestra él paga mucho menos por su seguro. Volviendo al símil de los navegantes, es posible que la carga de nuestro vecino sean vasijas de porcelana, mientras que nosotros comerciamos con sedas, que son mucho más caras. Un seguro de hogar no depende solo del continente.

Quinto error: pensar que, como estoy asegurado, ya puede pasar cualquier cosa que puedo estar tranquilo. Si y no. Podemos estar tranquilos si hemos omitido todos los errores anteriores y sabemos exactamente por las coberturas que estamos pagando.

Hay que tener presente que un seguro no es más que una manera de compartir el riesgo, pero no significa que el riesgo vaya a desaparecer por arte de magia. Solo que seremos capaces de afrontar sus consecuencias en mejor posición que si nunca hubiéramos contratado un seguro. Algo que los comerciantes chinos y los babilonios ya sabían, muy acertadamente, hace 5.000 años.