Cuando los cuáqueros inventaron las etiquetas de precio en los productos comerciales

Ilustración de Harper’s Weekly/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En el mundo occidental cada cosa tiene un precio. No es filosofía; hablo literalmente: un cliente entra en una tienda y adquiere el producto que desea al coste que lleva marcado en una etiqueta y que sólo cambia si hay algún tipo de rebaja o promoción, de manera que todos los compradores pagan lo mismo. Pero no siempre fue así y no es necesario remontarse hasta otras edades porque basta hacerlo hasta el siglo XIX, cuando los cuáqueros consideraron que no era ético cobrar una cantidad diferente a cada usuario, como se acostumbraba hacer hasta entonces.

El sistema de trueque, es decir, el intercambio de unos bienes o servicios por otros sin dinero de por medio, que fue la primera forma de práctica económica desde que el Hombre dejó atrás la etapa de cazador-recolector y el sedentarismo permitió originar excedentes (a finales del Neolítico aproximadamente), pervivió en comunidades primitivas y en el mercado popular incluso tras la aparición del dinero. De hecho, no hay que viajar a países exóticos para encontrar sobradamente documentado el pago en especie hasta bien entrado el siglo XIX.

Mercado mexica (Angus McBride)/Imagen: Pinterest

Regatear el precio de un producto es hoy algo habitual en la mayor parte de África, Asia y América, y no se circunscribe únicamente a mercados, zocos o tianguis; cualquiera que haya visitado el mundo árabe, por ejemplo, sabe que hasta en los comercios mejor montados le espera un pulso más o menos duro con el vendedor. Pero hasta la época decimonónica eso era algo común. Es más, era la norma. A nadie se le había ocurrido la idea de colocar una etiqueta o una cartela a cada producto indicando su precio.

Al menos en el negocio minorista, que era el que practicaban la Sociedad Religiosa de los Amigos, nombre oficial de una comunidad fundada en Inglaterra en el siglo XVII por un zapatero presbiteriano llamado George Fox tras ser condenado dos veces por blasfemia y negarse a usar armas (en el contexto de la Guerra Civil). El juez que le procesó se burló de una exhortación que había hecho «tremble at the word of the Lord» (temblad ante la palabra del Señor) y desde entonces se conoce a sus seguidores como quakers («los que tiemblan»), de donde deriva el castellano cuáqueros.

Presunto retrato de George Fox atribuido al artista Peter Lely/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Enemigos de la violencia, constituyen más una forma de vida que una religión propiamente dicha, ya que carecen de credo unificado más allá de unas ideas básicas, expresadas en sus Testimonios Cuáqueros: pacifismo, vida sencilla, ausencia de preceptos y de sacerdotes, guía exclusiva por las Sagradas Escrituras y el Espíritu Santo… La honradez forma parte también de esa lista, de ahí que a finales del siglo XIX empezaran a cuestionar que la habilidad personal en la práctica de regatear y obtener así un mejor precio se ajustara a esas pautas morales.

Y entonces tuvieron la idea de marcar previamente el coste de cada cosa con una etiqueta, proscribiendo la costumbre generalizada. Esto ocurrió en Estados Unidos, donde la comunidad cuáquera era importante en términos cuantitativos desde que la introdujo William Penn (quien dio nombre a todo un estado, Pensilvania). Uno de esos cuáqueros adelantados fue Rowland Hussey Macy, un ex-ballenero que, tras fracasar varias veces con tiendas entre 1843 y 1855, finalmente dio con el punto al abrir en Nueva York R.H Macy Dry Goods, el negocio que dio origen a la hoy famosa cadena Macy’s. Fue la primera en poner precios fijos junto a Wanamaker’s, otra célebre cadena de grandes almacenes fundada en Filadelfia por John Wanamaker en 1876.

El Macy’s neoyorquino/Imagen: Tdorante 10 en Wikimedia Commons

No faltará quien apunte que la etiquetación liberaba a los empleados de mucho tiempo de atención a clientes concretos al no tener que regatear con ellos sino limitarse a cobrarles (y en todo caso asesorarles pero esto también lo tenían que hacer antes), lo que les permitía atender a un mayor número de ellos. Asimismo, facilitaba el proceso porque los compradores podían coger el producto directamente del estante expositor, sin esperar a que lo hiciera el vendedor. Eso también repercutió en el aumento de tamaño de los comercios y la consolidación del autoservicio, que los supermercados Piggy Wiggly asumieron plenamente, por primera vez, en 1916.

Como tantas otras cosas, dado el éxito de la medida, el resto del mundo occidental no tardó adoptarla, haciendo que poco a poco el regateo fuera quedando postergado.

Fuentes: The Quaker Way. A rediscovery (Rex Ambler)/Episode 63: the birth and death of the price tag (en Planet Money Podcast)/Diccionario Akal de las religiones (Valentina Barbero y Graziella Girardello)/Una empresa llamada Estados Unidos (José Moya)/Wikipedia