‘Yo soy el ejército’: la retirada británica de Kabul en 1842

llegada de William Brydon a Jalalabad (Elizabeth Thompson)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 13 de enero de 1842, los soldados que estaban de guardia en la guarnición británica de Jalalabad (actual Afganistán) asistieron a una insólita escena: un jinete montado sobre un caballo renqueante de puro agotamiento (de hecho murió minutos después), llegaba hasta las murallas llevando aún en la mano su sable partido por la mitad. Los soldados, que esperaban la llegada de sus compañeros, quienes habían salido de Kabul una semana antes, le preguntaron dónde estaba el resto del ejército. “Yo soy el ejército” fue su célebre y lacónica respuesta. Aquel hombre se llamaba William Brydon y era el único superviviente de la desastrosa retirada de las tropas británicas de Afganistán.

En realidad no era el ejército regular del que estamos hablando sino el de la Compañía de las Indias Orientales, aquella empresa privada que recibió el monopolio del comercio con Asia en el siglo XVII y luego, tras fusionarse en 1702 con su rival, la Compañía Inglesa de Comercio para las Indias Orientales, ejerció el gobierno y la administración de esa parte del mundo con el visto bueno de Londres hasta que la Government of India Act de 1858, promulgada tras el desastre del Motín de los Cipayos, transfirió el control a la Corona directamente.

Mapa de la zona durante la Primera Guerra Anglo-Afgana/Imagen: All Empires

Aunque el servicio militar en la Compañía no estaba tan bien considerado como en el ejército regular, tradicionalmente había sido una buena forma de gestionar los asuntos en aquella parte del mundo y sus soldados solventaron eficazmente muchas guerras, entre ellas las Carnáticas, las Maratha y las del Opio, además de foguear a un gran número de oficiales, siendo el caso más conocido el de Wellington. En 1838, ante las indisimuladas aspiraciones de Rusia de expandirse hacia la India, la Compañía ocupó Afganistán para cerrarle el paso, a lo que Moscú contestó prometiendo ayuda a las tribus locales si se rebelaban.

Aquel tira y afloja geoestratégico se conoció con el nombre de El Gran Juego y obligó a los británicos a desplazar a tierra afgana, en la primavera de 1839, un importante contingente al mando de Sir Willoughby Cotton que sumaba 9.500 soldados, 7.000 aliados afganos y un rosario de auxiliares diversos que incluía desde cocineros, porteadores y camelleros a los propios sirvientes de los oficiales y las familias de los cipayos, que siempre les acompañaban a donde iban. En suma, unas 38.000 personas más, con las dificultades que ello implicaba en abastecimiento y protección.

Sir Willoughby Cotton/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Tras cruzar elevados pasos de montaña llegaron a Kandahar, tomaron la fortaleza de Ghazni con sólo dos centenares de bajas y a mitad de verano ocuparon Kabul sin necesidad de combatir. Parte de las tropas regresaron dejando a William Hay Macnaghten en la ciudad como gobernador. Él y los demás mandos empezaron un proceso para occidentalizarla que, junto con la restitución como emir de Shah Shujah Durrani en detrimento de Dost Mohammed Khan (quien pese a haber derrocado al anterior era aceptado popularmente por su carisma pero que a ojos británicos se entendía demasiado bien con los rusos), molestó a muchos afganos. El testigo de Dost Mohammed -desterrado a la India- lo recogió su hijo Akbar Khan, un veterano guerrero que, paradójicamente, había ayudado a los británicos a luchar contra los sij tres años antes.

Akbar Khan organizó una rebelión contra los invasores basándose sobre todo en el apoyo de las tribus rurales, donde la obediencia al emir y al gobernador no se basaba en el temor a sus bayonetas sino en el pago de dinero a cambio de tranquilidad; escaso de recursos en una tierra que no producía ningún beneficio, MacNaghten había suprimido esos sobornos, con lo que perdió la fidelidad de los afganos. Ello permitió a Akbar Khan reunir un considerable ejército cuyos efectivos exactos se desconocen, si bien se calculan en torno a 30.000 hombres. Pese a su superioridad numérica, por el momento desarrolló simplemente una táctica de guerrillas que, dado lo montañoso y seco del terreno, era favorable para ellos y una pesadilla para el enemigo.

Akbar Khan/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Poco a poco los británicos fueron reduciendo sus movimientos y, por tanto, perdiendo el control de la región. A mediados de 1841 Sir Willoughby Cotton fue relevado como comandante y sustituido por el mayor general Sir William Elphinstone, un militar escocés veterano de Waterloo pero muy envejecido (a pesar de que en realidad tenía 59 años) y con una precaria salud, condiciones que no parecían las más propicias para aquel cargo; baste saber que un compañero de armas suyo, William Nott, lo describió como “el soldado más incompetente jamás llegado a general”.

Elphinstone no fue capaz de hacerse una idea real de la situación y menos aún de enderezarla. Los cuarteles de la tropa se habían levantado extramuros de Kabul, a dos kilómetros y medio para no soliviantar a la población, y en otoño uno de los mandos más capaces, el general de brigada Robert Henry Sale, fue trasladado a Jalalabad, con lo que se llevó buena parte de los efectivos; quedaban 4.500 hombres, la mayoría cipayos, y 690 europeos. Akbar Khan consideró que había llegado el momento y el 2 de noviembre llamó a la insurrección abierta, que empezó con el asalto de una turba a la residencia en la ciudad del capitán Sir Alexander Burnes.

William George Keith Elphinstone (William Salter)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Este oficial era uno de los mayores conocedores de Afganistán, al cual había recorrido disfrazado una década antes para reunir información sobre el país (publicó los resultados en un aplaudido libro, Travels into Bokhara, que le permitió ingresar en la Royal Geographical Society y otras prestigiosas instituciones científicas). Pese a ello, todos sus consejos fueron ignorados -había recomendado no deponer a Dost Mohammed, por ejemplo- y murió en su domicilio junto a su hermano Charles y sirvientes en medio del caos que se desató, aunque se llevó por delante a media docena de agresores.

Sorprendido y confuso, Elphinstone no reaccionó y eso envalentonó más a los rebeldes, que una semana más tarde asaltaron en Kabul el almacén de provisiones del ejército sin que las tropas, atrincheradas en sus cuarteles, pudieran impedirlo. Quedaban así en una situación imposible, ya que se acercaba el invierno y los pasos de montaña quedarían cerrados por la nieve, impidiendo el abastecimiento exterior. Los afganos lo sabían y situaron dos cañones en una loma cercana desde la que empezaron a bombardear las posiciones enemigas. Las salidas realizadas para neutralizar esas piezas fracasaron, saldándose con tres centenares de bajas.

Sir Alexander Burnes,ataviado a la moda afgana, intenta calmar a los asaltantes de su domicilio/Imagen: The British Empire

Dado que no podían seguir así, Elphinstone mandó a McNaghten a negociar con Akbar Khan pero los enviados afganos fingieron recibirle y a continuación le asesinaron con sus ayudantes, arrastrando su cadáver mutilado por las calles de Kabul en medio de un griterío espeluznante. El gobernador tiró la toalla y el 1 de enero de 1842, para estupor de sus oficiales, firmó la rendición, entregando casi toda su artillería, armas de fuego y reservas de pólvora a cambio del paso franco hacia Jalalabad que le prometió Akbar Khan. El día 6 se puso en marcha aquella larguísima y variopinta columna integrada por 700 oficiales británicos, 3.800 cipayos y 12.000 civiles, entre ellos mujeres y niños.

Por delante les esperaban 140 kilómetros de camino a través de montañas cubiertas de nieve y el temible Paso del Khyber, un desfiladero situado a 1.600 metros de altitud que unía Afganistán con Pesawar (Pakistán) atravesando la Cordillera Spin Ghar a lo largo de 53 kilómetros y que en su parte mas estrecha no llega a 16 metros de ancho. De ese sitio diría el teniente general George Molesworth que era imposible encontrar una piedra que no hubiera estado teñida de sangre, ya que allí se registraron numerosas batallas a lo largo de la Historia, incluyendo las libradas por Alejandro Magno para forzar la entrada al subcontinente indio.

Guerreros afganos con sus ropas de invierno (James Rattray)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Pero antes habría que llegar pasando por otros parecidos, así que éso no sería sino una preocupación más que añadir a la vorágine de despropósitos que se sucedió desde la primera jornada. Para empezar y dado el peligro que suponía para su salud, se dejó en la ciudad a los enfermos y heridos con la garantía de que se les daría la adecuada atención. Apenas se perdió de vista el ejército fueron exterminados, incendiándose luego los barracones. Asimismo, la marcha de la columna fue exasperantemente lenta y desorganizada, ordenándose descansos al poco de partir que ralentizaron enormemente el ritmo.

Tras la primera y breve noche de descanso, a la mañana siguiente se reanudó el camino bajo el tiroteo de afganos emboscados -que les disparaban con los fusiles que los británicos les habían entregado-, las piedras que les arrojaban desde lo alto de los farallones o las súbitas acometidas que hacían con armas blancas para luego desaparecer antes de dar tiempo a reaccionar. Elphinstone fue incapaz de afrontar la debacle y para el 9 de enero el número de bajas rondaba las 3.000, muchas abatidas al desertar e intentar volver a Kabul ignorando sus órdenes, otras congeladas (los cipayos iban descalzos a 20º bajo cero). Fue necesario clavar los 2 o 3 cañones que conservaban y abandonarlos.

Las tropas masacradas en una ilustración de 1909 (Arthur David McCormick)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 11 de enero Akbar Khan, quien aseguraba que sus hombres atacaban por cuenta propia y que no había podido proporcionar la escolta prometida porque la columna había dejado Kabul antes de lo acordado, negoció la entrega de las mujeres y niños como rehenes para pagar su rescate cuando se llegase a Jalalabad. Por supuesto, los cipayos carecían de medios para ese canje de sus familiares y en consecuencia los afganos los consideraban carentes de interés, así que sus esposas perecieron asesinadas junto con las criadas y todo aquel que fuera prescindible.

A la mañana siguiente, Elphinstone y su estado mayor acudieron ingenuamente al campamento de Akbar Khan para parlamentar de nuevo y ya no les dejaron regresar. El resto de oficiales y soldados, un par de centenares de hombres, se reagruparon bajo el mando del general John Thomas Anquetil y casi todos fueron masacrados en el alto de Jugdulluk al encontrar el estrecho paso cortado con una barrera de espinos.

Soldados del 44º intentando salvar el paso cortado de Jugdulluk/Imagen: Pinterest

De la matanza se salvaron unos 45 soldados británicos y 25 oficiales que lograron saltar el obstáculo y abrirse paso hasta un pueblo llamado Gandamak. Allí se atrincheraron para batirse hasta la muerte, pues eso era lo que les esperaba igualmente. Tras rechazar varios asaltos luchando cuerpo a cuerpo acabaron aniquilados y únicamente sobrevivieron 7 soldados, más un sargento y el capitán Souter, que se envolvió en la bandera y por eso le confundieron con alguien importante, limitándose a hacerlos prisioneros.

Ruta de la retirada

También de la caballería pudo escapar una quincena de jinetes a todo galope, aunque la mayoría fueron asesinados a traición por los vecinos del pueblo de Fattehabad, que les habían ofrecido hospitalidad. Sólo quedó uno, un cirujano auxiliar que se libró gracias a que el sablazo que recibió en la cabeza fue parcialmente amortiguado por un ejemplar de la revista Blackwood’s Magazine, con el que había forrado el sombrero para protegerse del frío, y a que un campesino afgano se apiadó de él, escondiéndole y cediéndole su caballo.

llegada de William Brydon a Jalalabad (Elizabeth Thompson)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Este hombre era William Brydon, el que al principio explicábamos que llegó más muerto que vivo a Jalalabad. Sin embargo sobrevivió (y, por cierto, aún viviría otro episodio terrible en 1857, durante el asedio de Lucknow), cosa que no hizo Elphinstone: falleció en su cautiverio tres meses después de estos hechos y, aunque se recuperó su cuerpo, fue enterrado en una tumba sin nombre de Jalalabad. A los miles de muertos estuvo a punto de sumarse George Eden, Conde de Auckland y Gobernador General de la India, que sufrió un derrame cerebral al recibir la noticia del desastre.

Ese otoño partió hacia Afganistán una columna de castigo (4 brigadas, unos 8.000 hombres) que aprovechó que los mandos de algunas posiciones (por ejemplo, el citado Nott en Kandahar) habían desobedecido la orden de Elphinstone de evacuarlas. Al mando de Sir George Pollock, lo que se bautizó como Army of Retribution derrotó al enemigo en Khelat-i-Ghilzai, tomó y arrasó varios barrios de Kabul y pudo rescatar a los cautivos (en parte gracias a que habían pactado ya un precio): 12 mujeres, 21 niños, 50 soldados y 32 oficiales, así como unos 2.000 cipayos que se libraron así de ser vendidos como esclavos por los afganos.

El Army of Retribution conquistando Kabul/Imagen: BritishBattles.com

Algunas de las pequeñas historias fueron muy emotivas. Florentia Sale, esposa del mencionado general Sale y apodada Grenadier in Petticoats (Granadera con Faldas) porque seguía a su marido por el mundo y encima se fajó en los combates resultando herida en una mano, dejó un aplaudido relato de la retirada y su posterior cautiverio con el título A journal of the disasters in Afghanistan, 1841–42. Peor fue para su hermana pequeña Alexandrina, que estaba casada con el teniente John Sturt y tenían un bebé; Sturt murió cosido a puñaladas.

En cuanto a Akbar Khan, terminó sus días envenenado -presuntamente- por su propio padre, que desconfiaba de su ambición y quien tras ser liberado retomó el poder hasta 1863; curiosamente, eludió apoyar el Motín de los Cipayos, revuelta ésta que se desencadenó, en la parte anímica, por la evidencia demostrada de que los británicos no eran invencibles.

Fuentes: Historia de Afganistán. De los orígenes del estado afgano a la caída del régimen talibán (Daniel Gomá)/A journal of the disasters in Afghanistan, 1841-1842 (Lady Florentia Wynch Sale)/Return of a king. The battle for Afghanistan (William Dalrymple)/On Afghanistan’s plains. The story of Britain’s Afghan Wars (Jules Stewart)/The Anglo-Afghan Wars 1839–1919 (Gregory Fremont-Barnes)/In Afghanistan. Two hundred years of british, russian and american occupation (David Loyn)/Afghanistan at war. From the 18th-century Durrani Dynasty to the 21st century (Tom Lansford)//The British Empire/Wikipedia