La asombrosa historia de Judy, la perra prisionera en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial

Frank Williams y Judy en una foto coloreada de la época/Imagen: The Lady

Ya hemos hablado aquí otras veces de la participación de animales en la guerra. Vimos algunos caballos famosos, el uso de cerdos en llamas contra elefantes, la conquista de una ciudad usando gatos… El caso que vamos a ver hoy es un poco diferente porque su protagonista no destacó tanto por su participación en combate como por el hecho de haber pasado a la historia siendo el único perro registrado en calidad de prisionero de guerra. O perra, para ser exactos, porque era hembra y se llamaba Judy.

Originalmente su nombre era Shudo y se trataba de una pointer pura raza de color blanco con manchas pardas nacida en febrero de 1936 en una perrera de Shanghai para animales de amos británicos, es decir, de cierta alcurnia, si es que se puede aplicar ese término al mundo canino. En cualquier caso, Shudo se escapó cuando apenas tenía tres meses y fue recogida por un comerciante que la adoptó hasta que cumplió seis y tras un altercado de su nuevo dueño con unos marinos la devolvieron a la perrera; lamentablemente para ella, sus padres ya no estaban allí.

Judy con la Deckin Medal que recibió al terminar la guerra/Imagen: Pekanbaru Death Railway

Ese mismo otoño fue adquirida por la tripulación del HMS Gnat, un cañonero que patrullaba por el río Yangtsé; querían entrenarla para ejercer funciones de lo que se conocía como gundog, es decir, perro de caza. Lo cierto es que Shudo, que fue rebautizada como Judy de Sussex, no mostró buenas cualidades para ese cometido al haberse criado en las calles de China en vez de en el campo, así que el trato que le dispensaron fue más bien de mera mascota del buque, toda una tradición en las naves de la Royal Navy. El marinero Tankey Cooper, que además era el carnicero de a bordo, fue quien quedó encargado de su atención.

Apenas había tenido tiempo de acostumbrarse a su nueva vida cuando Judy sufrió su primer percance al caerse al río por la borda; este incidente no tendría mayor trascendencia -fue rescatada enseguida- de no ser por que en el cuaderno de bitácora se anotó como «hombre al agua» en vez de «perro al agua» y se consideró una especie de bautismo que convertía al can en un miembro de pleno derecho de la dotación. De hecho, a partir de ahí los hombres del HMS Gnat descubrieron que Judy no era tan inútil como creían: no cazaba pero sí detectaba a otros barcos con tiempo suficiente para cerrar las escotillas y ponerse en situación de prevención. Un buen ejemplo fue cuando desató la alarma en plena noche permitiendo que se repeliera el ataque de un barco pirata que se había abarloado silenciosamente.

El HMS Gnat fotografiado en 1922/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Es más, también era capaz de oir aviones enemigos antes de que fueran siquiera avistados, cosa que demostró cuando ladró enfurecida ante el vuelo rasante de un aparato japonés que pasó inadvertido a los radares. El clima en aquellos años finales de la década de los treinta era prebélico y las magníficas aptitudes de Judy fueron muy bien recibidas, obviamente. Pero es que la perra llegó a salvar la vida del suboficial Jefferey durante una excursión por el entorno de Jiujiang, cuando tiró con fuerza de la correa para cambiar de dirección dejando atónito al marino hasta que éste descubrió que le estaba alejando de un leopardo que acechaba oculto.

En fin, una de las anécdotas más divertidas de aquella etapa fue a finales de 1937, cuando la perra quedó olvidada a bordo de un cañonero estadounidense, el USS Peach, tras una pequeña fiesta entre ambas tripulaciones. Los británicos, que habían zarpado y no se percataron de su ausencia hasta más tarde, volvieron y ante la insistencia de los tripulantes norteamericanos de que Judy no estaba allí, esa noche subieron subrepticiamente al barco y robaron la campana, que fue la moneda de cambio para rescatarla.

Judy entrenando con un marinero/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Otro episodio igualmente cómico ocurrió pocos meses después al viajar Jefferey y Cooper a Gran Bretaña de permiso. Como eran los que la cuidaban, Judy debió sentirse sola y eso explica que, estando fondeados en Hankou, conociera a Paul, el perro del cañonero francés Francis Garnier. Tanto afecto se mostraron que las tripulaciones británica y francesa les organizaron una ceremonia nupcial y les concedieron tres días de luna de miel que pasaron a bordo del HMS Gnat antes de que Paul tuviera que reincorporarse al servicio. Fruto del matrimonio fue el embarazo de Judy, que dio a luz a trece cachorros, de los que sobrevivieron diez. Como no podía ser de otra forma con esos padres, buena parte de ellos acabaron enrolados en varios barcos de guerra.

Guerra, ésa es la palabra que amenazaba en el horizonte y se acercaba vertiginosamente, dando lugar al primer enfrentamiento de Judy con Japón, incluso antes de que empezaran las hostilidades. Fue en octubre de 1938, estando todavía en Hankou, al producirse una clásica pelea entre dos marineros del HMS Gnat y soldados japoneses que apuntaron con su fusil a la perra y terminaron en el río; hubo una protesta nipona y, para no tensar las cosas, se decidió que Judy no volviera a bajar a tierra.

El HMS Grasshopper en 1940/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En junio de 1939 parte de los tripulantes fueron trasladados al recién llegado HMS Grasshopper y Judy fue con ellos, al cuidado del suboficial George White. En septiembre, con la declaración de guerra a Alemania, se destinó al barco a Singapur, donde la vida fue bastante tranquila hasta que en febrero de 1942 la colonia fue atacada por Japón y el HMS Grasshopper tuvo que colaborar primero en la protección antiaérea y luego en la evacuación, antes de retirarse hacia Batavia, en las Indias Orientales Holandesas.

Durante el trayecto, pasando junto al archipiélago indonesio de Lingga, Judy advirtió de la aproximación de aviones enemigos que, pese al fuego realizado para rechazarlos, consiguieron incendiar al HMS Grasshopper y hundir a su acompañante gemelo, el HMS Dragonfly. La tripulación abandonó la nave y logró llegar en bote a la costa de una de las islas y entonces fue cuando se echó en falta a la perra, a la que dieron por muerta. Como aquel pedazo de tierra carecía de recursos, White regresó en busca de víveres al barco, que había quedado embarrancado, encontrando a Judy atrapada bajo un armario en la cubierta inferior pero viva.

Tropas japonesas entrando en Singapur en febrero de 1942/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Feliz, White la sacó y se la llevó a tierra con lo que pudo recoger pero la falta de agua era un problema… hasta que Judy lo solucionó encontrando un manantial al excavar la tierra con sus patas. No sólo le deberían la vida por eso sino también porque a lo largo de los cinco días siguientes les protegió de las serpientes. Finalmente, un tongkang (un barco local típico) los sacó de allí llevándolos a Singkep, la isla más grande, desde donde pudieron embarcarse en un junco hacia Sumatra. Fue toda una odisea porque al llegar tuvieron que remontar un río para pasar desapercibidos y después atravesar la selva de Sawahlunto a pie, destino a Padang.

Durante esa penosa marcha, que duró más de un mes, Judy sobrevivió al ataque de un cocodrilo y los marineros tuvieron que coserle la herida, de quince centímetros. Quid pro quod, ella les advertiría más tarde de la presencia de un tigre. Finalmente alcanzaron Padang el 18 de marzo… para encontrarse la ciudad en poder de los japoneses. Fueron hechos prisioneros y trasladados al campo de concentración de Medan, en el norte de Sumatra, arreglándoselas para llevar consigo a la perra escondida entre unos sacos de arroz vacíos.

Así dio comienzo una dura etapa, como las que tuvieron que sufrir todos los cautivos británicos en Oriente: malos tratos, abusos, hambre… La ración de comida por persona y día era mísera, una taza de arroz, que el cabo de la RAF Frank Williams, compartía con Judy, aunque se puede decir que ésta era una privilegiada porque también podía comer los trozos de cuero sobrantes que un soldado guarnicionero llamado Cousens reunía de los correajes que confeccionaba para los guardias; Cousens falleció luego de malaria.

La primera de las tres camadas que tuvo Judy en su vida/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Williams, inseparable de ella, también estuvo a punto de morir cuando una vez se interpuso ante los fusiles de los guardias, que querían matar a la perra por lo agresiva que se ponía cuando golpeaban a algún británico. Sin embargo, al final se arregló la cosa porque intervino el comandante del campo, a quien el animal le resultaba simpático. Lo demostró inscribiéndolo oficialmente como prisionero de guerra con el nombre de Gloergoer Medan 81a. A cambio, se quedaría con uno de los cachorros que tuviera, si llegaba el caso. Y llegó. De la camada sobrevivieron cinco: uno se lo llevó él, como estaba previsto; a otro lo mató un guardia borracho, un tercero se envió a la sección de mujeres y el cuarto a la Cruz Roja; el quinto permaneció con su madre.

Èsta siguió ayudando a sus camaradas de armas, avisándoles cuando se acercaban los guardias o defendiéndoles de las abundantes serpientes y escorpiones; a veces colaboraba en facilitarles comida cazando alguna rata o pequeños animales, con lo que al final resultó que sí se podía aprovechar en ese cometido. Ésa fue la tónica hasta junio de 1944, en que la marcha de la guerra obligó a trasladar a los prisioneros a Singapur. Hicieron el viaje a bordo del SS Van Warwuck, rebautizado Harukiku Maru, y la perra de nuevo tuvo que ir oculta en un saco porque el capitán no quería animales a bordo. Las condiciones eran lamentables, hacinados en cubierta bajo el implacable sol asiático, pero ella no movió un músculo y pudo pasar desapercibida.

Judy durante la cuarentena que tuvo que pasar en Inglaterra/Imagen: GOV.UK

El barco no llegó a su destino porque el 26 de junio fue torpedeado por el submarino británico HMS Truculent. Mientras se iba a pique, Williams saltó al mar por un ojo de buey; en medio del caos no supo qué había sido de Judy pero se lo temía, teniendo en cuenta que quinientos de los setecientos hombres se ahogaron. A Williams lo rescataron los japoneses y lo enviaron a otro campo, donde empezó a oir extrañas historias sobre un perro que en un naufragio había salvado a mucha gente proporcionándole elementos flotantes a los que agarrarse y sacando a la superficie a aquellos a quienes les fallaban las fuerzas. Era de Judy de quien hablaban.

El can sobrevivió, pues, al hundimiento y de nuevo acompañó a los suyos a un campo de concentración. El destino quiso que cuando un capitán nipón se disponía a pegarle un tiro estuviera presente aquel comandante que se había quedado con su cachorro, quien intervino en su favor. Gracias a él, Judy retomó su condición de prisionera de guerra y se reencontró con Williams en un emotivo abrazo. Permanecieron juntos un mes y después los mandaron a la selva para construir una vía férrea, la conocida con el siniestro nombre de Pekanbaru Death Railway. Una vez más les tocó compartir su exigua ración de tapioca agusanada.

Imposición de la medalla a Judy antes sus compañeros de armas/Imagen: Express

Williams contaría que para entonces había cambiado un poco el carácter de la perra; era obediente pero no dócil, al haber tenido que agudizar su ingenio para salir adelante. Ello no impidió que muchos británicos le debieran la vida, al avisar de la presencia de tigres entre el follaje; a la inversa, los prisioneros también impidieron que acabara convertida en comida de los campesinos del lugar o que los soldados japoneses la tirotearan por lo agresiva que se mostraba con ellos. Cuando quisieron sacrificarla al culparla de una epidemia, William la envió a la selva para ponerla a salvo.

No necesitó estar allí más de tres días porque la proximidad de los Aliados obligó a los japoneses a retirarse rápidamente y dos paracaidistas descendieron sobre el campo anunciando a los presos que eran libres. Williams se embarcó hacia Inglaterra llevándose a Judy escondida una vez más. Desembarcaron en Liverpool pero la perra tuvo que pasar una cuarentena de seis meses en Hackbridge (Surrey) que su amigo tenía que sufragar; pudo hacerlo gracias a las donaciones recibidas tras poner un anuncio, ya que la rocambolesca historia del animal se había hecho muy popular y la prensa la apodaba Gunboat Judy (Cañonera Judy).

Williams y Judy con sus respectivas condecoraciones/Imagen: Today

Al acabar el aislamiento marcharon a Londres, donde Williams fue condecorado pero también Judy, distinguida con la Dickin Medal, la versión animal de la Cruz Victoria. Se vendían fotos suyas para recaudar fondos y aquella pareja humano-canina participó en una vorágine mediática con varios programas de radio de la BBC y otros actos públicos, entre ellos la visita a familiares de los compañeros que no sobrevivieron al campo. Finalmente se instalaron en Portsmouth pero en 1948 Williams decidió emigrar a Tanganika (actual Tanzania) para trabajar en una plantación. Por supuesto, se llevó con él a su fiel compañera, que en África volvió a dejar descendencia.

Tras el parto se le detectó un tumor mamario; se lo extirparon pero una infección por tétanos puso fin a sus aventuras al obligar a sacrificarla. Era el 17 de febrero de 1950 y tenía casi catorce años. La enterraron allí mismo, envuelta en una guerrera de la RAF con sus medallas, en una tumba de granito y mármol sobre la que se colocó una placa que glosaba sus hazañas.

Fuentes: Judy. A dog in a million (Damien Lewis)/Animal heroes. Inspiring true stories of courageous animals (David Long)/No better friend. One man, one dog, and their extraordinary story of courage and survival in WWII (Robert Weintraub)/POW 81a/Wikipedia