El japonés que empezó una maratón olímpica en 1912 y la terminó en 1967

Kanakuri cruizando la meta en 1967/Imagen: SVT

La maratón es una de las carreras estrellas del atletismo. 42.195 metros que exigen un tremendo esfuerzo a los participantes y les obligan a una cuidadosa preparación para luego correr esa tremenda distancia, en unos casos con el mero objetivo de terminarla y en otros con mayores aspiraciones. En este segundo sentido, el récord olímpico masculino lo tiene el keniata Samuel Wanjiru, que lo obtuvo en los JJOO de Pekín 2008 con un tiempo de 2:06’32, mientras que el femenino lo ostenta la etíope Tiki Gelana desde los JJOO de Londres 2012 con 2:23’07. Pero, sin duda, la marca más inaudita de todos los tiempos es la del japonés Shizō Kanakuri: empezó una maratón en 1912 y la terminó en 1967.

Kanakuri había nacido el 20 de agosto de 1891 en Tamana, una localidad de la prefectura de Kumamoto, en la isla Kyūshū. Es ésta la tercera en tamaño del archipiélago nipón y tiene cierta fama tanto por la longevidad que alcanzan sus habitantes como por una intensa actividad geotérmica del subsuelo que origina el volcán Aso y se plasma en unos manantiales termales denominados jigokus que constituyen su principal atractivo turístico; ocho de ellos reciben el nombre de los Infiernos de Beppu, por concentrarse en la urbe homónima.

Kanakuri (el 3º por la izquierda) con otros maratonianos japoneses/Imagen: Europeana Collections

Pero es la figura de Kanakuri la que nos interesa aquí y, más concretamente, su faceta deportiva. Y es que, durante su etapa como estudiante en la Universidad de Tsukuba, se presentó a las pruebas clasificatorias nacionales de atletismo de 1911, celebradas con el objetivo de seleccionar a los componentes del equipo que Japón presentaría en los próximos Juegos Olímpicos, los de Estocolmo 1912, primeros en los que iba a tomar parte. Kanakuri ganó la maratón organizada ad hoc sobre una distancia de aproximadamente 40 kilómetros, la original.

Digo la original porque fue la establecida por Pierre de Coubertin para los primeros Juegos Olímpicos modernos, los de Atenas 1896, en los que se recuperó como símbolo, y a instancias del filólogo francés Michel Bréal, la famosa carrera de Filípides para anunciar a los atenienses la victoria ante los persas. La modificación que ampliaba la distancia a los 42.195 metros actuales se introdujo en los JJOO de Londres de 1908 para que la salida se pudiera dar desde el balcón real del Palacio de Windsor sin necesidad de que la reina Alejandra, esposa de Eduardo VII, tuviera necesidad de desplazarse; así quedó en lo sucesivo.

Filípides anunciando la victoria de Maratón en Atenas (Luc-Olivier Merson)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El caso es que Kanakuri cubrió los 40 kilómetros en un tiempo de 2:32’45, lo que suponía el récord mundial de la maratón primitiva, por lo que, evidentemente, fue uno de los dos únicos atletas seleccionados por su federación para llevar a Londres (el otro fue el velocista Hyozo Omori). La marca personal del japonés parecía toda una garantía pero la maratón es una prueba especial en la que los factores externos pueden influir de forma decisiva, más aún en aquella época primigenia del deporte. El viaje hasta Suecia requirió 18 días entre la travesía en barco hasta Vladivostok y el posterior recorrido en ferrocarril, en el famoso Transiberiano, capaces de dejar agotado a cualquiera.

Kanakuri necesitó cinco jornadas de recuperación pero todavía le aguardaban otras desagradables sorpresas. La primera fue que la carrera no se disputaba en el mismo Estocolmo sino en Sollentuna, un municipio situado al norte de la capital. La segunda, unas diferencias culturales que le pasaron factura -también a su compañero- en el apartado gastronómico, pues por entonces no se viajaba con comida ni cocinero propios y había que adaptarse a las características culinarias locales, cosa nada fácil y que solía provocar alteraciones gástricas a los olímpicos. La tercera, que celebrándose los juegos entre el 5 de mayo y el 27 de julio, los termómetros marcaban unos sofocantes y nada habituales 32º.

El equipo japonés en la ceremonia de apertura de Estocolmo 1912/Imagen: Japanese Team

Quizá la temperatura elevada fuera algo secundario para otras pruebas pero no para la maratón. Temiéndose una catástrofe, los organizadores exigieron a los corredores un certificado médico pero no fue suficiente. Más de la mitad de los 67 que tomaron la salida tuvieron que ser atendidos por hipertermia y golpes de calor, llevándose la peor parte el atleta portugués Francisco Lázaro, que falleció con 21 años a la altura del kilómetro 30 aproximadamente, no por deshidratación como se creyó al principio sino porque en vez de usar gorra se cubrió el cuerpo con grasa para protegerse del sol, impidiendo la sudoración y alterando el equilibrio electrolítico del organismo. «O gano o muero», había dicho proféticamente.

Lázaro no era más que un carpintero aficionado que había ganado algunas pruebas en su país. De hecho, en aquellos JJOO se puso un celo especial en perseguir el profesionalismo por considerarlo contrario al espíritu olímpico y por eso se produjo uno de los grandes escándalos de la historia de los juegos con Jim Thorpe, un mestizo estadounidense ganador del decatlón y pentatlón que luego fue descalificado al descubrirse que jugaba al béisbol en un equipo profesional. Sea como fuere, Kanakuri fue uno de los damnificados por el tiempo: víctima de un golpe de calor, se desmayó en plena carrera hacia el kilómetro 26 y tuvo que ser atendido por una familia que estaba de picnic, ya que el circuito no era urbano, y se lo llevó a casa.

Francisco Lázaro en 1912, poco antes de su muerte/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Nadie más fue testigo del incidente y cuando el japonés recobró el conocimiento, al día siguiente, estaba tan avergonzado por haberle fallado a su patria que se retiró de la prueba y regresó a su casa sin avisar a nadie. La maratón de Estocolmo terminó con la victoria de un policía montado sudafricano llamado Kennedy Kane McArthur, el primero que ganaba esa prueba siendo de elevada estatura, pues hasta entonces siempre lo habían hecho atletas bajos, a los que se consideraba más adecuados para el gran fondo. Los jueces consideraron, acertadamente, que Kanakuri se había retirado, al igual que pasó con tantos otros. Lo sorprendente fue que no volvió a haber noticias de él y las autoridades suecas lo incluyeron en la lista de desaparecidos.

Su nombre permaneció en ella durante medio siglo y no volvió a sonar hasta el año 1966, en que el periodista Oskar Söderland, que trabajaba en un reportaje sobre la maratón de 1912, descubrió algo sorprendente: aquel atleta no sólo estaba vivo en su país, donde vivía desde 1912 trabajando como maestro de geografía habiendo pasado avatares históricos como la Segunda Guerra Mundial, sino que incluso acreditaba otras participaciones olímpicas posteriores a la de Estocolmo. Efectivamente, Kanakuri fue seleccionado de nuevo para participar en la maratón de las Olimpiadas de Berlín de 1916, que no se llegaron a celebrar por el estallido de la Primera Guerra Mundial, y en las de Amberes de 1920, famosas porque allí se hizo el Juramento Olímpico por primera vez y se estrenó la bandera con los cinco anillos.

Shiso Kanakuri a su regreso a Japón tras los JJOO de París en 1924/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En la capital belga pudo resarcirse de su mala experiencia escandinava y terminó la carrera con un tiempo de 2:48’45 que le otorgó la décimosexta posición. Sin embargo, Kanakuri todavía asistió a otros juegos, los de París de 1924; esa vez tampoco pudo acabar, aunque no se lo tomó de manera tan drástica. Asimismo, aquel veterano maratoniano fue pionero en entrenar en altura, impulsó el deporte femenino y fue el fundador en 1920 de la Hakone Ekiden, una prueba de resistencia que discurre entre las ciudades de Tokio y Hakone a lo largo de las 48 horas que hay entre el 2 y el 3 de enero, cubriendo 108 kilómetros la primera jornada y 110 la segunda.

Así, redescubierto para el mundo (o, al menos, para Suecia), llegó su gran momento, el que le ha hecho afianzarse en un anecdotario de la historia del deporte en el que ya figuraba por méritos propios. En 1967, es decir, más de medio siglo después de su misteriosa desaparición, el Comité Olímpico Nacional Sueco se puso en contacto con él para invitarle a participar en la celebración del 55º aniversario de los juegos de Estocolmo y ofrecerle algo tan sorprendente como divertido para recaudar fondos destinados a atletas que quisieran ir a México 68: terminar la maratón que había tenido que dejar a medias en 1912. Kanakuri aceptó y, a pesar de que por entonces ya tenía 76 años de edad, 6 hijos y una decena de nietos, se calzó las zapatillas y completó la distancia que le faltó en aquella infausta ocasión.

Kanakuri en una visita al Príncipe de Suecia en 1967/Imagen: Pinterest

En realidad, para ser exactos, lo que hizo fue dar una vuelta de honor al estadio y cruzar la línea de meta con zapatos, corbata y abrigo (obviamente no hacía el calor de aquella ocasión). El tiempo total fue de 54 años, 8 meses, 6 días, 5 horas, 32 minutos y 20,3 segundos. Aún así, menos de la mitad de esa otra larga, larguísima, maratón vital que aún le hizo llegar a cumplir casi dos décadas más, falleciendo el 13 de noviembre de 1983. Hoy se le conoce en su país con el apodo de Padre de la maratón.

Fuentes: Casualidades, coincidencias y serendipias de la historia (Gregorio Doval Huecas)/The Olympics. A very peculiar history (David Arscott)/Better late than never for Japan’s first, “slowest” Olympian (Edan Corkyll en The Japan Times)/Wikipedia