Constantino el Africano, el converso musulmán que introdujo en Europa los textos médicos clásicos y árabes

Constantino el Africano haciendo un diagnóstico con orina en la Escuela Salernitana/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La historia de Constantino el Africano es de ésas que dan para una jugosa novela o una apasionante película. Musulmán convertido al cristianismo, viajó por casi todo el Cercano y Próximo Oriente aprendiendo medicina y traduciendo libros árabes y griegos de esa materia al latín, terminando como monje en Italia. Una vida que combinó aventura, religión y saber.

No se sabe en qué año nació, calculándose en torno al 1020, ni el lugar exacto, quizá Cartago, quizá Sicilia, aunque su familia era de ascendencia púnica. En cualquier caso, tanto un sitio como el otro eran, en aquel tiempo, territorio bajo dominio árabe y, por tanto, la fe que profesaba era la musulmana; Pedro el Diácono, un monje benedictino que escribió varias obras históricas y vivió pocos años después de su muerte, le definió con el término de “sarraceno”, palabra típicamente medieval aplicada a los musulmanes norteafricanos.

Y es que Constantino pasó la primera parte de su vida en el norte de África. Eso sí, luego se lanzó a un larguísimo viaje que le llevó a conocer lugares como Egipto, Siria, Etiopía, Persia y la India. Vivió muchos años en Babilonia y ese roce multicultural le permitió empaparse de ciencia y cultura. Según uno de sus biógrafos decimonónicos, Joseph-François Malgaigne, “aprendió gramática, lógica, física, geometría, aritmética, matemáticas, astronomía, nigromancia y música”, aunque puso un interés especial en la medicina, que estudió fundamentalmente en Bagdad y sobre la que compiló además una considerable colección de libros y textos varios. Rondaba los cuarenta años de edad cuando decidió regresar a Cartago pero antes se detuvo en Italia.

El mundo en el primer cuarto del siglo XI, cuando nació Constantino el Africano/Imagen: Thomas Lessman en Wikimedia Commons

Así lo cuentan la mayoría de los biógrafos como el físico y escritor Salvatore de Renzi o el bibliotecario francés especializado en historia de la medicina Charles Daremberg. Ambos escribieron sus obras en el siglo XIX, aunque hay que tener en cuenta que usaron como fuente exclusiva al citado Pedro el Diácono y queda cierta duda sobre cuánto hay de hagiográfico. Algo parecido puede decirse de la reseña que hizo el médico militar galo Lucien Leclerc en su Histoire de la médecine arabe. No fue hasta 1865 que otro historiador de la medicina, el alemán Karl Sudhoff, encontró otros documentos sobre el personaje y publicó una novedosa tesis al respecto.

Lo que sí se sabe con más seguridad es que Constantino eligió Sicilia, acaso porque la conociera si realmente nació allí y donde, de hecho, era conocido como Constantino Sículo. No tenía problemas de idioma y residió sobre todo en la vecina Salerno, una ciudad con la que tendría una estrecha vinculación, como veremos. En ella conoció a un galeno llamado Abbas de Curiat, procedente de una pequeña isla situada frente a Mahdia (una ciudad costera de la actual Túnez), quien le contrató como intérprete.

El mundo a finales del siglo XI-principios del XII, a la muerte de Constantino el Africano/Imagen: Thomas Lessman en Wikimedia Commons

Junto a él confirmó que la medicina musulmana estaba un escalón por encima de la europea cuando cayó enfermó y el tratamiento que le recetó su amigo le resultó mucho mejor que el indicado por un médico cristiano. Interesado por el tema, Constantino consultó tratados de medicina encontrando que ninguno alcanzaba la calidad adecuada. Pero aquellos estudios por cuenta propia sirvieron para una cosa: despertar en él su vocación sanitaria. Así pues, pasó a Cartago y allí ejerció la profesión durante tres años, basándose únicamente en los conocimientos adquiridos leyendo múltiples libros.

Una oscura denuncia por practicar brujería le obligó a irse y eligió Salerno de nuevo, si bien algunas fuentes señalan que antes estuvo al servicio del emperador bizantino Constantino Monómaco, sin más detalles. Es evidente que existía una fluída relación comercial entre el norte de África y los enclaves cristianos de la parte meridional de la Península Itálica. Productos como el aceite de oliva, la cera, el cuero, la lana, el trigo y muchos más circulaban sin que las diferentes religiones profesadas supusieran un obstáculo, de forma que muchos mercaderes musulmanes tenían bases en suelo europeo como Tarento, Bari, Agripolis o Gaglione. Más aún, estaban abiertas las puertas al aprendizaje, fuera cual fuera el origen.

Páginas del Liber Pantegni, la versión que hizo Constantino del Kitāb Kāmil aṣ-Ṣināʿa aṭ-Ṭibbiyya /Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Es posible que eso impulsara a Constantino a volver a pisar Italia. También el que mantuviera una buena relación con el duque normando Robert Guiscard, hijo de Guillermo el Conquistador, que acababa de arrebatar la región a los musulmanes. El caso es que durante el viaje experimentó lo que en principio parecía una mala jugada del destino pero que luego resultó todo lo contrario: navegaba por el litoral de Lucania cuando una tempestad le hizo perder buena parte de su apreciada colección bibliográfica, incluyendo algunos volúmenes del Kitāb Kāmil aṣ-Ṣināʿa aṭ-Ṭibbiyya o Libro completo del arte de la medicina, la obra más importante de la época sobre el tema, escrita en una decena de tratados por el médico persa ‘Ali ibn al-‘Abbas al-Majusi, más conocido como Masoud o Haly Abbas. Era una enorme pérdida porque esos libros constituían la base teórica sobre la que Constantino desempeñaba su trabajo.

Como si de una revelación se tratara, decidió adoptar la fe cristiana, se ignora si de forma voluntaria u obligado. En Salerno llamó otra vez a las puertas de una institución en la que había asistido a algunas clases durante su estancia anterior: la famosa Escuela Médica Salernitana. Precursora de las universidades, fue creada en el siglo IX a partir de un antiguo hospital fundado por monjes benedictinos unos doscientos años antes y, en un siglo, había alcanzado prestigio internacional. Por sus aulas pasaron cuatro célebres médicos: el judío Helinus, el griego Pontus, el árabe Adela y el italiano Salermo, dejando patente su carácter de crisol intercultural.

La Scuola Medica Salernitana en una copia de los Cánones de Avicena/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La escuela tenía como principal y rara característica la enseñanza laica. Los alumnos aprendían las técnicas de clásicos como Hipócrates, Galeno y Dioscórides, a los que en el siglo X se sumaron textos de Averroes, Avicena, Rhazes, Al Jazzar o el judío Isaac de Toledo, por lo que se ganó el apodo de Hippocratica Civitas. Era, pues, el sitio apropiado para Constantino, que aprovechó para recuperar también su experiencia como intérprete para traducir al latín los manuscritos árabes y griegos que había ido recopilando, labor que compaginaba con el empleo de profesor y que le hizo ser nombrado Magister orientis et occidentis. Iconográficamente se le representa asociado a un vaso de orina porque solía analizar ese líquido para los diagnósticos.

Autores como Ibn Al-Gazzar (Viaticum), Johannitius (Isagoge), Hipócrates (Aphorisma, Prognostica), Galeno (Tegni, Megategni), Philareto (De Pulsibus), Rhazes (Liber divisionum, Liber experimentorum) o Isaac de Toledo (Liber dietorum, Liber urinarium, Liber febrium), entre otros, fueron más conocidos y consultados gracias a él hasta el siglo XVII, aunque se trataba de traducciones bastante libres; no sólo eso sino que incorporaba aportaciones suyas y suprimía las referencias a los originales, haciendo pasar las obras como suyas.

Tratados médicos de Constantino el Africano/Imagen: Wikimedia Commons

También fue él quien tradujo los tratados de Isaac Israeli ben Solomon, el judío que estaba considerado el mejor médico del Califato Fatimí (el que gobernaba el norte de África) y el que, en el año 1087, pasó al latín el mencionado Kitāb Kāmil aṣ-Ṣināʿa aṭ-Ṭibbiyya retitulándolo como Liber Pantegni y, por supuesto, sin citar a su autor real, Haly Abbas. En esencia se puede decir que plagiaba, aunque ampliando los originales de su cosecha y respetando el fondo doctrinal. Pese a todo, Constantino fue quien abrió la medicina occidental a los autores musulmanes, judíos y griegos, propiciando así un paso de gigante en esa ciencia.

Posteriormente el Africano fue contratado como secretario por el citado Guiscard, agradecido por la curación de un flechazo envenenado que recibió en Palestina, pero más tarde abandonó la corte, tomó los hábitos e ingresó en los benedictinos, pasando los últimos años de su vida traduciendo libros en la Abadía de Montecassino, el primer cenobio fundado por Benito de Nursia -el creador de la orden que lleva su nombre- allá por el año 529 y que se hizo muy popular por la batalla que se libró entre sus ruinas durante la Segunda Guerra Mundial. Allí murió, en una fecha indeterminada del último cuarto del siglo XI (¿1087? ¿1098?).

Fuentes: Constantino el Africano: el regreso de la neurología a la Europa Medieval (Á. L. Guerrero-Peral y V. de Frutos González en a Reunión del Grupo de Estudio de Humanidades e Historia de la Neurología. LXIII Reunión Anual de la Sociedad Española de Neurología, noviembre de 2011)/Compendio de la historia de la medicina (Antonio Codorniu y Niet y José María de la Rubia)/Constantine the African and ʻAlī Ibn Al-ʻAbbās Al-Magūsī. The Pantegni and related Text (Charles S. F. Burnett y Danielle Jacquart, eds)/Aportes de Constantino el Africano al estudio de las enfermedades. Una aproximación a la etiología y curación de la melancolía (Gabriela Caram)/Alfano y Constantino el Africano: la formación de la lengua médica (Enrique Montero Cartelle)/Wikipedia