El Gran Farini, el funambulista que atravesó el desierto del Kalahari y descubrió una supuesta ciudad perdida

Farini con unos pigmeos en el Royal Aquarium de Londres/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El primer occidental que logró cruzar con éxito el desierto del Kalahari no fue un explorador al servicio de alguna de aquellas sociedades geográficas decimonónicas, ni un militar de los que hicieron carrera en el África colonial, ni un abnegado misionero dispuesto a evangelizar a los bosquimanos. Fue, sorprendentemente, un funambulista, un hombre procedente del mundo del circo, donde también probó a ser acróbata, trapecista y productor, que se llamaba William Leonard Hunt pero que ha pasado a la posteridad más bien por su apodo, El Gran Farini.

Farini -llamémoslo así aunque en realidad no adoptó el mote hasta los veintiún años de edad- nació en 1838 en Lockport, una pequeña ciudad del condado de Niágara, en el estado de Nueva York, que en su momento tuvo cierta importancia debido a que por allí pasaba el Canal de Erie; si recuerdan, explicamos brevemente esa red de esclusas que permitían conectar el Mississipi con los Grandes Lagos en el artículo dedicado a la llamada Guerra de Toledo, que enfrentó a Ohío y Míchigan en el siglo XIX.

Imagen promocional de El Gran Farini/Imagen: Science Source

Por tanto, era de nacionalidad estadounidense, aunque luego adquiriría también la canadiense, cuando en 1843 su familia se trasladó a Hope Township, provincia de Ontario. Desde pequeño mostró un carácter soñador y rebelde que casaba mal con la severidad de sus padres, que por más que le castigaban no conseguían enderezarle y, de hecho, él mismo reconoció que disfrutaba desobedeciéndoles. Parecía predestinado a una vida de aventura o, al menos, diferente a la que ellos seguramente pretendían para él; por eso se metía continuamente en líos, siempre dándole una vuelta de tuerca a lo que se le permitía.

A despecho de las terminantes órdenes de su madre, Hannah Odell, se empeñaba en nadar en los ríos y lagos sin que nada le detuviera, ni aún cuando su progenitora le cosía apretadamente los cuellos y puños de las camisas para que no pudiera quitárselas: Farini los rasgaba y después pedía a amigas que se los cosieran de nuevo o simplemente se lanzaba al agua vestido, poniéndose más tarde al sol para secar antes de regresar a casa. La natación, en la que llegó a ser muy diestro, combinada con ejercicios con pesas, le sirvió también para desarrollar su musculatura y descubrir la facilidad natural que parecía tener para las actividades físicas.

Farini atravesando las Cataratas de Niágara/Imagen: Niagara Falls National Library

En aquella época el concepto de deporte tenía diferencias notables respecto al actual, centrándose sobre todo en habilidades más bien técnicas como la equitación, la esgrima o el tiro, quedando la parte corporal restringida a la lucha o las exhibiciones circenses. El circo constituía uno de los espectáculos para todos los públicos favoritos porque aglutinaba una serie de factores que despertaban fascinación en aquellos tiempos: por un lado, las fieras exóticas amaestradas, por otro, los números de los artistas que realizaban cosas imposibles para la gente común.

Farini se interesó pronto por ello y organizaba sus propias actuaciones para otros niños a cambio de unos centavos. Sus padres, por supuesto, continuaron tratando de encauzarlo y cuando dejó atrás la infancia lo metieron como aprendiz de un médico; hablamos de un tiempo en el que la enseñanza de la medicina no estaba tan reglada como lo estaría unas décadas después. No obstante, él continuó practicando de forma paralela y el 1 de octubre de 1859 tuvo su gran oportunidad durante la Feria Agrícola del Condado de Durham: cruzar el río Ganaraska haciendo equilibrio sobre un cable tendido de orilla a orilla.

Fue entonces cuando adoptó su primer nombre artístico, Signor Farini, porque las resonancias italianas que tenía entroncaban con la tradición de ese país en el mundo del espectáculo. Lo cierto es que lo tomó del historiador y estadista italiano Luigi Carlo Farini, un curioso personaje que tuvo que exiliarse de los Estados Pontificios tras apoyar la Revolución de 1830, entrando al servicio de Jerome Bonaparte (el hermano pequeño de Napoleón) como médico personal (más tarde regresaría y se convertiría en Primer Ministro de Italia en 1862).

Dan Rice/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

La actuación resultó un éxito y una semana después la refrendó haciendo una exhibición de fuerza ante la sede municipal. Eso le dio cierta popularidad local y no tardaron en reclamar su presencia para ofrecer espectáculos por las ferias de Ontario y Mississipi en las que exhibía su extraordinario equilibrio o cruzaba fuertes corrientes fluviales con zancos. Era un artista bastante completo en ese sentido pero además tenía imaginación para diseñar aparatos e idear nuevos trucos.

Eso hizo que le contratase como equilibrista el Dan Rice’s Floating Circus. Dan Rice, en realidad llamado Daniel McLaren, era un empresario artístico neoyorquino polifacético, que lo mismo actuaba de clown que de domador, músico, bailarín y mil cosas más relacionadas con la farándula; él fue quien tuvo la idea de combinar en un mismo circo los números de acrobacia con los de fieras y los de payasos, creando la expresión «el mayor espectáculo del mundo» (incluso se le considera creador del posterior vodevil teatral) y triunfando de tal manera que no sólo superaría a su gran rival, Barnum, sino que llegaría a presentar su candidatura a la presidencia de EEUU. Al parecer la imagen del Tío Sam está basada en él.

En 1860 el Gran Farini fue un paso más allá en su atrevimiento y cruzó las Cataratas del Niágara sobre un alambre. Pero sólo era el principio del más difícil todavía en que se instaló en lo sucesivo, ya que después añadió otros elementos a sus actuaciones equilibristas, como llevar a alguien a hombros, dar volteretas en el cable, colgarse de éste por los pies, etc. Para entonces ya había entablado amistad con el célebre Charles Blondin, el funambulista más aplaudido del momento, con el que mantenía un pulso por conseguir el número más difícil.

Charles Blondin cruzando las Cataratas de Niágara en un número que también solía hacer Farini/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El estallido de la Guerra de Secesión puso fin a esa etapa; en situación bélica nadie malgastaba su dinero en espectáculos, así que Farini aprovechó para contraer matrimonio con Mary Osbourne (una amiga de Ontario) y a continuación se alistó en un regimiento de ingenieros de la Unión. Aunque más tarde afirmó que había trabajado en el servicio de inteligencia del general McLellan, su participación fundamental en la contienda fue diseñar puentes de montaje rápido y un calzado que, decía, permitiría a los soldados caminar sobre el agua sin hundirse pero que no fue atendido.

El episodio militar no duró mucho y se licenció tras la destitución sufrida por McLellan a causa del desastre de Antietam, retomando su oficio de artista. Fue entonces cuando una tragedia tiñó su vida: a finales de 1862 estaba efectuando un número en La Habana en el que atravesaba la plaza de toros local sobre un cable tendido a dieciocho metros de altura llevando a la espalda a Mary cuando ésta soltó un brazo para saludar al público, haciendo perder el equilibrio a su marido; ella cayó al vacío, falleciendo días después a causa de las lesiones. Farini ahogó su dolor embarcándose en una gira por Sudamérica que duró un año, al término del cual retornó a EEUU pero para embarcarse hacia Europa con un grupo que había formado con un niño trapecista que resultó ser una muchacha a la que adoptaría, Lulú; El conjunto fue bautizado como Flyng Farinis.

Lulú en su etapa infantil y de mayor/Imagen: Itchy Feet, Itchy Mind

En 1869, viendo que los años pasaban factura en su cuerpo, decidió retirarse, reciclándose como director circense. En esa tarea inventó un cañón que en vez de usar pólvora utilizaba un muelle o un resorte de aire comprimido para lanzar una persona hacia una red. Lo que se llamó hombre-bala se inauguró en 1877, paradójicamente con una mujer como protagonista: Zazel, alias de una adolescente de catorce años llamada Rossa Matilda Richter que colaboraba en sus números. Poco después se separaba de Alice Carpenter, su segunda mujer, con la se había casado en 1871 y que le había dado dos hijos. El divorcio definitivo, muy sonado en los medios, llegó en 1880.

Farini siguió ligado al circo unos años, inventado trucos y colaborando con Barnum. Fue entonces cuando adoptó a una niña de Laos, Krao, que padecía hipertricosis, enfermedad dermatológica también conocida como síndrome del hombre lobo porque los afectados están cubiertos de largo vello lanugo. En 1874 Farini viajaba por Birmania acompañando al explorador Carl Bock y el antropólogo George Shelley cuando la encontraron, según éste tras capturar en la selva a su familia, que moriría de cólera poco después, y según Farini porque el rey birmano había regalado a dicha familia a su colega laosano.

Farini con Krao/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El confuso relato se aderezó con una presunta tribu de personas iguales a Krao y unas improbables originalidades físicas extra de la niña (vértebras y costillas de más, ausencia de cartílago en nariz y orejas…). Lo único seguro es que Farini empezó a exhibirla en Europa hacia 1883, presentándola como un eslabón perdido, aprovechando que la teoría evolucionista de Darwin se iba popularizando, y que luego se la llevó a EEUU para incorporarla al circo Ringling Brothers. Krao aprendió algo de inglés y vivió en Manhattan hasta 1926, en que murió de gripe.

Como se puede ver, Farini ya no limitaba su interés al mundo del circo sino también al de las exploraciones y fue precisamente en esa década de los ochenta cuando viajó a África con el objetivo de atravesar a pie el Kalahari. Se trata de un desierto de casi un millón de kilómetros cuadrados de superficie, repartidos entre las actuales Bostsuana, Namibia y Sudáfrica, en el que hoy se ubican parques nacionales tan importantes natural y turísticamente como el de Chobe, entre otros. Como lo riega el río Orange no le faltan fauna y flora, por eso pueden vivir también humanos. En concreto la etnia joisán, a la que pertenecen los nómadas bosquimanos y los khoikhoi u hotentotes.

El Kalahari en la parte de Namibia/Imagen: Elmar Thiel en Wikimedia Commons

A lo largo del siglo XIX y desde que David Livingstone lo recorriera en 1849 -muchos consideran que fue él quien primero cruzó ese desierto-, se sucedieron los intentos por atravesar ese lugar pero la mayoría fracasaron. Farini lo consiguió acompañado de su hija adoptiva Lulú, que fue quien se encargó de cartografiar el terreno y documentar la expedición fotográficamente. Ambos aseguraron haber descubierto las ruinas de la Ciudad Perdida del Kalahari, según un informe que presentaron a su regreso ante la Royal Geographical Society, pero no concretaron el lugar exacto y así nació un nuevo mito sobre antiguas urbes olvidadas, similar a aquellas Trapalanda, Cíbola y similares con que soñaban los españoles durante la conquista de América.

Menudearon entonces los intentos por confirmar la historia de Farini, unos rehaciendo su itinerario por tierra, otros sobrevolando la zona en avión, pero sin resultado. En 1964 el profesor A.J. Clement repasó los documentos de Farini y llegó a la conclusión de que en realidad había visto un afloramiento rocoso de caprichosas formas asemejando estructuras arquitectónicas como el que él mismo contempló en las Montañas Drakensberg sudafricanas y que estaba formado por dolerita, un tipo de roca ígnea que tiene la cualidad de erosionarse en bloques rectos y regulares, que pueden confundirse con construcciones artificiales.

Farini acompañado de su hija adoptiva Lulú (a la izquierda)/Imagen: Nuvo Magazine

El caso es que Farini regresó a casa con abundantes muestras botánicas y animales, publicando un libro donde contaba su experiencia: Through the Kalahari Desert. A narrative of a journey with gun, camera, and note-book to Lake N’Gami and back (A través del desierto del Kalahari. Una narración de un viaje con pistola, cámara, y cuaderno de notas al Lago N’Gami y retorno). También organizó una exposición sobre la misteriosa ciudad perdida. En 1886 se casó en terceras nupcias con la pianista alemana Anna Müller, hija de un primo de Wagner y retomó el patrocinio de espectáculos (como el primer salto en paracaídas desde un globo). En 1890 se retiró para dedicarse a la horticultura y nueve años más tarde se instaló en Toronto, dedicado a las artes plásticas.

El matrimonio marchó a Alemania en 1909 pero el estallido de la Primera Guerra Mundial lo obligó a irse a América otra vez; por cierto, Farini escribió una densa historia de ese conflicto en treinta volúmenes y con la originalidad de hacerlo desde un punto de vista germano. Finalmente una fuerte gripe puso fin a su azarosa vida en 1929.

Fuentes: Through the Kalahari Desert. A narrative of a journey with gun, camera, and note-book to Lake N’Gami and back (Guillermo Farini)/Great desert explorers (Andrew Goudie)/The Great Farini. The high-wire life of William Hunt (Shane Peacock)/Lost Cities & Ancient Mysteries of Africa & Arabia (David Hatcher Childress)/Africa meets The Great Farini (Shane Peacock en Africans on stage. Studies in ethnological show business, VVAA)/Wikipedia