Haenyeo, las mujeres buceadoras en apnea de Corea del Sur

“Obtenido gracias al Cielo, consumido en tierra” dice un refrán coreano común entre las haenyeo, al que cabría añadir “y recogido en la mar” para que sea más descriptivo de ese singular oficio cuyo nombre tiene una traducción bastante orientativa de por sí: mujeres del mar. Se trata de buceadoras en apnea que cosechan productos del fondo marino en una tradición que acumula siglos y ha sido incorporada recientemente por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Y es que las haenyeo se han convertido en toda una atracción turística de la isla de Jeju, antaño llamada Quelpart por los occidentales y Saishui por los japoneses, que la colonizaron entre 1910 y 1945 hasta que pasó definitivamente a manos de Corea del Sur y se localiza en el extremo meridional de la península. En un lugar algo diferente del resto del país, con características culturales propias de su aislamiento geográfico y una arraigada estructura social semimatriarcal de la que estas mujeres son su elemento más visible.

Mapa de Corea del sur con la ubicación de Jeju en el su extremo meridional/Imagen: Ksiom en Wikimedia Commons

En realidad no constituyen un caso único, puesto que en algunos sitios de Japón como la isla de Okinawa o la península de Izu (en Honshu, no lejos de Tokio) también se da un caso parecido con las ama, mujeres que se sumergen a pulmón libre para pescar o, sobre todo, recolectar algas, moluscos y perlas en una tradición bimilenaria cuya primera referencia escrita se encuentra en el Gishi Wajinden (un capítulo del libro chino Registros de los Tres Reinos), del año 286 a. C. Las coreanas no son tan antiguas y se remontan, que se sepa, al siglo XVII.

Eso no quiere decir que la actividad sea tan reciente. En realidad hay noticias de ella desde el año 434 d.C. pero por entonces eran los pojak, los hombres, quienes la practicaban y las mujeres sólo ayudaban a sus maridos. Un siglo después se habían invertido las tornas y había más buceadoras que buceadores, lo que ha llevado a especular sobre las razones para ello.

Ama japonesa trabajando/Foto: Fg2 en Wikimedia Commons

No parece haber una teoría concluyente y si unos sugieren la posibilidad de alguna catástrofe que se cebara especialmente en el sexo masculino -quizá una guerra-, otros apuntan a una drástica subida de impuestos que obligó a las esposas a trabajar directamente para afrontar los pagos; de hecho, se conserva un documento dieciochesco que reseña cómo muchas embarazadas tuvieron que empezar a bucear. En cualquier caso, las féminas se adaptaron bien al oficio porque, al parecer, su mayor índice de grasa subcutánea les otorga más flotabilidad y les permite resistir mejor el frío bajo el agua.

Y eso que antaño se zambullían únicamente ataviadas con el mulsojungyi, una túnica de algodón sujeta por un tirante sobre un hombro (un pareo blanco en el caso de las ama niponas), lo que les impedía permanecer más de una hora seguida trabajando; debían salir para calentarse y secar durante un par de horas en los bulteok, puntos de la playa donde se hacen hogueras protegidas además por cercas de piedra ad hoc. Tras ese descanso reparador volvían a sumergirse otra hora.

Haenyeo ataviadas a la manera clásica descansando en un bulteok, en un diorama museístico/Foto: karendotcom 127 en Wikimedia Commons

Eso en invierno, porque en temporada estival podían aguantar hasta tres horas seguidas en el agua. La adopción de equipos modernos, como gafas y trajes de neopreno, supuso mejores condiciones laborales pero, a la vez, les perjudicó la salud porque al doblar y triplicar su jornada, trabajando incluso con las bajas temperaturas invernales, la descompresión hacía mella en el organismo. Las amas se sumergían con varios kilos de lastre, de ahí que tuvieran que llevar una cuerda atada a la cintura con las que sus maridos las jalaban desde el barco, mientras que las coreanas usaban un tewak o flotador que antaño era una calabaza y que dejaban en la superficie para agarrarse cuando subían a tomar oxígeno.

A ese material fueron sumando guantes, plomos (para ayudar a descender y mantenerse en el fondo), una pequeña azada con forma de L (para arrancar los moluscos de las rocas y cortar las algas) y una red atada a una boya en la que van guardando las capturas hasta que al terminar el día la recogen (aunque luego comparten su contenido con las demás). También han sustituido las hogueras por vestuarios con agua caliente. No obstante, la principal herramienta de trabajo de las haenyeo son sus pulmones, que les permiten aguantar alrededor de dos minutos -las más expertas llegan a tres- en profundidades de diez metros, si bien a veces bajan hasta los treinta.

Las haenyeo en otros tiempos/Imagen: Korea Press Production

La tradición empezó forzada por las circunstancias, como vimos, haciendo que en algunos rincones concretos se invirtieran los roles familiares. Fue el caso de Mara, uno de los islotes que tachonan el entorno de Jeju, donde la única fuente de riqueza era subacuática y las mujeres pasaron a ser el sostén de la economía mientras los hombres se encargaban de cuidar a los hijos y ser los que pagaban una dote a la familia de la novia por casarse; también es uno de los pocos sitios de Asia donde se prefiere el nacimiento de niñas al de niños. En otros ámbitos ajenos al doméstico, en cambio, siguió predominando el poder masculino.

Hablando de la infancia, era en ésta cuando las haenyeo empezaban a dar sus primeras brazadas: en torno a los once años y en aguas someras para evitar riesgos, ya fueran respiratorios, natatorios o naturales (medusas, tiburones). Iban aumentando la profundidad progresivamente hasta que hacia los dieciocho años se convertían en haenyeo de pleno derecho. Ahora bien, entre ambos extremos tenían que pasar por varias etapas para alcanzar el muljil, es decir, el ancestral bagaje de conocimientos necesario para ejercer: técnica respiratoria, mareas, vientos, flora y fauna submarinas, etc.

Otro diorama mostrando su equipamiento/Foto: karendotcom 127 en Wikimedia Commons

Las ama japonesas, por ejemplo, se estructuraban en tres grados, siendo el primero el de las koisodo o aprendices (sus inmersiones no rebasaban los cuatro metros), el segundo el de las nakasoido (con más de veinte años de edad llegan hasta siete metros) y el tercero el de las ooisodo (veteranas que pueden descender a profundidades mayores). Sus colegas coreanas también tienen una jerarquía tripartita: las hagun (bucean hasta cinco metros), sanggun (hasta ocho metros) y daessangun (diez metros o más); evidentemente, estas últimas son las más experimentadas, las de mayor edad y las que dirigen al colectivo, que se organiza en asociaciones.

El tema de las edades ha cambiado porque también lo hacen los tiempos y hoy prácticamente no hay haenyeo jóvenes; casi todas superan los cincuenta años de edad. Su número, que superaba las veintitrés mil en 1965, se redujo a la mitad en una década ante el aumento de las posibilidades educativas y el establecimiento en Jeju de grandes plantaciones de mandarinas (su suelo es volcánico y, por tanto, muy fértil) que ofrecían condiciones y salarios mejores. Algo similar ocurre con las ama y si aún hay representantes de unas y otras en activo se debe más a un nuevo nicho de negocio que a la pesca en sí: el turismo.

Antes de empezar la jornada/Imagen: People.Howstuffworks

En efecto, la orografía de la isla y su propio carácter insular no son lo más adecuado para asentar industrias, de ahí que en los años sesenta se volcara la economía en los cítricos. Pero en esos años también eclosionó el negocio turístico en el mundo y en los setenta llegó a Corea, desplazando a la agricultura ya antes de entrar en los ochenta. La inclusión de las haenyeo en el Patrimonio cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2016 va en ese sentido, al igual que, en cierto modo, el mantener el pintoresco ritual en honor de la Abuela del Rey Dragón, divinidad del océano, que celebran en primavera.

Atrás quedaban los tiempos duros, aquellos en los que se derrochaba esfuerzo para una pequeña ganancia, dado que buena parte de la producción había que entregársela al gobierno en concepto de impuestos. Incluso cuando los japoneses ocuparon Corea en 1910 y liberalizaron el mercado en favor de sus empresas, que contrataban a las haenyeo con mejores sueldos y extendieron la práctica a otras zonas de la costa Este asiática, seguía siendo una vida dura con ingresos muy limitados. Ahora, más que nunca, se hace realizad otro dicho clásico de estas peculiares mujeres: “Gana en la próxima vida y gasta en ésta”.

Fuentes: HAENYEO. Icónicas buceadoras de Jeju (VVAA en Koreana. Cultura y arte de Corea)/Japanese women working (Janet Hunter, ed)/La cultura de las haenyeo (buceadoras) de la isla de Jeju (UNESCO, Patrimonio cultural Inmaterial)/Wikipedia