Alamut, la legendaria fortaleza de los hashashin ismailitas

Las ruinas de la fortaleza de Alamut coronando el risco que le da nombre/Foto: Alireza Javaheri en Wikimedia Commons

En su famoso relato Il milione (más conocido como Libro de las maravillas), Marco Polo cuenta que a su paso por Persia visitó la fortaleza de Alamut y conoció al Viejo de la Montaña, líder de la secta de los ismailitas que vivían allí.

Según su relato, tuvo ocasión de contemplar con sus propios ojos los fantásticos jardines secretos que imitaban el Paraíso, aquellos donde se hacía despertar a los iniciados de su sueño, inducido por hachís, para que creyeran que habían ascendido a un Cielo al que sólo regresarían si morían valientemente en combate. Dice así:

Al viejo le llamaban en su lengua Aladino. Había hecho construir entre dos montañas, en un valle, el más bello jardín que jamás se vio. En él había los mejores frutos de la tierra. En medio del parque había hecho edificar las más suntuosas mansiones y palacios que jamás vieron los hombres, dorados y pintados de los más maravillosos colores. Había en el centro del jardín una fuente, por cuyas cañerías pasaba el vino, por otra leche, por otra la miel y por otra el agua. Había recogido en él a las doncellas del mundo, que sabían tañer todos los instrumentos y cantaban como los ángeles, y el Viejo hacía creer a sus súbditos que aquello era el Paraíso. Y lo había hecho creer, porque Mahoma dejó escrito a los sarracenos que los que van al cielo tendrán cuantas mujeres hermosas apetezcan y encontrarán en él caños manando agua, miel, vino y leche. Y por esta razón había mandado construir ese jardín, semejante al Paraíso descrito por Mahoma, y los sarracenos creían realmente que aquel jardín era el Paraíso. En el jardín no entraba hombre alguno, más que aquellos que habían de convertirse en asesinos

Ilustración medieval del libro de Marco Polo mostrando a Ala al-Din Muhammad drogando a sus discípulos/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El tono es obviamente fantasioso y hoy sabemos que el viajero veneciano nunca pudo contemplar todo eso porque para entonces la fortaleza llevaba décadas abandonada. Probablemente oyó la historia e incluso puede que visitase las ruinas pero nada más, aunque gracias a él llegó la leyenda al mundo occidental. Leyenda es la palabra clave porque, por lo demás, no hay ninguna prueba de la existencia de dichos jardines ni de la costumbre que acogían. Pero los ismailitas sí existieron y los hashishin, aquellos que tomaban el hachís, también.

Esta historia empieza en la segunda mitad del siglo VIII y se enmarca en la tradicional división interna del mundo musulmán. Hasan-i Sabbah era un erudito persa de ascendencia yemení, chiíta pero convertido a una nueva doctrina denominada ismailísmo a raíz de una grave enfermedad que estuvo a punto de acabar con su vida. Los ismailitas creían que Ismael ibn Ya’far, primogénito del imán Ya`far as-Sadiq, fallecido antes que su padres y sustituido por su hermano, en realidad seguía vivo y regresaría al final de los tiempos como mahdi (prometido, redentor).

Grabado hipotético de Hasan i-Sabbah/Imagen: Wikimedia Commons

La doctrina de esta secta era una mezcla de gnosticismo, neoplatonismo y maniqueísmo que interpretaba el Corán ateniéndose a dos principios diferentes pero complementarios: el literal o zahirí y el metafórico o batiní. Hasan-i Sabbah pasó a ser un misionero que realizó numerosos viajes, visitando Egipto, Azerbaiyán y Siria, entre otros sitios. Pero fue trece años después, en Persia, donde su vida dio un nuevo giro; buscaba un lugar que le sirviera de base de operaciones para difundir el ismailismo y enfrentarse al dominio selyúcida cuando descubrió Alamut.

Era una inexpugnable fortaleza construida en el siglo VII en los Montes Elburz iraníes (a unos cien kilómetros de Teherán) por el rey Wah Sudan ibn Marzuban, que eligió el sitio al interpretar como augurio positivo el que un águila se posase en sus rocas; de hecho, se cree que Alamut significa Enseñanza de las águilas, aunque otros se inclinan por Nido del águila porque, al fin y al cabo, se asentaba a casi doscientos metros de altitud, protegida por abruptos precipicios a su alrededor. En cualquier caso, en el año 1090 Hasan logró conquistar el castillo sin derramamiento de sangre, con un ardid basado en convertir a sus defensores al ismailísmo, iniciando a continuación una imparable expansión por la región mediante el establecimiento de una red de bastiones.

Trabajos de restauración en las ruinas de la fortaleza/Foto: Alen Ištoković en Wikimedia Commons

Hasan impuso en Alamut una vida austera y rígida que le llevó incluso a ejecutar a sus propios hijos, a uno por un presunto asesinato y a otro por beber vino desobedeciendo el precepto islámico. Pero, al mismo tiempo, impulsó una política que llevó la prosperidad a las tierras circundantes, fomentando los cultivos de cereal, abriendo canales de irrigación y habilitando terrazas de labranza en las laderas de los montes, lo que permitió que los almacenes de Alamut estuvieran bien surtidos de cara a resistir un asedio.

Éste podía darse porque Hasan se alzó contra los selyúcidas, que eran sunitas y le perseguían desde su paso por Egipto por haber apoyado una facción opositora; los selyúcidas habían suscitado el odio general en Persia por los asfixiantes impuestos que ahogaban al pueblo chiíta y por dividir la tierra en feudos entregados a los suyos. Por eso Hasan reforzó las ya de por sí recias defensas de Alamut, en previsión de lo que podría venir, dado que el país quedó envuelto en una guerra civil cuyas repercusiones llegaron hasta el Califato Fatimí, centro de poder de los ismailíes.

El Imperio Selyúcida en el año 1092/Imagen: Wikimedia Commons

Los fatimíes, que habían trasladado su capital de Túnez a Egipto tiempo atrás, se llamaban así por considerarse descendientes de Fátima, la hija de Mahoma, pero eso no bastó para librarles de su propia guerra interna cuando falleció el califa al-Mustansir. Sus dos hijos, Nizar y al-Mustah’lí, se enfrentaron por el poder y mientras los ismailíes egipcios seguían al primero los iraníes se pusieron de parte del segundo; ganaron estos últimos, provocando la ruptura definitiva en el ismailísmo. Hasan-i Sabbah apoyaba al primero y su secta pasó a ser conocida como la de los nizaríes.

Sus enemigos les llamaban hashishin por la actividad que impulsaba el Sheij al-Yebal (Viejo de la Montaña), denominación oficial que adoptó Hasan para el cargo que desempeñaba como líder de la comunidad. Ya vimos al comienzo de la historia lo que se contaba sobre esos asesinos, los fidā’īs (fedayines, devotos), que sin miedo a la muerte actuarían contra los monarcas selyúcidas y altos cargos políticos como venganza por la persecución a que éstos sometían a los ismailitas. Nizam al-Mulk, visir del sultán Malik Sha, fue quizá su primera y más destacada víctima, aquel mismo año de 1092; otra ilustre sería el efímero rey de Jerusalén Conrado de Montferrato, exactamente un siglo después.

El asesinato de Nizam al-Mulk en una pintura islámica del siglo XIV/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahora bien, muchos autores opinan que los hashishin no eran tales criminales sino que todo era resultado de la propaganda enemiga y el término no constituía tanto una alusión al consumo de droga como una metáfora despectiva para referirse a gente de clase baja o marginal; al fin y al cabo los nizaríes estaban en el extremo de la heterodoxia para el mundo musulmán. En todo caso, se creía que el hachís los volvía extremadamente controlables y obedientes a su jefe: otra leyenda cuenta que la obediencia era tan ciega que Hasan se la demostró a un visitante ordenando a uno de sus seguidores que se arrojara de una torre.

Sin embargo, lo cierto es que Hasan era un ilustrado, un intelectual carismático que, aparte de reforzarla poliorcéticamente, dotó a Alamut de una famosa biblioteca a la que acudían sabios de todo el mundo pero que, lamentablemente, se perdió en su mayor parte siglos después, cuando los mongoles conquistaron la fortaleza. A su muerte, acaecida en el año 1124, le sucedió su lugarteniente Buzurg Ummid, que consiguió mejorar la relación con los selyúcidas después de que éstos fracasaran en una ofensiva contra los ismailitas; la situación desembocó en un tácito reconocimiento de su independencia para estos últimos.

Bandera de los ismailitas nizaríes/Imagen: Tabascofernandez en Wikimedia Commons

A Buzurg le dio el relevo su hijo Muhammad ibn Kiyá en el 1138, que mantuvo la unidad de la secta -frustrando así la esperanza de los selyúcidas- y cuya labor continuó su vástago Hasan ‘ala dhikri al-salam en 1162, si bien éste sólo gobernó un año y medio debido a que consideró que había llegado la Qiyama o Gran Resurrección y, en consecuencia, ya no era necesario seguir el Islam, proscribiendo la Sharia y el Ramadán y autorizando el consumo de alcohol; la consecuencia fue que le apuñaló su cuñado. Hasan III pondría fin a la herejía en 1210, adoptando de paso los ritos sunitas en perjuicio de los chiítas.

Se supone que fue en ese turbulento período posterior al Hasan original cuando los asesinos actuaron con mayor frecuencia y contundencia, aunque no hay pruebas documentales que lo sostengan por la citada destrucción de la biblioteca a manos de los mongoles, que pasada la mitad del siglo llegaron arrasando varios bastiones ismailíes del medio centenar total que había. En 1255, tras fracasar en su petición de unión contra el enemigo común que hizo a los reinos europeos, Ala al-Din Muhammad III quiso negociar con el general Hulagu, el nieto de Gengis, designado para esa campaña por el gran khan Möngke, que tampoco aceptó al estar convencido de que la muerte de su tío Chagatai había sido cosa de los nizaríes.

El Imperio Mongol en la época de los hechos/Imagen: Keith Pickering en Wikimedia Commons

El ejército mongol entró en territorio iraní como un cuchillo en el 1253, asaltando fortalezas y realizando matanzas como la de Tun para disuadir a los ismailitas de la resistencia que presentaban. El gobernador musulmán se negaba a rendirse sin permiso de su imán, ignorando que éste había sido asesinado y ahora quien mandaba era Rukn al-Din, su hijo. Rukn al-Din se mostró dispuesto a parlamentar con Hulagu y como prueba de buena fe empezó a desmontar las defensas de sus fortalezas. El general mongol aprovechó la ocasión y se hizo con la mayoría; sólo quedó Alamut.

El castillo fue sitiado pero resistió y su comandante, Muqaddam al-Din, no quiso entregarlo hasta que el imán se lo ordenó. Los mongoles lo ocuparon entonces y lo demolieron en el año 1256. Era la última posición importante, por lo que Rukn al-Din dejó de ser útil y fue ejecutado, primer paso de una masacre de ismailitas; algunas cifras hablan de cien mil muertos que no fueron más porque algunos huyeron para ponerse a salvo en los países vecinos.

Hulagu conquista Alamut en una ilustración de 1596/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Ahí terminó la Historia, dando paso a la leyenda. A falta de documentación escrita de primera mano, Europa se hizo eco del relato de Marco Polo y en todos los libros sobre el tema se dio por verídico el hecho de los asesinos fanáticos y drogados. Hubo que esperar al siglo XX para que los investigadores empezaran a ponerlo en duda y desplazaran el eje de la cuestión hacia su carácter simbólico destacando que incluso una de las principales fuentes, la que dejó el cronista mongol Juwayani, que visitó personalmente Alamut, ni menciona los famosos jardines. El registro arqueológico tampoco apunta a ello pero el asunto parece haber prendido en el imaginario colectivo a base de novelas, películas y videojuegos.

Fuentes: The Assassins of Alamut (Anthony Campbell)/The Eagle’s Nest. Ismaili castles in Iran and Syria (Peter Willey)/Ismailis in medieval muslim societies (Farhad Daftary)/The Ismailis in the Middle Ages. A history of survival, a search for salvation (Shafique N. Virani)/The Isma’ilis. Their history and doctrines (Farhad Daftary)/Wikipedia