Si hay un personaje histórico al que pueda aplicarse el calificativo de poder en la sombra es Flavio Ricimero, un general romano de tiempos del Bajo Imperio, cuando los emperadores eran ya tan débiles que no sólo su gobierno dependía del hombre fuerte de turno sino que éste era el que los nombraba. Y en eso Ricimero se llevó la palma, pues en su currículum figuran hasta cuatro mandatarios en once años.

Ricimero era un suevo arriano de Gallaecia, antigua provincia romana del noroeste peninsular ibérico que en el siglo V d.C. había sido ocupada por ese pueblo -junto con los alanos, que se establecieron en la zona oriental- creando un reino supeditado al dominio de Roma mediante la fórmula del foedus (una versión primigenia de la federación). Hijo del rey Requila y nieto de Hermerico, el creador de dicho reino, tenía también sangre visigoda por parte de su madre, hija del rey Walia.

Conquistas del rey suevo Requila / foto Alexander Vigo en Wikimedia Commons

Visigodos y suevos, originalmente aliados -da ahí ese matrimonio de sus padres-, se enemistaron después inclinándose la balanza hacia los primeros. Ello probablemente llevó a Ricimero a una salida habitual: ponerse al servicio de Roma. Sería en la capital donde se labraría su propio destino, empezando a las órdenes de Flavio Aecio. Éste era el magister millitum (la más alta jerarquía militar durante el Bajo Imperio) del emperador Valentiniano III, cuyo reinado hasta entonces había dejado patente la debilidad de la otrora gran potencia, perdiendo las provincias de África y Britania, además de partes considerables de la Galia e Hispania.

De hecho, la corte ni siquiera estaba en Roma sino en Rávena, aunque Valentiniano tuvo que dejarla ante el avance de Atila, quien pidió al emperador la mano de su hermana Honoria. Sería Aecio quien parase a los hunos en los Campos Cataláunicos, al igual que derrotó luego a los visigodos. Tanto se destacó que Valentiniano, juzgándolo peligroso, lo mató -con sus propias manos según algunas fuentes- sin importarle que lo había convertido en yerno. Al año siguiente, él mismo murió asesinado.

Monograma de Ricimero en una moneda acuñada por el emperador Libio Severo/Foto: Classical Numismatic Group en Wikimedia Commons

No está claro si los criminales eran adeptos de Aecio o de Petronio Máximo, un ambicioso senador; en cualquier caso, éste aprovechó para hacerse con el trono desplazando a los otros candidatos, un guardia de Aecio llamado Maximiano y el general Julio Valerio Mayoriano, al que apoyaba Licinia Eudoxia, viuda del difunto emperador (a la que Petronio obligó a casarse con él). El nuevo césar no duró mucho, apenas dos meses y medio. Los vándalos de Genserico marchaban sobre Roma y la gente, presa del pánico, se sublevó y acabó con él y con su heredero. Tres días después, en efecto, la ciudad fue saqueada.

El nuevo emperador fue el magister millitum Eparquio Avito, que subió al trono apoyado por el rey visigodo Teodorico II, con el que parlamentaba cuando se produjo la muerte de Petronio Máximo. La alianza con Teodorico favoreció que a Ricimero se le nombrara comes, un título que servía para designar a la persona de confianza (y que derivó en la palabra conde). El nuevo comes formó un consistente ejército con mercenarios germanos y una flota de guerra con los que trató de solventar los peligros que amenazaban a un imperio cada vez más menguado.

Sólido del emperador Avito/Imagen: Numismatica Ars Classica en Wikimedia Commons

Primero venció a los vándalos por tierra en Agrigento y después por mar cerca de Córcega; eso le valió ganar el cargo de magister militum preasentalis, el segundo en el rango tras el de magister militum que en ese momento ostentaba Remisto, un general visigodo nombrado por Avito para agradecer a Teodorico su ayuda. De esa forma, Ricimero adquirió fuerza suficiente como para obtener la simpatía del Senado y decidir imponer a su viejo amigo Mayoriano en sustitución de Avito.

Al contrario que su predecesor, el emperador sería reconocido por el titular del Imperio Romano de Oriente, Marciano, pero eso aún no había sucedido cuando Ricimero y Mayoriano iniciaron la campaña marchando sobre Rávena y derrotándole en Piacenza en otoño del 456 d.C. Avito cayó preso y acabó ejecutado. Entonces el nuevo emperador oriental, León I el Tracio, nombró magister militum a Mayoriano y Ricimero obtuvo el patriciado, incrementando aún más su poder.

Mayoriano en una estampa clásica/Imagen: Alchetron

No podía aspirar al trono por ser germano pero ni falta que le hacía. De hecho, le venía bien estar en la sombra para no quemarse y dialogar de forma más cercana con los bárbaros, que empezaban a abundar tanto en las fronteras y en el interior del limes. Aunque intentó que León el Tracio le nombrara dux de occidente (una especie de gobernador), el Senado se opuso a esa pretensión y debió contentarse con mandar a través de Mayoriano, con el visto bueno del emperador oriental. Mayoriano fue proclamado nuevo emperador por sus tropas en el 457 tras eliminar la enésima amenaza exterior, la de los alamanes.

Lamentablemente para Ricimero, el nuevo gobernante demostró tener más personalidad de la esperada y no sólo protagonizó esperanzadores episodios, como la reconquista de la Galia o las campañas pacificadoras en Hispania que devolvieron a los visigodos a su estado de foederati, sino que también llevó a cabo una importante labor legisladora ampliando el Código Teodosiano y recuperando la vieja institución de los defensores para proteger a las clases humildes.

El Imperio Romano de Occidente y las campañas de Mayoriano/Imagen: Wojwoj en Wikimedia Commons

Tampoco tardó en empezar a acotar la influencia de su amigo, lo que le puso en su contra. Fueron los vándalos de Genserico los que le hicieron un favor a éste derrotando a su superior cerca de la actual Valencia; el Senado quedó decepcionado con su gobernante y Ricimero aprovechó para incitar un motín entre sus tropas, mandando arrestar y decapitar a Mayoriano en el verano de 461. Este magnicidio sentó mal en el estamento militar y provocó que tres generales, Egidio (de la Galia), Marcelino (de Dalmacia) y Nepotiano (de Hispania) se rebelasen contra él, que se pasó tres meses gobernando en ausencia de un titular para el trono.

Ello llevó al Senado a postular como candidato a uno de los suyos: Libio Severo, un hombre gris e insulso que a Ricimero le pareció perfecto como títere, aunque León el Tracio y los tres generales se negaron a reconocerlo. Todo un problema porque los vándalos seguían siendo una amenaza y Roma necesitaba de la ayuda bizantina, así que Severo se convirtió en un obstáculo que era necesario eliminar; murió envenenado en el 465 y Ricimero quedó en solitario al mando del imperio durante otros dieciocho meses.

El emperador Libio Severo/Imagen: TcfkaPanairjdde en Wikimedia Commons

Tras este lapso, León coronó a Procopio Antemio, general del ejército ilirio al que había enviado a Italia para mediar entre Ricimero y Genserico, pues ambos querían imponer a sus propios candidatos. Antemio llegó acompañado de Marcelino, perfilándose como otro estorbo para el intrigante suevo, ya que tenía prestigio y además estaba vinculado familiarmente con la dinastía Teodosiana. Para limar asperezas, Ricimero aceptó casarse con su hija Alipia y durante un tiempo todo fue bien.

Al menos hasta que Antemio nombró comandante a Marcelino para acabar de una vez con los vándalos. La campaña tenía tres frentes, pues contaba también con un general bizantino, Basilisco, y ambos debían hacer confluir sus fuerzas como una tenaza con las del conde de Egipto, Heraclio. Todo terminó en desastre: la flota que mandaba Basilisco fue destrozada por el enemigo y Marcelino murió asesinado por sus propios soldados en el frente. Viendo el debilitamiento de Roma, los vándalos entraron otra vez en Italia y hasta los visigodos sacaron sus armas.

Un sólido acuñado por Antemio/Imagen: Numismatica Ars Classica en Wikimedia Commons

Antemio acusó al senador Romano, magister officiorum (canciller) y partidario de Ricimero, de incitar aquel motín para favorecer la derrota, condenándole a la pena capital; era una forma velada de acusar al mismo Ricimero, que por seguridad optó por marcharse al norte con sus mercenarios. El obispo Epifanio de Pavía tuvo que mediar entre ambos pero inútilmente porque en el 472 estalló la guerra civil y el emperador, enfermo y algo paranoico, quedó sitiado en Roma, refugiándose en la primitiva Basílica de San Pedro.

Genserico vio la ocasión favorable a sus intereses y propuso a León, como nuevo mediador, el nombre de Flavio Anicio Olibrio, un romano de rancio abolengo que era pariente de Petronio Máximo y nieto de Valentiniano III. Como había vivido en Constantinopla, León le conocía y aceptó, presionado además por la amenaza de ataques vándalos. Ricimero, que no estaba dispuesto a que el rey vándalo tomase las riendas, hizo una asombrosa apuesta y proclamó emperador a Olibrio. Tras cinco meses de asedio y el refuerzo militar del sobrino de Ricimero, el general Gundebaldo Candiaco, que llegó con legiones desde la Galia, la ciudad cayó y Antemio, que intentó huir disfrazado de mendigo, fue carne de patíbulo.

Un tremís (1/3 de sólido) acuñado por Olivrio/Imagen: Numismatica Ars Classica en Wikimedia Commons

Olibrio no deseaba la corona -León tampoco quiso reconocerlo como tal- pero tuvo que resignarse. Ahora bien, Ricimero no pudo saborear mucho su triunfo: murió al cabo de seis semanas, en agosto de 472, de una hemorragia interna; según unos envenenado y según otros de cáncer. Su sobrino Gundebaldo, heredó el cargo de magister militum y con él su poder: dado que el emperador también falleció por causas naturales ese otoño, siguió los pasos de su tío proclamando un sustituto, Glicerio.

No obstante, esa vía supuso el final de Roma: Glicerio apenas superó el año de mandato y el siguiente, Julio Nepote, no pasó de cinco al tener que huir a Dalmacia, dando paso a Rómulo Augústulo, considerado el último emperador de Occidente. Curiosamente lo depuso en el 476 el hérulo Odoacro, que cuatro años antes había cedido tropas a Ricimero para vencer a Antemio.

Fuentes: Historia de Roma (Sergei Ivanovich Kovaliov)/Generalissimos of the Western Roman Empire (John M. O’Flynn)/Late roman warlords (Penny MacGeorge)/En el final de Roma (ca. 455-480). La solución intelectual (Santiago Castellanos)/La caída del Imperio Romano. Las causas militares (Arther Ferrill)/Wikipedia

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