La historia de Harry Kellar, el predecesor de Houdini, conocido como el decano de los magos de América

Póster promocional de 1894/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El 11 de noviembre de 1915 un espectáculo impresionante emocionó al público que abarrotaba el Hippodrome Theatre de Nueva York, el local más grande del mundo en su época, con aforo para cinco mil trescientos espectadores. Los miembros de la Society of American Magicians levantaron una silla de manos y salieron del escenario en medio de una sonora salva de aplausos mientras la orquesta tocaba los sones del popular himno Auld Lang Syne (el que suele despedir el año el 31 de diciembre en el mundo anglosajón). El ocupante del palanquín era Harry Kellar, el decano de los magos.

Era aquélla una función benéfica, organizada por el celebérrimo Harry Houdini con el objetivo de recaudar fondos para las sesenta y siete víctimas del hundimiento del SS Antilles, un transatlántico norteamericano que la US Navy usaba como transporte de tropas y que navegaba en un convoy cuando fue torpedeado por un submarino alemán el mes anterior. Kellar acababa de retirarse pero Houdini le convenció para que participara en aquella gala postrera y así, de paso, rendirle un homenaje sorpresa.

Kellar y Houdini en 1912/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

De los orígenes de Kellar no se sabe gran cosa, salvo que en realidad se llamaba Heinrich Keller y era hijo de emigrantes alemanes establecidos en Erie, en el estado de Pensilvania. Nacido en 1849, desde pequeño mostró un interés especial por juegos atrevidos como esquivar trenes esperándolos en la vía o hacer mezclas de productos químicos en la farmacia donde ejercía de aprendiz; a veces con resultados trascendentes en ese segundo caso, pues tras provocar un agujero en el suelo con ácido decidió no enfrentarse a la ira paterna, subiéndose al primer tren que vio y dejando atrás a su familia.

Así llegó a Nueva York donde, con sólo diez años de edad, fue adoptado por un religioso que le pagó los estudios con la idea de que se dedicara también a predicar la palabra de Dios. Pero por el camino se cruzó la magia con el exótico nombre de el Fakir de Ava, pseudónimo artístico de Isiaiah Harris Hughes, cuya actuación dejó una honda impresión en el chico, según admitiría él mismo tiempo después hablando con Houdini. El caso es que Kellar empezó a consultar tratados sobre ilusionismo y, habiendo encontrado su verdadera vocación, decidió volcarse en ella.

Kellar, Houdini y el director Irvin Willat durante el rodaje de la película The Great Grim, que el segundo protagonizó en 1919/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

Pasó página una vez más, se despidió de su benefactor y mientras se ganaba la vida trabajando en una granja en espera de una oportunidad vio un anuncio en la prensa en la que Hughes solicitaba un ayudante. Kellar se presentó, le contó cómo se habían conocido inadvertidamente y consiguió el puesto. Tras un tiempo de aprendizaje Kellar quiso independizarse y dio su primera función en solitario en un pueblo de Michigan llamado Dunkerque, pero resultó tan mal que tuvo que regresar al lado de su maestro.

Dos años después probó de nuevo y esa vez la cosa fue mejor. Ahora bien, no dejaba de ser una joven promesa aún que apenas tenía recursos para financiar el equipo que necesitaba todo mago profesional; eso le hizo endeudarse y tener que centrar su actividad en idear y fabricar material para otros, algo en lo que acabaría siendo una referencia. No obstante, consiguió unirse a The Davenport Brothers and Fay, una compañía de magos fundada por dos hermanos que, de acuerdo con la moda de entonces, se especializaron en escenificaciones de espiritismo.

Los Davenport y William Fay en 1870/foto: dominio público en Wikimedia Commons

Kellar se incorporó al grupo, en el que además de los Davenport (Ira Erastatus y William Henry) también figuraba otro mago llamado William Fay. Permaneció junto a ellos desde 1869 hasta 1873, cinco años de giras que les llevaron de localidad en localidad inventando trucos muy célebres que trataban de hacer pasar por resultado de poderes extraordinarios auténticos, algo que provocó que fueran acusados de fraude incluso por colegas de profesión.

Ese ambiente incómodo llevó a Kellar y a Fay a abandonar la compañía, formando un dúo y embarcándose en una gira por todo el continente americano. Tuvieron bastante éxito, ganaron una considerable suma de dinero y en Río incluso actuaron para el emperador de Brasil Pedro II. A continuación decidieron dar el salto a Europa, empezando por Inglaterra, pero la adversidad les iba a jugar una mala pasada: se embarcaron en el Boyne, un barco que puede calificarse de maldito porque a lo largo de su historia se vio envuelto en numerosos incidentes navales, algunos con muertes.

Retrato de Harry Kellar/Foto: dominio público en Wikimedia Commons

El Boyne naufragó en el Golfo de Vizcaya y los magos perdieron todo el material que llevaban para sus espectáculos, así como su equipaje normal. Ellos salvaron la vida pero se encontraron en otro país con lo puesto y Kellar tuvo que vender el anillo de diamantes que se había hecho tras su triunfal viaje anterior. Eso sí, la situación era tan mala que se separó de su compañero, quien regresó al lado de los Davenport. Aquella amarga experiencia llevó a Kellar a renegar de la vida ambulante, aspirando siempre a actuar en un teatro de forma estable.

La oportunidad para ello le llegó después de hacer una visita al Egyptian Hall, una sala londinense que debía su nombre al estilo con que había sido construida en 1812 y a las exposiciones que hacía de arqueología faraónica, muy de moda entonces. El Egyptian también se usaba para otro tipo de actos como conferencias o representaciones espiritistas, aún más de moda que las arqueológicas hasta el punto de que al lugar se lo conocía como The England’s Home of Mystery (El hogar del misterio de Inglaterra).

Fachada del Egyptian Hall en 1815/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Allí actuaban habitualmente el afamado John Nevil Maskelyne y George Alfred Cook, dos magos a los que Kellar admiraba. También lo hacía el francés Bautier de Kolta, creador de muchos de los trucos que se usan todavía hoy, entre ellos el conocido como Vanishing Lady, en el que una mujer sentada en una silla es cubierta por una capa y desaparece para reaparecer en un baúl. Kellar quedó prendado de otro truco del galo llamado Vanishing Birdcage, una variante en la que en vez de la mujer se usaba una jaula con pájaros, y decidió comprárselo.

Empleó en ello todo el dinero que le quedaba de la venta del anillo. A continuación pidió un préstamo a la banca Morgan, se embarcó para EEUU y usando los beneficios de una operación financiera realizada en Brasil consiguió reunir tres mil quinientos dólares con los que organizó un espectáculo inspirado abiertamente en lo que había visto en Inglaterra; hasta lo bautizó como Egyptian Hall. Dispuesto a ofrecer lo mejor de lo mejor, en 1878 viajó otra vez a tierra inglesa para traer más equipos a un coste enorme y empezó a frecuentar un comercio neoyorquino inaugurado el año anterior: Martinka Magic Company.

Otro cartel publicitario/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Creado por los hermanos Francis y Antonio Martinka -aunque más tarde habría otros propietarios como Joseph Carter, los Flosso, Houdini o el actual, Ted Bogusta-, tenía un taller dedicado a la fabricación de escenarios especiales para el ilusionismo, con todo tipo de dispositivos y accesorios ad hoc que los propios dueños ideaban. Algo que la compañía seguiría haciendo el siglo siguiente en una nueva modalidad, la de los efectos especiales, pues en 1939 se encargó de los de la película El mago de Oz.

De hecho, en su trastienda se fundó en 1902 la citada Society of American Magicians pues allí se reunían los más ilustres representantes del mundillo, desde Houdini hasta el propio Kellar pasando por Alexander Herrmann, Howard Thurston… Actualmente ha sumado un museo y una biblioteca temática pero al taller siguen acudiendo profesionales como David Copperfield o David Blaine en busca de cosas nuevas de su legendaria Back Room, donde se guardan piezas muy antiguas que sólo unos pocos son invitados a contemplar.

La autodecapitación, uno de los trucos más impactantes de Kellar/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Kellar se convirtió en un asiduo de Martinka y con su colaboración ideó y fabricó muchos trucos; el más aclamado fue el conocido como Levitación de la princesa Karnac, que le había adquirido a Maskelyne y cuyo fundamento usan los mimos callejeros hoy en día. Pero de nuevo se topó con la desventura, primero tras otra decepcionante gira por Sudamérica y después al morir el mago Robert Heller, cuando la prensa le acusó de plagiar su apellido; el que hubiera trocado la e de Keller por una a en su día precisamente para evitar ese parecido y que el mismo difunto se llamase en realidad William Henry Palmer no fue suficiente y sufrió cierto descrédito que le hizo marcharse a Brasil.

Levitación, el truco más aclamado/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

No todo fueron desgracias y en 1882, estando en Melbourne en otra gira, una admiradora se coló en su camerino para conocerle. Se trataba de Eva Lydia Medley, que no sólo terminó convirtiéndose en su esposa en 1887 sino también en su asistente sobre el escenario, aprendiendo algo de ilusionismo e interpretando la música de acompañamiento con una trompeta. Porque Kellar tuvo un regreso triunfal a finales de 1884, esta vez en un teatro alquilado de Filadelfia que, curiosamente, antes había sido sede de una logia masónica. Un incendio lo destruyó pero para entonces el espectáculo se había trasladado al Concert Hall, donde continuó con éxito hasta 1892.

Una de las últimas fotografías de Kellar, tomada en 1920/Imagen: trialsanderrors en Wikimedia Commons

Luego, nueva gira y al retornar a EEUU se encontró con que el público había encontrado un sustituto favorito para cubrir el hueco: Alexander Herrmann, quien además le acusaba de basar sus espectáculos en trucos mecánicos y no saber prestidigitación. Era cierto pero resultaba una salida de tono que, sin embargo y pese a que Kellar era de carácter irascible, no tuvo mucho recorrido porque Herrmann falleció en 1896.

El mago siguió actuando -incluso ante el presidente Theodore Roosevelt y su familia- hasta 1908, año en que pasó el testigo a Howard Thurston, con quien sí tenía buena relación. Eva murió en 1910 y él, tras la grandiosa despedida orquestada por Houdini, lo hizo en 1922.

Fuentes: The amazing Harry Kellar. Great american magician (Gail Jarrow)/Vaudeville old & new. An encyclopedia of variety performances in America (Frank Cullen, Florence Hackman y Donald McNeilly)/Martinka/Wikipedia