La farsa de la enigmática princesa Caraboo en 1817

Retrato de la princesa Caraboo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Un engaño es un engaño pero hay que reconocer que algunos tienen su gracia cuando no producen mal y, sobre todo, cuando son tan descarados e imaginativos que logran pasar a la Historia. A lo largo de ésta ha habido unos cuantos casos de impostores célebres, algunos de los cuales hemos visto aquí, desde aquel Pablo Paleólogo Tagaris que se hizo pasar por Patriarca de Constantinopla, a Stanley Clifford Weyman, que usurpó el cargo de Secretario de Estado de EEUU y fingió ser el médico personal de Rodolfo Valentino, pasando por el famoso Engaño del Dreadnought que llevaron a cabo varios intelectuales decimonónicos para ridiculizar a la Royal Navy. Pero quizá el que más ha calado en el sentir popular, hasta el punto de quedar plasmado en películas, musicales y novelas, fue el de la Princesa Caraboo.

Empezó el 3 de abril de 1817 en el condado inglés de Gloucestershire, cuando el magistrado local, Samuel Worrall, recibió en su mansión de Knole Park la visita del Overseer of the Poor (un organismo municipal dependiente del juez de paz que desde finales del siglo XVI se encargaba de atender las necesidades de los pobres). El funcionario se presentaba acompañado de una joven ataviada con extrañas vestiduras, ajenas al uso europeo de entonces.

El condado inglés de Gloucestershire/Imagen: Nilfanion en Wikimedia Commons

Según le explicaron, la habían encontrado en la calle, vagando desorientada, y la arrestaron siguiendo la ley de entonces, que penaba la vagancia. Sólo que sus cuidadas manos y sus educados modales denotaban que no se trataba de alguien que viviera en la indigencia, por lo que no tenían claro que hacer con ella, máxime cuando eran incapaces de entender lo que decía en la inextricable jerga en que se expresaba.

Efectivamente, aquella chica hablaba una lengua que nadie reconocía; ni siquiera la esposa de Worrall, que no era inglesa sino estadounidense y en aquellos años eso se consideraba suficiente para imaginar que pudieran sonarle idiomas de pueblos primitivos. Tampoco uno de los criados, de origen griego, aunque sí comprendió a qué se refería cuando ella exclamó “¡ananas!” al ver una piña pintada en un cuadro. Era un indicio más de su procedencia extranjera.

Para intentar profundizar en la comunicación le ofrecieron un té, que la desconocida tomó después de un extraño ritual, pero tan sólo fueron capaces de averiguar que se llamaba Caraboo y que mostraba una atención especial por los objetos decorativos chinos que había en la casa, si bien sus rasgos no parecían orientales. Aquella noche la dejaron pernoctar allí; antes de acostarse se arrodilló para rezar una oración a una divinidad llamada Allah Tallah y se tumbó en el suelo para dormir hasta que le explicaron para qué servía la cama.

La princesa Caraboo de Javasu, por Thomas Barker/Imagen: Holburne Museum

Aquel misterio no parecía tener solución por el momento y, dado que tampoco había cargos contra ella, el magistrado resolvió enviar a su huésped al St. Peter’s Hospital, una institución regida por la Bristol Corporation of the Poor para dar asilo y trabajo a los necesitados y vagabundos desde 1696. Pese a sus intenciones benéficas, ese tipo de sitios eran cárceles en la práctica y por eso la mayoría de internos los detestaban. Caraboo no fue una excepción, negándose a comer y a usar su cama, comportamiento que pronto corrió de boca en boca provocando que muchos curiosos acudieran a verla.

Enterada de esa situación Elizabeth, la esposa del magistrado, que le había cogido afecto, decidió sacarla y alojarla de nuevo en su hogar, habilitando para ello una habitación y poniéndola al cuidado de una de sus criadas. La muchacha recuperó la vitalidad y así pudo recibir a la gente que a diario se presentaba, a menudo lingüistas o viajeros que trataban de averiguar su idioma y procedencia. Uno de aquellos visitantes fue un marinero portugués llamado Manuel Eynesso que, tras oirla hablar, aseguró que podía entenderla.

La mansión de los Worrell, en Knole Park/Imagen: Art and Architecture

El luso tradujo la sorprendente narración que Caraboo empezó a hacer: era una princesa de un reino de la isla de Javasu, ubicada en el Océano Índico, y había llegado a Inglaterra al saltar por la borda del barco pirata que la secuestró, aprovechando que atravesaban el Canal de la Mancha, logrando nadar hasta tierra. Luego anduvo confusa hasta que fue encontrada por un zapatero de Almonsbury que la llevó ante el Overseer of the Poor. Aquella historia, en pleno romanticismo, con Byron, Keats y Shelley como referencias, sedujo a propios y extraños.

Días después el doctor Wilkinson, un erudito local, corroboró esa procedencia exótica al identificar unas marcas que tenía en la nuca y que, explicó, estaban hechas por curanderos orientales. Asimismo, comparó el lenguaje que hablaba con los que aparecían en la Pantographia, una obra publicada en 1799 por el impresor Edmund Fry que recopilaba todos los alfabetos y tipos de escritura mundiales conocidos hasta el momento, llegando a la conclusión de que era de aquellas latitudes pero sin poder concretar.

Una página de la Pantographia de Edmund Fry/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Aquello cambiaba radicalmente las cosas para los Worrall porque ya no acogían a una menesterosa ni a a una prófuga extranjera sino a un personaje de la realeza; de un lugar lejano pero de sangre azul, al fin y al cabo. Así, la princesa Caraboo se convirtió en la sensación de todo el condado, agasajada por las ilustres amistades del matrimonio anfitrión, que encargó varios retratos suyos como correspondía a su alcurnia, enseguida reproducidos en los periódicos.

Además, la joven encandiló a todos participando en tertulias en las que mezclaba graciosamente su lengua con palabras inglesas en un alarde de rápido aprendizaje, practicando con destreza el tiro con arco, haciendo demostraciones de danzas de su país, nadando ingenuamente desnuda en un lago cercano o vistiendo turbante y ropas orientalistas (empezaban a ponerse de moda entre las clases acomodadas por el apoyo británico a la revolución independentista que preparaban los griegos contra el dominio otomano).

La princesa Caraboo pintada por el artista Edwrad Bird/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Diez semanas duró aquella idílica etapa. Dos meses y medio en los que la princesa Caraboo pasó a ser una auténtica celebrity cuya fama se extendió más allá de los límites de Gloucestershire, lo que, paradójicamente, supuso el final de la impostura. Porque de tal se trataba, descubierta casualmente por una mujer apellidada Neale, dueña de una posada, cuando vio su retrato en las páginas del Bristol Journal y corrió a informar a los Worrall de la verdad.

Y la verdad era que no había tal princesa: se trataba de Mary Wilicocks, hija de un zapatero de la localidad de Witheridge, Devonshire (una versión decía que el mismo que fingió encontrarla), que había trabajado de criada en Inglaterra sin un lugar fijo de residencia y dejado atrás un efímero matrimonio. De hecho, la señora Neale reveló que la tuvo de inquilina en su hostería y solía entretener a sus hijas poniéndose un turbante e inventando divertidas palabras, haciéndose pasar por gitana. De hecho, Mary convivió con zíngaros camino de Plymouth, donde pensaba embarcarse hacia América, y fue entonces cuando tuvo la idea del montaje.

Ilustración de la obra Carraboo, Carraboo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Como un carretero confirmó lo que decía la señora Neale afirmando haber compartido mesa con ella tiempo antes, Mary confesó la verdad a sus anfitriones. Nació en 1791 (por tanto tenía veintiséis años) y había urdido aquella farsa para poder salir adelante con ayuda del falso marinero portugués, del que nunca quiso aclarar si era un familiar o un cómplice, guardando siempre silencio al respecto.

El magistrado y su mujer se sintieron humillados, aunque el resto de la sociedad no quedaba en mejor posición. Seguramente entonces recordaron que expertos filólogos de la Universidad de Oxford habían analizado una muestra de escritura en lengua javasu facilitada por la presunta princesa y llegado a la conclusión de que los pictogramas eran inventados, pero nadie hizo caso de su dictamen.

Una muestra de la escritura inventada/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Fueron sus padres los que, posteriormente y ante el interés de la prensa -encantada con que alguien de clase tan baja hubiera tomado el pelo al establishment-, explicaron lo que faltaba de la biografía. Tras una dura infancia de trabajo en granjas, a los quince años Mary había padecido unas fiebres que la desequilibraron mentalmente, provocándole un comportamiento errático y confuso que incluso la llevó a tendencias suicidas. Mendigando por las calles, fue recogida por una familia judía para la que trabajó de criada; se supone que allí aprendió algo de hebreo, que le sirvió de fuente para inventarse luego su particular idioma. Pasó por un hospicio de Londres y se casó con un pescadero que la abandonó al poco, dejándole un hijo que tuvo que entregar al Foundling Hospital, un orfanato, al no poder mantenerlo.

Tras este triste relato, la pregunta ahora era qué hacer con Mary. Si se la echaba de casa sin más no sólo era previsible una nueva caída en lo peor de su vida anterior sino también que su presencia en el entorno recordaría constantemente el ridículo de los Worrel, que de todas formas se habían encariñado con ella. Así que decidieron quitarla de en medio enviándola lejos y el destino elegido fue Filadelfia, a donde ella pensaba ir cuando llegó a Bristol y hacia donde embarcó el 28 de junio de de ese mismo año tutelada por tres monjas.

Portada de una de las obras que se hicieron sobre el tema/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

Una vez en EEUU su fama la precedió, por lo que se separó de ellas para asumir de nuevo su papel de princesa Caraboo, aunque esta vez sobre las tablas de un escenario en una obra titulada Carraboo, Carraboo: the singular adventures of Mary Baker, alias princess of Javasu. Sin éxito, por desgracia. No obstante, en una carta enviada a los Worrell desde Nueva York se lamentaba de que su notoriedad le impedía llevar una vida normal.

Fue el último contacto que tuvo con ellos en siete años, lo que hizo que se desatara la febril imaginación de los periodistas británicos: el 13 de septiembre el Bristol Journal publicó una improbable carta enviada por Sir Hudson Lowe, el gobernador de Santa Elena, donde estaba recluido Napoleón Bonaparte, informando de que la princesa Caraboo había desembarcado en un bote procedente de un barco con destino a Filadelfia, enamorando al Emperador hasta el punto de que éste había pedido una dispensa al Papa ¡para poder casarse con ella!

Napoleón en Santa Elena, por Francois-Joseph Sandmann/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

El caso es que Mary Wilicocks regresó a Inglaterra en 1824, a Londres, y una vez más se hizo pasar por la princesa Caraboo. Tampoco dio el fruto apetecido y parece ser que entonces decidió probar suerte en Francia y España; con resultado similar, dado que en septiembre de 1828 volvemos a encontrarla en suelo británico haciéndose llamar Mary Burguess (usaba el apellido de un primo suyo). Se estableció en Bedminster y se casó con un hombre llamado Richard Baker, con el que tuvo una hija.

El enlace debió romperse más tarde o quizá se quedó viuda porque se sabe que en el año 1839 se ganaba la vida vendiendo sanguijuelas para las sangrías al Bristol Infirmary Hospital. Falleció el 24 de diciembre de 1864, a los setenta y cuatro años de edad, y está enterrada en una tumba sin nombre del Cementerio Hebron Road de Bristol.

Fuentes: Grandes maestros de la estafa (Néstor Durigon)/English eccentrics and eccentricities (John Timbs)/Caraboo. A narrative of a singular imposition (John Matthew Gutch)/Wikipedia